viernes, 2 de febrero de 2018

Buenas noticias


Saludos. Hoy, a diferencia de otras veces en las que escribo noticias sobre masacres, invasiones, aldeas arrasadas, pirámides de cráneos y sacrificios rituales, tengo buenas noticias de la editorial. Amazon ha seleccionado mi novela para una promoción  especial en ebook.  En palabra de Ediciones Evohé:

“ Excelente noticia que Amazon haya decidido tocar con sus electrónicos dedos mágicos “La isla de las sombras. La batalla de Esfacteria”. Si sois usuarios de Kindle Amazon, podréis adquirir a mitad de precio su ebook durante unos días.  mi novela para la promoción mensual. Los usuarios de Kindle Amazon podrán adquirir a mitad de precio el ebook. Las críticas, tanto de viva voz como amazonianas, no pueden ser mejores, así que no queríamos dejar de avisaros de la buena nueva para que aprovechéis la oportunidad y la disfrutéis”.
 

 

 

lunes, 29 de enero de 2018

Tamerlán

Saludos. Como ya anunciamos en nuestros artículos sobre Gengis Khan, hoy hablaremos de una de sus más ilustres “descendientes”. Al menos, uno de los que dejó mayor rastro en la Historia, aunque fuera un rastro de cadáveres. Hablaremos de Timur, también conocido como Timur-i Shenk, es decir, Timur el Tullido, o como Tamerlán o Tamurbec, Señor de Hierro.

                Timur fue un hombre de su tiempo. Nació en la era en la que el gran imperio mongol, dividido, se descomponía rápidamente; cuando los turcos volvían a tomar el control de las ciudades de Siria, Irak y Persia y cuando las tribus mongolas que habían formado parte del Il-Khanato y la Horda de Oro se separaban, guerreaban entre ellas y carecían de un líder fuerte que los llevara de nuevo a la conquista.  Vino al mundo en la aldea de Qhesh, cerca de Samarcanda, hijo de un señor menor mongol caído en desgracia, y cuya hueste se reducía a cuatro o cinco jinetes. Timur heredó su pobreza, pero comenzó a destacar pronto en sus correrías, y no tardó en reunir  trescientos jinetes. Se hizo famoso por su habilidad y audacia para robar ganado, saquear huertas y asaltar caravanas. Era generoso con otros mongoles que se veían despojados de la gloria de sus padres, y vieron en él un líder a quien seguir.
 Por aquellos días, el señor de Samarcanda, que desde 1365 había vuelto a tener un líder turco, lo condenó a muerte, pues sus correrías habían sido muchas. Pero en su corte había otros nobles mongoles que le aconsejaron no eliminar a un líder tribal como Timur, que además había comenzado a propagar el rumor de que descendía del propio Yagatai, hijo de Gengis Khan. De modo que se le perdonó, y Timur fue invitado a la corte. Pero se le acusó pronto de conspirar para  y derrocar a los turcos y tuvo que huir para volver a la vida errante. Aun así aumentó su hueste y robó a muchas y ricas caravanas, algo impensable en los tiempos del Gran Khan, pero que en aquellos días era el síntoma de la ausencia de autoridad más allá de las ciudades. Fue durante un robo de ganado que tuvo que enfrentarse con los guardianes, y en la batalla fue herido de gravedad en la pierna y perdió dos dedos. Le dieron por muerto, pero por la noche despertó y se arrastró entre los cadáveres. Consiguió regresar entre los suyos. Y aunque así fue como quedó tullido, su nombre corría de boca en boca de los mongoles. Fueron a buscarle y en un kurultai, una asamblea tribal, fue elegido para liderar a los mongoles y recuperar Samarcanda. Y por fin tuvo la oportunidad en una salida que realizó el emir turco. Los mongoles atacaron por sorpresa y mataron a su escolta. El príncipe huyó, pero le encontraron más tarde. Y así fue como Timur asaltó el poder. Era el año 1370 y  acababa de obtener su primer pequeño imperio: el gobierno de uno de los estados más importantes que habían quedado tras la descomposición del Il-Khanato. Y así, como una piraña introducida en un acuario, comenzó a devorar a sus vecinos.

Tras  Samarcanda, entre 1370 y 1380, lanzó sucesivos ataques a las regiones vecinas, desde la Corasmia hasta el sur del mar Caspio. Sus conquistas eran dominadas mediante gobernadores de su confianza, que se encargaban de mantener el control y recaudar los tributos. Pero no solo prestó atención a lo militar. Timur tenía la visión de un nuevo imperio mongol unificado, pero no contaba con fuerzas suficientes.  Pero sí poseía la astucia necesaria. Sus emisarios le informaban de todo lo que ocurría. Tenía espías, también entre los mercaderes. Así supo que el kanato de las estepas estaba inmerso en interminables guerras internas. Habían vuelto al estado inicial antes de Gengis Khan. Él intentó influir y dio protección a uno de los aspirantes llamado Toqtamish. Su objetivo era ayudarle a conseguir el poder, y gobernar a través de él, ya que Toqtamish sí era de la estirpe de los kanes y eso le legitimaba. Su apoyo a este hombre fue uno de sus pocos errores.
A partir de 1385 y hasta 1398, Tamerlán combinó exitosas campañas de conquista con continuas revueltas en sus territorios. El Tullido cabalgó de este a oeste y de norte a sur. Conquistó el Irak turcomano, invadió Georgia y Armenia y llegó a atacar Siria y a luchar contra los otomanos y la dinastía mameluca de Egipto. Y todo ello mientras hacía frente a continuas invasiones desde la estepa y desde el kanato de la Horda de Oro. En estos años se forjó el aura de terror de Tamerlán. Pues el terror fue utilizado como arma política. Podríamos quedarnos con la imagen popular de esta figura: un ser malicioso, cruel y sediento de sangre. En las crónicas de los reinos que conquistó se le llama directamente "Satán". Y no es que su fama sea inmerecida, si nos atenemos a los hechos Por ejemplo, cuando atacó la ciudad de Sabastria, en territorio otomano, los gobernadores ofrecieron mucha resistencia, pero tras varios días le ofrecieron oro y plata. Tamerlán aceptó reunirse con ellos tras prometer que no derramaría su sangre. Y cumplió su palabra: los enterró vivos y así entró sin resistencia en la ciudad y provocó una masacre. A los pobres gobernadores les hubiera venido bien leer la Iliada: "No hay tratos entre leones y hombres". Y los leones cambiaban de dirección al ver llegar a Timur.
Timur y caminando con su bastón.
Hay otro ejemplo en la "Historia de Tamerlán y sus sucesores", una crónica armenia escrita por T´ovma Metsobets. Entre los muchos horrores que narra, encontramos el asedio de la fortaleza de Vana Hayots: tras cuarenta días de resistencia, los defensores fueron derrotados, y Timur ordenó esclavizar a mujeres y niños y despeñar por una torre a los hombres. Se arrojaron tantos cadáveres que el foso al pie se fue rellenando, y los últimos en ser arrojados sobrevivieron a la caída. Los cristianos armenios llamaron a ese día "El Juicio Final", pues en verdad creyeron que Timur devorarái el mundo.
Y en "Embajada a Tamerlán", de Ruy González de Clavijo, del que hablaremos más abajo, el embajador castellano describe sus espeluznantes pirámides de cráneos. Fijaos qué testimonio: " Y fuera de esta ciudad cuanto un trecho de ballesta estaban dos torres tan altas como un hombre podía echar una piedra en lo alto, que eran hechas de lodo y cabezas de hombres, y estaban otras dos torres caídas en tierra. Y estas torres que de cabezas eran hechas, eran de unas generaciones de gentes llamadas Tártaros Blancos [...] Y estando cerca de esta ciudad, llegó la hueste del Señor, que los desbarató, y mataron a cuantos de ellos hallaron, y de las sus cabezas mandó el Señor hacer aquellas cuatro torres, y eran hechas de un lecho de cabezas y un lecho de lodo, de forma alterna [...] Y las gentes de esta ciudad decían que muchas veces veían lumbre de candelas de noche encima de estas torres". Hay que destacar que la descripción, perfecta desde un punto de vista constructivo, contrasta con la típica imagen tradicional de pirámides. Me parece mucho más acertada la de Clavijo. Una sucesión de cráneos y lodo (o mortero pobre o incluso adobe) para dar rigidez y poder asentar ladecuadamente a siguiente capa de cráneos permite regularizar los apoyos y levantar torres altas, más que pirámides. Y mi idea de torre se basa también en la afirmación de Ruy de que había dos derribadas. Una pirámide no se puede "caer" tal y como él lo describe.
Ruy González de Clavijo inmortalizado frente a Tamerlán.


Damasco fue destruida tras ofrecer resistencia a la conquista de Tamerlán. Y siglo y medio después del terror que asoló Bagdad con la llegada de Gengis Khan, Timur volvió hasta ella para sofocar una rebelión, y fue por segunda vez destruida. Y si la primera vez el Tigris bajó negro de la tinta de los libros que se arrojaron al río, esta vez el río bajó rojo. Y no, no era tinta.

