domingo, 15 de octubre de 2017

Muchos encuentros...

El sonido de los cerrojos de hierro precede al chirrido de los viejos goznes, que se quejan así de llevar tanto tiempo sin ser aceitados ni usados. Un viajero permanece a la entrada, intentando atisbar en la oscuridad. De su exiguo equipaje saca un chisquero y prende una lámpara de aceite. La luz anaranjada pone color al gris de la noche. Entonces, sonríe, y da un paso al interior. Todo está más o menos como lo dejó. Los muebles siguen tapados con telas, a las que ahora cubre una buena capa de polvo. Los estandartes cuelgan silenciosos allá en el techo de la estancia. Hay tantos relatos tejidos en ellos. El hogar está frío, pero junto a él hay un pequeño montón de troncos secos, esperando el regreso, y él lleva un frasco de aceite para prenderlo. Las llamas no tardan en lamer la vieja y seca madera. El olor le transporta inmediatamente a otra época. Ahora es más viejo y más sabio. Al menos, para mirar una última vez a las paredes y evaluar el trabajo que le queda por hacer. Pero se siente feliz. Entonces echa para atrás la capucha, se quita las botas y arrastra la silla hasta la chimenea. Una nube de chispas saluda al fin al viejo caliban66.

Saludos, compañeros. Parece mentira que hayan pasado ya siete años desde la última publicación de DBAHispano. Siete años dan para mucho (que se lo digan a Alejandro). Bueno, a mí no me han servido como a él, pero tampoco puedo decir que haya perdido el tiempo... Allá por 2010 tuve que dejar esto al empezar una nueva etapa en mi vida: la paternidad. Una paternidad un tanto especial, porque empezó de golpe con un chaval de 4 años, otro de 2 y un bebé de 9 meses. Un día mi mujer y yo salimos de casa con el coche y volvimos con el asiento de atrás lleno, dicho simplificadamente.
Ahora somos cabeza de una familia numerosa, y eso lleva muuuuucho tiempo. Además, por trabajo tuvimos que viajar mucho. He vivido en México, en Marruecos y también pasé algún tiempo en Emiratos. Eso me obligó, a pesar de transportar mis minis de sitio en sitio, a aparcar un poco el hobby. Pero en cuanto mis niños pudieron, comenzamos a jugar. Echamos partidillas al AoW, a algo de DBA, pero el pequeño todavía era muy destructivo. Recuperé viejas minis del ESDLA y mazmorreamos con el "Cavern Crawl" de lo lindo, y luego vino más trabajo, así que ahora jugamos mucho a juegos de mesa, que tienen la ventaja de poder preparar una partida en "cero coma". Pero al menos se conocen el Space Hulk y hasta se han terminado con éxito la primera misión jugando yo de alien. ¡Ja! Jugamos al Dominion, a los Colonos, al Risk de Juego de Tronos, al Takenoko, al Carcassone (el mejor el de Mares del sur, jeje). En fin, que van conociendo el mundillo. De hecho, estamos trabajando en un juego que todavía tenemos en pruebas. En esto avanzamos lentamente, claro.
Si bien no podía jugar, sí crie un poco más a mi gusanillo literario. Mientras trabajaba en DBAHispano escribí un par de novelas. La segunda la acabé en México. La tercera, la paré a medias en Marruecos. Escribía de noche, robando horas al sueño, pero eso es así. Tuve una propuesta editorial que se fue al garete y, desencantado, comencé a escribir relatos cortos. En Hislibris hacen todos los años un concurso de relatos cortos de corte histórico, así que con el bagaje de DBAHispano me encontraba como pez en el agua, y comencé a participar todos los años regularmente. Y fue bien. Cada año hacen una selección de los relatos mejor puntuados, y tuve por fin mis primeros textos publicados en el libro del concurso II, V, VI, VII, VIII y IX, que ha sido celebrado este año.
Un orgullo, porque mis relatos comparten páginas con autores como Luis Villalón, Sandra Parente o Blas Malo, todos ellos autores publicados. Publiqué relatos como "La última noche de Atenea Virgen", sobre la noche que estalló el Partenón; "Dime qué hay allí donde me llevas", sobre los últimos días del Barón Rojo, o "Espíritu del agua", una historia sobre la colonización de Islandia. Pero el que de verdad lo cambió todo fue el VIII, porque ese año gané con mi relato "El bosque del inglés". Un relato inspirado y dedicado a Ramón Trecet y al equipo de Diálogos 3, de RNE3. Un relato sobre una extraña melodía que viaja desde la Escocia jacobita, por el Caribe, hasta una prisión en Estados Unidos, donde es registrada por un joven Alan Lomax en los años 20 de labios de un preso condenado a muerte.
El premio por ganar era un contrato literario, así que, ¡zas! Tuve que desempolvar mi vieja novela, esa que no pude publicar la primera vez, y, bueno, ahora está en la calle. "La isla de las sombras". Jo, como un cuarto hijo.
Fue presentada en mayo en Madrid y en junio estuvimos en la Feria del Libro. Toda una experiencia. ¿Qué tiene de especial? Pues que esa novela no hubiera existido sin DBAHispano. Así de sencillo. Me pulí como escritor en el durísimo concurso de Hislibris (durísimo porque los relatos se presentan bajo anonimato y los participantes comentan lo que les parece sin ningún tapujo ni la carga de conocer al autor), pero me formé y tomé el método en este blog, aquí, entre vosotros. Y viendo el contador de visitas, que ya ha dado varias vueltas estos años, pues, hay que hacerle justicia a esta página. Porque sin vosotros, sin los ánimos que recibí, sin los comentarios, y sin las miles de visitas que hemos tenido, todo esto no hubiera sido posible.

¿Y QUÉ PASA A PARTIR DE AHORA?

Pues bien, desde hace dos años vivo en Madrid, y ahí es donde la empresa de transportes entra en juego. Cada día dispongo de 35 minutos de ida y otro tanto de vuelta al curro. Con eso, una libreta A6 y un boli he escrito un montón, y tengo tiempo para retomar este proyecto. Tengo que compaginarlo con otros proyectos literarios, pero podré sacar artículos con cierta regularidad.  Pero ni mi colega Endakil y yo estamos tan sobrados de posiblidades como antes. Las imágenes que aquí empleábamos se han perdido casi todas. El blog está que da penica. Es  el momento de comenzar una nueva singladura con HistoriaHispano. No solo para DBA, sino para otros reglamentos (AdlG, FoG, etc.) , aunque con la misma temática y formato.  Así que anunciamos que DBAHispano renacerá en este HistoriaHispano (historiahispano.blogspot.com). Aquí, al tiempo que recuperamos las entradas de DBAHispano que han quedado desangeladas, tendremos publicaciones periódicas con la misma temática y formato, justo por donde lo dejamos. ¿Qué por dónde era? ¡Ja! Me acuerdo perfectamente. Veréis, imaginad una fría estepa, y que estáis a lomos de un veloz caballo, con el viento el pelo y un halcón en vuestro brazo derecho. No, no es el principio de "Conan, el bárbaro". Más bien se trata del fin. Del fin del mundo, o al menos del mundo tal y como era a comienzos del siglo XIII. En fin, si os pica la curiosidad, permaneced a la espera...

La conquista de México, parte II

Saludos. Imaginad la siguiente escena: el joven emperador Carlos despacha con sus secretarios los asuntos de las tierras que ahora gobierna. Enérgico, astuto, deja poco a la improvisación y estudia con cuidado los asuntos. Como soberano más poderoso de Europa, se muestra serio y grave, como si
"Una nueva carta de un tal Hernán Cortés..."
intentara compensar su juventud con un aire de madurez impostada. Entonces, el secretario informa del siguiente asunto: una nueva carta de un tal Capitán Hernán Cortés. Se la entregan, ya abierta. Tal vez se quejen de las excesivas libertades que se está tomando el auto proclamado Capitán de la Nueva España al haber fundado la  Villa Rica de la Vera Cruz, y le recomienden denegar todas sus peticiones. Carlos hace un esfuerzo por no mostrar ninguna emoción, pero da una orden silenciosa para que lo dejen solo. Ya es suficiente por hoy. Y entonces, tras asegurarse que nadie puede verle, agarra la misiva, toma una copa de vino y algunas frutas, y se dispone a leer el increíble relato de aquel extraño hombre. Y tras sumergirse en aquellas líneas, el joven emperador sonríe como un niño, apura su copa, mira por la ventana, hacia el oeste. Y tal vez piense  en aquellos escasos momentos que tiene de libertad, que se cambiaría gustoso por él.

