domingo, 3 de junio de 2018

Experiencias de autor novel

Saludos. Hace ya un año que salió publicada mi primera novela, “La isla de las sombras. La batalla de Esfacteria”, y es un buen momento para hacer balance para ir alimentando el futuro, claro. Para ver si esto al menos entretiene a alguien más que a mí.

El primer retorno que he tenido fue el informe de ventas de la editorial de 2017. Confieso que el corazón me latía bien fuerte mientras me lo descargaba. Y, ¿sabéis qué? No sé si el número de libros vendidos solo en 2017 está bien para un autor novel o no. Es un número muy modesto y la cifra exacta no viene al caso. Pero lo que sí sé es que todos mis lectores de 2017 y yo podríamos bloquear un ejército persa durante horas en un paso estrecho. ¡Ja! Así que puedo decir que está bastante bien.

Luego ocurre que los lectores no solo tienen la infinita bondad de mostrar interés por tu libro, sino que para tu sorpresa, tienen la infinita generosidad de opinar sobre él, solo por el mero placer de comentar lo que han leído y compartir experiencias con sus colegas. Es entonces cuando llega el asombro. Este artículo nació mientras almorzaba en el trabajo con un querido Primo mío, que me comentó que había visto algunos comentarios sobre el libro en internet. Me picó la curiosidad y me puse a investigar... y no veas qué sorpresa me llevé. Así que ahora quisiera compartir con vosotros algunos de esos comentarios.

Empecemos por lo más conocido: Amazon. Una tienda que funciona, llega todas partes y que ha sido uno de los vehículos principales de la extensión de mi libro:
Amazon. La isla de las sombras

Aquí tenemos algunas de las opiniones:


Y ahora otras páginas que yo desconocía de todo: Quelibroleo . Aquí me han dejado un regalo asombroso:
Y algunas más de Goodreads, donde hay tres valoraciones y un comentario de los que te pegan el pellizco.

 
 
Y luego he encontrado algunas entradas de blog que hablan del libro. Ya puse las de "Un puente lejano" y "Bellumartis". Pues ahora he encontrado esta:
 


Vamos, que retomando el símil que usamos antes, con lectores así, sí que defendería orgulloso un paso estrecho frente a une ejército persa mucho más numeroso.
No me queda sino agradeceros el tiempo de vuestra lectura y el de haber dejado un comentario por ahí.
Ah, y a los que han preguntado por ahí si habrá segunda parte...
Pues sí. Ahí lo dejo.


martes, 29 de mayo de 2018

Las dinastías jorasaníes I: Tahíridas y Safáridas.


Saludos. Comenzamos con este artículo una serie que dedicaremos a un periodo fascinante: el “renacimiento persa” que se produjo desde el comienzo de la descomposición  del califato abásida, y que duró hasta que los turcos se hicieron con el poder efectivo del califato. Hablamos de un periodo de unos 180 años, y un entorno geográfico que coincide ahora con una multitud de países: no solo Irán, sino Uzbequistán, Turkestán, Azerbaiyan, Afganistán y un largo etcétera.

                Pero, ¿por qué este periodo? Pues, porque fue este periodo el que dio lustre y esplendor al Islam.  Porque la fusión de la cultura islámica y persa generó un periodo que brilló con luz propia, como una singularidad de prosperidad en un periodo tormentoso. Es la era que vemos en novelas como "El médico". La época de la gran renacimiento de la cultura persa, que perduraría incluso tras la llegada de las dinastías turcas, que, deslumbradas por el mundo que acababan de conquistar, respetaron, mantuvieron e incluso engrandecieron lo que encontraron. Es la era que vio nacer a Ibn Sina (Avicena), Omar Khayan, Nisam al Mulk, Fidowsi, Rureki o Hassan Ibn Sabbah,  Comenzamos pues. Acompáñenos en este viaje hacia la tierra del  Rey de Reyes.

             
Ibn-Sina, según interpretado por Kingsley en "El médico".

   Situémonos… En los artículos anteriores hablamos de los califas ortodoxos, los Omeyas y los abásidas. La revuelta abásida, si recordáis, se había basado en el descontentos de los clientes árabes en los territorios conquistados. Y había conseguido especial apoyo, y principalmente se había nutrido de tropas, dinero, y había sido iniciada, en Irán. ¿Por qué? Bien, pensemos que los árabes y los persas eran dos pueblos muy diferentes. La cultura árabe se abrió al mundo bajo el estandarte de su nueva religión. Su identidad estaba íntimamente ligada a ella. Pero esto no era así con los persas. Nos encontramos con una cultura que había dominado gran parte del mundo hacía 1000 años atrás, y habían mantenido una continuidad cultural hasta la conquista del Islam. El dominio helenístico se adaptó a esta cultura. Los partos reclamaban para sí el legado aqueménida. Su líder usaba el título de Shahanshah, como habían hecho Ciro, Darío, Jerjes y todos sus descendientes. Y luego llegaron los sasánidas, que continuaron alimentando la llama. Todos ellos habían vencido a otros imperios, habían conquistado reinos,  habían capturado emperadores… La dominación árabe puso fin a este milenio, y fue una rareza para ellos. De hecho, su islamización fue larga y difícil, y creó numerosas tensiones contra los califas ortodoxos y los Omeyas. Fueron los abásidas los que supieron ver esa tensión y ponerla a su favor en su revuelta. Y los abásidas habían ganado. La nobleza irania que había nutrido sus ejércitos esperaba algo, y ese algo no terminó de llegar con los primeros califas. La estrella irania de Abu Muslim se apagó con su muerte. Su fidelidad fue pagada con su propia sangre. Así que tuvieron que esperar, y el momento fue la segunda década del siglo IX, momento en que Al Mamún se enfrenta a su hermano y califa Al Amín. Al Mamún se nutrió del descontento y las ambiciones de las familias persas. Fue él quien formó un nuevo ejército en Jorasán, compuesto por nobles iranios y sus seguidores, poseedores de una tradición de caballería basada en el arco y la excelencia en combate individual, y numerosas tropas a pie. Fue esta nobleza irania la que fue recompensada por Al Mamún tras la toma de Bagdad. Y de entre ellos, sobre todo, a su general Tahir Ibn Husayn. Tahir fue nombrado gobernador en Jorasán, con plenos poderes, en el 821. Esto representó una independencia de facto, basada en la incapacidad del califato para sostenerse sin su apoyo.
           


Así comienza la primera de las dinastías persas que estudiaremos. Estas dinastías tomaron su nombre de su fundador, y designan tanto a sus descendientes como a gobernadores fieles a estas familias.  En este caso, la dinastía tahírida, como su nombre indica, fue fundada por Tahir, que llevó  la capital de su nuevo reino en Nishapur. Sobre el papel seguían obedientemente al Príncipe de los Creyentes.  Pero el asunto debía escocer a ambas partes. En el año 822, en el discurso de los viernes, Tahir cometió la osadía de omitir la mención al Califa y rogar a Dios por él. . Esto era un hecho muy significativo. Era toda una declaración de intenciones. Así que el Califa ordenó su muerte, y ante la imposibilidad de vencerle por las armas, Tahir murió envenenado.


Después de eso, el Califa  no  pidió nada complicado a sus descendientes, que siguieron gobernando con su “bendición”,   para que los gobernantes tahíridas no tuviera que decirle que no con todo el dolor de su corazón. Y listo.  Después de todo, al califato, la independencia política del extremo oriental del Islam le preocupaba mucho menos que los problemas más cercanos, que eran muchos. Y la relación con la dinastía, tras ese primer traspié,  era buena.  Les ayudaron  a formar sus nuevos ejércitos a partir de las nuevas tropas, esos esclavos turcos que formarían los escuadrones de “ghilmen”, el epítome del arquero acorazado a caballo de las estepas. También colaboraron  en aplacar varias revueltas independentistas, promovidas por un todavía minoritario chiismo, que aspiraban a romper formalmente con Bagdad. Los tahíridas prefirieron apoyar al Califa para no seguir luchando por su independencia política, y así confiar en que el tiempo y la distancia facilitaran una independencia formal.

En la cima de su poder, llegaron a controlar hasta la Transoxiana por el este, y las provincias occidentales de Bagdad. Retomaron el persa como lengua de su gobierno, lengua que había sido desplazada y se había llenado de términos en árabe, y promovieron diferentes reformas de la actividad agrícola y las propiedades, destinadas a reparar los cambios que los años de clientelismo a los árabes habían causado. En general, las provincias prosperaron.

