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sábado, 11 de noviembre de 2017

La conquista de México, parte III

Saludos. Imaginad esta escena: Cortés está terminando de escribir su segunda carta de relación al emperador Carlos desde un cobertizo. Tras él se oye el inconfundible golpeteo de la industria. Unos maderos son serrados, otros están siendo vaciados, tallados y barrenados. Diferentes conjuntos de piezas son ensambladas con espigas y pasadores. Al capitán le cuesta concentrarse. Es tanto lo que tiene que contar... Lo que ha vivido en los últimos meses es asombroso. Ha visto la ciudad del lago, ha conocido a Moctezuma, ha cerrado sus ojos y se ha despedido de él como amigo, y ha llorado por él como un hermando. Ha luchado batallas imposibles y ha tenido que huir por agua y tierra para salvar la vida después de haber tenido un imperio en la punta de los dedos. Y de todo ello, de todos aquellos prodigios debe dar cuenta a su rey. Pero aun así, no termina la carta con desesperanza. Al contrario, en los últimos párrafos le da noticias de que se dispone a recuperar lo que ha perdido, lo que por unas semanas perteneció a la Corona y a sí mismo.
                Termina la carta, suspira, se levanta y da unos pasos para estirar las piernas. Aun le duelen las heridas, pero se dedica a observar a sus laboriosos soldados. Sonríe. Otros habrían abandonado. Otros, no él. Él contempla complacido cómo construyen su arma secreta. La que le dará la victoria.
              
Carga final en Otumba
 
Nadie la hubiera creído posible la noche que huyó de Tenochtitlán. Ni el día siguiente, ni el otro, ni el de después. Pues los feroces mexicas, liberados por fin de su presencia, decidieron el exterminio de los castellanos antes de que pudieran llegar a la costa, y en pocos días, las tropas fueron convocadas, las órdenes impartidas, y por fin, en Otumba, se encontraron con sus enemigos. Españoles y tlascaltecas por un lado: derrotados, acosados cada día por hostigadores, hambrientos y pobres. Lo mejor del ejército azteca y sus aliados  por la otra parte, en formación. Hasta los guerreros jaguares y águilas habían venido. Portaban hermosos estandartes emplumados y gritaban. Aquel iba a ser el último combate.
                La carga de los mexicas fue brutal. Se lanzaron una y otra vez contra las posiciones de Cortés, y sólo la desesperación les dio fuerzas para sostener acometida tras acometida. Todo fue muy confuso. Los mexicas empuñaban espadas de acero de los caídos en la Noche Triste. Se agotó la pólvora y se dispararon todos los virotes, y los guerreros de espada y rodela hicieron todo lo que pudieron. Pero veían aterrados que cuando alguno de sus compañeros caía herido o simplemente, de agotamiento, sus enemigos no los mataban, sino que los arrastraban vivos hasta su retaguarda. Todos sabían lo que iba a pasarles, y ninguno quería bajar los brazos y rendirse. No quedaba sino morir peleando.
                Nadie sabe muy bien cómo ocurrió, pero mientras el frente combatía, un escuadrón de caballería se abrió paso y  quedó frente al general enemigo, sentado en su palanquín, con muchos estandartes y señas, y despidiéndose unos de otros, se lanzaron en una carga suicida, tal vez la última, contra él. Sólo uno de ellos consiguió sobrepasar a los guardias del general, y llegándose junto a él, lo atravesó con su lanza, lo que provocó el pánico entre los mexicas y sus aliados, y huyeron.
                Así, maltrecho pero no muerto, regresaron a Tlaxtaca. Desde Veracruz le instaban a regresar a la costa y aguardar refuerzos, y sus hombres estaban más allá del límite, pero Cortés sabía que si los tlaxcaltecas les ayudaban, no todo estaba perdido. Sabía que los aztecas no tenían mucho que ofrecer a los pueblos que se habían rebelado contra ellos al aliarse con los castellanos. Si se quedaba en el Anáhuac, tenía la posibilidad de mantener su apoyo, protegerlos de posibles represalias, reunir más hombres y asaltar Tenochtitlán. En su mente no era imposible. Tenía un plan. Tal vez lo hubiera desarrollado mientras residía junto a Moctezuma. Tal vez mientras huía y juraba para sí recuperar lo que había perdido o morir en el intento. Así que se quedó en Tlaxcala, y puesto que sus aliados eran fuertes y los mexicas necesitaban volver a someter a sus antiguos aliados, se movió rápido. Contra todo pronóstico, su huida se convirtió en una nueva ofensiva.
               