Cortés salió de Cempoal tras dar al través con sus naves. Sus nuevos aliados le dieron ochocientos guerreros para que le asistieran. Y antes de salir, mientras hacía los preparativos, llegaron también emisarios de Moctezuma. Habían encontrado estos a los cempoaleses ya aliados de Cortés, y por lo tanto, desertores de los aztecas, y sin duda debieron vivir momentos de tensión a espaldas del recién llegados. Hicieron detallados dibujos de los hombres y caballos, armas y armaduras, y lo mandaron a su emperador. Y se ofrecieron como guías, pues el Huey Tlatoani lo invitó a verle. De aquellos emisarios, Cortés oyó por primera vez el nombre que les habían dados: "teutl". Dioses. Por algún motivo, aquellos hombres pensaban que los españoles eran dioses.
Y los guiaron, en efecto, pero no por el camino más fácil, sino por donde hallaron más dificultades y terreno desierto. Aun así atravesaron algunas tierras sometidas por los aztecas, y proveyeron estos a los recién llegados, y se mostraron amables con Cortés por orden del Alto Señor. Pero el capitán tenía sus propios planes, y a espaldas de los emisarios mexicas, los cempoaleses comenzaron a cuidar sus propios intereses. Informaron a Cortés de que el mayor enemigo de los aztecas eran Tlaxtcala y que el camino que llevaban pasaría cerca de su frontera.
Se les enviaron mensajeros en secreto, y cuando la columna pasó cerco, el capitán ordenó entrar en la región enemiga de los mexicas. Pero a pesar de los intentos diplomáticos, los cuatro tlatoanis de Tlaxcala  no se pusieron de acuerdo, y el sector más joven y belicoso se impuso. No tardaron los guerreros de la región, a pesar de los intentos de negociación y los requerimientos, en atacar. Primero en pequeños grupos, y después de que Cortés se hiciera fuerte en una colina y estableciera un campamento, con fuerzas cada vez mayores. En los textos del Capitán y de Bernal Díaz se habla con profusión de cómo les llovían flechas y jabalinas, pero el superior equipo de sus soldados los protegía de las puntas de piedra. Y luego se lanzaban al ataque en grandes grupos, muy cerrados, y ahí los tiros y artillería les hacían mucho daño, y en combate cerrado, lasr armas de acero causaban terribles daños, y los guerreros se  estorbaban entre sí.
Entre ataque y ataque, a lo largo de los días, Cortés salía de expedición con su caballería y sus aliados y atacaban a las aldeas y almacenes. En estas razzias, Cortés describe un país muy ordenado y muy cuidado, sin espacio desaprovechado, todo lleno de cultivos para sostener una densidad de población difícilmente alcanzable.
Tras muchos combates, los castellanos habían conseguido no tener muchas bajas, al contrario que sus enemigos y estos, percatándose de que podían convertir a un formidable enemigo en el mejor de los aliados contra los mexicas, retomaron la diplomacia y, ante las nuevas protestas de los emisarios aztecas, pactaron con Cortés. Establecieron una alianza que ya no se rompería y que sería clave para lo que ocurriría en los meses siguientes. Porque Tlaxcala aportó miles de guerreros a Cortés, y así su pequeña expedición ya no fue tal. Se había convertido en un poder formidable.

Desde ese momento, la relación con los emisarios de Moctezuma cambió. Las noticias debieron revolver la corte del Huey Tlatoani. Sus consejeros se dividirían entre los que optaban por atacar abiertamente, y otros, quizás más condicionados por sus creencias religiosas, que proponían ahondar en la relación entre los recién llegados y las antiguas profecías de Quetzalcóatl, para descubrir si realmente eran enviados por los dioses.  ¿Y Moctezuma? Dudaba. Había invitado a Cortés a venir a Tenochtitlán, la opción que permitía contentar a todos sus consejeros. ¿Dónde si no tratar al recién llegado? ¿Dónde si no atraparlo para eliminarlo, si se decidía a hacerlo finalmente? Pero en aquel momento le acompañaba un ejército enorme y su iniciativa ya no parecía tan buena idea. Dudaba qué hacer, pero cada día los extranjeros se acercaban, apoyado por sus enemigos.
Finalmente, mientras los españoles recuperaban fuerzas en Tlaxcala, se puso en marcha un nuevo plan. Cortés recibió nuevos emisarios con más regalos y la invitación para ir a Cholula, la ciudad más importante del culto de Quetzalcóatl, pues allí podrían proveerlos mejor. Mientras se decidía,  los tlaxcaltecas les advirtieron de que sus espías reportaban que les estaban preparando una trampa. Que por orden de Moctezuma se habían preparado material para cegar las calles, atraparlos y eliminarlos, y que un gran ejército azteca se había emboscado en los alrededores. La tensión alrededor del capitán debió de hacerse insoportable. Sus nuevos aliados lo prevenían contra los aztecas, mientras que estos le advertían que desconfiara de la alianza de los tlaxcaltecas, que aprovecharían un descuido para caer sobre él y eliminarle. Y el astuto capitán se reunía con cada uno de ellos por separado, y a todos agradecía sus consejos y les hacía creer que confiaba en ellos más que los demás. De modo que tras sopesar los riesgos, salió hacia Cholula, y los tlaxcaltecas le entregaron cinco mil guerreros para protegerle.
En Cholula fue recibido con esplendor, pero la trampa fue detectada gracias a su mejor aliada. Doña Marina, Malinali. Ella fue la que sonsacó la verdad a algunas comadres de Cholula, que la advirtieron de que abandonara la ciudad por la noche junto a las demás mujeres y los niños. Avisó entonces a Cortés, que preparó un ataque por sorpresa al día siguiente, con la ciudad llena de guerreros enemigos y, no sin cierta puesta en escena teatral, lo lanzó con tal violencia que en poco rato habían muerto miles de guerreros aztecas y cholultecas. Y tras ello, interpeló con tal dureza a los emisarios de Moctezuma que terminaron suplicando que les permitiera al menos a uno de ellos ir a consultar a Moctezuma sobre lo ocurrido, que ellos no sabían nada.
Malinali señala a los responsables de la emboscada
Todas las trampas y emboscadas habían sido desbaratadas por el gran poder de los extranjeros, pensaba Moctezuma. Decidió que no debía dejarlo entrar en Tenochtitlán, y pensó apelar a otra de las emociones humanas para ver qué tal eran... la avaricia. Les mandó muchos regalos: ropas, esclavos, abalorios. Todo se lo ofreció en una larga caravana en la  entrada de Cholula, con la condición de no ir a Tenochtitlán. Que podría hacerlos muy ricos si se mantenía a distancia. Pero Cortés ignoró la propuesta y siguieron adelante. Esquivaron de nuevo el camino marcado por los aztecas casi por accidente, pues dos hombres de Cortés subieron con unos guías al Popocatépetl. Salvaron el pellejo por poco, pero encontraron un paso para descender al valle. Ellos fueron los primeros en ver la prodigiosa ciudad del lago, brillando en todo su esplendor. Aquella ruta se conoce hoy día como "El paso de Cortés", y es una excursión más que recomendable si pasáis unos días en el D.F.
Por allí descendieron al valle, y desde allí vieron las ciudades que crecían en las orillas: Iztapalapa, Texcoco, Culhuacán... y las tres carreteras que se adentraban en el agua hasta la imponente Tenochtitlán, y el acueducto que llevaba agua dulce desde Chapultepec. Aquello era en verdad otro mundo. La impresión que aquella visión dejó en los hombres de Cortés ha quedado escrita en las crónicas del propio capitán y Bernal Díaz. Todo era deslumbrante. A lo lejos podían ver las calles rectas, las plazas, los hermosos templos de brillantes colores, los jardines. Había diques que separaban las lagunas de agua dulce y agua salada, y numerosos puentes en las carreteras, que permitían levantarlos y cortar el paso. Había un tráfico incesante de canoas entre las ciudades y que entraban y salían por los canales de Tenochtitlán.
Imagen de Tenoxtitlán. Museo Antropológico de D.F. Al fondo, el Paso de Cortés en la falda del Popocatepetl.

Enterados de su llegada, la primera delegación los esperó cerca de Iztapalapa. Eran altos dignatarios con muchos esclavos y muchas riquezas los que allí los esperaban, y los guiaron hasta dicha ciudad y pusieron el pie en la ancha calzada que se dirigía a  Tenochtitlán. Fue sobre ella que vieron llegar a Moctezuma, y un amplio cortejo, todos engalanados con sus mejores prendas . El Huey Tlatoani era llevado en palanquín por nobles mexicas. Cuatro dignatarios lo guiaron cuanto bajó al suelo y avanzó hacia Cortés y no permitieron que Cortés lo abrazaran. Sin embargo, Moctezuma y él intercambiaron hermosos regalos y un mensaje de bienvenida traducido por los intérpretes. Aquí Moctezuma, según explican Cortés y Bernal Diaz, les reveló que pensaban que ellos eran aquellos a quienes esperaban largo tiempo. Que sabían sin embargo que Cortés y sus soldados eran hombres de carne y hueso, ero que quería saber si el señor al que servían era realmente el dios cuya vuelta había sido profetizada. Pero entre los regalos, apenas había oro. Les dijeron que apenas poseían aquel metal.

Los españoles y sus aliados fueron invitados a entrar en la ciudad, y se les dio aposento. Los españoles fueron llevados a un palacio, y en los cuatro días siguientes despacharían y visitarían a Moctezuma y sus nobles, y hablarían del emperador Carlos, de la fe de Cristo. Los españoles visitarían el gran mercado y sus innumerables mercancías. Allí conocieron el chocolate, por ejemplo, y  otras viandas que nunca habían visto.  Telas, hierbas, joyas de plata y hermosas piedras,  y plumas de aves desconocidas. Se deleitarían con el asombroso vuelo del colibrí entre las flores. Para referir los prodigios que allí vieron, debemos remitirnos a los textos de aquellos hombres, pues es demasiado extenso para descubrirlo aquí. Sin embargo, apenas vieron oro.