Yaqub as-Saffar, fundador de la dinastía safárida
Hemos dicho que gobernaron muchos territorios, pero no es que ellos tuvieran miembros de su dinastía en ellos, sino que los gobernantes locales les estaban sometidos. Durante cuarenta años, los tahíridas vieron como aparecían, sobre todo, dos nuevas dinastías que con el tiempo les comerían el terreno. Una de ellas son los samánidas, en Jorasán, y otra, los safáridas, en Sistán, que está actualmente en Afganistán. Hablaremos primero de estos.

La dependencia formal del califato del poder tahírida y su colaboración contra las revueltas chiíes dio alas, cuando los tahíridas mostraron los primeros signos de debilidad, y en un rincón alejado de su “reino”, a algunos líderes iranios, que centraron su apoyo en un tal Yaqub As-saffar, un tipo verdaderamente notable.  En el 861, tras una serie de exitosas campañas, estableció su independencia del gobierno tahirí. Cabe destacar que los tahiríes llamaron en su apoyo a los samánidas, pero Yaqub los derrotó a todos. Con su capital en Zanj, el nuevo líder comenzó sus conquistas para apoderarse de los territorios tahiríes. Esto no carece de gracia, porque si consultáis por ahí los mapas de las áreas que gobernaron estas dinastías, se solapan casi al 100%, solo que en diferentes años. En pocos años Yaqub les ganó la mano a los tahíridas, y conquistó desde Jorasán por el este hasta las proximidades de Bagdad por el oeste. Pero no llegó a cruzar el Oxus, al otro lado del cual, los samánidas continuaron prosperando en la Transoxiana, es decir, la tierra más allá del Oxus o Amir Darya, o mejor dicho, entre el Oxus y el Yaxartes . Mientras los safáridas se hacían con el control de Jorasán, los samánidas habían quedado libres del dominio tahírida, y esto aumentó su independencia.

Samarcanda. La ciudad samánida fue destruida. Este es el legado de Timur.
Ahora debemos comentar la política de los califas abásidas hacia estos territorios. Si algo aprendieron del advenimiento de los safáridas era que habían descubierto el modo de controlar a los gobernantes de estos territorios iranios sin tener que usar un poder militar que no tenían: de repente, la competitividad entre las nacientes dinastías se convirtió en la debilidad que ellos explotaron. En los años siguientes, los califas “susurrarían al oído” de las dinastías emergentes, lanzándolas contra las que tenían más poder. Los agentes del califa, sus cartas (documentándome para estos artículos pude leer algunas traducciones que no tienen desperdicio), y todo, estaba diseñado para lanzar a unas contra otras. Veremos algunos de los ejemplos más impresionantes en las próximas líneas. Aunque sin duda, las cartas más terribles eran aquellas en la que el califa llamaba a algún gobernador a rendirle cuentas. Todos sabían lo que significaban: irían ante el califa y este les encarcelaría o les ejecutaría, o ambas cosas. Aun así, la mayoría siempre respondieron, pues era grande el poder espiritual del califato. Incluso durante la independencia de facto de las provincias iraníes.
                Bien, hemos dicho “dominio”. Pero, ¿qué forma toma este dominio? Dedicaremos unas líneas a esto.  El territorio iranio en estar regiones de Jorasán y la Transoxiana, con recursos limitados de agua, se articulaba en grandes ciudades amuralladas con acceso a este recurso, que exprimían con gran ingenio, lo que permitía la explotación de huertas desde pequeñas aldeas y caseríos  alrededor de las mismas. Tenemos testimonios como el del embajador Clavijo,  o el del Ibn Battuta, que hablaban de que avanzaban un día entero a lo largo de estas huertas antes de llegar a las ciudades en sí. Bien sabían los aqueménidas, que construyeron los primeros qanats en estas zonas, esas conducciones de agua subterráneas, accesibles por pozos, y los sistemas de canales posteriores, que el agua era la clave. Y si bien la densa red de canales que alimentaba el Oxus, por periodos estuvo abandonada, los gobernantes iranios más inteligentes supieron reparar, perfeccionar y enriquecer estos sistemas de riego.

 Gobernar un territorio era hacerse con el poder de la ciudad, ya fuera al asalto o por asedio, o bien saqueando su territorio hasta rendirla por hambre. Una vez en el poder, el gobernante se encargaba de recaudar los impuestos , mantener las defensas y los servicios, y enviar los tributos a la capital de cada dinastía. Por ejemplo, la capital de los samánidas, como veremos más adelante, fue Bujara. Pues todos los gobernadores de la dinastía, o subyugados por la dinastía, enviaban sus tributos a Bujara. Ya nada volvió a ir al califato. También los gobernadores apoyaban las artes y las ciencias, que florecieron notablemente en este periodo. 


Duelo entre nobles. Los duelos durante la batalla eran
habituales. Carácter iranio.
Bien, ahora empezaremos con los samánidas. Recordemos que los tahíridas han sido vencidos por Yaqub, fundador de la casa de los safáridas, pero no llegó a cruzar el Oxus, por lo que la Transoxiana quedó en manos de los samánidas. Estos procedían de un noble sasánida, llamado Saman. Saman, originario de la ciudad de Belk,  al principio del siglo IX, había pedido ayuda al victorioso general árabe Asad Bin Abdullah para que le ayudara a recuperar el gobierno de dicha ciudad, en una época temprana de la conquista árabe de Persia. Saman se convirtió al Islam y así, se convirtió en cliente de Bin Abdullah. Este restableció a Saman en Belk, y en el futuro les favorecería mucho, pues Saman siempre se mostró fiel a la causa de los árabes. Saman llamó Asad a su primer hijo, y este tuvo cuatro descendientes: Nuh, Ahmed, Yahya y Elías. Antes incluso del gobierno de los tahíridas, a principios del siglo IX, hubo un gobernador, el último de los fieles a los Omeyas, llamado Rafi bin Layth, que se rebeló en Jorasán. Los hijos de Asad lucharon en el bando de los árabes y fueron determinantes en la derrota de Rafi. Por eso Al Mamun los premió con el gobierno de las cuatro principales   de la Transoxiana: Samarcanda para Nuh, Fergana para Ahmed, Djadk y Osrushna para Yahya y Herat para Elías. Estos cuatro hermanos, siguiendo las enseñanzas de su padre y su abuelo, heredadas de la más noble y rancia tradición sasánida, organizaron el gobierno de la provincia desde mediados del siglo IX con una eficacia sin parangón.
Clásico combate de caballería irania

Pero, ¿qué hicieron? ¿En qué triunfaron los samánidas a diferencia de los tahíridas y los safáridas, que no durarían mucho? Pues, precisamente, en el buen gobierno. Si agarráis un atlas, veréis que la Transoxiana, veréis que es la puerta de la estepa. Era un territorio por el que solían entrar las invasiones de los pueblos nómadas, que por aquella época eran turcos. Los pueblos indoeuropeos tipo escitas, sármatas o tocarios, estaban integrados en las poblaciones de Jorasán. Por lo tanto, lo primero para gobernar era establecer un adecuado control de las fronteras. Los samánidas, desde el principio, se mostraron extremadamente eficientes en esto. Desde el comienzo de su dinastía, a principios del siglo IX, proporcionaron un eficaz parapeto contra las brutales incursiones turcas, y esto permitió la estabilidad. Esa fue la clave. Durante más de siglo y medio, la Transoxiana fue brillantemente defendida del “furor de los hombres esteparios”. Eso y la renovación del sistema de canales hizo aumentar el prestigio y el respeto de los gobernantes de esta dinastía. Y eso fue quizá el otro pilar de su éxito: sus súbditos, tanto civiles como militares, les profesaron gran respeto. Se lo ganaron. En los textos que he consultado ( no he encontrado directamente el “Tarikhi” de Narshaki  ni a Weil ni a Mirkhond, pero sí, pero sí un libro del siglo pasado y unen su historia, llamado  “Historia de Bukhara”, de  Arminius Vambery)  cuentan algunas anécdotas sobre esto. La más llamativa es la de un general que en presencia del emir Ismail , no se quejó mientras un escorpión le picaba varias veces. Cuando Ismail se retiró, el general cayó al suelo, y se dice que dijo que si  uno no estaba dispuesto a aguantar algunas picaduras en presencia de su rey, cómo iría a soportar la crueldad de la guerra en defensa del mismo.