No se equivocaba Cortés. La Triple Alianza, a pesar de su victoria, se había quedado aislada. Su política exterior la había llevado a tener súbditos, no aliados, que una vez hubieron saboreado la libertad y vieron cómo los extranjeros los habían puesto en tantos apuros, y que aun así  no habían sido derrotados, sino que habían vencido en Otumba.  El nuevo Tlatoani envió emisarios a las ciudades más díscolas. Llevaron las cabezas de los caballos y los españoles que no salieron de Tenochtitlán aquella noche triste. Alardearon de su poder y les ordenaron someterse. Incluso les llegaron a ofrecer un año sin tributos a cambio de su participación en la muerte de los castellanos. Pero había un halo de debilidad en todo ello, y no cedieron a la diplomacia. Los mexicas tuvieron que organizar sus fuerzas y enviarlas a esas provincias que permanecían renuentes,  que se resistían a volver a someterse, tal vez esperando que ocurriera algo… Justo entonces supieron que Cortés había vuelto a invadir el Anáhuac…
                Su plan requería el paso franco hasta la costa. No bien se hubo rehecho , al frente de sus pocos soldados, los tlascaltecas y algunos españoles más de refresco que habían llegado con algunos barcos perdidos, invadió la provincia de Tepeaca, que era la entrada desde Veracruz hasta los territorios de la meseta. Fue un ataque fulgurante e inesperado que le rindió enormes ventajas, pues en cuanto su acción fue conocida, cuando aquellos pueblos que permanecían a la espera de acontecimientos, recibieron la noticia y a los mensajeros tlascaltecas, fueron a verle y a aliarse de nuevo con él, o a pedir perdón por haberles combatido y solicitar ponerse a sus órdenes. Y con el camino a la costa bien protegido, y una nueva ciudad fundada para asegurarlo, bautizada Segura de la Frontera, Cortés reveló el resto de su plan: para tomar la ciudad del lago construiría barcos. Trece bergantines. Concebidos además para poder ser desmontados, transportados desde Tlaxcala hasta el lago, y allí, ser debidamente ensamblados. Cada una de las embarcaciones podría llevar más de treinta hombres, artillería, tiros, ballesteros y escopeteros. Con esos barcos podría proteger los accesos a las carreteras, por donde los caballos y soldados eran vulnerables a las canoas aztecas. Podría presentar batalla naval e incluso entrar en la ciudad con ellos por las vías de agua.

                Y aun ocurrió algo más. Una espada invisible… La maldición de los dioses… La viruela. Aquellos que entraron en contacto con los españoles se contagiaron y propagaron la enfermedad por una población que jamás había estado en contacto con aquel virus. Era como si los dioses los estuvieran castigando por haberlos expulsado de Tenochtitlán. Hay numerosos testimonios gráficos en los códices mostrando las terribles secuelas de la viruela en sus cuerpos. Los que no murieron, quedaron marcados, tullidos o ciegos para el resto de su vida.
                Las acciones del capitán desde ese momento, y hasta que sus barcos estuvieron listos, se dirigieron a atacar a los pocos aliados que quedaba a los mexicas, ya fuera directamente, ya fuera peleando contra ellos en defensa de sus propios aliados. Se dedicó a socavar, en resumen, el poder de la Triple Alianza y de Tenochtitlán, pues sin los tributos y el abandono de sus aliados se enfrentaba también a otro mal: el desabastecimiento. El comercio prácticamente desapareció, y el Gran Mercado no podía suministrar alimento a su población. Esto los debilitó aun más, y los expuso a las enfermedades con más virulencia que al resto.  El hambre se convirtió en otra arma para los españoles. Los aztecas sacaron a sus tropas para someter a sus vecinos, para saquearlos, o para eliminar recursos para Cortés. Estas son las tropas que el cpaitán, en su campaña de aproximación a Tenochtitlán, va encontrando. Tropas que no se dirigen hacia él, sino hacia sus anteriores dominos, ya en franca rebeldía contra ellos, y acogidos a la protección del emperador Carlos que representaba Cortés.