                Podríamos, como dije al principio,  quedarnos con esta imagen, pero solo  si fuésemos otro tipo de lector. Nosotros no haremos eso. Nosotros intentaremos contextualizar. Si leemos esos mismos textos que hemos usado en este artículo, encontraremos también mencionados años de paz en los que se reconstruyó todo lo destruido. Hasta la crónica cristiana armenia hace mención a esos monasterios reconstruidos e iglesias refundadas, que volvían a llenarse. Y Samarcanda, la que nos  ha llegado hasta  hoy, es la Samarcanda que reconstruyó Timur. González de Clavijo nos cuenta cómo este trajo a ingenieros, arquitectos y artistas de todas las nacionalidades y credos para reconstruirla y convertirla en una la ciudad tal vez más cosmopolita de su época:  chinos, mongoles, genoveses (en esta época los genoveses están por todas partes a lo largo de la Ruta de la Seda), persas, turcos… Cualquiera que destacara en su campo fue bien recibido.

Imagen tradicional de las torres de cráneos. Ruy González las
describe de forma diferente, mucho más razonable.
                No debería sorprendernos encontrar estas dos facetas en Timur y sus descendientes. Recordemos que aquellas regiones tan extensas requerían un gran esfuerzo para ser conquistadas y se sublevaban fácilmente. En estas tierras encontramos poderosas ciudades muy distantes unas de otras, rodeadas por terrenos fértiles bien cultivados y cuidados, pero entre ellas había muchos espacios vacíos difíciles de controlar. La solución de Gengis Khan fue demoler todas sus murallas. Pero en esta época, sin poder unificado, las murallas habían sido reconstruidas, y Timur no optó por demolerlas de nuevo, pues sabía que tendría dificultades para defenderlas posteriormente.  Pero esas ciudades fortificadas optaban a veces por rebelarse ante el menor símbolo de debilidad o lejanía de Timur. En esa situación, el terror era el argumento para que la ausencia de Timur no desembocara en una nueva revuelta. Las pirámides y torres de cráneos tenían el siguiente mensaje: “Si pensáis en rebelaros, adelante, pero tarde o temprano volveré a pasar por aquí con mi caballo y acabaré con vosotros, hijos de perra”.

                Timur nunca se autoproclamó Gran Khan. A pesar de que había propagado una falsa genealogía, todos sabían que no tenía la sangre de Gengis Khan, y esto no lo legitimaba para reclamar el poder total sobre el pueblo mongol. Por el contrario, gran parte de su actividad política estuvo destinada a emparentar con los grandes khanes y tomar partido por sus miembros más adecuados para ser gobernados a distancia. Pero era un plan complicado. Recordemos a Totqamish: como dijimos antes, encontró refugio en la corte de Timur durante la lucha dinástica entre los clanes mongoles de la estepa, pero finalmente se hizo con el dominio de la Horda de Oro y lanzó una campaña de “agradecimiento” invasor sobre Timur, el único que podría hacerle sombra.

Miniatura de la biografía de Timur. Batalla contra Togtamish
                Pero Tamerlán los superó a todos. Era un hombre realmente inteligente y astuto. Se dice que no sabía leer ni escribir, pero quienes hablaron con él dijeron que tenía muchos conocimientos  y conocía muchas disciplinas. Y como estratega era genial. Tal vez no tenía la sangre de Temujin, pero sí su astucia y aun más. Supo aprovechar como nadie la velocidad de sus ejércitos y buscó siempre sorprender a sus enemigos en velocidad y no estar donde se podía esperar que estuviera. Fue un maestro del engaño estratégico, y en las crónicas de sus campañas es frecuente la frase  tipo  “redujo tres jornadas de marcha a una sola”. A modo de ejemplo, nos fijaremos en la victoria final sobre Toqtamish, tal como la narra Ruy González de Clavijo. Totqamish y Timur se encontraron con sus ejércitos en un vado del río Jundurch. Toqtamish vaciló y decidió no combatir, sino subir corriente arriba por su orilla. Timur le siguió por la suya durante dos días, pero esa segunda noche disfrazó a todas las mujeres y niños (en esta época, los mongoles viajaban con toda su familia a la guerra) de soldados, mientras enviaba un destacamento río abajo para cruzar el vado. Al anochecer del tercer día cayó de improviso sobre el campamento de Toqtamish. Nadie los vio. No hubo tiempo para preparar una defensa. Podríamos imaginar a Timur, sobre su montura, observando satisfecho el campamento enemigo en llamas, iluminando la noche de la estepa, mientras los gritos de terror de sus enemigos se elevaban hacia el cielo y se extinguían, al igual que las chispas que ascendían de los incendios.

Samarcanda, hoy.
                Fue además ingenioso. Cuando invadió La India fue derrotado en su primer encuentro con los elefantes, pero a la siguiente batalla, cargó a los camellos que cargaban la impedimenta con ramas secas y brea, y en llamas los lanzó contra los elefantes. Todos los paquidermos  entraron en pánico y se volvieron contra sus propias filas. Pero si daba miedo así, resultaba aterrador cuando se ponía de buenas. Clavijo cuenta que tras derrotar a Totqamish, uno de sus propios generales se puso al frente de la Horda para intentar reclamar el poder. Timur le envió un mensaje diciéndole que él era su amigo y que no tenía nada que temer de él. Pero Edegui, ese general traidor, cuando leyó el mensaje supo lo que le esperaba. Lo había visto hacer a otros. Dio una única orden: volver grupas y perderse hacia el norte, poniendo tanta tierra de por medio como pudiera.

                Entre 1395 y 1405, Tamerlán, haciendo frente a los mencionados problemas internos, lanzó nuevas campañas: invadió La India y destruyó el sultanato de Delhi; aplastó a la Horda de Oro y llegó a atacar las tierras de los Rus e  invadió tierras del imperio otomano, Georgia y Armena y venció al sultán Bayacid de forma humillante. Su imperio llegó a controlar una franja costera del Mar Negro.

La ruta perfectamente descrita de Ruy González de Clavijo,
injustamente poco recordado.
                La victoria sobre los otomanos fue conocida en Occidente, y sus reinos vieron en él un poderoso aliado para presionar a estos, lo que ayudaría en las guerras del Mediterráneo. Con este objetivo, Castilla envió aquella famosa embajada de Ruy González de Clavijo. Esta embajada se encontró, tras un viaje de un año largo, con Timur muy cerca de donde nació este,  en una aldea próxima a Samarcanda. Clavijo escribió un estupendo relato de todo aquel viaje, un testimonio súper valioso sobre cómo se vivía en aquella región y con numerosas anécdotas sobre Tamerlán. Las relaciones fueron buenas, pero Timur estaba preparando su campaña contra China y no dio una respuesta efectiva, aunque sí positiva, a la propuesta.

                Poco después, Timur moriría al poco de comenzar dicha campaña contra China. Murió viajando, como había vivido. Sus descendientes intentaron mantener su imperio, pero ninguno de ellos estuvo a la altura. Aun así gobernaron en una época en la que Asia, demográficamente, se formó tal y como la conocemos ahora, con esa abigarrada mezcla de iranios tayikos, mongoles, turcos e indoarios que hay en Asia Central. Y una de sus ramas consiguió afianzarse en la India, los gobernantes mogoles, que la dominaron hasta el siglo XVIII y son merecedores  de otro artículo para ellos solos.

Timur y los timúridas en los wargames
Para DBA, la lista timúrida es la IV/75. Se trata de un ejército de alta agresividad (4) y
Un precioso ejército timúrida
terreno estepario, no muy diferente a otros contemporáneos. Se basa en seis peanas de Cv, una de las cuales es el general y que representan una combinación de caballería pesada mongol y alguna peana de arqueros acorazados a caballo tipo ghilmen, de origen persa o turco, pues DBA no diferencia estas diferentes tradiciones. Luego hay dos peanas de caballería ligera, caballería tribal mongola o turcomanos aliados. Hasta ahí lo habitual. Las ultimas cuatro peanas permiten hacer alguna travesura. Tiene una opcional que puede ser El (de su época en La India o 4Bw, arqueros regulares. Otra peana de 3Bw, arqueros irregulares, normalmente montañeses. Una peana de Ps arqueros o jabalineros montañeses o incluso arcabuceros,  y una última peana que puede ser 3Sp o 3Ax, que son infantería afgana, del mismo tipo que encontramos en los ejércitos de la dinastía gúrida.
Es un ejército difícil de llevar a torneos por su alta especialización y alta agresividad, pero también es cierto que tiene al menos cuatro peanas de tropas que pueden manejarse bien en terreno difícil. Sin embargo, hay que destacar que DBA propone una campaña llamada "Tamerlan", que sería preciosa de jugar. porque debe enfrentarse a un montón de ejércitos del mismo tipo, y hay que currárselo mucho. El elefante en dicha campaña es un buen elemento para los asedios. Además, se dio tortas con todo el mundo. Si recordáis, en la lista de DBA viene un renglón con los ejércitos rivales históricos, y la lista de Tamerlán tiene muuuuuuchos enemigos históricos.