Y eso nos lleva al tercer factor de su éxito: Transoxiana estaba en la Ruta de la Seda, y por ella no solo viajaban las mercancías. También viajaban sabios, ideas y libros. Los gobernantes samánidas apoyaron como pocos el  saber: fundaron universidades, hospitales, laboratorios. La ciencia, y el método científico, se aplicaron a la metalurgia, la minería, la química  o la ingeniería, al mismo tiempo que la filosofía y el Corán se estudiaban y comentaba en las madrasas.  Y las artes y artesanías también prosperaban, y sus prodigios tenían salida a lo largo de la ruta. Fue un proceso lento, claro, pero aquella segunda mitad del siglo IX atrajo a la Transoxiana, o bien dejó que florecieran, algunas de las mentes más preclaras del mundo islámico. Todo ello ocurrió bajo el paraguas de la estabilidad que trajeron estos gobernantes.

                Bien, sigamos con la historia de los samánidas. Habíamos dicho  que Nuh gobernaba en Samarcanda. Cuando murió, su hermando Ahmed unió el gobierno de Fergana y Samarcanda, y fue sucedido por su hijo Nasr. Y Nasr tenía un hermano menor, llamado Ismail.

                Nasr vivió la época en la que Yaqub de los safáridas y los tahíridas luchaban por la hegemonía, y en cierta forma supo aprovecharla para reforzar su gobierno entre los ríos. En el año 872, una invasión de turcos desde Corasmia se dirigió a Bukhara, y Nasr envió a su hermano Ismail, y allí este se dio a conocer como el más brillante de los suyos. Muy pronto comenzó a destacar Ismail, tanto por su capacidad militar como por sus dotes diplomáticas. Y como veremos en la próxima entrega, estas dotes lo harían entrar en la Historia como el Emir Ismail de Bukhara, el gran príncipe samánida.

LAS DINASTÍAS PERSAS EN WARGAMES HISTÓRICOS

En DBA, la lista III/43, Khurasanian, cubre los ejércitos de las dinastías locales persas. Tiene tres variantes, pero aquí veremos sólo las dos primeras, que cubren a los tahíridas y a los safáridas. La primera tiene dos peanas de caballería noble irania, una de ellas de general. Luego hay dos peanas de caballería ligera con arco; 3 peanas de lanceros, que representa a la infantería armada de las ciudades; 3 peanas a elegir entre arqueros (una tropa excelente contra montados enemigos) o Ps (arqueros en formación de hostigadores), y luego una peana de 4Ax, que representa a los feroces mercenarios Dailami (hablaremos de ellos en otro artículo) y otra de 3Wb, que representa a los ghazis, o milicias  fanáticas religiosas.
Arriba, caballería ligera jorasaní. Abajo, los
temibles dailami y sus zupin, jabalinas
de dos puntas.

La variante safárida es muy parecida. Tiene 2 de Cv, 2 de LH, y es en la parte de infantería donde cambia. Solo tiene dos peanas de lanceros y dos de arqueros/Ps. El resto se compone de mercenarios Dailami (1 Ax) y tropas afganas e indias, pues los safáridas provienen de Sistán. Estos afganos e indios  se representan como 3Wb o 3 Bd.

 

En Field of Glory, las reglas permitieron definir con mucha riqueza las diferentes tradiciones de jinetes de esta zona. En la lista “Khurasanian”, del libro “Decline and Fall”, los tahíridas sólo tienen acceso a la caballería acorazada irania, irregular, acorazada con arco.  Los ghilmen sólo los pueden enrolar los safáridas (y samánidas). Los ghilmen con casi iguales, pero regulares. Los lanceros, contrariamente a las demás dinastías musulmanas del periodo, de otros puntos del islam, tiene la opción de estar acorazada. Esto se debe a la riqueza y organización de este periodo, pero también, como escribió Bodley Scott en los libros de ejército de DBM, debido a las descripciones del poema épico “Shahnameh”, el “Libro de los Reyes”, del que hablaremos más adelante. Las caballerías ligeras se diferenciaban entre las jorasaníes, (arco), y turcas (arco, espada). Incluso permiten meter las caballerías ligeras beduinas (lanceros/espada),  que se quedaron en aquellas regiones tras la conquista árabe y sirvieron a las dinastías persas.  Los Dailami molaban mucho en FoG, porque eran MF  superiores, regulares, acorazados, impact foot/swordmen. Unas bestias, que podían además llevar apoyo de arqueros en retaguardia. Las infanterías medias afganas, indias se representan como MF lanza ligera o MF superiores Impact foot/swordmen) irregulares, lo que las hace baratas, peligrosas y difíciles de controlar. Como eran, vamos.


Un espectacular general, Cv.
En Art de la Guerre, las reglas no permiten distinguir entre caballería acorazada turca o irania, pero ahí queda  siempre el orgullo del coleccionista y pintor minucioso. Ambas eran caballería pesada con arco, con opción de subir a élite. Luego encontramos los tres tipos de LH: con arco (jorasaní) , con arco y élite(turca)  y ligera/impacto beduina. Los dailami son igual de temibles: MF, impacto y élite, y luego está el resto de la infantería, que es media, y varía desde la impetuosa a la “jabalineros”, que representan a los afganos.
 

miércoles, 9 de mayo de 2018

Historia de la Rus

Saludos. En el artículo de esta semana hablaremos del origen de las actuales Rusia, Ucrania y Bielorrusia. La historia de estos países comenzó hace mucho tiempo, con el movimiento de las tribus eslavas, y la “Crónica de Néstor” o “Crónica primordial” será nuestro guía. Hace poco que he podido estudiar este texto y debo decir que es una de las crónicas más amenas e interesantes que he leído, incluso a pesar de los pasajes dedicados a la iglesa ortodoxa, los conventos y las anécdotas de temática sacra. Recomiendo su lectura porque es muy interesante. Recordemos que los eslavos se habían puesto en movimiento desde su región de origen, y sus migraciones, producidas entre los siglos V y VIII, causaron profundos cambios étnicos en la parte oriental de Europa. Finalmente se distinguieron tres grandes grupos: los eslavos meridionales, que llegaron hasta las Balcanes; los occidentales, que se quedaron en el centro de Europa, en las actuales Chequia, Polonia, etc. y los orientales. Éstos últimos son la base de la Rus, y se asentaron en las extensas llanuras de Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y continuaron expandiéndose hacia el este. Néstor nos da más detalle de estos pueblos usando el recurso de un supuesto viaje de San Andrés entre los eslavos. Lo que nos dice que estos eslavos se denominaban por tribus según el lugar donde vivieran. Así, los polianos  (de “poly”, que significa “campo”) habitaban en las fértiles llanuras a los lados de los ríos Dnieper y Lovat; los derevlios, que habitaban en los bosques; los dregovicios, que habitaban entre el Dvina y el Pripet, los polosios, que habitaban junto al río Polota, etc. Hay que tener en cuenta, también que todos estos grupos terminaron absorbiendo a otros pueblos, que terminaron adoptando su idioma como propio. En el caso de los eslavos orientales, estos pueblos fueron tribus finesas, bálticas e incluso, a través de las estepas, pueblos iranios. Sufrieron la llegada de los avaros, y luego los jázaros, que era pueblos esteparios. La crónica, puesto que es cristiana, hace una descripción grotesca de las costumbres eslavas anteriores a la formación de la Rus, destacando, eso sí, la cultura más avanzada de los polianos. Pues bien, durante el siglo VIII y la primera mitad del siglo IX comenzaron a aparecer las primeras unidades políticas de estos eslavos, que tomaron la forma de principados. Destacaron por su importancia el principado de Kíev, el principado del Norte (con capital en la hermosa Novgorod) , el de los dregovicios, el de los derevlios y el principado de Polotsk .