 
De lo que pasó a continuación, se escribieron al menos dos versiones. Según explicó Cortés al emperador Carlos en la segunda Carta de Relación, a los cuatro días de la entrada en Tenochtitlán recibieron un mensaje de Veracruz, en el que le informaban que los mexicas habían atacado Cempoal y en la batalla habían muerto seis españoles, y muchos eran heridos. Y que por lo tanto, pensó que los aztecas planeaban acabar con su compañía allí, mismo, en su capital, tras haber eliminado su base de operaciones en la costa y por tanto, su camino de retirada. Y tras consultarlo con sus capitanes, decidieron capturar a Moctezuma, traerlo a su real como rehén y así, garantizar su seguridad.
El relato del soldado Bernal Díaz es diferente: escribió que mientras convertían una estancia en iglesia, uno de los carpinteros distinguió unas señales en uno de los muros, como si hubiera sido hecho y encalado recientemente ocultando una puerta. Consiguieron abrirse paso y accedieron una cámara que había sido condenada, y allí encontraron el oro. No era un tesoro cualquiera. Era el oro de todos los sueños. El mayor tesoro que nadie hubiera visto jamás. El que Moctezuma decía no poder ofrecer en gran cantidad por carecer de él.

Reproducción del gran mercado. Museo Antropológico D.F.
El oro los volvió locos. Era la prueba de que las buenas intenciones que mostraban los aztecas no eran sinceras. Segundo, porque fue entonces porque se dieron cuenta de que estaban atrapados. Que jamás podrían salir de allí con semejante tesoro. Y por último, porque en ese momento ni siquiera estaban seguros si serían capaces de renunciar a él para salvar la vida.
Fueron doce hombres y Cortés los que conocieron del tesoro. Volvieron a cerrar el hueco que habían abierto en la parte baja y dejaron todo como estaba. Y los capitanes de Cortés le impelieron a que detuviera a Moctezuma. Por el modo en que lo cuenta, Cortés debió de dudar. Tanto en su texto como en el de Bernal se aprecia que se sintió abrumado por lo que tenía que hacer. Pero no podía permitirse perder a sus capitanes, y aun perder lo que estaban tan cerca de ganar. A la mañana siguiente fueron a despachar con el gran Tlatoani, y Cortés, casi sonrojado de la vergüenza, le pidió que volviera con él al palacio donde se hospedaba. Y Moctezuma, para sorpresa de toda su corte, aceptó. Amable y sonriente se lo llevó Cortés. Por todo el camino fue dando órdenes Moctezuma de que nada se hiciera contra los castellanos. Que él iba de buena gana. Pero aquel día se cruzó una barrera, y el orgulloso pueblo mexica no lo olvidaría. Y si los hombres de Cortés eran conscientes de que estaban atrapados, de súbito, el desconcierto causado por la llegada de los extranjeros se desvaneció, y como si despertaran de un sueño, los grandes señores de la Triple Alianza se reunieron, y comenzaron a conspirar. Fue entonces, con Moctezuma ya prisionero, cuando les llegaron las noticias del ataque a Cempoal.
Un mes transcurrió en aquella extraña situación. Moctezuma despachaba y cumplía con sus obligaciones desde el real de Cortés. La tensión entre los nobles y por las calles fue subiendo. El rey de Texcoco se negó a obedecer a Moctezuma y este ordenó que lo capturaran en una emboscada. Los capitanes que atacaron Cempoal y mataron a los españoles fueron quemados públicamente. Humillación tras humillación, la cólera de los aztecas crecía y crecía, y no faltaron voces que comenzaron a despreciar a Moctezuma y a los españoles, y a escondidas, preparaban su final.

Cortés apresa a Pánfilo por sorpresa
Entonces Cortés recibió la segunda mala noticia. Un ejército organizado por Diego Velázquez y capitaneado por Pánfilo de Narváez había desembarcado en Veracruz y venía a detener a Cortés, incluso volviendo a los indios de su parte contra él. Supo incluso que Narváez había enviado un mensaje a escondidas a Moctezuma para informarle que venía a liberarlo.  Su reacción fue fulminante. Dejó a uno de sus capitanes, Pedro de Alvarado, a quien los mexicas llamaban "Tonatiú", el Rayo, o el Sol,  al frente de una guarnición, y marchó veloz hacia la costa. Tras cerciorarse de que Pánfilo de Narváez no disponía de poderes del Emperador, sino solo de Diego, y puesto que recibió una respuesta a su intento de negociación con un "Viva quien venza", le dio toda una lección. Atacó por la noche el campamento de Narváez, con tanta rapidez que para cuando dieron la alarma, Cortés ya estaba en el patio del campamento, subiendo por una de las torres .  Capturó Narváez y rindió a sus hombres, y ganó así ochocientos nuevos soldados, hasta cuarenta de acaballo y muchos tiros y pólvora, y volvió veloz hacia Tenochtitlán.
Pero lo que encontró allí le heló el corazón. Los mexicas tenían asediado el palacio donde estaban sus hombres y aún Moctezuma. Tuvo que abrirse paso combatiendo hasta él, y cuando llegó, Alvarado le puso al día de lo ocurrido. Había sabido que ya conspiraban para entrar a matarlos, y había decidido actuar antes. Alvarado no poseía la sutileza y astucia de Cortés. En una ceremonia sagrada, "Tonatiú" había emboscado los nobles y sacerdotes  y no había dejado a nadie con vida. Pero la noticia corrió como la pólvora, y la ciudad estalló contra los españoles. Ni siquiera los llamamientos de Moctezuma a la paz servían ya. Estaban rodeados. Las calles estaban llenas de barricadas y los puentes, tras la entrada de Cortés, habían sido levantados. El momento de librarse de aquellos extranjeros había llegado.
Cortés y Bernal Díaz hicieron un detallado y angustioso relato de aquellos días. La ferocidad con la que los mexicas se lanzaron contra ellos sólo pudo ser contenida tras los muros de su real. En uno de los asaltos Moctezuma salió a pedir que pararan, y una pedrada le rompió el cráneo. Murió entre los españoles que le habían retenido, para desesperación de todos, pues con él moría cualquier posibilidad de negociación.  Cada vez que los españoles salían para ganar un camino de salida, eran repelidos desde las calles, barricadas y azoteas. Los industriosos conquistadores construyeron
ingenios con ruedas y techos rígidos para protegerse de los ataques desde arriba, pero los aztecas sabían guiarlos hasta callejones sin salida, o caminos que acababan en el agua, y los desbarataban. Casi no tenían agua ni comida, y los heridos aumentaban cada vez más. Desde los templos se invocaba a los dioses con la promesa de entregarles pronto los corazones de aquellos extranjeros.
Fue en una de aquellas salidas, estando ya perdida toda esperanza de rellenar una de las calles, cuando la desesperación se tornó en furia. Uno de los templos, el principal de Huitzilopochtli, se elevaba junto al palacio donde vivía Cortés. De hecho, desde su real podían ver la espalda del templo.  Un gran número de guerreros les ofendía con flechas y jabalinas desde allí. La escalera frontal daba a la plaza. Había que dar un rodeo hasta ella, pero aquellos hombres, con Cortés a la cabeza, decidieron vender caras sus vidas y hacer tanto daño como pudieran, si no a sus cuerpos, sí a sus dioses. En algún momento el ingeniero en el que avanzaban fue dirigido a la plaza, hacia el templo de Huitzilopochli, y muchos de los castellanos, comprendiendo lo que su avanzadilla se proponía hacer, salió de golpe a ayudar.
Lienzo de Tlaxcala. Las calzadas cortadas y el acoso desde las canoas.
Una ola de furia recorrió a los mexicas cuando vieron a los hombres de Cortés, y a muchos de los tlaxcaltecas, al pie de su pirámide. La guarnición de arriba comenzó a arrojarles flechas, piedras y lanzas, pero en un determinado momento los que avanzaban bajo el ingenio se lanzaron a la carrera escaleras arriba, mientras en la plaza entraron grandes escuadrones de aztecas, pues se había corrido la voz de que estaban atacando el templo principal.
Aquel ataque se convirtió en una locura. Los soldados de Cortés, con él a la cabeza, comenzaron a subir la empinada escalera, mientras por todas las terrazas salían los guerreros que se protegían en la pirámide. Los tlascaltecas y los restantes castellanos protegieron la parte inferior para que no llegaran más mexicas. En los primeros metros los contuvieron, y estos gritaba y rugían, y amenazaban y juraban que se comerían sus corazones, y se lanzaban oleada tras oleada contra los atacantes. Cortés, Alvarado y los demás, totalmente cubiertos de sangre, subían escalón a escalón, mientras el valor de los defensores se fue convirtiendo en pánico. Nivel tras nivel morían sobre los escalones  o resbalaban o se caían por la terrazas. En aquella pirámide guardaban su legado sagrado, y aquello les atenazaba el corazón. Cuando vieron que los extranjeros estaban llegando a la plataforma superior, sólo pensaban en matarse contra ellos con la esperanza de quitar aunque fuera una vida antes de morir. Mas no sirvió para nada.
Llegaron a la parte superior, mataron a todos, y prendieron fuego al gran Cu de Huitzilopochli. Ardió como una gran antorcha. Como el fuego que el destino tenía preparado para todos los aztecas. Hubo gritos de terror y desesperación entre los miles de mexicas que ocupaban la plaza, pero aun así no pudieron evitar que los castellanos bajaran y volvieran a su real. El pueblo de Huitzilopochli veía con el corazón quebrado como la casa de su dios era reducida a cenizas. Aquella victoria  cambió las tornas, pues a los españoles también les dio fuerzas.
En las siguientes salidas, tomaron las calles cortadas, las rellenaron y fueron tomando puente tras puente. Y antes de salir por la noche, Cortés entró a los castellanos en el palacio, les mostró el tesoro, y les dijo que podían llevar lo que quisieran, que iban a huir y que aquella noche se lo jugaban todo.
La Historia nombró aquella noche como La Noche Triste. La desesperada huida de la expedición a través de las calles, de los puentes ganados, de los canales rellenados con escombros, perdidos, vaciados y vueltos a llenar. Escuadrón tras escuadrón fueron ganando un camino por el que tenían que pasar. Los caballeros cargaban para abrir paso y sacar a los mexicas de los caminos, los ballesteros y arcabuceros protegían, y los hombres de espada y rodela ganaban los puestos mexicas. En la ruta final, todo el orden que pudieran tener se perdió en su totalidad. Cortés tuvo que volver hacia atrás para ir rescatando a su gente. En el desorden, muchos se perdieron o tuvieron que cruzar el agua. Los que valoraron más el oro que su vida se ahogaron con la carga de riqueza. Los que fueron más listos pudieron nadar y salvar su vida al cruzar el último hueco en la calzada.
Se peleó en cada puente.
Y por fin llegaron a la orilla del lago, y se reunieron entre unas construcciones, tomaron fuerzas, y emprendieron con resignación el camino de huida hacia Tlaxcala. El grito de victoria de los aztecas les siguió, mientras en el cielo nocturno, numerosos fuegos ardían, y los castellanos capturados eran subidos a los templos antes siguiera de que amaneciera, y sus alaridos, ahogados en su propia sangre cuando les arrancaban los corazones, eran jaleados por los cánticos sagrados que se prolongaron hasta el amanecer. Porque había llegado el momento de la venganza, y los dioses querían sangre.
Con aquella lúgubre letanía a lo lejos, como un funesto, presagio, los supervivientes castellanos y tlascaltecas restañaron sus heridas, hicieron recuento, y se aprestaron para continuar hacia un lugar seguro.