Grupo de mando timúrida.

En AdlG, la lista es la 258, Timúridas. Aquí se puede apreciar mejor la tradición de caballería. El núcleo de caballería pesada de origen mongol, que puede tener la habilidad de "impacto". Hay una minoría de caballería tipo Ghilmen. La ligera la considera turcomana, pero si usamos la mongola tampoco pasa nada. Y luego tenemos los elefantes, los arqueros, los arcabuceros y los lanceros afganos y eso. Pero, ojo, aquí el autor sí nos permite tener algún juguetito más: han incluido dos peanas de SCH, que deben representarse como los camellos cargados con el material en llamas que mencionamos en la invasión a La India. Estupendo. Y también podemos usar levas sacrificables de miserables prisioneros usados como carne de cañón en los asedios, y artillería pesada. Esta última yo la echo de menos como opción en DBA. Después de todo Tamerlán tuvo que asediar muchas veces.
 

domingo, 10 de diciembre de 2017

Harald I de Noruega y el poblamiento de Islandia

Saludos. Hoy hablaremos de los orígenes del reino de Noruega. Ello nos llevará por lo tanto a hablar también de vikingos, pero no  olvidemos que ser vikingo era una actividad económica y no un pueblo en sí o un rasgo étnico ni asociado a ninguna nacionalidad. Hubo vikingos de muchos sitios.
Nos fijaremos en este periodo porque precisamente fue Harald el que, sin saberlo, pondría en marcha una cadena de acontecimientos que afectó a miles de personas, y desembocó en el nacimiento de un nuevo país allí donde menos cabía imaginar.
Veamos primero cuál era la situación de lo que hoy llamamos Noruega a mediados del siglo IX. Encontraríamos una tierra poblada por lo que en su día se llamaron "tribus germanas". Se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, y en la costa salían a pescar, a mercadear, y sí, también se convertían en vikingos. Habían desarrollado un refinado arte de construcción naval. Era una tierra rica en bosques. Eran paganos, al contrario que los reinos de las islas británicas. Rezaban a Odín, a Thor y al resto de los Ases. En la fiesta de Yule sacrificaban un caballo y se lo comían, siguiendo un ritual tan antiguo como las llanuras. Las viejas estructuras tribales habían ido evolucionando. La población estaba asentada en territorios controlados por jefes a los que difícilmente se les podría llamar reyes. Eran guerreros con un grupo más o menos numeroso de seguidores armados, equipados como podían para la guerra.
Una asamblea o Thing
La sociedad estaba formada por propietarios de la tierra, siervos, esclavos, y al mando, estos "reyezuelos" al frente de su banda de guerreros. Los propietarios tenían más o menos poder según lo débil o fuerte que fuera el jefe local, respectivamente. Donde podían, los propietarios se reunían en asambleas llamadas Thengs, que tenían cierta capacidad de decisión, y organizaban fuerzas propias de defensa y para hacer pequeñas incursiones estacionales, llamadas "leidang".  También estos propietarios se equipaban con escudos y lanzas, y cuando el señor local llamaba alguna leva, o cuando se tenían que organizar para defender su región de algún invasor, tomaban sus armas y se ponían a sus órdenes. Estos ejércitos no eran por tanto permanentes, y sus operaciones estaban condicionadas por la estación del año y las cosechas. Estos jefes solían emparentarse entre ellos, casando su descendencia entre otros jefes, o incluso enviando sus hijos a que sean criados por otros señores.
Como hemos dicho, y al contrario que los daneses o los reinos de las islas británicas, no existía un gobierno unificado en Noruega. La población había crecido y faltaban recursos y tierra. Esto empujó a muchos a la piratería. Es decir, a convertirse en vikingos. Las incursiones solían producirse en enclaves costeros de la propia Noruega, o Suecia, o Dinamarca o en las Islas Británicas, pues en estas ya existían reinos más organizados, una iglesia pujante, una herencia romana que, aunque bastardeada por los invasores sajones, les daba cierto lustre y capacidad de organización territorial más estructurada. Y en los templos y monasterios había riquezas. A bordo de sus largas naves, los vikingos noruegos y de otros países habían llegado incluso más allá, hasta el norte de África, y por el este, hasta las tierras riega el Volga e incluso hasta Constantinopla, capital del imperio romano oriental.  Las tripulaciones estaban formadas por hombres a quienes las luchas continuas habían dejado sin tierra, pero también propietarios que, una vez recogida la cosecha,  probaban fortuna a lomos de los esbeltos "dragones".
Típico mercante viking
La vida era dura para los que se quedaban en tierra también. No había muchas leyes e imperaba, literalmente, la ley del más fuerte. Era legítimo que un hombre matara a otro en duelo y se quedara con sus tierras, por ejemplo. Las sagas vikingas suelen narrar cómo había  "profesionales" de esto, que forzaban a alguien al duelo, sabiendo que tenían todas las de ganar, que hacían de esta actividad toda una forma de lucrarse. Una cosa curiosa que les parecía deleznable... no indicar a los parientes dónde había quedado el cadáver del hombre que había perdido el duelo. Muy curioso.
En las sagas también se habla de unos personajes muy peculiares: los berserkers. Los berserkers, bueno, eran hombres que en la guerra entraban en frenesí y se lanzaban sin armadura hacia los enemigos. Realmente se consideraban invulnerables y por eso no se esforzaban por protegerse. Pocos llegaron a viejo, sin embargo, a pesar de su supuesta  invulnerabilidad.
En esta era violenta nació Halfan Gudrodsson, a principios del siglo IX,  a quien por sus negros cabellos se le conoció como Halfdan el Negro. Su padre murió en combate y su madre volvió con él a Agder, donde creció grande y fuerte. Con 18 años era grande y fuerte. Reclamó Agder para sí, pues era el territorio de su padre. Reunió algunos hombres más e invadió Vingulmark, que perteneceía al rey Gandalf, y tras muchos combates consiguió arrebatarle la mitad. Luego se lanzó sobre Raumarike. Se casó con Ranghild, hija del rey Harald Barba Dorada. Su primer hijo, Harald, fue enviado a la casa de su abuelo. Pero aquel Harald murió, igual que Ranghild.  Lo que sigue es la típica dinámica de luchas entre territorios. Nuevos matrimonios, nuevas conquistas, nuevas venganzas de hijos de reyes vencidos... Una historia vista muchas veces. Pero se produjo algo diferente. Halfdan volvió a casarse con otra  Ranghild, hija del rey Sigurd. Ella  tuvo un sueño. De su vientre nacía un roble que crecía, y cuyas ramas se extendían y cubrían toda Noruega. Y Halfdan tuvo otro sueño parecido.  Entonces Ranghild, que era una mujer sabia, tuvo un hijo. Lo llamaron Harald, y fue bautizado, según nos cuenta Snorri Sturrulson en su "Hemiskringla", la saga de los reyes de Noruega. Harald crecería fuerte y espléndido, y llegaría a ser el primer rey de Noruega.