 
Rurik y sus hermanos
También explica Néstor la importancia geográfica de la región. El río Dniéper  desemboca en el Mar Negro. Ascendiendo por él, se llegaba a una zona en la que, a través de tierra, se llevaba el barco o la carga hasta el río Lovat, y el río Lovat llegaba al gran lago Ilmen. Desde aquí, el Volkhov  fluye de este lago al lago Nevo, y este tiene una boca que llega hasta el Mar de Norte, o el Mar de los Varengos, como se llama en la crónica. Es decir, había una ruta comercial desde los países nórdicos hasta Constantinopla. Los eslavos la usaban a menudo, y los suecos, daneses y noruegos no tardaron en descubrirla. A mediados del siglo IX, los varengos, o vikingos procedentes de Suecia, comenzaron a cruzar el Báltico y a remontar los grandes ríos procedentes de estas tierras. Realizando feroces incursiones, contactaron así con algunos principados eslavos, a quien pronto sometieron a tributo. Según la “Crónica de Néstor”, eran los Chuds, los Eslavs, los Ves y los Crivichios. Sus tierras eran fértiles, y disponían de abundante caza, y miel, y maderas. Sin embargo en el año 862, consiguieron una precaria alianza y desafiaron a los varengos, rechazando el pago de los tributos.  Al principio les fue bien, pero por aquellos días, los jázaros sometieron a los polianos, severos y viatigios. Aunque no lo deja claro en la crónica, imagino que ante el avance jázaro, los que acababan de rechazar a los vikingos se vieron con el nuevo enemigo a las puertas, y decidieron buscar aliados en los feroces varengos.   De este modo, en lugar de estar sometidos a los tributos de dos enemigos, se aliarían con uno de ellos para luchar contra el otro. Así fue como decidieron ir a buscarlos a Suecia y hacerles una oferta que no podían rechazar, y se inició la dinastía de reyes varengos entre los eslavos, llamada dinastía Rúrika. Comenzó con la llegada de los tres hermanos a aquella nueva tierra, en el año 860: Rurik, Sineus y Truvor, y todos sus seguidores. Rurik se asentó en Novgorod, Sineus en  Beloozero y el tercero en Izborks. Dos años después, Sineus y Truvor fallecieron, pero Rurik situó a sus hombres a la cabeza de estos principados, y extendió su dominio también sobre los polotsianos,  Rustov y  Murom. Y al amparo de aquella nueva era, dos de los hombres de Rurik,  Askold y Dir, avanzaron hasta Kiev, que por aquel entonces estaba sometida al tributo de los jázaros. La tomaron, atrajeron a más varengos con ellos y se hicieron fuertes allí, libres de Rurik,  mientras este mandaba en Novgorod. Fueron ellos los que  lanzaron el primer ataque a gran escala al país de los griegos, en el decimocuarto año del reinado del emperador Miguel. Con una flota de doscientos barcos bajaron por los ríos, entraron en el Mar Negro y arrasaron el Quersoneso y los alrededores de Constantinopla. El emperador, que marchaba a una campaña contra los búlgaros, tuvo que volver a toda prisa, pero finalmente, una terrible tempestad estrelló a la flota contra la orilla y los pocos supervivientes tuvieron que volver con muchas dificultades a su tierra.


Oleg ante las murallas de Constantinopla
En el año 870 falleció Rurik. Tenía un hijo, apenas un bebé, llamado Igor. Eligió de entre los parientes que le acompañaron,  Oleg, para que gobernara en nombre de Igor. Este Oleg fue el verdadero creador de la Rus. Conquistó Smolensk y la sometió a tributo. Luego siguió hacia Kiev, eliminó a los díscolos Askold y Dir y estableció allí la capital del nuevo estado que había concebido: la Rus de Kiev. Un estado en el que los príncipes varengos gobernaban sobre la población eslava, y les exigía tributos, tanto a ellos como a los demás principados eslavos a los que vencían. A cambio, dirigían los nuevos ataques y hacían frente a los jázaros. En el 885 habían conquistado casi todos los territorios eslavos que hasta entonces les pagaban tributos. Y dio forma a este estado. Ordenó que las ciudades fueran fortificadas. Ante la ausencia de accidentes geográficos importantes, los únicos obstáculos de aquella tierra eran los ríos. De modo que las ciudades levantaron grandes empalizadas de madera, y Oleg distribuyó guarniciones varengas por todas ellas, y designó sus gobernadores de entre los hombres que le debían vasallaje a él o al príncipe Igor.

Oleg cumplió su palabra con Rurik y tuteló al joven príncipe Igor. Bajo el férreo mando de Oleg, la rus sobrevivió al advenimiento de los magiares, que finalmente se asentaron en la actual Hungría. También aquellos años, la cristianización se fue propagando entre los eslavos del oeste, y de hecho, se tradujo la biblia a lengua eslava, en el alfabeto que creó Cirilo para ello. Pero los varengos se resistían al nuevo dios. Oleg, en el 904, lanzó un nuevo asalto contra Constantinopla, a la que ellos llamaban “Tsargrado”, la “ciudad del César”.  Y el emperador, que por entonces ya era Basilio, tuvo que pagar un gran botín a Oleg para que se fuera a su casa, y también establecer un tratado con ellos. Néstor dedica un buen número de líneas a describir el pacto, que podemos resumir en dos conclusiones importantes: los mercaderes varengos tendrían un trato preferente en las condiciones comerciales con los emperadores bizantino y, aquí empieza lo bueno, los varengos podrían ser reclutados por dichos emperadores bajo ciertas condiciones comerciales especiales (estipendio mensual, alojamiento, etc.), e incluso en caso de muerte, se garantizaba que su herencia llegara a sus parientes en la Rus, aun sin testamento.

Pero, ¿por qué todo esto? Pues porque hay que tener en cuenta que Constantinopla era la urbe más grande y el mercado más importante de aquella parte del mundo. Era la capital de un imperio que no cesaba de demandar todo tipo de productos. Y los varengos/vikingos, que igual empuñaban una espada que te vendían una piel de marta, se percataron de que todos los bienes de las grandes y fértiles tierras de la Rus se vendían bien en la capital del imperio. Así que muchos tributos se pedían en especie, sobre todo piel de marta, cera, miel, ámbar,   etc., y todo esto se vendía en Constantinopla. Y en cuanto a las otras condiciones, pues así nació la legendaria Guardia Varenga, la escolta personal de los emperadores. Su unidad de élite. Muchos y notables vikingos servirían en ella. En la tumba de muchos ellos, allá en el frío norte, se leyó “Bard-aur i greki”, o “muerto entre los griegos”. Quizá el más famoso miembro de esta guardia fue Harald Hadrada, que disputaría el trono de Inglaterra a Harold Godwinson en Stamford Bridge, días antes del desembarco normando de Guillermo el Conquistador (que por cierto, descendía de Rolf Ganger, Rolf el “Caminante”, hijo de Ragnvald Eystensson, el favorito de Harald I de Noruega. Al final, todos eran primos, “oyes”). Pero esto es otra historia.

Oleg tuvo una muerte bastante ridícula tal y como la cuenta la crónica de Néstor, que la pone como el resultado de desafiar al destino. Todo muy dramático. Os dejaré que la busquéis si os pica la curiosidad. Así que cuando murió, como el príncipe Igor ya era mayorcito, tomó el mando del estado en el 913. Igor siguió la política activa de consecución de tributos de los principados eslavos, pero en el 914 tuvo que hacer frente a la llegada de otro pueblo que en los años venideros sería sin duda otro de los protagonistas de este drama: los pechenegos. Pueblo de origen túrquico, grandes arqueros a caballo,  aparecieron por las llanuras asiáticas y pasaron por la Rus. Igor, que no carecía de talento, llegó a un costoso acuerdo con ellos y siguieron su camino, pero desde ese momento serían  una fuerza a considerar en la región, y con frecuencia los veremos luchando al lado de la Rus o al lado de los búlgaros, o de los bizantinos, según el mejor postor.


Kiev
En la Crónica encontramos aquí un misterioso vacío de veinte años en el que sólo se dan sucintas noticias sobre los magyares y los búlgaros, pero apenas se habla de Igor. Podemos pensar que se dedicaría a  mantener sus principados frente a los pueblos de las estepas, pero por fin, en el 935, Igor lanzó un nuevo ataque contra los griegos. Pensemos que los tratados solo se mantenían mientras los firmantes fueran fuertes. Si uno de los dos se mostraba débil y no podía reclamar su cumplimiento, el texto perdía su fuerza, y eso debió de pasar a Igor. Así que se lanzó con sus barcos hacia Constantinopla, arrasando de paso la Paflagonia y otras plazas en la costa del Mar Negro. Pero los bizantinos los arrasaron con su fuego griego en el mar, e Igor tuvo que huir con el rabo entre las piernas. Tardó diez años en volver a reunir sus fuerzas, someter a los pechenegos, traer más mercenarios varengos y reunir a un montón de eslavos y resarcirse de aquella derrota, cosa que logró. Así revalidó el tratado de Oleg, trajo un gran botín y sintió por fin su orgullo satisfecho. Justo a tiempo, porque ese año murió luchando contra los derevlios, reclamando su tributo.