Continuará...
 
 
 

 

martes, 26 de septiembre de 2017

La conquista de México, parte I

Saludos. Si alguna vez han existido historias que han superado con mucho los límites de la imaginación, la conquista d México es sin duda una de ellas. Si alguna vez alguien vivió una aventura en tierras lejanas, con ciudades prodigiosas; terribles batallas; oro, inmensas cantidades de oro y otros tesoros que hacen perder el alma, el honor, la prudencia y aun la vida, fueron sin duda Hernán Cortés y los hombres que le acompañaron a Culúa, el asombroso país de los mexicas. Acompañadme pues, lectores, a contemplar la grandeza del mundo perdido de los aztecas y de los hombres, pocos pero terribles, que los conquistaron, y a ver nacer un nuevo mundo sobre las cenizas de la tragedia y la gloria de aquellos años,  pues caras son de la misma moneda.
Cortés... El destino se arremolinaba alrededor de sus pasos como hojas secas arrastradas por el viento. Había nacido en una era asombrosa en la que sus reyes se habían convertido en el mayor poder del Viejo Mundo y uno nuevo había sido encontrado, pero no descubierto. Era un hombre para una nueva época. O tal vez, fue una  nueva época para un hombre como él. Natural de Medellín y natural de una familia de la baja nobleza, podemos imaginar a un joven Hernán enfebrecido con las noticias que llegaban de aquella tierra al otro lado del mar y de sus sueños, donde un corazón valeroso, un brazo fuerte y una mente despierta podrían tal vez proporcionar lo que en su tierra solo era accesible por nacimiento. Su familia pudo pagarle algunos estudios en Salamanca, pero ¿cómo contener su espíritu en aquellas aulas más de dos años? ¿Cómo domeñar sus ansias de aventuras con legajos y largas horas de estudio, cuando bajo los pergaminos y pliegos escondería las obras de otros como él, tal vez Julio César, Jenofonte o Polibio, para leerlas sin que sus maestros se dieron cuenta.
Era altivo Cortés, y valiente y bien plantado. Lengua y espada tenía bien afiladas, y si con la segunda era hábil, con la primera era dos veces peligroso, pues en uno de sus filos sabía poner palabras agudas como puñales y en el otro, dulces y lisonjeras, que igual inflamaban el espíritu de sus amigos y compañeros de armas que el corazón de las mujeres.
Al final, tras sólo dos cursos en la villa salmantina, algún tiempo trabajando de escribano y un intento fallido de marchar con el Gran Capitán a las guerras de Italia, en 1506 se embarcó finalmente hacia el Nuevo Mundo, a la isla Fernandina o Cuba, como comenzaba a ser llamada, a ponerse al servicio de Diego de Velazquez, a la sazón Teniente Almirante de dicha colonia.

Mientras, más o menos en los mismos días en los que el joven Cortés llegaba a Salamanca, en las altas tierras del Anahuac, en el lago protegido por las montañas sagradas, el Popocatépetl y el Itzaccihuatl humeaban, el pájaro zenzotle cantaba con sus cuatrocientas voces y Huitzilopochli, el dios de los aztecas, sonreía complacido en el cielo y bebía la sangre de las víctimas que se le ofrecían, pues un nuevo Huey Tlatoani,  un Gran Rey Sacerdote era elegido para proseguir la gloriosa era de los mexicas, señores del mundo, cuyas tierras llegaban de un océano a otro. Se llamaba Moctezuma Xocoyotzin, hijo de Axayactl e Izelcoatzin, hija Nezahualcóyotl,  el rey poeta  de Texcoco. Era sabio en cuestiones de la guerra, pues había dirigido a los ejércitos del Tlatoani anterior, pero también había estudiado a los sabios del pasado y la historia de su pueblo, pues su cometido no era solo preservar el orden en su reino y las provincias tributarias. También, al adquirir los atributos divinos de Tlatoani, debía cuidar el orden del cielo. Conocía bien la épica de su pueblo. Originarios de la mítica ciudad de Atzlán, los mexicas, junto a otros siete pueblos, siguiendo el dictado del dios Huitzilopochli, comenzaron una larga emigración desde el norte, casi trescientos años atrás. El algún momento, Huitzilopochli les envió una señal o un prodigio que les convenció de que debían separarse de los demás. Fue entonces cuando su primer Tlatoani recibió del propio dios el atlatl, ordenándoles así tomar el camino de la guerra para conseguirle sangre y corazones.



Fragmento de la Tira de la Peregrinación. Los mexicas derrotados
ante del rey de Colhua .

Siguieron su camino, año tras año. Todos fueron cuidadosamente registrados. Se asentaban unos años y luego seguían. Del pueblo de Chalco aprendieron el arte de la agricultura, pero tras veinte años, siguieron hacia el sur, hasta llegar al valle del lago. En sus orillas, en el bosque de Chapultepec, se asentaron y comenzaron a guerrear con los pueblos vecinos. Por aquel entonces el valle estaba dividido en numerosas ciudades-estado sobre las que imperaba una Triple Alianza entre Cohuatlichán, Texcoco y el último reducto de los toltecas, la poderosa Colhuacán, heredera de la grandeza de la extinta Teotihuacán.
Teotihuacán. Pirámide de la Luna.
Los colhúas derrotaron a los recién llegados y los expulsaron de los bosques, pero algo vieron en ellos, pues eran fieros guerreros, y pensaron que serían útiles tenerlos de su lado en las guerras del valle. Así fueron invitados a Colhúa, donde se les asignó un barrio, y entraron así en contacto con la estirpe más distinguida de los pueblos del valle. De los colhúas, los mexicas aprendieron los modos imperiales y ennoblecieron sus costumbres. Absorbieron su cultura y decidieron escribir su historia.
El cuidadoso registro del pasado
Años después estalló una violenta guerra contra Xochimilco. Coxcox, el Tlatoani de Colhuacán, siendo consciente del poderío y la influencia creciente de los mexicas, que aspiraban a tener más parcelas de poder, los lanzó a la guerra con la promesa de darles más libertades si acababan con los enemigos. Lucharon en los lugares más peligrosos, pues Coxcox casi prefería deshacerse de ellos, pero allí donde nadie hubiera triunfado, los mexicas vencieron, y le entregaron  sacos llenos de miembros cortados de los jefes enemigos. Obligado, les permitió salir de la ciudad y gobernarse a sí mismos, y entonces, Huitzilopochli les envió una  nueva señal: un águila capturando una serpiente bajo un nopal en un pequeño islote en el lago. Así les indicó que era allí donde debían construir una ciudad y templos para honrarle. Así se fundó Tenochtitlán, en el lago en cuyas orillas estaban las demás ciudades. Una ciudad prácticamente inexpugnable para los modos de guerra de sus rivales. Una ciudad construida al modo de Colhuacán, y aun mejorada. En ella pusieron toda su sabiduría, arte e ingenio. La adornaron con hermosos templos, y ganaron tierra al lago construyendo las ingeniosas y fértiles chinampas. Un acueducto fue construido desde el bosque de Chapultepec hasta la ciudad para abastecerla de agua dulce. Faltaban doscientos años todavía para que Cortés llegara hasta ella.
Colhuacán estaba condenada. Años después, los mexicas los derrotaron con ayuda de Texcoco, y el equilibrio de poderes cambió de nuevo. La Triple Alianza se refundó con Tenochtitlán, Textoco y los tepanecas de Tlacolpán. Aquella alianza formó el imperio azteca, y de ellas, Tenochtitlán no tardó en alzarse con la principalía. Pero aquella tierra mantuvo el nombre de Colhúa, pues aquello unía a los aztecas con la gloria del pasado.