Los salones de algún reyezuelo...
Mientras crecía, Halfdan comenzó un trabajo que luego Harald prosiguió. Comenzó a legislar sobre los dominios, sin duda con la ayuda de Ranghild, que estaba emparentada con el rey de los daneses. Se destaca que incluso las cumplía él mismo. Algo extraordinario en aquellos días. Sobre todo hizo leyes para proteger a la población y evitar los actos violentos como los que hemos descrito antes. Quería traer orden y estabilidad. Se estableció un sistema de compensaciones que, si eran pagadas, anulaban el derecho de venganza, por ejemplo.
Cuando Harald tenía 10 años, Halfdan y muchos de los suyos murieron al romperse el hielo sobre un lago cuando caminaban por él. Afortunadamente, su tío Guthorm, hermano de Ranghild, le apoyó, pero todos jefes de otros territorios que estaban sometidos a Halfdan se rebelaron, lo que era habitual. Por lo tanto, Harald comenzó de nuevo la reconstrucción de los dominios de su padre. Pero Harald en cierta forma era diferente. Sin duda tenía una personalidad arrolladora, y en sus primeros años fue bien aconsejado por Ranghild y apoyado por Guthorm en el campo de batalla. Cuando tenía 18 años, dicen las sagas que ocurrió algo que le cambió para siempre. Envió un mensaje a Gyda, hija del rey
Gyda rechaza la propuesta de Harald
Eirik de Hordaland. Gyda era famosa ya por su belleza, pero también por su orgullo. Cuando recibió la proposición de Harald, que por entonces comenzaba a hacerse famoso, le respondió que solo un rey, uno de verdad, como el de los daneses,  era digno de ella. No quería unirse a  un reyezuelo que gobernara únicamente sobre varios distritos.
Se dice que los emisarios se aterrorizaron al pensar que tenían que transmitir dicho mensaje a Harald, cuyo carácter era, bueno, brusco, ejem. Pero aquella mujer había tocado la tecla que faltaba. Aquellas palabras llegaron hasta lo más hondo de Harald. Le dieron un objetivo en la vida: unificar Noruega. Ante todos hizo un voto de no cortarse ni recogerse el cabello hasta ser rey de toda Noruega y someterla a tributo. Aquel era el símbolo de que la tenía sometida. Y para ello, se dio cuenta de que necesitaba hacer un cambio de paradigma. El régimen de propiedad de la tierra y el equilibrio de poder hacía que mantener las posesiones fuera muy complicado, porque los jefes de cada región sólo eran sometidos a la fuerza, y no encontraban ninguna ventaja en formar parte de una estructura mayor. Lo primero que hizo fue derogar los derechos de propiedad en todos los distritos sobre los que gobernaba, y exigió que todos los anteriores propietarios le pagaran a la corona una renta por el uso de la tierra. Y ahora viene lo bueno. El encargado de recaudar tal tributo, y titular del derecho de retener una tercera parte de él, fueron los barones (jarls o earls) que él designó. Estos barones a veces eran los propios "reyes" que había antes, una vez aceptaban la sumisión a Harald. En otras zonas que tuvo que tomar a la fuerza, puso a hombres de su confianza. Y estos "jarls" comenzaron a darse cuenta de que recaudaban y se quedaban más dinero que antes, cuando los propietarios tenían derecho sobre la tierra. Y así fue como Harald estabilizó sus tierras. Los barones tenían la obligación de mantener un número de hombres exclusivamente dedicados a la guerra, pero salvo eso, podían hacer lo que quisieran.
Todos ganaban. Bueno, todos los "poderosos", pero claro, el pato lo pagaron los propietarios. Para empezar, pagaban en especie, lo que significa que las pequeñas propiedades ya no generaban suficiente renta como para sostener a familias. Así que estos propietarios malvendieron sus tierras o se largaron al no poder pagar. Se fueron a la costa y se embarcaron buscando un lugar mejor. Y de las regiones que no se sometían, tras ser vencidas, muchos hombres libres se negaban a someterse a las nuevas leyes de Harald, y huyeron.
¿Y a dónde fueron?  La mayoría a las Órcadas, a las islas Shetland, y entonces siguieron el camino de las islas Feroe, y más allá desaparecieron.
Bueno, no desaparecieron. Por aquel entonces Ingolfur Arnasson había encontrado una tierra de hielo y fuego al norte de las islas Feroe, y se asentó. El camino de aquella tierra se convirtió en un relato de esperanza para los que huían de Noruega. La ruta de navegación a Islandia corrió de boca en boca y fue la que tomaron los que huían de Harald y sus leyes. Allí encontraron una tierra vacía donde se asentaron y volvieron a comenzar. Huyendo de aquel nuevo régimen que tantas cargas les imponía, en Islandia fue donde se mantuvieron las instituciones de los propietarios "bondi" más tradicionales. Las asambleas, el régimen de la tierra, todo se mantuvo de forma contrapuesta a lo que ocurría en Noruega. Así fue como se pobló Islandia, y así como se fortalecieron sus instituciones tradicionales y asamblearias, que han mantenido hasta hoy.
Ingolfur Arnasson, primer poblador de Islandia
En 2016 publiqué un relato en el recopilatorio del IX Concurso de relatos históricos Hislibris, que trataba precisamente de las personas que mantuvieron en secreto la ruta a Islandia y dirigían a los huidos hacia allá desde las Órcadas, que ya habían sido conquistadas por Harald.
Mientras esto ocurría y los barcos llegaban a Islandia, Harald avanzaba y rendía distrito a distrito. Tuvieron lugar muchas batallas y muchos actos heróicos. Cada vez Harald tenía más fuerzas, y esto polarizaba a los demás reyes contra él, o bien acelerando su sometimiento. Sus enemigos se agrupaban para poder hacer frente a sus avances, y las sagas hablan de batallas donde murieron varios reyes enemigos.  Otros se vieron sorprendidos por Harald y sus incursiones, y dentro de sus propias mansiones fueron quedamos (esta era una forma de "negociación" tradicional: quemar a los reyes en sus mansiones después de bloquear la puerta desde fuera). Incluso Eirik, rey de los suecos en Upsala, ante la estrella ascendente de Harald tuvo sus más y sus menos con él, y terminó salvando el pellejo a la desesperada tras una cabalgada hasta los bosques de su país, perseguido por el propio Harald.
 Y la guerra también llegó al mar. La última batalla, la que le dio la totalidad de Noruega, se luchó en en Hafersfjord. Allí lucharon los últimos opositores de Harald: Eirik de Hordaland; Sulke de Rogaland; Kjovte el Rico, rey de Agder, y su hijo Thor Haklang y los hermanos Hroald Hryg y Had el Duro (sí, se llamaba así), de Thelemark. Reunieron muchos barcos y le lanzaron contra la flota de Harald. Este también había reunido sus fuerzas, y tenía muchos barcos, incluso el gran dragón que había hecho construir hacía varios inviernos, la nave larga más larga jamás vista. Y junto a él reunió a muchos y grandes guerreros y berserks, que aspiraban a la fama y la fortuna bajo la égida del nuevo rey. Por parte de ambos bandos se reunieron grandes guerreros, escogidos para convertirse en "guerreros de proa", el puesto de honor, de cada barco.
De Ole Peter Hansen Balling - Digitalt Museum, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=19312502
La batalla fue sangrienta y terrible, y el mar se tiñó de rojo. Las batallas navales de los vikingos no eran nada sofisticadas. Los barcos se abarloaban unos a otros, se asaltaban y se mataban a todos los que se podía. Los guerreros de proa eran los encargados de los peligrosos abordajes. En palabras de Snorri Sturrulson, el cronista islandés del siglo XIII, que escribió numerosas sagas, y era un vikingo que escribía para vikingos, "la batalla fue terrible y murieron muchos hombres, y todos fueron heridos. Todos salvo los berserks, porque el acero no podía herirlos".
Harald fue rey en el 872, año de esta batalla, y lo sería hasta el 932. Y sí, volvió a por Gyda, que ya no tenía argumentos para rechazarlo, claro. Y tuvo muchos hijos, y estos le dieron muchos quebraderos de cabeza, porque se dedicaban a molestar a los barones y a intentar quedarse con sus tierras. Harald eligió como favorito a Erik Hacha Sangrienta que era la fuerza, y su esposa Gunhild, que era el cerebro. Pero el destino quiso que el rey tras él fuera Hakon, que había sido criado en Inglaterra y había sido bautizado. Pero eso es otra historia.


Estrategia naval poco evolucionada

Ejércitos vikingos en juegos históricos
En DBA, los ejércitos de esta época están representados por la lista III/40, que tiene cuatro variedades según se use para fuerzas incursoras (vikingos) o bien ejércitos locales (leidang) de carácter defensivo. En cualquier aso, hasta el siglo CI los ejércitos se basan en las formaciones de "muro de escudos". Los generales hasta 9 peanas más son 4Bd, representando a los hombres de escudos redondos y espadas que todos tenemos en mente. Luego hay 3 peanas que pueden ser arqueros, psilois o 3 Bd o Wb, que representan a los berserk en pleno frenesí. Los vikingos tienen agresividad 4 y las fuerzas defensivas, 1. Los Leidang pueden de hecho intercambiar peanas de Bd por Ax, puesto que representan a fuerzas "no profesionales", ligadas a la tierra y peor equipadas.
Muro de escudos

En Field of Glory hicieron una interesante propuesta, y creo que muy acertada. Estos ejércitos salieron en los libros de "Lobos del mar", y en lugar de representar su comportamiento como "swordman", como si fueran legionarios romanos, los representaron más basados en su comportamiento de muro de escudos, y lo representaron como "offensive spearmen", haciéndolos más parecidos a los hoplitas. Creo que fue una buena decisión. A ello añadieron las guardias de los jefes, que eran hombres con mejor equipamiento (armoured) y armas pesadas y calidad superior.

En AdlG se optó por el camino intermedio. La lista 150 reflejaba tanto vikingos como leidangs. Los leidangs se bacan en lanceros pesados o ligeros (peor equipados), apoyados por la élite con armadura y arma pesada que escoltaba a los jefes, y luego exploradores y arqueros y tropas ligeras de ese estilo.
En cambio, para los vikingos se centraron en mostrar su comportamiento impetuoso, usando tipos de infantería media impetuosa, valga la redundancia, de élite en el caso de los berserk, junto al núcleo de la escolta armadura y arma pesada. También dan la opción de que los vikingos sean infantería pesada, sin más  habilidades, reflejando así su "muro de escudos").
Ni qué decir tiene que son ejércitos preciosos de pintar, con esos escudos redondos tan vistosos y esos berserks que ofrecen tantas posibilidades.

sábado, 25 de noviembre de 2017

El sueño de Bactriana: los últimos reinos griegos

Saludos. Hoy comenzaremos con un enigma. Imaginad la escena: es 12 de noviembre de 2001, y los talibanes ya sienten el aliento de los americanos en el cogote. En Kabul, un grupo de mulás, listo para huir a las montañas, se ha detenido en el edificio del Tesoro, construido en los años 30 por arquitectos alemanes. Bajan directamente al sótano, y al final de un estrecho pasillo hay una puerta con siete extrañas cerraduras. Los talibanes no tienen las llaves, claro, de modo que recurren a lo que tiene a mano: sopletes, palancas, balazos... Pero nada. La puerta apenas recibe daños. Por último, comienzan a disponer dinamita alrededor, hasta que un funcionario del Tesoro, horrorizado, les explica que el diseño del edificio es tal que si intentan volar la puerta, destruirán los muros de carga principales y toda la estructura caerá sobre sus cabezas. “Diseño alemán”, les asevera. Por ello, los mulás, frustrados, abandonan el edificio y huyen de Kabul sin conseguir su objetivo.