Así que quedó sola al frente del gobierno su viuda, Olga, y su hijo, Sviatoslav Igorevich, todavía demasiado joven. Olga fue una mujer notable. No se sabe mucho de su origen. Fue traída de los países nórdicos a casarse con Igor cuando este era aun muy joven. Y cuando falleció su esposo, no dudó en ponerse al frente de sus tropas y lanzar una terrible campaña contra los asesinos de su Igor. Mucho lamentaron los derevlios haber acabado con Igor, pues no dudó en prender fuego a su ciudad y ver cómo ardían todos, y a los que escaparon, los mató o los vendió como esclavos. Y no solo era sabia en cuestiones de guerra. Preparó el reino para su hijo. Ordenó y legisló, organizó la recogida de tributos y mejoró la red de puestos fronterizos y puestos comerciales, tanto que el propio Néstor en su crónica indica que todo lo que hizo aún seguía funcionando en el momento de la escritura de la crónica, casi doscientos años después.

Olga en la corte bizantina


Juntos, madre e hijo llevaron a la Rus a la cima de su poder, hasta la muerte de Sviatoslav en el 972. Además de las reformas mencionadas, también redefinieron la política exterior: se buscaría la amistad del imperio Bizantino, y se atacaría a todos los demás, sobre todo a l os jázaros, pero también a otras tribus turcas, como los pechenegos, o bien baltos, como el pueblo lituano. Gran parte de las relaciones entre Bizancio y Kíev se basaron en la cristianización de la Rus. Hasta entonces, los eslavos y varengos habían mantenido sus cultos paganos: Perun, el dios del Trueno, y todo el panteón vikingo, y también Jors, que era una deidad irania. El proceso de cristianización había comenzado en el siglo IX (con san Cirilo y san Metodio), pero fue Olga la que se percató de las enormes ventajas que supondría para su hijo contar con el respaldo del imperio bizantino, y sellar dicho respaldo a través de la fe cristiana. Tengamos en cuenta que Constantinopla no era el verdadero enemigo. El día a día de la Rus tenía más que ver con el sometimiento de los principados díscolos, y la guerra continua con pechenegos, jázaros, magiares y otros pueblos esteparios. A través de la “cristianización”, los príncipes de la Rus tendrían una legitimación muy poderosa.  Nótese que ya los búlgaros habían optado por el mismo camino. Así que Olga marchó en el 948 a Constantinopla, al frente de una misión diplomática de extrema importancia. Estando allí, encandiló al emperador y aceptó el bautismo, y con la misma habilidad que había mostrado para la guerra, convenció al “pegajoso” y ardiente emperador para que la dejara volver a la Rus a convertir a su hijo, a cambio de importantes cantidades de miel, pieles y otras mercancías, y un importante contingente de tropas, sobre todo varengos, que lucharan contra el emperador. Y aunque no consiguió que Sviatoslav se convirtiera al cristianismo, si consiguió situar a la Rus en la órbita romana. Y el apoyo dio sus frutos. Sviatoslav derrotó en los años siguientes a los jázaros y a los búlgaros, y levantó el gran asedio de los pechenegos a Kiev, en el que su madre estuvo a punto de perecer. Poco después, en el 969, Olga falleció, y sin ella, todo el estado que estaba creando se desmoronó rápidamente, dividido y acosado por sus enemigos tradicionales. Sviatoslav murió cuatro años después, y dio comienzo un periodo turbulento, en el que sus descendientes, cada uno en su principado, se disputaron el poder, hasta que imperó  Vladimir Sviatoslavich, también conocido como Vladimir el Grande, o san Vladimir, ya que fue santificado. Desde ese momento, los altos cargos serían enviados por Bizancio, aunque el papel de la Iglesia en la Rus sería separado totalmente del gobierno. Y durante mucho tiempo, la nobleza mantendría también cultos paganos, sobre todo a Perun y Jors. Vladimir unificó finalmente a todos los principados, y colocó a sus descendientes al frente de las nuevas “provincias”-principados. Desde ese momento, el príncipe de Kíev ostentaría el título de “Gran Príncipe”, para diferenciarse de los demás.

Olga pensando en los derevlios
Y aunque fue Vladimir quien convirtió finalmente a la Rus a la cristiandad, la labor inicial de Olga, la gran estadista y primera cristiana de la Rus, fue reconocido por la iglesia ortodoxa y santificada como Santa Olga, o Santa Helga. Y hay que destacca también los párrafos que Néstor dedica a la conversión de Vladimir, que son de los pasajes más fascinantes. Pues Vladimir, buscando “nuevos dioses”, recibe una embajada de los búlgaros del Volga, que ya se habían convertido al islam, y le cuentan las bondades de su religión. Luego llegan los jázaros, que se habían convertido al judaísmo (¿nunca os habéis preguntado cómo llegaron los judíos de “El violinista sobre el tejado” a Rusia?). Los siguientes fueron misioneros cristianos germanos, que usaban los modos “romanos” u occidentales, y luego el emperador  de Constantinopla le envía misioneros “ortodoxos”, que son los que finalmente elige. Es un pasaje profundamente humano a pesar de ser “naif” en sus planteamientos, pero verdaderamente fascinante.

Pechenegos
Tras la muerte de Vladimir el Grande, el proceso de descomposición de la Rus apenas  pudo detenerse. El principado fue dividido entre los hijos de Vladimir, Iaroslav el Sabio y Mstislav. Cuando éste murió, Iaroslav unificó de nuevo el territorio. Sin embargo, a su muerte, sus hijos disputaron duramente, e hizo aparición el pueblo de los cumanos, o “kypchaks”, otro pueblo turco, desde las estepas del sur, que habían desplazado a los pechenegos. Desde ese momento, los príncipes lucharon a menudo entre ellos, o bien lucharon unidos contra los cumanos, o bien con los cumanos contra el resto de los príncipes. Durante la segunda mitad del siglo XI y el primer tercio del XII, la Rus se mantuvo a duras penas unida, aunque sus príncipes locales tenían cada vez más independencia, y compitieron en traición y capacidad de intriga. De cada generación, el líder repartía sus principados entre sus hijos, y a su muerte, los hijos luchaban o se traicionaban y corría la sangre, hasta que uno se imponía, y el ciclo volvía a comenzar. En estos años, la Crónica de Néstor ya no habla de incursiones ni campañas hacia el exterior, sino de un continuo estado de guerra fratricida.

Este periodo terminaría con el reinado de Vladimir II Monómaco, entre los años 1113 y 1125. A Vladimir II debemos dos de los primeros exponentes de la literatura de los rus: la “Instrucción”, y su “Homilía”, obra en la que él, consciente de los peligros que acechaban a la Rus en descomposición, trató de plasmar su experiencia y sus recomendaciones a los futuros príncipes. También, durante su reinado, tuvo el poder y la iniciativa suficiente como para construir un largo muro en la estepa para protegerse de los cumanos, vigilada por sus valientes boyardos..

Tras la muerte del Gran Príncipe Vladimir II, la Rus siguió su descomposición. La decadencia y la bajada de la demanda comercial por parte de Constantinopla, y las nuevas rutas comerciales que abrieron las Cruzadas, provocaron que la Rus fuera quedando al margen de lo que pasaba en el resto del mundo, y los ingresos debidos al comercio descendieron. Los Príncipes de la Rus tenían menos recursos, y su poder se fue fragmentando tanto como sus territorios, en  el que fueron apareciendo pequeños principados independientes. Los príncipes tuvieron que apoyarse cada vez más en sus boyardos al carecer de recursos propios. Esto puede apreciarse, a modo de anécdota, en el papel que los boyardos tienen en los cuentos tradicionales rusos de temática heroica, o “bilinas”, en los que casi siempre los protagonistas son boyardos que, leales a algún príncipe, cumplen arriesgadas misiones en defensa de la tierra rusa. Curiosamente, los príncipes de estos cuentos están siempre en sus palacios, y rara vez se ponen al frente de sus ejércitos o se exponen a algún peligro. Yo crecí leyendo estas historias, que conocí incluso antes de la mitología griega: Ilyá Múrometz, Dobrinia, Aliosha Popóvich, Dunai y Nastasia...
Pues bien, la Rus unificada se dividió en tres estados principales: Rus de Vladimir Suzdal en el norte, la de Volinia-Galitzia en el sur, y el principado independiente de Novgorod, ciudad dedicada al comercio, próspera y opulenta, y que daría origen a un personaje de cuento maravilloso llamado Sadkó de Novgorod: astuto y afortunado mercader, y maestro en el arte de tocar el salterio. Ya en la segunda mitad del siglo XII Kíev fue perdiendo importancia, al tiempo que los cumanos aumentaban la presión sobre las tierras rusas, pero Novgorod prosperó por su control del comercio del Báltico.