                Mientras, él va atacando y descendiendo hacia el lago con la idea de conquistar toda la orilla, cortar el abastecimiento de la ciudad, ya de por sí exiguo, y rendirlos por  hambre. Tras tomar Tezcoco, hace llamar a los barcos. Una larga expedición con miles de porteadores comienza un lento descenso hasta allí, mientras se excava un canal en el que poder ensamblar las naves y entrarlas por él a la laguna.
                Fue en esos días de preparativos finales cuando Cortés intentó por última vez  conseguir una rendición pacífica. Cuenta en sus cartas que se llegó por la calzada de Tacuba hasta la primera de las albarradas, y allí pidió que viniera el nuevo Tlatoani. Estos le contestaron que se le quedaba grande. Que tenían nobleza suficiente, cualquiera de ellos, para tratar con él.  Cortés tuvo que ceder, y les recordó que pronto se quedarían sin alimento, que se rindieran. Los guerreros se rieron de él, y le dijeron que se  alimentarían de españoles y tlascaltecas. Uno de ellos le arrojó una torta de maíz con desprecio, invitándole a comer en su lugar, pues ellos no tenían necesidad.
Él no  lo sabía, pero el sucesor de Moctezuma murió de viruela. El nuevo Huey Tlatoani, el que sería el  último de su estirpe,  era un joven valeroso y orgulloso, llamado Cuauhtémoc. De las proezas de su pueblo que se verían en los meses siguientes,  que fueron muchas y muy notables, él fue el responsable. Dio fuerzas a su pueblo más allá del límite humano. Aun no sabían los castellanos realmente a qué iban a enfrentarse.
                Con los barcos ya ensamblados y sus tropas y capitanes repartidos por las calzadas (Tacuba, Tezcoco, Iztapalapa y Chapultepec), entraron los barcos en la laguna y se enfrentaron a su primera batalla con las canoas aztecas, que se vieron sorprendidas y tuvieron que regresar a la protección de la ciudad. Mientras, por tierra, comenzó el primer asalto del trágico asedio de Tenochtitlán.