Pero, ¿qué había tras esa puerta, cuyas llaves estaban en poder de siete personas que no se conocían entre ellas, en siete lugares distintos del mundo? ¿Qué fabuloso tesoro intentaban saquear los talibanes? Preparémonos para viajar con la imaginación, queridos lectores, a través de los océanos de tiempo. Miremos ahora Afganistán en el Google Earth, y retrocedamos días, meses, años, siglos.... Porque hubo un tiempo en el esa tierra, que ahora no es más que escombros, era un país asombroso y opulento, cuna de una refinada y mestiza cultura, que fue descrito por los geógrafos como el riquísimo imperio de las mil ciudades. Pero su estrella se apagó, y cayó en el olvido, y no se volvió a saber nada de aquellos fabulosos reyes hasta hace poco más de cien años. Porque al otro lado de aquella puerta, amigos, estaba uno de los mayores y más hermosos tesoros que se hayan imaginado nunca. Y si tomáramos una sola de las miles de monedas que lo conforman, nos resultarían extremadamente familiares. Reconoceríamos en ella algunos caracteres. Sí. Algunos, incluso podrían leer fácilmente palabras escritas en griego. ¿”Cómo es posible”, podríamos pensar? Viajemos, viajemos un poco más hacia el oeste, hacia el principio de esta historia, hasta Babilonia, donde un joven rey macedonio agoniza en su lecho, rodeado por sus generales... Porque la cadena de acontecimientos que llevaron a los mulás al edifico del Tesoro, comenzó ese aciago día de verano del 323 a.d.C., en el que Alejandro, hijo de Filipo, falleció sin heredero.
Alejandro. Hubiera bastado con que dijera un único nombre con su último aliento, y todo habría sido diferente. Pero murió en silencio, y su cuerpo no estaba frío todavía cuando ya sus generales luchaban entre ellos por heredar su fabuloso imperio, que llegaba desde Macedonia hasta La India. Allí estaban, entro otros, Ptolomeo, Lisímaco, Eúmenes... y Seleúco. Sin hacer grandes esfuerzos por entenderse entre ellos, cada uno se dirigió hacia sus tropas, y comenzaron las guerras de los Diadócos.
Tras años de lucha, no les quedó mas remedio que llegar a diferentes acuerdos y repartirse las satrapías del imperio de Alejandro, que, inteligentemente, había respetado la organización territorial del imperio persa. En el reparto, Seleúco se quedó con pedazo enorme: desde Siria hasta La India, y estableció su imperio en el 305 a.d.C. Siguió respetando la estructura de satrapías persas, situando en cada una un gobernador designado por él, sátrapas, a fin de cuentas. Mientras, en La India, una nueva dinastía ascendía al poder: los Maurya. Su fundador, Chandragupta, recibió embajadores de Seleúco. El general sabía que no podría controlar las tierras del Indo ante los Maurya, y pactó con ellos: tierras, a cambio de miles de elefantes que incorporar al ejército seleúcida. Como prenda, matrimonios pactados entre ambas dinastías. Chandragupta sonrió y aceptó, y así extendió su imperio hasta las faldas del Hindukush.
Los años pasaron. A la muerte de Seleúco le sucedió su hijo Antíoco I, y a éste, Antíoco II. En este momento, el año 250 a.d.C. las guerras de Antíoco con los Ptolomeos de Egipto, alcanzan un nuevo clímax. Es entonces cuando el gobernador de la rica satrapía de Bactriana, aprovechando la oportunidad, declara unilateralmente su independencia de la casa de los Seleúcidas, y funda su propio reino: Bactria (en el norte del actual Afganistán) tomando rápidamente el control del ejército y preparándose para el posible contraataque seleúcida. Y su ejemplo cundió, porque apenas tres años después, Andrágoras, sátrapa de Partia, también declaró la independencia.
Hasta el 210 a.d.C., con un nuevo Antíoco, el tercero, los seleúcidas no fueron capaces de organizar una invasión en la satrapía rebelde. Para entonces, ya llevaba veinte años gobernando en Bactriana una nueva dinastía, la de Eutidemo, que había derrocado a Diodoto, y se había anexionado Sogdiana. Eutidemo y sus nuevos ejércitos grecobactrianos fueron inicialmente derrotados, pero en su repliegue hacia su capital se defendió con éxito, y resistió un terrible asedio durante tres años. Antíoco III, ante la imposibilidad de mantener el sitio por más tiempo, decidió pactar con Eutidemo. De esta manera, el imperio seleúcida reconocía al reino grecobactriano.
Su expansión prosiguió. Ya habían llegado a China hacia el final del siglo III a.d.C., y también se expandieron hacia el oeste, conquistando Traxiana; al norte, Fergana y al sur, más allá del Hindukush, hasta Aracosia. Para el año 180 a.d.C., el reino grecobactriano estaba a las puertas de La India.
Pero mientras, los partos, guiados por Arsaces se habían rebelado contra Andrágoras. No sólo tomaron el control de la región, sino que, bajo el mando del sucesor arsácida, Mitrídates I, siguieron como una ola imparable hacia el oeste, conquistando el corazón del imperio. La casa seleúcida fue empujada hasta el Mediterráneo, mientras Persia, Media y Babilonia volvía a manos iranias. El resultado es que el reino griego de Bactriana quedó separado para siempre de Occidente, la tierra de donde habían llegado los reyes macedonios. Para entonces, aquellos tiempos resultaban muy lejanos. En Bactria, la cultura helenística y las irania e india, a fuerza de coexistir, estaban impregnándose unas de otras. No se miró al oeste con nostalgia. Las riquezas, el poder, la gloria, estaban en el este.
En el año 180 a.d.C., la dinastía Maurya fue depuesta por los sungas. Su intolerancia religiosa hacia los budistas fue aprovechada por el rey bactriano Demetrio, que invadió La India, presumiblemente en defensa del budismo. Incorporó las tierras de la llanura del Indo a su reino, y luego prosiguió hacia el este. Los sungas dejarían registros escritos maldiciendo a los helenos, los “yavana”, feroces y sedientos de sangre.

Los sucesivos reyes bactrianos siguieron avanzando hacia el corazón de La India, hasta que el Menandro, en el año 150, conquistó la ciudad de Paliputra, en el valle del Ganges. En ese momento, la dinastía bactriana eutidémida fue depuesta por otra helenística, la eucrátida, que finalmente tomó el poder en el 140 a.d.C. El desorden en el reino bactriano fue tal que, aprovechando que las conquistas en La India eran tan extensas, el general Menandro dio un golpe de mano y formó el primer reino indogriego, una entidad política separada del reino de Bactria, que no pudo evitar la independencia de facto.
A partir de ese momento, la información que se tiene se diluye, y sólo se conoce que el reino Indogriego se fragmentó en numerosas partes con muchos reyes “yavana”, que volvían a unirse más tarde bajo otros yavana más poderosos, y que al morir éstos volvían a separarse.
Ambos reinos tuvieron una corta vida en paralelo, pues a partir del 140 a.d.C., a través de las estepas comenzó una invasión de los escitas del este, que presionados por otron pueblo indoeuropeo denominado Yue-zi, o kushan, avanzaron hacia el sur penetrando por el norte de Afganistán, y desorganizando no sólo Bactriana, sino también la frontera oriental del imperio parto. Y poco después los kushan también entraron en el reino. Entre ellos se encontraban posiblemente los tocarios, el pueblo indoeuropeo conocido que habitó más al este. A lomo de sus poderosos caballos, los impresionantes catafractos de los kushan y sus arqueros a caballo irrumperion en el debilitado y aun inestable reino bactriano. Los eucrátidas, aunque presentaron una feroz defensa, perdieron en pocos años de guerra el control de su reino, y, repliegue tras repliegue, el último rey grecobactriano, Heliocles, ordenó a sus súbditos huir hacia sus últimas posesiones en La India en el año 130 a.d.C. Los grecobactrianos, que formaban el estrato superior de la sociedad, se llevaron todo lo que pudieron, pero sus mayores tesoros tuvieron que ser escondidos y abandonados. Entre estos tesoros se contaban miles de hermosas monedas, adornos de oro, objetos preciosos procedentes del comercio con China y de los maravillosos artesanos de Bactriana. Fueron éstos tesoros los que aparecieron en el siglo XX. Éste es el origen del oro perdido de Bactriana, el tesoro de las Siete Llaves, que sólo representaba una pequeña parte del total.
Los kushan tomaron el poder en el reino, pero no destruyeron la cultura helenística, sino que la absorbieron en gran medida. Hablaremos de este poderoso imperio en otro artículo, no obstante, pues ahora debemos seguir con el último impero helenístico de Asia: los indogriegos, que bajo el mando de Menandro I, habían conquistado gran parte del norte de La India.
Los “yavana” se situaron de nuevo como estrato dominante en una sociedad también de castas, de manera que su dominio fue fácilmente asimilado. A lo largo de los años se sabe que gobernaron unos treinta reyes helenísticos. La cultura, la filosofía y la religión de ambos pueblos se fusionaron con una fuerza extraordinaria.
Sin embargo, los kushan desde su nuevo imperio bactriano, comenzaron su extensión hacia La India. La mitad occidental del reino indogriego fue conquistada hacia el 70 a.d.C. El reino indogriego quedó limitado a los territorios del Punjab. Pero los pueblos escitas esteparios siguieron presionando sin embargo más allá de las fronteras kushan, y así, en el año 10 a.d.c., el último rey indogriego, Estratón II, fue derrotado. Los últimos herederos del mundo que Alejandro había imaginado habían desaparecido. Pero no su cultura.