Siendo Moctezuma el Huey Tlatoani, los aztecas conquistaron Achiotlan, Huexotzinca, Chichihualtacán, Alotepec y otros señoríos y estados que les permitieron aislar a su gran enemigo, Tlaxcalan, que desde entonces vivieron rodeados por tierras del imperio azteca. Construyeron estos fuertes murallas, pues muy fieros y muy decididos era el pueblo tlaxcalteca, y Moctezuma tuvo que aguardar y presionar para debilitarlos poco a poco, mientras sus dominios seguían creciendo en todas direcciones.
Un día, una columna de fuego apareció en el cielo, y Moctezuma Xocoyotzin enmudeció  mientras la miraba. Y recordó las extrañas profecías que recitaban los sacerdotes de Quetzalcóatl, el dios que tomaron de los colhúas, que estos tomaron a su vez de Teotihuacán. ¿Sería aquella la venganza de los viejos dioses toltecas? Y se acordó también del lúgubre canto de la Llorona, que plañía por la muerte de los aztecas. Y la semilla de una inquietud se enterró en su pecho, donde comenzó a crecer alrededor de su corazón, como hiedra asfixiante.


Trece años pasó Cortés en Cuba. Los primeros le dejaron un buen recuerdo, pues mucho se combatía con los indios de la isla, y Velázquez confiaba en él. Hasta le entregó a su sobrina en matrimonio. Pero poco después llegó el hastío, y de nuevo sintió aquella picazón en su pecho. Dos expediciones vio organizar a Diego de Velázquez con barcos, hombres y mercancías para explorar aquellos mares y rescatar oro, negociando con las tribus que pudieran encontrar. Poco fue el que trajeron, pues los pueblos de la costa guerrearon más que negociaron. Descubrieron sin embargo que aquellas tierras del oeste no eran islas, sino un gran continente, donde había distintas tribus, pero también ciudades. Aquello le enfebrecía, y un nuevo deseo se apoderó de él.
Diego de Velázquez organizó una más, pero esta vez buscó organizar una mayor, con diez naves al menos. Por entonces Cortés ya había reunido capital y aportó más de la mitad de los recursos. Fue designado como capitán de la expedición. Sin embargo, su arrollador carácter pronto se hizo notar, y no faltó quien habló con malicia a Velázquez, con tanta insistencia que lleó a enviar hombres para detenerle. Pero el futuro gobernador de Nueva España les convenció para unirse a su bando, y zarpó de noche sin que nadie pudiera detenerle. En su bolsillo llevaba los poderes que le diera Diego de Velázquez, como un tesoro, pues eran los documentos que daban base legal a todo lo que pretendía hacer.
Hablemos de la tripulación de esos barcos. Las órdenes que tenía eran rescatar oro, es decir, intercambiarlo con los indígenas que pudiera encontrar a cambio de cuentas de vidrio y prendas de buen tejido. Las expediciones anteriores habían acabado sin mucho éxito debido a la respuesta agresiva de los nativos. En esta ocasión, la expedición había sido concebida para poder hacer frente a dicha amenaza y forzar el intercambio.  Por ello había embarcados cuatrocientos infantes bien armados con espadas, mosquetes y ballestas y buenas piezas de armadura, e incluso se enrolaron dieciséis jinetes con equipo completo. Pero Cortés estaba convencido de que con semejante fuerza podría hacer mucho más.
Había entre estos soldados miembros de la baja nobleza, no pocos hijosdalgo y mucha gente humilde, todos en busca de fortuna en el Nuevo Mundo, quizá desencantados con lo que habían encontrado en la isla Fernandina, donde su suerte no había mejorado mucho. No pocos tenían experiencia en la guerra, pues los reyes de Castilla y Aragón y sus descendientes no habían conocido  ni un año sin guerras. Pero también había escribanos y secretaros y notarios reales, pues la expedición había sido concebida de acuerdo a una estricta legalidad, si aquello significaba algo en tan remoto lugar. Sin embargo, aquel era un detalle al que Hernán Cortés prestó mucha atención.
Iban también en aquellas naves pilotos y hombres de las expediciones anteriores. Entre ellos había uno al que Cortés jamás llegó a conocer con detalle, un tal Bernal Díaz del Castillo. Gran parte de lo que sabemos hoy de aquellos días se lo debemos a las plumas y talento de ellos dos.


A su debido tiempo, la flota llegó primero a la isla de Cozumel donde, a pesar de las dificultades, consiguió que aceptaran ser vasallos del Emperador Carlos. Estos indios le dieron noticias de algunos españoles que habían naufragado en las expediciones anteriores, y que languidecían como esclavos de algunos caciques del continente. Fueron los indios a buscarlos, y unos días después apareció ante los españoles un tal Jerónimo de Aguilar, con apariencia tan mudada que de no haber hablado, no habrían podido darse cuenta de su origen. Fue él el que les contó la historia de los náufragos y de cómo fueron sacrificados a los extraños dioses de aquella tierra, hasta que sólo quedaron él y otro más, que se había convertido en capitán de guerra del cacique, tenía mujer e hijos, y no quería saber nada más de su pasado. Fue gracias a Jerónimo de Aguilar que Cortés se enteró de muchas noticias de tierra adentro, del gran señor al que llamaban Moctezuma, y de su  reino en el país llamado Culúa.  Y puesto que conocía la lengua maya perfectamente, hizo de intérprete para el resto de la expedición.
Prosiguieron el viaje hacia el continente por la costa norte de Yucatán, hacia la desembocadura del río Grijalba, mientras Cortés hacía planes con la nueva información que tenía. Hubo intentos de comerciar, pero todas los encuentros terminaron con hostilidad. En uno de aquellos encuentros rescató a unas muchachas, una de las cuales sería fundamental en su expedición: Malinali. De familia noble, estuvo a punto de ser entregada a sacrificio. Hablaba náhuatl, la lengua de los aztecas, y maya, por lo que se podía entender con Aguilar y por ende, con Cortés. Malinali fue bautizada como doña Marina, pero los indios la llamaron "Malitzin", de donde viene el nombre "Malinche".
Malintzin, o Doña Marina, desde que se encontraron, siempre se mantuvo
junto a Cortés.
Poco después cuando subieron por el río en lanchas y una tribu no les permitió desembarcar. Cortés leyó el Requerimiento Real, solicitando el vasallaje voluntario a Carlos, y Aguilar lo tradujo, pero respondieron con más flechas, y el capitán, habiendo cumplido el requisito del Consejo de Indias, se vio autorizado para abrir fuego y darles guerra.
En primera instancia, los indios parecieron rendirse y aceptar el requerimiento, pero huyeron y dejaron sin alimentos a los españoles, mientras reunían tropas de otros territorios cercanos. Tras tres días, varios miles de indios se lanzaron contra ellos.
Aquella fue la primera batalla campal de Cortés, donde puso a prueba sus mejores tácticas  y equipo contra ejércitos muy superiores en número.. Allí los mosquetes, el acero y el acertado uso sorpresivo de la caballería, le dieron la victoria, y los indios se rindieron y acataron así a su nuevo señor. Le suplicaron perdón y explicaron que hasta entonces habían sido súbditos del señor de Culúa, que habitaba en la ciudad de lago.
Lectura del Requerimiento.

Entonces, el capitán terminó de perfilar su plan. Siguió hacia el norte y fundó la primera ciudad cristiana del continente, la Rica Villa de la Vera Cruz, a pesar de no tener poderes para hacerlo. Pero lo hizo, y con el cabildo constituido según la ley que tan bien conocía, les entregó los poderes que tenía. Lo astuto de la jugada fue que si bien Velázquez no le había dado poderes para penetrar en el continente, el cabildo sí podía actuar en nombre del Emperador. Y el cabildo dio poderes a Cortés para iniciar la conquista, puesto que los aztecas eran ahora enemigos de sus nuevos aliados. Y aunque todo esto estaba sujeto a la aprobación del Emperador y un barco fue enviado con las cartas y dos emisarios para presentar el asunto en la Corte,  tardaría meses en volver, dando tiempo al capitán para proseguir sus planes. Aquel barco llevaba la primera "Carta  de Relación" de Cortés al Emperador, ahora perdida, así como la presentación del cabildo de Veracruz, aderezado con un tesoro nada despreciable, perfectamente catalogado en los documentos del Cabildo, que sí ha llegado a nosotros.

Después, Cortés dejó una guarnición en Veracruz, y zarpó con los barcos que le quedaban. Dio con ellos al través cuando desembarcó para que nadie pensara en el retorno, se encomendó a Dios, y comenzó su ascensión hacia el país de los aztecas, la misteriosa Culúa, donde había un rey que vivía en un lago, con objeto, como él mismo escribió a Carlos I en su segunda carta, de capturarlo, matarlo o bien hacerlo súbdito del Emperador.