Pero las divisiones aumentaron tanto que cuando, los mongoles invadieron la Rus, en el 1220, no había fuerza capaz de hacerles frente. Fue Batu Kan, al frente de la Horda de Oro, quien arrasó el país. La llegada de los tártaros fue tan terrorífica para los rusos que muchos huyeron a las tierras boscosas, a la espesura, donde los mongoles no se atrevían a penetrar. Muchas bilinas, como la de Aliosha y el tártaro Tugarin, muestran a los tártaros como seres monstruosos, deformes y gigantescos.
La conquista mongola tuvo graves repercusiones. En el futuro haré una serie de artículos sobre el imperio mongol, en los que trataré esto con más detalle, pero por ahora basta decir que los mongoles no se anexionaron esta región, pero sí sometieron a sus príncipes a un duro vasallaje (os recomiendo leer la historia de Aliosha Popovich). Favorecieron la preminencia de Moscú, situada más al este que Kíev, como nueva sede de poder de los gobernantes rusos, mientras la antigua capital de la Rus era aislada y caía en el olvido. No fue hasta Ivan el Terrible cuando los rusos recuperaron su independencia. Por lo tanto, detendremos aquí el relato de los hechos históricos.

LOS EJÉRCITOS DE LA RUS EN DBA



En DBA, encontramos dos listas distintas para el periodo descrito en este artículo. Aunque la composición de los ejércitos cambia, la organización de los ejércitos se basa en lo siguiente: el Príncipe poseía un ejército propio, denominado “druzhina”. A este contingente, los príncipes podían unir tropas locales, aportadas por las ciudades, en caso de necesidad, o incluso mercenarios provenientes de pueblos esteparios con los que a veces se estaba en guerra, y a veces, se colaboraba. Con este esquema en la cabeza, veamos ahora los ejércitos.

III/48, Rus.- Esta lista representa a los ejeŕcitos de los príncipes de la Rus desde la llegada de los reyes vikingos hasta la fragmentación de los principados. Encontramos pues la peana del general como Cv o bien como Bd. Ésta peana es la “druzhina”, y son vikingos. Luego hay siete peanas de lanzas, obligatorias. Los lanceros rus, es decir, autóctonos, usaban largas, al modo escandinavo, lanzas y escudos. Inicialmente eran redondos, también como el de los vikingos, pero fueron cambiando al diseño cuadrado. También estaban equipados con hachas. Eran conocidos por su ferocidad y por la fuerza de sus formaciones cerradas. Luego hay dos peanas con opción de ser lanceros rus o bien, arqueros hostigadores, Ps, que solían disparar desde detrás de las formaciones de lanzas. Por último, otras dos peanas que pueden ser más lanceros rus, o Bd, que representan a mercenarios varengos, o bien LH, que pueden ser búlgaros del Volga, magiares, polacos o pechenegos: arqueros a caballo, vamos.
III/78 Rusos tempranos. Esta lista representa ya a los ejércitos en los que participan los boyardos. El general y cuatro peanas más son Cv. Ésta es la nueva “druzhina”, conformada por los jinetes bogatires: equipados con arcos, mazas y espadas, y equipados con hermosos armaduras y arreos. Luego hay dos peanas de caballería ligera, que eran tropas aportadas por las ciudades, formadas por boyardos empobrecidos o campesinos pudientes, y que tenía funciones de exploración, pero también puede representar a mercenarios húngaros, pechenegos o cumanos, o bien “kazak”, que eran turcos asentados en las fronteras de la Rus. Siguen dos peanas de lanceros rus, dos de arqueros y la última, que tiene tres opciones: una Hd, representando a milicias locales; Ax, representando a tropas rusas procedentes de los bosques, y una extraña peana de 3 ó 6 Kn, que son caballeros mercenarios germanos, en formación estándar (3Kn) o bien en cuña (6Kn).


En Art de la Guerre encontramos las mismas listas. La 160 es la Rus, con una "druzhina" formada por lanceros varengos o caballería pesada, y un núcleo de lanceros pesados y alguna caballería ligera. La lista 206, Rusos Feudales, incluye la segunda época. La élite es ahora montada, formada por los boyardos, representados como caballería pesada, quizá en contraposición a la caballería pesada con arco que encontramos en las listas de pechenegos y cumanos; luego tenemos a los lanceros, con presencia menor, y muchas opciones de aliados: cumanos, pechenegos, polacos e incluso esos caballeros.
Guerreros de la Rus


Las gamas de rus, sobre todo los boyardos, suelen ser muy atractivas visualmente. Que yo conozca, Essex y Old Glory tienen una bonita gama, aunque mi favorita es la de Mirliton.

viernes, 13 de abril de 2018

El califato abásida


Abu Muslim Al Khorasani
Saludos. Esta semana comenzaremos nuestro retorno hacia Occidente desde las estepas de Asia Central. Concretamente, conoceremos a los gobernantes abásidas, que dirigieron las riendas del imperio islámico desde que destronaran a los Omeyas en el 749, hasta la fragmentación del califato en un complejo mosaico de dinastías locales.
Bien, recordemos algunas cosas. La conquista árabe había llegado desde los Pirineos hasta las fronteras de La India. La dinastía Omeya o Ummayad había arrebatado el poder a los Califas Ortodoxos, que habían sido parientes y colaboradores del propio Mahoma. Alí, el cuñado del Profeta, había sido obligado por lo tanto a renunciar al califato. Esto provocó que otras dinastías comenzaran a plantearse que si los Omeyas podían gobernar en lugar de los descendientes del Profeta, ellos también podrían. También provocó corrientes que giraron alrededor de Alí, y cuando éste murió, el descontento aumentó mucho entre ellos.
Por otro lado, en los nuevos territorios, el dominio Omeya se había traducido en la implantación de numerosas ciudades “cuartel” para sus ejércitos. Como los musulmanes estaban exentos de impuestos, muchos campesinos dejaron sus tierras y emigraron a estas ciudades, por lo que las recaudaciones se reducían, y los Omeyas comenzaron a poner trabas a estas conversiones.
También, las clases locales que habían sido apartadas del poder, sólo podían prosperar convirtiéndose en “mawali” o “clientes” de las tribus árabes. Sin embargo, muchos eran personas extraordinariamente capaces y con mayor tradición política y de gobierno, como los nobles persas. Aunque los árabes les consultaban sin cesar, ellos permanecían siempre apartados del poder.

Todos estos factores fueron creando un clima de oposición generalizada a los Omeyas. Y fue en la lejana frontera oriental, en Jurasán (Khurasán, una provincia de la antigua Persia), donde un misterioso personaje llamado Abú Muslim, atrayendo sabiamente a todos los elementos descontentos con los califas gobernantes, proclama la “da'wa”, la revuelta religiosa que derrocaría los Omeyas, en el 745. Pero, ¿quién era Abú Muslim? La respuesta a esta pregunta nos revelará sin duda uno de los más complejas, astutas y exitosas conspiraciones de la Historia.
En el año 741, Abu Muslim no era más que un “mawali” arruinado. Su origen no está claro, y ni siquiera la enciclopedia iránica es capaz de ser taxativa, pero se sabe que no era árabe, sino de origen persa. Tal vez de la nobleza irania.  El nombre de Abu Muslim le fue dado cuando se adhirió a la causa de los abásidas. Pues fue un miembro de esta familia,  Ibrahim, quien descubrió que este oscuro personaje poseía algunas virtudes que podrían serle muy útiles.