Los reinos grecobactrianos e indogriegos mantuvieron algunas características comunes. Los reyes y la clase dominante era de origen heleno, pero numéricamente era muy inferior a los pueblos sobre los que gobernaban. Éstos, además, eran muy variados, con lenguas, religiones y culturas distintas. La respuesta a los problemas de gobierno fue la misma que ya había empezado a adoptar Alejandro: la fusión cultural. Los gobernantes fueron asimilando la cultura local. Las lenguas comenzaron a fusionarse, y la religión pasó por un proceso de sincretismo, es decir, de unión de corrientes totalmente distintas. Estas ideas permitieron el nacimiento de culturas nuevas, con características tanto helenísticas como autóctonas. Cobró especialmente fuerza la religión budista, que muchos reyes, sobre todo indogriegos, no sólo defendieron con vehemencia, sino que llegaron a adoptar, como Menandro I. De hecho, una de las mejores muestras de este sincretismo cultural es un texto budista llamado “Milinda Phana” (Diálogos con Milinda, es decir, Menandro). Escrito en pali, refleja, copiando el más puro estilo dialéctico platónico, las conversaciones entre Mendandro y un monje budista Nagasena. En las distintas monedas acuñadas por los reyes pueden leerse inscripciones en griego y en idiomas locales, con símbolos adaptados, y referencia a dioses de todos los panteones. Hubo templos maravillosos y estatuas de belleza inigualable. La población, en su mayoría india o irania, disfrutaría junto a la aristocracia “yavana” de antiguos dramas escritos por autores de extraños nombres tales como “Sófocles”, o “Eurípides”, que hablaban de lejanas ciudades del oeste, que ya apenas eran un vago recuerdo para los nobles.

GRECOBACTRIANOS E INDOGRIEGOS EN DBA
La lista que representa a estos reinos es la II/36. Ésta tiene una variante “a” para el reino greco-bactriano y la “b” para el reino indogriego. Como características comunes, los ejércitos de estos reinos presentan una composición mixta: mando y unidades regulares de estilo helenístico y una parte mucho mayor de tropas autóctonas, tanto iranias como indias. Pero veámoslas con más detalle.
La opción “a”, grecobactriana, tiene un general 3Kn, que representa a la caballlería helenística tipo “Hetairoi”, equipada con armadura pesada y xyston, y otra peana de 3 ó 4 Kn, que representa tropas del mismo tipo o bien tipo catafractos seleúcidas. Luego hay dos peanas de LH,que representan caballería ligera bactriana, tropas iranias que combatían con arco y lanza ligera. Luego, vienen dos complejas opciones de hasta ocho peanas. La primera incluye 4 bases de picas, dos de auxiliares tipo “thureophoroi” helenísticos, y dos peanas de psilois, (arqueros mercenarios cretenses o arqueros montañeses indios), que pueden ser opcionales con una peana de elefantes y otra de Bw indios. Es decir, este grupo representa la primera etapa del reino grecobactriano, cuando todavía tenían contacto con los reinos helenísticos de occidente, y la tradición militar macedonia era mayoritaria.
Sin embargo, la otra gran opción sustituye estas últimas ocho bases por tropas exclusivamente iranias: 3 bases de caballería acorazada o catafractos iranios y más LH de caballería ligera bactriana y caballería ligera india. Es decir, es posible hacer una lista exclusivamente de tropas montadas. Con estos ejércitos hicieron frente a las invasiones kushitas.

La opción “b”, que es la del reino indogriego, es más sencilla. El general es Cv, en lugar de Kn. En las monedas indogriegas se representan jinetes helenísticos, pero equipados con arcos y lanzas ligeras. Al parecer, tuvieron que cambiar las tácticas de choque con xyston frente a enemigos más ligeros, como los indoescitas, que fueron penetrando en La India. Por ello se equiparon de aquella manera. Luego hay una peana de Lh, que representa caballería ligera india o bien mercenarios escitas. Cuatro peanas de piqueros son el último recuerdo de las tácticas helenísticas, pues luego siguen dos peanas de elefantes indios; tres peanas de arqueros indios Bw, una de las cuales puede cambiarse por Ps, arqueros montañeses indios y una peana de Bd, que representa a los lanceros indios, que luchaban con escudos grandes y estrechos, jabalinas y diferentes tipos de espada, normalmente por delante de los arqueros.
GRECOBRACTRIANOS E INDOGRIEGOS EN FOG
La lista está contenida en "Immortal fire". En FOG hicieron dos listas separadas. La primera de Grecobactrianos es muy parecida en composición. Se puede incluir una pequeña fuerza de picas, y algunos elefantes, y luego muchas tropas locales, entre los que está la caballería noble acorazada. También permite montar una lista completa de caballería.
La indobactrana presenta un número de tropas helenísticas bastante reducida, con muchos componentes indios (elefantes, arqueros, espaderos...). La caballería indogriega está disponible en número muy reducido, pero es una combinación interesante de caballería con arco y capacidad de cargar.
EN ART DE LA GUERRE
Para AdlG se hizo la lista 46 para cubrir ambos ejércitos. Tiene un núcleo común de caballería ligera bactriana, piqueros, muy pocos, y tropas "coloniales" helenísticas, como peltastas y arqueros mercenarios cretenses.
Para la opción grecobactriana se añade la caballería pesada irania, como catafractos, y la caballería pesada helenística, que es acorazada/impacto. La indogriega incorpora todas las tropas indias que hemos mencionado antes. A destacar que ya la fuerza toda montada para grecobractrianos no es posible en AdlG.
Casi todas las marcas tienen gamas útiles: Xyston, Essex, Old Glory, Magister Militum, etc.

martes, 21 de noviembre de 2017

Mi entrevista en La Biblioteca Perdida


Saludos. Esta semana estoy muy emocionado y agradecido por la entrevista que me realizó el equipo de La Biblioteca Perdida sobre mi novela, “La isla de las sombras. La batalla de Esfacteria”. Aquí tenéis el enlace. La entrevista ocupa la primera media hora del programa.

 


“La Biblioteca Perdida” es un programa de radio por internet de temática histórica. De la mano de Mikel Carramiñana, su estupendo equipo desgrana pasajes apasionantes de la Historia: personajes, civilizaciones, batallas, inventos… Su divisa es el búho, amigo inseparable de Atenea, diosa de la Sabiduría. Por eso los oyentes somos los "mochuelos".
Un día comencé a escucharlos y desde entonces me acompañan y amenizan los ratos en los que me dedico a las tareas domésticas. No puedo dejar de recomendaros sus programas.

Desde HistoriaHispano quiero enviar un enorme agradecimiento a Mikel y Bikendi por un rato tan agradabable charlando sobre libros e Historia. Y Víctor Gondra "Endakil", por tantas cosas.
 

 

sábado, 11 de noviembre de 2017

La conquista de México, parte III

Saludos. Imaginad esta escena: Cortés está terminando de escribir su segunda carta de relación al emperador Carlos desde un cobertizo. Tras él se oye el inconfundible golpeteo de la industria. Unos maderos son serrados, otros están siendo vaciados, tallados y barrenados. Diferentes conjuntos de piezas son ensambladas con espigas y pasadores. Al capitán le cuesta concentrarse. Es tanto lo que tiene que contar... Lo que ha vivido en los últimos meses es asombroso. Ha visto la ciudad del lago, ha conocido a Moctezuma, ha cerrado sus ojos y se ha despedido de él como amigo, y ha llorado por él como un hermando. Ha luchado batallas imposibles y ha tenido que huir por agua y tierra para salvar la vida después de haber tenido un imperio en la punta de los dedos. Y de todo ello, de todos aquellos prodigios debe dar cuenta a su rey. Pero aun así, no termina la carta con desesperanza. Al contrario, en los últimos párrafos le da noticias de que se dispone a recuperar lo que ha perdido, lo que por unas semanas perteneció a la Corona y a sí mismo.
                Termina la carta, suspira, se levanta y da unos pasos para estirar las piernas. Aun le duelen las heridas, pero se dedica a observar a sus laboriosos soldados. Sonríe. Otros habrían abandonado. Otros, no él. Él contempla complacido cómo construyen su arma secreta. La que le dará la victoria.
              