La estrategia de Cortés consistía  en avanzar por las calzadas e ir ganando puentes, rellenar los huecos y demoler las barricadas. La infantería avanzaría por las calzadas, con los zapadores detrás. Mientras, los bergantines protegían los flancos de la calzada y mantenían las canoas alejadas. Por la tarde, la caballería protegería a las tropas que se retiraban, y darían media vuelta para replegarse también. Por ello, mantener el terreno ganado en perfecto estado era fundamental.  Esta estrategia se aplicó desde todas las calzadas que llegaban a Tenochtitlán. Incluso tuvieron que abrir las calzadas para dejar pasar a los bergantines al otro lado, pues en los primeros días todos quedaron del lado de la laguna dulce, y las canoas del otro lado, el de la salada, apenas tuvieron oposición. Todos los capitanes españoles tenían órdenes estrictas de no avanzar su campamento a nuevas posiciones, ni entrar en la ciudad más allá de donde hubieran rellenado y acondicionado las calzadas.
Por su parte, los mexicas levantaban los puentes y mantenían defensas y barricadas para retrasar el avance por la calzada. Desde las azoteas castigaban con dureza las entradas de sus enemigos en la ciudad. Desde las canoas intentaron acosar las calzadas, pero los bergantines las detuvieron y tuvieron que dedicarse a hostigar con menos eficacia. Al caer la noche y retirarse los españoles, los perseguían hasta que los caballos les caían encima, y tras la retirada de los invasores, volvían a excavar los rellenos, a romper las calzadas, a asegurar el paso de las calles de agua, y a esperar el nuevo ataque.
Fue una batalla  disputada a espada, maza y rodela, pero también a pico , azada y a espuerta de tierra.  Se batalló en cada calle, en cada puente, en cada paso. Los avances de cada día desaparecían al día siguiente casi en su totalidad, y todo volvía a empezar. Pero en uno de esos días Cortés avanzó hasta un cruce de la calzada en la que se ensanchaba, y había torres ceremoniales, y fortificó el lugar para no tener que retroceder a tierra, y preparó atraques para los bergantines.
La lucha en las calzadas era terrible. Los caballos ocupaban todo el ancho y hacían duras cargas contra los guerreros una vez las barricadas eran demolidas y los puentes rellenados. Mientras, desde las calzadas de Tacuba e Iztapalapa llegaban informes similares. Pedro de Alvarado cortó el acueducto de Chapultepec y cerró las pequeñas calzadas que avanzaban de la orilla. Así cerró el lazo definitivamente sobre Tenochtitlán. Pero aun así, los defensores no se rindieron. No flaquearon ni un solo día. Por mucho que sus enemigos les hubieran entrado por las calzadas, a la caída de la tarde perseguían a los castellanos y sus aliados con saña, y solo los caballos impidieron que esas retiradas se convirtieran en una carnicería. Los jinetes les tendieron emboscada tras emboscada, pero ellos valoraban menos su vida que ver a sus enemigos dentro de su ciudad.
Alvarado había conseguido avanzar hasta las proximidades del Gran Mercado de Tlatecolco, y sus hombres le animaban a tomarlo y establecer allí el campamento, pues era peonoso avanzar una y otra vez para retroceder cada noche hasta la orilla del lago.  A pesar de sus instrucciones, uno de los días se dejó llevar y avanzó demasiado, sin dar tiempo a su retaguardia para rellenar los huecos de la calzada. Los mexicas se percataron y se revolvieron. Cuando le hicieron retroceder, sin poder recibir ayuda de la caballería, muchos murieron o fueron apresados, y aquella tarde fueron sacrificados en los templos. Cortés fue informado y a pesar de su enfado, fue a inspeccionar las posiciones y vio mucha ventaja en lo hecho por Alvarado. Acordaron realizar un ataque desde el lugar de Cortés para aflojar la defensa del mercado, y entonces que Alvarado lanzara otro ataque. Pero también perdió el control de sus tropas, que avanzaron sin rellenar adecuadamente, y en su retirada quedaron empantanados, y  cuando los mexicas les cayeron encima, hasta Cortés tuvo que batirse por su vida, que a punto estuvo todo de perderse en aquel lugar, de no haber sido por su guardia personal, de la que muchos perdieron la vida para que él pudiera huir por la calzada. Los que fueron capturados murieron sacrificados, y sus corazones fueron entregados a los dioses, y hubo muchos cantos de victoria y sahumerios en las pirámides. Cuauhtémoc  debió de dirigir aquellas ceremonias.