"Con banderas negras vendrán del este..."
Lo primero que hay que entender es que los abásidas eran una familia árabe, también procedente de La Meca, y que durante la expansión árabe, había recibido territorios en Palestina e Irak.  Aspiraban a derrocar a los Omeyas.
Ibrahim, sabiamente, sabía que podía basar la legitimidad de su revuelta en ser descendiente de cuarta generación de Abbas ibn Abn Al-Mutalib, que fue tío del propio Mahoma. Es decir, Ibrahim sabía que cumplía con el primer “requerimiento” que se exigiría a unos nuevos califas: ser parientes del Profeta, a diferencia de los Omeyas.
Ibrahim reclutó a Abu Muslim, y le instruyó en su plan. Debía el “mawali” marchar a la provincia más alejada del nuevo imperio, a Jurasán, en la antigua Persia. Era el lugar idóneo: alejado del centro de poder de los Omeyas, con un gobernador débil y escasa tropas, concentradas en vigilar la frontera de la estepa donde ya se vislumbraba la amenaza de las tribus turcas. Donde muchos nobles persas se veían apartados del poder y se veían despreciados por la élite árabe. Donde habían tenido que sofocar algunas revueltas. Donde los shiíes seguían rumiando otra contra los omeyas. Allí, Abú debía proclamar un mensaje religioso: los Omeyas no eran descendientes del Profeta, y atentaban contra los principios del Islam dificultando las conversiones. Por lo tanto, los buenos árabes debían rebelarse contra ellos y elevar a un auténtico descendiente del Profeta en el poder. Sin embargo, Ibrahim ordenó a Abú que bajo ningún concepto revelara el nombre del nuevo aspirante a califa. Ésta era la clave del plan. Abú debía provocar la rebelión en la frontera del imperio y avanzar contra los Omeyas marchando hacia el oeste, mientras Ibrahim y su familia aguardaba acontecimientos en Palestina.
Una antigua profecía había predicho que del Este vendría un ejército victorioso portando banderas negras, para mayor gloria del Profeta. Abú adoptó estas banderas negras para los ejércitos que consiguió reunir con los árabes de Jurasán, y los guió a la batalla. En aquel momento, el califa Omeya era Marwan II, y la oposición a su familia se había extendido por todo el imperio, por lo que su situación era extremadamente caótica. Aprovechando esta debilidad, Abú Muslim asaltó y tomó la ciudad de Merv en el 748. Y mientras el resto del imperio se desintegraba, al año siguiente, sus tropas entraron en Kufa.


Mientras, Marwan había sido informado de que la más peligrosa revuelta, la de Abú, podría haber sido instigada por el cercano imán Ibrahim. Los guardias de confianza de Marwan, en el intento de capturar a Ibrahim, le mataron, justo a cuando Abú Muslim acababa de entrar en Kufa. Con el plan abásida descubierto, ya no había marcha atrás. Un nuevo líder tomó las riendas de los abásidas, y envía un mensaje a Abú Muslim para que le proclamara Califa desde Kufa. El candidato secreto iba a ser por fin revelado. El mensaje lo firmaba el que sería el primer califa abásida: Abdullah ibn Muhammad al-Saffah. Era el año 750, y al-Saffah, al frente de su propio ejército, poco después, derrocó a Marwan, que se vio atrapado entre las fuerzas de Abú y las del propio Al-Saffah.
Sin embargo, el nuevo califa no satisfizo a todos los que habían participado en la rebelión, de modo que al-Saffah tuvo que negociar para mantener la lealtad de antiguos jefes militares árabes. Sin embargo, el nuevo califa murió repentinamente en el 754, y la cuestión sucesoria destapó la todavía inestable posición abásida. La “da'wa” se dividió alrededor de dos aspirantes principales: Abú Ya'ffar, conocido como al-Mansur, y su tío Abd-Allah.
Y fue entonces cuando el poder de Abú Muslim y sus ejércitos jurasaníes hizo que la balanza se inclinase rápidamente en favor de Al-Mansur, que en ese mismo año se proclamó califa. Sin saberlo, Abú Muslim había firmado su propia sentencia de muerte. Al-Mansur, incluso favorecido por él, se asustó al comprobar la enorme influencia de Abú, y vio claro que si éste alguna vez se le ponía en contra, no podría hacer le frente. Por lo tanto, Abú Muslim murió por orden del mismo califa al que había ayudado a llevar al poder. Así terminó su asombrosa historia.

Con Al-Mansur comenzó en realidad el califato abásida, y también, la era del auténtico esplendor islámico. Reformó el gobierno, estableciendo los nuevos cargos, reorganizando la profesionalización del ejército. Además, Al-Mansur fundó una ciudad para los sueños: Madinat al-Salaam, la “Ciudad de la Paz”, más conocida como Bagdad. En efecto, si los Omeyas gobernaron desde Damasco, Al-Mansur gobernó desde Bagdad. Además, cuidó mucho la cuestión sucesoria, que trató de mantener dentro de su familia. Así, cuando murió en el 775, fue su propio hijo, Al-Mahdi quien se erigió como nuevo califa.
Al-Mahdi inauguró un proceso de estabilización y prosperidad económica sin precedentes. Mientras en Europa estaba sumida en una era de oscuridad de ignorancia, Bagdad se fue convirtiendo en la ciudad más esplendorosa del mundo. Y además, Al-Mahdi se puso al frente de una nueva “yihad” que llevó a sus ejércitos a La India, la Transoxiana y Anatolia, donde se enfrentaron con enorme fiereza con los ejércitos del imperio bizantino.
En el año 786 fue sucedido por Al-Rasid. Fue éste un gobernante exitoso y enormemente conocido, con una personalidad compleja y contradictoria. Mientras sus detractores le acusaban de desentenderse de los asuntos de sus súbditos, Al-Rasid se centró en continuar la violenta guerra contra los bizantinos. Su nueva “yihad” avanzó por Anatolia imparable, y llegó a las afueras de Constantinopla, pero allí fue finalmente rechazado. Centró entonces su interés en los puertos del Mediterráneo, el Mar Rojo y el océano Índico. Asignó tropas y flotas, y los comerciantes árabes llevaron sus naves y mercancías a costas tan lejanas como África, Sri Lanka o incluso más allá. Estos audaces comercianes serían inmortalizados en la figura de Simbad el Marino en los cuentos de “Las mil y una noches”.

Mientras, la vida urbana, gracias a las mayores aportaciones que pudieron hacer los “mawali”, prosperó, y se alcanzó un progreso tecnológico y cultural sin parangón en su época.
La agricultura mejoró extraordinariamente, y se abrieron hospitales públicos para enfermos y leprosos. El califato de Al-Rasid fue la Edad de Oro del Islam, y el eco de su grandeza llegó hasta la lejana Europa: un día llegaron a Bagdad unos extraños emisarios, que se presentaron como embajadores del rey Carlomagno. La diplomacia funcionó. Incluso se dice que Al-Rasid regaló a Carlomagno un elefante asiático.
Harún Al-Rasid recibe la embajada de Carlomagno

Toda Edad de Oro llega a su fin, y la sucesión de Al-Rasid causó ésta. Había nombrado sucesores a sus tres hijos: Al-Amin, Al-Mamún y Al-Qasim. Cuando Al-Rasid murió, sus hijos no tardaron en provocar una guerra civil. Fue Al-Mamún, desde su gobierno de Jurasán, y apoyado por los Tahirids, quien finalmente se impuso a sus hermanos en el 813, después de asediar Bagdad durante catorce meses, y tras tomarla sólo tras una cruenta lucha calle por calle. Por ello, los Tahirids serían recompensados con el gobierno hereditario e independiente (pero leal al califa de Bagdad) del territorio de Khurasán, estableciéndose así la primera dinastía jurasaní de una serie muy interesante, que estudiaremos en futuros artículos. Sin embargo, la guerra civil provocó la independencia de facto de los territorios norteafricanos. Tras este conflicto, el imperio se había reducido, aunque siguió siendo muy poderoso.
Al-Mamun murió en el 833 en una campaña contra los bizantinos, y fue sucedido por al-Mutasim. Este califa tomaría una decisión que, con el tiempo, cambiaría para siempre la historia del Islam. Merece la pena detenerse en este aspecto.
Hasta Al-Rasid, los ejércitos abásidas habían sido los mismos que los de los Omeyas. Sin embargo, en la primera reforma de Al-Rasid, se había creado un ejército en Jurasán en el que se había incluido un gran número de tropas persas a caballo, nobles que mantenían la tradición bélica directamente heredada de los sasánidas, y que se basaban en un mayor uso de los arqueros acorazados a caballo, en lugar de los lanceros acorazados a caballo árabes. Pero estas tropas seguían siendo básicamente musulmanas. Sin embargo, Al-Mutasim comenzó a enrolar tropas esclavas turcas en los ejércitos, que también usaban táctica más parecidas a las jorasaníes, pero con una mayor fiereza si cabe. Estos esclavos turcos comenzaron a formar el núcleo de los ejércitos, y sus propios generales esclavos fueron estableciendo linajes que permanecieron al servicio del califa. Estos turcos serían conocidos como “ghilmen” o “Mamluks”, y en su época se convirtieron en el epítome del arquero acorazado a caballo.
Con estas fantásticas y feroces tropas en los ejércitos, Al-Mutasim puso fin a numerosas revueltas que desestabilizaron su gobierno, y mantuvo la guerra en todas sus fronteras. Además, el creciente poder del factor turco provocó que el centro de poder califal pasara de Bagdad a Samarra, más cerca de las estepas. Sin embargo, la nueva capital se limitó a ser la sede del ejército, pues Bagdad siguió sin rival en cuanto a esplendor y cultura.
Ghulam y soldado de infantería