Carga final en Otumba
 
Nadie la hubiera creído posible la noche que huyó de Tenochtitlán. Ni el día siguiente, ni el otro, ni el de después. Pues los feroces mexicas, liberados por fin de su presencia, decidieron el exterminio de los castellanos antes de que pudieran llegar a la costa, y en pocos días, las tropas fueron convocadas, las órdenes impartidas, y por fin, en Otumba, se encontraron con sus enemigos. Españoles y tlascaltecas por un lado: derrotados, acosados cada día por hostigadores, hambrientos y pobres. Lo mejor del ejército azteca y sus aliados  por la otra parte, en formación. Hasta los guerreros jaguares y águilas habían venido. Portaban hermosos estandartes emplumados y gritaban. Aquel iba a ser el último combate.
                La carga de los mexicas fue brutal. Se lanzaron una y otra vez contra las posiciones de Cortés, y sólo la desesperación les dio fuerzas para sostener acometida tras acometida. Todo fue muy confuso. Los mexicas empuñaban espadas de acero de los caídos en la Noche Triste. Se agotó la pólvora y se dispararon todos los virotes, y los guerreros de espada y rodela hicieron todo lo que pudieron. Pero veían aterrados que cuando alguno de sus compañeros caía herido o simplemente, de agotamiento, sus enemigos no los mataban, sino que los arrastraban vivos hasta su retaguarda. Todos sabían lo que iba a pasarles, y ninguno quería bajar los brazos y rendirse. No quedaba sino morir peleando.
                Nadie sabe muy bien cómo ocurrió, pero mientras el frente combatía, un escuadrón de caballería se abrió paso y  quedó frente al general enemigo, sentado en su palanquín, con muchos estandartes y señas, y despidiéndose unos de otros, se lanzaron en una carga suicida, tal vez la última, contra él. Sólo uno de ellos consiguió sobrepasar a los guardias del general, y llegándose junto a él, lo atravesó con su lanza, lo que provocó el pánico entre los mexicas y sus aliados, y huyeron.
                Así, maltrecho pero no muerto, regresaron a Tlaxtaca. Desde Veracruz le instaban a regresar a la costa y aguardar refuerzos, y sus hombres estaban más allá del límite, pero Cortés sabía que si los tlaxcaltecas les ayudaban, no todo estaba perdido. Sabía que los aztecas no tenían mucho que ofrecer a los pueblos que se habían rebelado contra ellos al aliarse con los castellanos. Si se quedaba en el Anáhuac, tenía la posibilidad de mantener su apoyo, protegerlos de posibles represalias, reunir más hombres y asaltar Tenochtitlán. En su mente no era imposible. Tenía un plan. Tal vez lo hubiera desarrollado mientras residía junto a Moctezuma. Tal vez mientras huía y juraba para sí recuperar lo que había perdido o morir en el intento. Así que se quedó en Tlaxcala, y puesto que sus aliados eran fuertes y los mexicas necesitaban volver a someter a sus antiguos aliados, se movió rápido. Contra todo pronóstico, su huida se convirtió en una nueva ofensiva.
               
No se equivocaba Cortés. La Triple Alianza, a pesar de su victoria, se había quedado aislada. Su política exterior la había llevado a tener súbditos, no aliados, que una vez hubieron saboreado la libertad y vieron cómo los extranjeros los habían puesto en tantos apuros, y que aun así  no habían sido derrotados, sino que habían vencido en Otumba.  El nuevo Tlatoani envió emisarios a las ciudades más díscolas. Llevaron las cabezas de los caballos y los españoles que no salieron de Tenochtitlán aquella noche triste. Alardearon de su poder y les ordenaron someterse. Incluso les llegaron a ofrecer un año sin tributos a cambio de su participación en la muerte de los castellanos. Pero había un halo de debilidad en todo ello, y no cedieron a la diplomacia. Los mexicas tuvieron que organizar sus fuerzas y enviarlas a esas provincias que permanecían renuentes,  que se resistían a volver a someterse, tal vez esperando que ocurriera algo… Justo entonces supieron que Cortés había vuelto a invadir el Anáhuac…
                Su plan requería el paso franco hasta la costa. No bien se hubo rehecho , al frente de sus pocos soldados, los tlascaltecas y algunos españoles más de refresco que habían llegado con algunos barcos perdidos, invadió la provincia de Tepeaca, que era la entrada desde Veracruz hasta los territorios de la meseta. Fue un ataque fulgurante e inesperado que le rindió enormes ventajas, pues en cuanto su acción fue conocida, cuando aquellos pueblos que permanecían a la espera de acontecimientos, recibieron la noticia y a los mensajeros tlascaltecas, fueron a verle y a aliarse de nuevo con él, o a pedir perdón por haberles combatido y solicitar ponerse a sus órdenes. Y con el camino a la costa bien protegido, y una nueva ciudad fundada para asegurarlo, bautizada Segura de la Frontera, Cortés reveló el resto de su plan: para tomar la ciudad del lago construiría barcos. Trece bergantines. Concebidos además para poder ser desmontados, transportados desde Tlaxcala hasta el lago, y allí, ser debidamente ensamblados. Cada una de las embarcaciones podría llevar más de treinta hombres, artillería, tiros, ballesteros y escopeteros. Con esos barcos podría proteger los accesos a las carreteras, por donde los caballos y soldados eran vulnerables a las canoas aztecas. Podría presentar batalla naval e incluso entrar en la ciudad con ellos por las vías de agua.

                Y aun ocurrió algo más. Una espada invisible… La maldición de los dioses… La viruela. Aquellos que entraron en contacto con los españoles se contagiaron y propagaron la enfermedad por una población que jamás había estado en contacto con aquel virus. Era como si los dioses los estuvieran castigando por haberlos expulsado de Tenochtitlán. Hay numerosos testimonios gráficos en los códices mostrando las terribles secuelas de la viruela en sus cuerpos. Los que no murieron, quedaron marcados, tullidos o ciegos para el resto de su vida.
                Las acciones del capitán desde ese momento, y hasta que sus barcos estuvieron listos, se dirigieron a atacar a los pocos aliados que quedaba a los mexicas, ya fuera directamente, ya fuera peleando contra ellos en defensa de sus propios aliados. Se dedicó a socavar, en resumen, el poder de la Triple Alianza y de Tenochtitlán, pues sin los tributos y el abandono de sus aliados se enfrentaba también a otro mal: el desabastecimiento. El comercio prácticamente desapareció, y el Gran Mercado no podía suministrar alimento a su población. Esto los debilitó aun más, y los expuso a las enfermedades con más virulencia que al resto.  El hambre se convirtió en otra arma para los españoles. Los aztecas sacaron a sus tropas para someter a sus vecinos, para saquearlos, o para eliminar recursos para Cortés. Estas son las tropas que el cpaitán, en su campaña de aproximación a Tenochtitlán, va encontrando. Tropas que no se dirigen hacia él, sino hacia sus anteriores dominos, ya en franca rebeldía contra ellos, y acogidos a la protección del emperador Carlos que representaba Cortés.

                Mientras, él va atacando y descendiendo hacia el lago con la idea de conquistar toda la orilla, cortar el abastecimiento de la ciudad, ya de por sí exiguo, y rendirlos por  hambre. Tras tomar Tezcoco, hace llamar a los barcos. Una larga expedición con miles de porteadores comienza un lento descenso hasta allí, mientras se excava un canal en el que poder ensamblar las naves y entrarlas por él a la laguna.
                Fue en esos días de preparativos finales cuando Cortés intentó por última vez  conseguir una rendición pacífica. Cuenta en sus cartas que se llegó por la calzada de Tacuba hasta la primera de las albarradas, y allí pidió que viniera el nuevo Tlatoani. Estos le contestaron que se le quedaba grande. Que tenían nobleza suficiente, cualquiera de ellos, para tratar con él.  Cortés tuvo que ceder, y les recordó que pronto se quedarían sin alimento, que se rindieran. Los guerreros se rieron de él, y le dijeron que se  alimentarían de españoles y tlascaltecas. Uno de ellos le arrojó una torta de maíz con desprecio, invitándole a comer en su lugar, pues ellos no tenían necesidad.
Él no  lo sabía, pero el sucesor de Moctezuma murió de viruela. El nuevo Huey Tlatoani, el que sería el  último de su estirpe,  era un joven valeroso y orgulloso, llamado Cuauhtémoc. De las proezas de su pueblo que se verían en los meses siguientes,  que fueron muchas y muy notables, él fue el responsable. Dio fuerzas a su pueblo más allá del límite humano. Aun no sabían los castellanos realmente a qué iban a enfrentarse.
                Con los barcos ya ensamblados y sus tropas y capitanes repartidos por las calzadas (Tacuba, Tezcoco, Iztapalapa y Chapultepec), entraron los barcos en la laguna y se enfrentaron a su primera batalla con las canoas aztecas, que se vieron sorprendidas y tuvieron que regresar a la protección de la ciudad. Mientras, por tierra, comenzó el primer asalto del trágico asedio de Tenochtitlán.