LA CONQUISTA DE MÉXICO EN LOS WARGAMES
En DBA,  la lista que representa al imperio azteca es la IV/63. Se trata de una lista de alta agresividad, 3, compuesta únicamente por infantería, pues los caballos eran desconocidos en América antes de la llegada de los españoles. El general es 4Bd, que con guerreros Jaguar, la élite guerrera de los aztecas. Se trataba de un culto de guerreros cuyo templo se encontraba en la ladera de los volcanes. Hay dos peanas más de guerreros jaguar. Luego hay 1 peana de 4Wb y 5 de 5 Wb, que representan a los feroces guerreros aztecas, y una última peana que pueden ser más Wb, Ps o bien arqueros mercenarios. Es un ejército vistoso y con un buen trabajo de pintura, espectacular.
DBA de hecho propone una interesante campaña llamada "imperio azteca", en la que se muestras sus grandes enemigos, que también están listados:
Guerreo del Culto del Jaguar/Águila
a) Tlaxcala, el gran rival, con la lista IV/19 (tarascos y toltecas-chichimecas). Se trata de una lista con un núcleo de 3 peanas 4 Bd, como los aztecas, y el resto arqueros, y una peana de Ps con otra opcional de Ps, Bw o Wb.
b) El rival que no cita, Colhua, representado también por esa lista, puesto que representa a los toltecas-chichimecas con la opción Wb.

En DBM, Barker y Bodley Scott consiguieron meter la opción de aliados españoles en la lista de Tlaxcala, pero lo veremos en el próximo artículo. Y en la de Aztecas detallaron un poco más, encontrando tropas en plan Bd(I) más que Wb.

En AdlG, la lista azteca es la 272. Se trata de un ejército de muy alto mando, +5. Se compone de un núcleo reducido de guerreros del culto del Jaguar y algunas tropas más de choque, pero el núcleo mayoritario está formad por infantería media con jabalina (atlatl), y no tanto de comportamiento impetuoso como proponían DBA.






viernes, 25 de agosto de 2017

Anábasis: La retirada de los diez mil. Parte II



Saludos. Habíamos dejado a los infortunados mercenarios de Ciro sin mandos, sin patrón ni paga y con la misma esperanza de vida que la virginidad de una hermosa muchacha en el templo de Istar de Babilonia. Durante la noche en la que supieron que todos sus estrategos habían muerto, Jenofonte de Atenas tuvo un sueño premonitorio. Inspiradamente, se levantó, y descubrió que al igual que él, muchos otros soldados no podían volver a conciliar el sueño. Convocó entonces a los pocos capitanes que quedaban, y organizaron una asamblea a la que llamaron a todos los soldados, y entonces les habló. Les dijo que ya no debían seguir pasando miedo ante la incertidumbre. Que ya sabían quién era el enemigo, donde estaba, y también sabían luchar. Les inspiró de tal manera que los volvió a unir. Apelando a lo mejor de ellos, tal y como Ciro había hecho en su día, los soldados volvieron a reunir valor. A pesar de lo desesperado de la situación, no habían entregado sus armas. Que la desesperación y el miedo podían dar fuerzas inesperadas. Que podían ser escoria, sí, pero escoria acorazada, y todavía no habían sido derrotados.
Jenofontes organizó la reelección de los mandos y nuevos estrategos. Él mismo salió elegido, junto a Timasión, Janticles, Cleanor y Filesio. Finalmente, y dado que ninguno de ellos era espartano, uno que sí lo era, llamado Quirísofo, se “ofreció” también a guiar el ejército. Los demás aceptaron. Después de todo, los espartanos dominaban entonces todas las ciudades griegas.
Una vez reestablecido el mando, elaboraron el plan de actuación. Sabían que no podían volver por el camino que habían tomado por dos motivos: ya habían agotado los recursos de dichos territorios en el camino de ida, y tenían que vadear el Eúfrates. Si bien no era complicado en condiciones normales, la presencia de los enemigos hostigándoles y cambiando a voluntad los flujos de agua de los canales de la región, podía convertir aquella operación en una carnicería. De modo que decidieron buscar un nuevo paso fuera del alcance de Artajerjes: caminarían por el margen izquierdo del Tigris, remontándolo hasta las tierras altas, más allá de Asiria, donde la corriente del Eúfrates fuera muy pequeña y fácilmente vadeable. Si ahora echáis un vistazo a un mapa histórico de Mesopotamia, veréis que aquello suponía más de mil kilómetros antes siquiera de cruzar el río. De modo que apretaron los dientes y echaron a andar.

Por su parte, Artajerjes seguía con su política indecisa. No presentó resistencia a campo abierto, sino que cedió a Tisafernes doscientos jinetes y muchos honderos y arqueros para hostigar al enemigo. ¿Se equivocaba Artajerjes? En realidad, enfrentándose a los griegos, sólo estaba en juego su orgullo. Pero eso, para un iranio Rey de Reyes significaba mucho. Tal vez decidiera “ignorarlos” para no exponerse a nuevas derrotas. Les atacó, pero no con total decisión.
Tisafernes comenzó pronto el hostigamiento. Tras el primer enfrentamiento, en el que los hostigadores persas causaron mucho daño, protegidos por la caballería, Jenofonte, que dirigía la retaguarda de la marcha, tuvo que cargar contra ellos temerariamente. Por supuesto, no los alcanzó, pero ganó algo de tiempo. Esa misma noche comenzó la reforma del ejército. Para empezar, contaba sólo con un número reducido de peltastas. Necesitaba más hostigadores. Convocó a los rodios del ejército y pagándoles algo más, éstos hicieron de honderos. Como usaban proyectiles de plomo, tenían más alcance que los persas. Luego, aumentó el número de peltastas, organizó también a los arqueros y por último, consiguió reunir un pequeño escuadrón de cincuenta jinetes con caballos persas. De este modo, con tropas capaces de alcanzar a sus enemigos, siguieron avanzando.
Desde ese momento, Tisafernes y Arieo, que llegó con refuerzos, ya no fueron capaces de hacer mucho daño directamente. No obstante, siguieron hostigándoles, adelantándose y tomando cimas que controlaban el camino de los griegos, quemando aldeas y matando a las partidas de forrajeadores griegas que encontraran dispersas. Pero el grueso de los mercenarios siguió adelante.

Finalmente, llegaron al pie de las montañas de Asiria, que estaban habitadas por los feroces carducos (hoy conocidos como kurdos, según parece). Los carducos no respondían ante el Rey, y en sus montañas eran poco molestados. Se organizaban en tribus, y sus guerreros luchaban como hostigadores, equipados con arcos, debido a lo accidentado de la región. Eran extremadamente ágiles y rápidos. Sólo con gran inquietud, los griegos dejaron atrás la llanura y comenzaron la penosa
Cuando llegaron al primer poblado, los carducos huyeron llevándose lo que pudieron. Sin embargo, fueron a buscar a sus vecinos. Esa misma noche, emboscaron a los soldados de retaguardia y mataron a algunos. Cuando cayó la noche, los griegos acamparon, y observaron con aprensión cómo por todas las laderas a su alrededor, los carducos encendían decenas de hogueras. Les estaban observando.
Los días que siguieron fueron terribles. Los mercenarios tuvieron que dejar atrás gran parte del bagaje que llevaban en carros, pues sólo acémilas eran capaces de transitar por lo caminos de la montaña. Por donde menos lo esperaban, los carducos aparecían y les disparaban. Sólo cuando los soldados se lanzaban hacia ellos, retrocedían y desaparecían ágilmente tras las rocas. Era muy difícil defenderse, porque la columna griega formaba una larguísima línea por estrechos caminos. Sin embargo, desarrollaron algunas tácticas muy útiles. Si los carducos atacaban a la vanguardia, se enviaba un mensaje a retaguardia. Desde allí, una fuerza especial de peltastas y hoplitas rodeaba las montañas y trataba de alcanzar posiciones más elevadas que los carducos para atacarlos y ponerlos en fuga, o atraparlos en dos frentes. Lo mismo hacía si atacaban la retaguardia o el centro de la línea. Sin embargo, una una lucha agotadora, y los carducos no dejaron muchos alimentos que pudieran tomar los griegos.
 

En unos días, vislumbraron por fin el camino que descendía hasta el valle del río Centrites, la frontera  con la satrapía de Armenia. Los griegos se animaron y alegraron, y apretaron el paso. Atrás habían dejado los cadáveres de muchos compañeros, algunos de ellos extraordinariamente valientes, aquéllos que dirigían los temerarios asaltos contra los feroces carducos. Pero pocos duran las alegrías a un mercenario griego perdido en Asia. Tan pronto como llegaron a la llanura del río, apareció en la ribera opuesta un ejército bastante grande enviado por el sátrapa, con muchos jinetes y numerosa infantería, compuesta por mardos, armenios y lanceros cálibes. Para colmo, el Centrites venía bien alto. Los soldados no hacían pie, y tenía el río casi sesenta metros de ancho.
Durante un par de días, ambos ejércitos se vigilaron, sin decidirse a hacer nada. Pero el tiempo corría en contra de los griegos. El invierno estaba llegando, y no tenían comida. La fortuna les sonrió, no obstante, cuando un joven encontró por accidente un vado algunos kilómetros río arriba. Quirísofo dirigió el grueso de las tropas hacia el vado. En la otra orilla, los jinetes les seguían. Mientras, Jenofontes seguía a la retaguardia con las tropas ligeras.
Entonando el peán y haciendo mucho ruido, Quirísofo lanzó las tropas al vado. Al mismo tiempo, Jenofonte lanzó a las suyas hacia atrás a toda velocidad, como si quisiera cruzar por el punto por el que habían llegado por primera vez al río. Los enemigos pensaron que los griegos pretendían cruzar por dos puntos y atraparlos en una pinza. Ante la confusión, retrocedieron, retirándose de las orillas, y ocuparon el camino principal que ascendía del río. Justo en ese momento, los carducos se lanzaron contra la retaguardia de Quirísofo, que todavía no había cruzado. Confusión. Lucha en varias direcciones. Órdenes complejas difícilmente transmitidas. Jenofonte deshizo entonces el camino andado para socorrer a Quirísofo. Con mucho valor, defendieron el vado mientras el grueso del ejército griego terminaba de cruzar. Quirísofo se lanzó entonces hacia el camino, mientras Jenofonte y sus peltastas y honderos se retiraban ordenadamente, aunque con bajas, por el vado, dejando a los carducos atrás. Los griegos estaban furiosos, y cargaron contra la caballería, que no aguantó mucho tiempo antes de volver grupas y retirarse. Cuando la infantería armenia vio a los hoplitas volviéndose hacia ellos con cara de pocos amigos, decidieron que ya tenían suficiente, y huyeron.