Al-Wathiq fue nombrado califa en el 843, y otorgó grandes parcelas de poder a generales turcos. Desde ese momento, la infiltración de los “esclavos” turcos cambió el equilibrio de poder en la corte abásida. No pasó mucho tiempo antes de que algunos comenzaran a preguntarse quién servía a quién.
Como este califa no nombró sucesor, Al-Mutawakkil llegó al poder apoyado por los turcos, pero luego, cuando se sintieron decepcionados por su actitud hacia ellos, lo mataron en el 861 y le ofrecieron el poder a su hijo Al-Muntasir, que se mostró mucho más “maleable” para sus intereses. Este momento marca el fin del poder unificado de los abásidas. Los generales y líderes militares del ejército, sobre todo los turcos, y también los más tradicionales que se oponían a ellos, comenzaron una serie de movimientos que terminaron con la aparición de numerosas dinastías islámicas regionales, que fueron independizándose del poder central del califa, y así, el estado unificado desapareció. Aparecieron así, entre otras dinastías, los safáridas primero y luego los gloriosos samánidas en Jurasán (descendientes de los persas) ; los gaznávidas (turcos) en las estepas; los fatimíes (árabes) en el Magreb, los tuluníes en Egipto, los Hamdánidas (beduínos) en Yazira (Irak), dinastías Dailami (iranias) en Irán, etc. Hablaremos de algunas de ellas en próximos artículos.
Descomposición del califato en durante el intermedio iranio

Los siguientes califas abásidas también tuvieron que enfrentarse a graves conflictos en las áreas que todavía gobernaban. La revuelta de esclanos negros zanj comenzó en 869 en las zonas pantanosas del Eúfrates, donde eran llevados a trabajar, y no pudo ser controlada hasta el 883.
Los cármatas se revelaron en la zona del Golfo Pérsico, y con la ayuda de muchas tribus beduías, allá por el 900, guiados por Abu Said. Se enfrentaron a los ejércitos califales con gran derramamiento de sangre. Saquearon caravanas y ciudades, desestabilizando el poder abásida hasta el límite. En 929 atacaron incluso La Meca y se apoderaron de la Piedra Negra. Sin embargo, el movimiento comenzó a debilitarse en el 945.
Trágico final para la rebelión de esclavos
Para entonces, los califas abásidas estaban totalmente agotados. De modo que fue una dinastía, procedente de las regiones montañosas del norte de Irán, los dailami Búyidas, que hacía poco que habían sido islamizados, pero cuya feroz infantería mercenaria formaba parte de los ejércitos árabes desde los Omeyas, entre los feroces Dailami, quien ocupó Bagdad. Los búyidas mantuvieron el califato con valor representativo, pues el poder lo detentaron ellos desde entonces, y hasta que fueron derrotados por los turcos Seljuk cien años más tarde. Protagonizarían el denominado “intermedio iranio”, en el que el poder recayó en pueblos persas, después del gobierno de los árabes y antes del de los turcos que estaba por llegar.

Durante el califato abásida, como ya hemos dicho, la vida urbana y la cultura prosperó enormemente, y ello fue sin duda debido al nuevo clima creado por los abásidas. Aunque los árabes siguieron gobernando y mantuvieron su cultura y su diferenciación racial, los “mawali” puedieron participar de forma más directa, y pudieron aspirar también a puestos de poder. Esto permitió que persas, egipcios, sirios y muchos otros, con una rica tradición cultural, se pusieran al frente de numerosos negocios y puestos de gestión. También los Dhimmis, los no musulmanes, aportaban sus conocimientos de artesanía y comercio, y pagaban impuestos especiales a las arcas del califa.
Las pudientes clases gobernantes consumían todo tipo de bienes de lujo. Los artesanos y comerciantes creaban y transportaban preciosas mercancías a todos los lugares del imperio. Aparecieron los mercados como emplazamientos físicos permanentes, como en Bagdad.
Por lo tanto, la menor importancia que se dio a la pertenencia de cada individuo a su raza, en favor de una mayor hermandad universal de los musulmanes, provocó fusiones e influencias verdaderamente esplendorosas, que han dejado en la Historia una imagen imborrable, y un riquísimo legado como las narraciones asombrosas de “Las mil y una noches”, recopilado en el siglo IX, donde a través de sus cuentos, podemos atisbar retazos de aquella Edad de Oro.

LOS ABÁSIDAS PARA DBA
La lista para DBA de los abásidas es la III/37, Abbasid Arab. La lista presenta dos variantes cronológicas debidas precisamente a lo que se ha comentado antes:
La opción “a” llega hasta el 835, es decir, justo antes de la inclusión masiva de los “ghilmen” turcos. Por lo tanto, se compone de las tropas árabes que ya vimos en la lista de los Omeyas, aunque hay algunas variaciones. El general y tres peanas más con Cv, que representan a los lanceros árabes.Yo recomendaría que una de estas peanas se sustituyera por caballería acorazada con arco de Jurasán, al estilo persa, si se pretende hacer el ejército de Al-Mamún. Luego hay tres peanas de 3Bw o 2Ps, que representan arqueros árabes. Luego hay tres peanas de Sp, que representan a los lancero árabes que desarrollaron los Omeyas, con un papel más defensivo para contener a la caballería enemiga. Estos lanceros solían estar apoyados por arqueros hostigadores, y por ello los arqueros pueden ir tanto solos (como Bw) como hostigadores (Ps), pudiendo prestar apoyo trasero a las lanzas. Luego hay una peana opcional entre Wb (creyentes musulmanes voluntarios y fanáticos) o LH (caballería ligera beduina o jurasaní), y una última peana opcinal entre 4Ax (feroces montañeses dailami) o LH (de nuevo beduina o jurasaní).
La opción “b” representa a los ejércitos ya conformados a partir de enormes contingentes de ghilmen (en singular, ghulam). El general es caballería, que representa a lanceros árabes o bien nobles jorasaníes, al modo persa. Luego hay tres peanas de caballería, que son los ghilmen: arqueros acorazados a caballo al modo turco. Luego, tres peanas de 3 Bw (arqueros árabes) (en la lista del manual hay un error tipográfico pone 3x6Bw, cuando debe poner 3x3Bw). Luego, dos peanas opcionales algo complejas: 2x3Bw, arqueros árabes, o bien, una peana de lanzas defensivas árabes o esclavos negros (4Sp) y una peana de arqueros árabes o negros, que puede ser 3Bw o bien 2Ps, según se prefiera. Es decir, los abásidas usan muchas menos lanzas que los Omeyas, en favor de mayor número de arqueros, cuya efectividad contra caballería es mayor, pues son verdaderamente letales contra montados.
Luego hay una peana de LH, que puede ser caballería ligera jorasaní o turca tribal (arqueros a caballo sin armadura). Otra peana es opcional entre 3Wb (fanáticos voluntarios árabes) o Cv (lanceros árabes tradicionales, en minoría tras la llegada de los turcos al ejército). La última peana también es opcional entre 4Ax (montañeses dailami) y LH, que (arqueros a caballo jorasaníes o turcos, o beduinos).



Que yo sepa, estas gamas están completas en Minifigs, Essex y Old Glory 15's. Las de Old Glory son especialmente vistosas.