La estrategia de Cortés consistía  en avanzar por las calzadas e ir ganando puentes, rellenar los huecos y demoler las barricadas. La infantería avanzaría por las calzadas, con los zapadores detrás. Mientras, los bergantines protegían los flancos de la calzada y mantenían las canoas alejadas. Por la tarde, la caballería protegería a las tropas que se retiraban, y darían media vuelta para replegarse también. Por ello, mantener el terreno ganado en perfecto estado era fundamental.  Esta estrategia se aplicó desde todas las calzadas que llegaban a Tenochtitlán. Incluso tuvieron que abrir las calzadas para dejar pasar a los bergantines al otro lado, pues en los primeros días todos quedaron del lado de la laguna dulce, y las canoas del otro lado, el de la salada, apenas tuvieron oposición. Todos los capitanes españoles tenían órdenes estrictas de no avanzar su campamento a nuevas posiciones, ni entrar en la ciudad más allá de donde hubieran rellenado y acondicionado las calzadas.
Por su parte, los mexicas levantaban los puentes y mantenían defensas y barricadas para retrasar el avance por la calzada. Desde las azoteas castigaban con dureza las entradas de sus enemigos en la ciudad. Desde las canoas intentaron acosar las calzadas, pero los bergantines las detuvieron y tuvieron que dedicarse a hostigar con menos eficacia. Al caer la noche y retirarse los españoles, los perseguían hasta que los caballos les caían encima, y tras la retirada de los invasores, volvían a excavar los rellenos, a romper las calzadas, a asegurar el paso de las calles de agua, y a esperar el nuevo ataque.
Fue una batalla  disputada a espada, maza y rodela, pero también a pico , azada y a espuerta de tierra.  Se batalló en cada calle, en cada puente, en cada paso. Los avances de cada día desaparecían al día siguiente casi en su totalidad, y todo volvía a empezar. Pero en uno de esos días Cortés avanzó hasta un cruce de la calzada en la que se ensanchaba, y había torres ceremoniales, y fortificó el lugar para no tener que retroceder a tierra, y preparó atraques para los bergantines.
La lucha en las calzadas era terrible. Los caballos ocupaban todo el ancho y hacían duras cargas contra los guerreros una vez las barricadas eran demolidas y los puentes rellenados. Mientras, desde las calzadas de Tacuba e Iztapalapa llegaban informes similares. Pedro de Alvarado cortó el acueducto de Chapultepec y cerró las pequeñas calzadas que avanzaban de la orilla. Así cerró el lazo definitivamente sobre Tenochtitlán. Pero aun así, los defensores no se rindieron. No flaquearon ni un solo día. Por mucho que sus enemigos les hubieran entrado por las calzadas, a la caída de la tarde perseguían a los castellanos y sus aliados con saña, y solo los caballos impidieron que esas retiradas se convirtieran en una carnicería. Los jinetes les tendieron emboscada tras emboscada, pero ellos valoraban menos su vida que ver a sus enemigos dentro de su ciudad.
Alvarado había conseguido avanzar hasta las proximidades del Gran Mercado de Tlatecolco, y sus hombres le animaban a tomarlo y establecer allí el campamento, pues era peonoso avanzar una y otra vez para retroceder cada noche hasta la orilla del lago.  A pesar de sus instrucciones, uno de los días se dejó llevar y avanzó demasiado, sin dar tiempo a su retaguardia para rellenar los huecos de la calzada. Los mexicas se percataron y se revolvieron. Cuando le hicieron retroceder, sin poder recibir ayuda de la caballería, muchos murieron o fueron apresados, y aquella tarde fueron sacrificados en los templos. Cortés fue informado y a pesar de su enfado, fue a inspeccionar las posiciones y vio mucha ventaja en lo hecho por Alvarado. Acordaron realizar un ataque desde el lugar de Cortés para aflojar la defensa del mercado, y entonces que Alvarado lanzara otro ataque. Pero también perdió el control de sus tropas, que avanzaron sin rellenar adecuadamente, y en su retirada quedaron empantanados, y  cuando los mexicas les cayeron encima, hasta Cortés tuvo que batirse por su vida, que a punto estuvo todo de perderse en aquel lugar, de no haber sido por su guardia personal, de la que muchos perdieron la vida para que él pudiera huir por la calzada. Los que fueron capturados murieron sacrificados, y sus corazones fueron entregados a los dioses, y hubo muchos cantos de victoria y sahumerios en las pirámides. Cuauhtémoc  debió de dirigir aquellas ceremonias.

Aquel revés fue tan duro que durante unos días, los españoles aflojaron la presión. Fue entonces cuando un capitán tlascalteca, Chichicatecl, dirigió una nueva ofensiva. Tendió una astuta trampa los mexicas en uno de los puentes. Una vez lo cruzó, emboscó a cuatrocientos arqueros. Penetró por las calles y retrocedió hasta el puente, y se tiraron al agua. Entonces los arqueros se cebaron sobre sus perseguidores, que sufrieron un gran descalabro.
Los combates siguieron y siguieron, y las tentativas sobre el mercado dieron sus frutos. En una emboscada de la caballería perecieron quinientos guerreros mexicas, y entre ellos, importantes capitanes. Aquello provocó que ya nunca volvieran a perseguir a los españoles en sus retiradas. Y en la laguna, las canoas se replegaron definitivamente. Las  otras ciudades del lago, los últimos aliados, se entregaron a Cortés. Los castellanos comenzaron a demoler los edificios de las zonas en las que entraban, arrasando la que, según las propias palabras del conquistador, era la ciudad más hermosa del mundo. Una ciudad en la que los cadáveres se amontonaban, el hambre era terrible y hasta los supervivientes que  ya casi no tenían fuerzas, rogaban a los españoles que atacasen y los matasen para acabar con todo aquello. Pero sin rendirse.  Se burlaban de los españoles.  Hasta que solo quedó resistencia en uno de los barrios, en el que los mexicas se hacinaban, caminando por encima de sus muertos, languideciendo en el suelo, aguardando un último combate.
Llevada la resistencia hasta el límite humano, Cuauhtémoc rindió a su pueblo y se entregó a  Cortés. Se acercó en una canoa a uno de los bergantines, y allí se dio a conocer. Su aspecto no era el del joven de dieciocho años que era. Parecía un anciano. Sólo su dignidad había podido conservar. Lo llevaron ante Cortés, y a través de los traductores le dijo que había cumplido con su obligación de resistir hasta el final. En una de las escenas más terribles y apabullantes de toda esta historia, Cuauhtémoc, débil y tambaleante, pero resuelto, señaló el puñal que colgaba de la cintura de Cortés y le pidió que acabara con su vida.

Allí terminó el imperio de los aztecas y nació Nueva España. Un nuevo mundo. Un mundo mestizo, como el hijo de Cortés y doña Marina. Un mundo  que aun habría de conocer muchos prodigios. Desde allí, nuevas expediciones serían enviadas hacia Yucatán y más al sur, hacia el territorio maya, y hacia el pacífico y el país de los tarascos. Toda aquella tierra quedó sometida  a la corona de Castilla, y por tanto al emperador Carlos. Cortés se hizo Capitán General de la Nueva España, y regresó rico a la península. Hubo más gobernadores primero y luego virreyes. Algunos enviados desde la península. Otros, indígenas cristianizados y bautizados, educados entre dos mundos. El emperador pidió conocer a sus nuevos súbditos, y fue entonces cuando se recopilaron los principales códices aztecas, realizados por artistas locales y glosados por frailes para explicar las bellas imágenes por ellos realizadas. SE abrieron universidades y se estudiaron las lenguas indígenas, sobre todo el náhuatl, que fue bien comprendido y utilizado por los frailes enviados a evangelizar.
Un nuevo mundo
Cortés se convirtió en leyenda, como también lo hicieron doña Marina, Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Bernal Díaz,   Moctezuma y Cuauhtémoc, y los mexicas, y los tlascaltecas. Los templos antiguos fueron transformados en iglesias y los dioses antiguos, olvidados. Y aquel continente fue dado al mundo con sus prodigios y sus riquezas, que de mano del imperio español fueron llevados por casi todo el mundo y cambiaron la vida de millones de personas. No solo oro. El oro fue pronto malgastado por los reyes en sus guerras entre parientes. Hablamos de riquezas aparentemente humildes, pero que sin duda cambiaron la historia,  como el cacao, el maíz, el tomate, la patata, que tantas vidas salvaron.
Ha sido mucho lo que se ha escrito sobre Cortés y sus actos, pero pocos son los que han leído realmente su relato, o el de sus hombres, como Bernal Díaz. En sus páginas podremos encontrar, además de los actos de valor de unos y otros, el asombro y la admiración que aquellos pueblos les causaron. No encontraremos jamás una mala palabra o un desprecio.  Más bien al contrario: veremos asombro, admiración y respeto. Y sobre todo, como siempre debemos hacer, podremos juzgar por nosotros mismos.