Así entraron por fin en Armenia. Llegaron al mismo tiempo que las primeras nieves, para su desgracia. Al día siguiente, el sátrapa de Armenia, Tiribazo, se acercó y decidió negociar con ellos: tendrían paso franco y les darían mercado, pero no debían destruir nada. Los griegos aceptaron. Avanzaron con guías hacia algunas aldeas. Sin embargo, un día capturaron a un espía persa, y en el interrogatorio les confesó que Tiribazo les preparaba una emboscada en las montañas que tenían delante. Decidieron por tanto enviar urgentemente y por sorpresa a los peltastas a tomar la posición que debía controlar Tiribazo para la emboscada. La operación tuvo éxito, y capturaron muchos caballos y la tienda donde iba a dormir el sátrapa, hecha de metales preciosos. Así cruzaron y se pusieron a salvo. Tiribazo, ante la bajada de las temperaturas, decidió dejar actuar al “general invierno”, y sin arriesgar más tropas, se retiró a observar.
Tres días más tarde, los griegos vadeaban las heladas aguas del Eúfrates sin mojarse más arriba de la cintura. Poco después comenzaron las tormentas de nieve. Un día, los griegos se despertaron, y la nieve les llegaba a la cintura.
El avance desde allí fue penoso. Las acémilas se morían de frío. Muchos griegos se dejaban caer en la nieve, agotados y helados, y se negaban a seguir avanzando, abandonándose a la muerte. Pies helados. Orejas y narices congeladas... Debían descalzarse de noche para que las correas de las sandalias no se les clavaran en la piel. Fiebre. Enfermedad... Alimento para los buitres en la siguiente primavera, cuando la nieve se retirara y descubriera los cadáveres. Los carroñeros también sabían esperar.
Por fin llegaron a la región de Capadocia y sus famosas casas subterráneas. Aquí, los habitantes les dieron cobijo en las cuevas. Jenofonte describe aquí sus costumbres y modo de vida.
Aquí descansaron unos días antes de seguir.
Algunas jornadas más adelante, en los límites septentrionales de Armenia, les aguardaban tropas de infantería de cálibes y taocos, pagados por el sátrapa, en una cima que controlaba su camino. Aquí Jenofonte describe un “pique” entre espartanos y atenienses. Jenofonte reta con sorna al espartano Quirísofo a que “robe” la cima a los enemigos, ya que en Esparta se les enseña desde niños a robar (léase en “La República de los Lacedemonios”, de Jenofonte). Quirísofo replica, con cierto ingenio: “Oh, pero yo he oído que los atenienses premian con cargos importantes a los que mejor roban dinero público. Prueba tú, entonces, ya que eres ateniense”.
Tras tomar la cima, avanzaron hasta llegar al país de los Taocos. Este pueblo ofreció mercado a los griegos, y éstos les compraron numerosas reses para tener comida en las siguientes etapas. Así, llegaron al país de los cálibes, que tenían armaduras de lino y esparto y portaban largas lanzas. Los cálibes se encerraron en sus fortalezas, y no dieron mercado a los griegos. Éstos no encontraron comida en el territorio, y consumieron lo que habían tomado a los taocos.
Por fin salieron del país de los cálibes. La vanguardia griega subió al monte Teques, y se produjo un gran griterío. Los soldados de retaguardia se inquietaron, y marcharon rápidamente. Jenofonte describe entonces la alegría de aquellos famélicos, agotados y diezmados hombres, porque desde la cima, hacia el norte, vieron el mar. Los griegos lloraron, y elevaron allí un trofeo. Bajaron entonces llenos de alegría, porque pensaron que ya estarían casi en casa. Habían llegado a a la costa norte de Anatolia, donde ya había muchas colonias griegas, como Heraclea o Sínope. Pero estaban muy equivocados.


"El mar... El mar..."
 
 


Tenían todavía que avanzar por la costa hacia el oeste hasta llegar a estar frente a Tracia, en la entrada al Ponto Euxino. El camino pasaba por las colonias y territorios bárbaros alternativamente. Peo, para empezar, las colonias griegas no los recibieron precisamente con los brazos abiertos. Éstas habían establecido delicadas relaciones con los pueblos autóctonos vecinos, con los que comerciaban. La irrupción de un enorme ejército de griegos hambrientos, sin dinero y armados hasta los dientes no podía ser vista con buenos ojos. Les convenía, por tanto, para que los hombres de Jenofonte no saquearan cada región, darles mercado. Pero los mercenarios no tenían mucho dinero, y eran muchos para sostenerlos durante muchos días. Por lo tanto, la principal preocupación de las colonias era que los mercenarios siguieran su camino sin armar jaleo. Para ello, pusieron en práctica diversas políticas, unas amistosas y otras más hostiles, con resultados dispares.
En primer lugar, los mercenarios llegaron a Trapezunte,(también conocida como Trebisonda) colonia griega en la Cólquide. Comenzaron a saquear a los colcos, pero los trapezuntios intervinieron enseguida, ofreciendo mercado y acogiendo a los mercenarios. Al principio, todo fue bien, y el ejército votó por seguir el camino por mar. La colonia les cedió algunos barcos. En uno de ellos, Dexipo y unos cincuenta hombres huyeron y nunca más supieron de él el resto de los mercenarios. Quirísofo tomó otro, y argumentando que él conocía a Anaxibio, jefe de la flota peloponesia, podría traer barcos. Tampoco supieron de él en mucho tiempo. Con el otro, Polícrates de Atenas comenzó a dedicarse a la piratería, asaltando y capturando barcos para transportar a todo el ejército. Pero eran insuficientes, y mientras el ejército consumía los recursos de la región. Cuando ya no hubo comida en las cercanías, los trapezuntios se ofrecieron a guiar a las expediciones de forraje del ejército, pero no los guiaban a lugares fáciles de atacar, (tenían que cuidar sus relaciones con los colcos, después de todo), , sino que los llevaban contra tribus lejanas más hostiles, como los drilas.
Como seguían sin tener noticias de Quirísofo, Jenofonte se dio cuenta de que debían seguir el camino por tierra, ya que no quedaban más recursos en la región. Malhumorados, los griegos volvieron a ponerse en marcha.

Atravesando territorios de mosinecos y tiberenos, llegaron a la colonia de Cerasunte. Aquí, uno de los capitanes del ejército, desobedeciendo la orden de no saquear el territorio, atacó a algunas aldeas de bárbaros aliados de los cerasuntios. Los embajadores de la colonia llegaron con protestas al campamento. La tensión no cesaba de aumentar, y el camino se ponía cada vez más difícil. Tuvieron que seguir adelante.

Las noticias del avance de los mercenarios corrían veloces, y a donde llegaban, cada vez estaban más preparados. Además, la desconfianza dentro del ejército aumentaba antes las recientes muestras de indisciplina y traición por parte de algunos de sus compañeros. Su moral estaba por los suelos.
Jenofonte sabía que tenía que seguir adelante, y, siendo consciente de que las colonias estaban interesadas en que marcharan rápidamente, les enviaba mensajes por delante, ordenando que arreglaran caminos o les dieran barcos. Incluso pensó en fundar una nueva colonia con el ejército, como alternativa, pero sus hombres ya no querían estar más tiempo lejos de sus hogares.
De modo que, cuando las noticias llegaron a Sínope, que estaba todavía a muchas jornadas de distancia, los mercaderes decidieron enviar barcos al ejército para que salieran cuanto antes del Ponto. Los griegos se alegraron de esto, y, recogiendo sus escasos bagajes, montaron en las naves en la colonia de Cotiora, y se hicieron a la mar, en dirección al oeste. Cada noche tenían que acampar en tierra, pero aun así, el avance por mar fue mucho más rápido.
Una vez los griegos pasaron Sínope y llegaron a las costas de los paflagonios, encontraron a Quirísofo, que en una trirreme, había vuelto de ver a Anaxibio. Sólo les informó de que el espartano les felicitaba y les informaba de que cuando llegaran a Heraclea, serían de nuevo contratados para el ejército lacedemonio.

Desde ese momento, se sintieron muy seguros, y por lo tanto, las distintas procedencias del ejército comenzaron a pesar. Ya no eran griegos, sino un conjunto de arcadios, atenienses, rodios, etc. Los mercenarios decidieron elegir un único estratego para guiar al ejército. Se lo propusieron a Jenofonte, pero éste lo rechazó diciendo que era insensato que si había sólo un líder, éste no fuera espartano, ya que éstos ahora eran los dueños de todos los griegos. Quirísofo fue elegido entonces.
Pero éste no era apreciado por todos. Cuando la expedición llegó por fin a Heraclea, cerca ya de la entrada del Ponto, abandonaron los barcos, y el ejército se fragmentó: arcadios y aqueos por un lado, Quirísofo con los soldados más afines a los lacedemonios, por otro. Por último, Jenofonte y los soldados más sensatos, por su lado.
Pero por separado, los fieros mercenarios se volvieron vulnerables. Mientra Jenofonte planeaba la salida de la región, los demás se dedicaron a saquear y atacar a los bitinios. Pero habían olvidado que todavía estaban en territorio del Rey. La satrapía estaba al mando de Farnabazo, que había susituido a Ciro el Joven. Y Farnabazo era un guerrero astuto. Cuando los bitinios se le quejaron de las molestias y los daños que causaban los griegos, Farnabazo organizó su ejército con numerosos jinetes, y estudió los movimientos de los griegos. Esperó al momento adecuado, y en un ataque brutal, aisló un cuerpo de mercenarios, y los atacó hasta exterminar a quinientos hoplitas: más bajas que en la batalla de Cunaxa.
Rápidamente, los mercenarios llamaron al ejército de Jenofonte para que acudiera en su rescate, pues se habían dado cuenta de que ya no podían seguir separados. Éste acudió al rescate de los restantes hombres, y rechazó en batalla al ejército de Farnabazo. Éste no se decidió a atacar viéndolos fuertes, ya que, aunque podía vencerles, resultaría muy costoso y no habría ganancia alguna. Siguió hostigándolos sin arriesgar mucho, y entonces jugó la carta de la política, lo que también hacía muy bien.
Los mercenarios estaban ya muy cerca del Bósforo. Farnabazo contactó con Anaxibio, jefe de la flota peloponesia. Los espartanos debían muchos favores a los persas, y en aquellos momentos, mientras trataban de afianzar su recién conseguida hegemonía sobre todos los griegos, no estaban interesados en enfrentarse al sátrapa. Por lo tanto, Farnabazo no tuvo muchas dificultades en conseguir que Anaxibio exhortara a los griegos para que cruzaran el Bósforo y pasaran a Bizancio, ya fuera de Asia. Anaxibio no debió resultar muy caro de sobornar, seguramente. Envió embajadores al ejército, diciéndoles que si llegaban a Bizancio, tal y como había dicho Quirísofo, recibirían soldada y serían incorporados al ejército. Llenos de esperanza y alegría, los que quedaban de los Diez Mil navegaron hasta Bizancio, después de elegir a otro líder, Cleandro, que les prometió darles en mano la soldada. Jenfonte, mientras, desconfiando, se separó del ejército y comenzó a pensar en su propio retorno a Atenas.
Pero una vez en Bizancio, Anaxibio no cumplió su promesa para con los mercenarios. No les pagaba soldada. Muchos, desesperados, vendieron sus armas y se dispersaron por la ciudad. Otros comenzaron a causar tumultos. Pero no tendrían suerte. Estaban malditos. Artajerjes II los había marcado, y ningún persa los contrataría. Tampoco lo haría ningún harmoste espartano si quería llevarse bien con los persas. Juntos, habían luchado contra el Gran Rey y le habían humillado, y habían cruzado una ruta infernal hasta llegar a Bizancio, pero no habían obtenido más beneficio que su propio pellejo surcado de cicatrices y un buen número de historias que contar. Eran un estorbo para todos los bandos. Anaxibio les ordenó salir de la ciudad, con la amenaza de vender como esclavo al que encontraran dentro de la ciudad al final del día. Los soldados, agotados, sin dinero y sin patrón, de nuevo eran traicionados. Sólo que en las afueras de la polis comenzaba Tracia, país rico y lleno de feroces tribus. Los soldados no tenían ni las fuerzas ni la moral para atravesar el país. Se rebelaron en la ciudad cuando quedaban ya pocos dentro, y entonces, el harmoste de Bizancio se dio cuenta de lo peligrosos que eran aquellos hombres, que ya no tenían nada que perder. Entonces, se acordó de Jenofonte. Lo hizo llamar para que intercediera por aquellos hombres, y Jenofonte llegó a Bizancio. Por entonces, el rey tracio sin trono Seutes había contactado con él, y se mostró interesado en contratarlos. Con Seutes estaba Dexipo, el traidor, que abandonó a sus compañeros tras prometerles regresar con barcos, y que no dejaba de injuriar a Jenofonte ante Seutes. Aun así, el ateniense consideró que aquella era la mejor opción, y tomando de nuevo el mando del ejército, aplacó su ira y les condujo fuera de Bizancio, hacia el campamento de Seutes. Así empezó la última campaña de los Diez Mil.
Seutes había sido destronado por una tribu tracia, y estaba reuniendo un ejército con la ayuda de su valedor, el rey Medósades. Cuando supo de los soldados de Ciro, consideró que era una buena oportunidad para reforzar su ejército. Les prometió una buena soldada, y los contrató.
Pronto se dieron a valer los experimentados y fieros mercenarios. Tribu tras tribu, fueron derrotándolos hasta que sus jefes tuvieron que pactar con Seutes. De repente, los hostiles se convertían en amigos. Seutes avanzó imparable hasta sus antiguos dominios, y cuando llegó, había conseguido tantos nuevos aliados que ya superaban en número a los griegos. Entonces fue cuando el tracio comenzó a pensar que tal vez podía ahorrarse la soldada de los griegos. Ya tenía muchos hombres, y en caso de que se rebelaran contra él, podía hacerles frente.
Los griegos se volvieron hacia Jenofonte, y muchos clamaban que el ateniense les había engañado. Indignado, Jenofonte suplicó ante Seutes que no les traicionara, y que cumpliera sus juramentos. Seutes se había dejado envenenar contra Jenofonte por Dexipo. Pero el ateniense apeló a su honor. El discurso de Jenofonte ante Seutes es una preciosidad, y merece la pena que lo leáis.

Finalmente, Seutes accedió a pagarles en especie: ganado, algo de oro y esclavos para vender, pues el tracio argumentó que no tenía más oro con que pagarles. Furiosos por el desaire, los mercenarios aceptaron, aconsejados por Jenofonte.
Pero en aquellos meses, la guerra entre Esparta y los sátrapas Farbanazo y Tisafernes había comenzado, y el rey Agiselao preparaba una expedición a Asia. Buscaron a los mercenarios para enrolarlos. Como peones de un partida de ajedrez, volvían a ser requeridos para lugar contra los persas.
Cuando salieron de Tracia, Jenofonte no tenía dinero ni para volver a Atenas. Cruzó el Bósforo llegó a la región lidia, buscando a Tibrón para entregarle el ejército. Por el camino, asaltó una posición defensiva de uno de los generales persas, Asidates. Con un puñado de hombres, asedió su torre, perforó el muro y tomaron gran botín. Entre tanto, llegaron refuerzos persas, y los griegos tuvieron que retirarse luchando y protegiendo el gran botín que habían obtenido.
Por fin se reunieron con Tibrón. Los soldados se despidieron de Jenofonte, y le dieron muchos regalos en agradecimiento. Y así, enrolados de nuevo al mando de Tibrón y posteriormente, Agiselao, y cerca de donde había comenzado su ascensión hacia el Rey, terminó la historia de los Diez Mil. Cito el final: “ La suma del recorrido completo ascendió a doscientas quince etapas, treinta y cuatro mil seiscientos cincuenta estadios. El tiempo transcurrido, un año y tres meses.”


La importancia de la Anábasis se comprendió bien cuando el documento cayó en manos de Filipo de Macedonia y su hijo, Alejandro. A lo largo de sus páginas, Jenofonte describe con detalle el camino para invadir Asia: los lugares adecuados para alimentarse, la distancia entre aldeas, el tiempo de respuesta de los ejércitos y guarniciones persas y de otros pueblos bárbaros... Alejandro aprendió también cómo luchar contra los carros falcados, dónde cruzar el Eúfrates, y, sobre todo, qué debía hacer para convertirse en rey de los persas, y no sólo en conquistarlos. Alejandro aprendió que si quería sustituir a Darío III, debía enfrentarse a él en el campo de batalla y vencerle, para que los nobles persas pudieran aceptarle como nuevo líder. Por eso, la danza mortal del ejército macedonio en la llanura de Gaugamela tenía como fin que Alejandro llegara a Darío y lo matara. Lo demás no tenía importancia.



LOS DIEZ MIL PARA DBA.
En Fanaticus, Greg Kelleher posteó un ejército para representar a los Diez Mil, balado en la lista II/5i, sin caballería y con tres psilois como opcionales.
http://www.fanaticus.org/DBA/armiesofthefanatici/GregKelleher/Xenophon/index.html
Personalmente, después de leerme el libro, me parece una propuesta bastante acertada, y a continuación, ampliaré la adaptación.
Para empezar, debería aparecer la opción de Cv en lugar de una Sp, para representar a los jinetes que organizó Jenofonte.
Luego, la peana obligatoria de psiloi debería representar a arqueros y honderos rodios.
Las otras dos peanas opcionales, salvo Sp, podrían ser perfectamente Ax o Ps. En las batallas contra los carducos, los peltastas hicieron funciones tanto de Ps, hostigando a distancia, como Ax, buscando el combate cuerpo a cuerpo contra el enemigo, incluso incorporando hoplitas en formación dispersa a su número. Por lo tanto, una de las peanas podría perfectamente ser Ax. Yo diría que la lista ideal sería:
1Sp(gen), 1 Cv, 7 Sp, 1 Ps (honderos), 1 Ps (peltastas), 1x Ps o Ax (peltastas).