Aquel revés fue tan duro que durante unos días, los españoles aflojaron la presión. Fue entonces cuando un capitán tlascalteca, Chichicatecl, dirigió una nueva ofensiva. Tendió una astuta trampa los mexicas en uno de los puentes. Una vez lo cruzó, emboscó a cuatrocientos arqueros. Penetró por las calles y retrocedió hasta el puente, y se tiraron al agua. Entonces los arqueros se cebaron sobre sus perseguidores, que sufrieron un gran descalabro.
Los combates siguieron y siguieron, y las tentativas sobre el mercado dieron sus frutos. En una emboscada de la caballería perecieron quinientos guerreros mexicas, y entre ellos, importantes capitanes. Aquello provocó que ya nunca volvieran a perseguir a los españoles en sus retiradas. Y en la laguna, las canoas se replegaron definitivamente. Las  otras ciudades del lago, los últimos aliados, se entregaron a Cortés. Los castellanos comenzaron a demoler los edificios de las zonas en las que entraban, arrasando la que, según las propias palabras del conquistador, era la ciudad más hermosa del mundo. Una ciudad en la que los cadáveres se amontonaban, el hambre era terrible y hasta los supervivientes que  ya casi no tenían fuerzas, rogaban a los españoles que atacasen y los matasen para acabar con todo aquello. Pero sin rendirse.  Se burlaban de los españoles.  Hasta que solo quedó resistencia en uno de los barrios, en el que los mexicas se hacinaban, caminando por encima de sus muertos, languideciendo en el suelo, aguardando un último combate.
Llevada la resistencia hasta el límite humano, Cuauhtémoc rindió a su pueblo y se entregó a  Cortés. Se acercó en una canoa a uno de los bergantines, y allí se dio a conocer. Su aspecto no era el del joven de dieciocho años que era. Parecía un anciano. Sólo su dignidad había podido conservar. Lo llevaron ante Cortés, y a través de los traductores le dijo que había cumplido con su obligación de resistir hasta el final. En una de las escenas más terribles y apabullantes de toda esta historia, Cuauhtémoc, débil y tambaleante, pero resuelto, señaló el puñal que colgaba de la cintura de Cortés y le pidió que acabara con su vida.

Allí terminó el imperio de los aztecas y nació Nueva España. Un nuevo mundo. Un mundo mestizo, como el hijo de Cortés y doña Marina. Un mundo  que aun habría de conocer muchos prodigios. Desde allí, nuevas expediciones serían enviadas hacia Yucatán y más al sur, hacia el territorio maya, y hacia el pacífico y el país de los tarascos. Toda aquella tierra quedó sometida  a la corona de Castilla, y por tanto al emperador Carlos. Cortés se hizo Capitán General de la Nueva España, y regresó rico a la península. Hubo más gobernadores primero y luego virreyes. Algunos enviados desde la península. Otros, indígenas cristianizados y bautizados, educados entre dos mundos. El emperador pidió conocer a sus nuevos súbditos, y fue entonces cuando se recopilaron los principales códices aztecas, realizados por artistas locales y glosados por frailes para explicar las bellas imágenes por ellos realizadas. SE abrieron universidades y se estudiaron las lenguas indígenas, sobre todo el náhuatl, que fue bien comprendido y utilizado por los frailes enviados a evangelizar.
Un nuevo mundo
Cortés se convirtió en leyenda, como también lo hicieron doña Marina, Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Bernal Díaz,   Moctezuma y Cuauhtémoc, y los mexicas, y los tlascaltecas. Los templos antiguos fueron transformados en iglesias y los dioses antiguos, olvidados. Y aquel continente fue dado al mundo con sus prodigios y sus riquezas, que de mano del imperio español fueron llevados por casi todo el mundo y cambiaron la vida de millones de personas. No solo oro. El oro fue pronto malgastado por los reyes en sus guerras entre parientes. Hablamos de riquezas aparentemente humildes, pero que sin duda cambiaron la historia,  como el cacao, el maíz, el tomate, la patata, que tantas vidas salvaron.
Ha sido mucho lo que se ha escrito sobre Cortés y sus actos, pero pocos son los que han leído realmente su relato, o el de sus hombres, como Bernal Díaz. En sus páginas podremos encontrar, además de los actos de valor de unos y otros, el asombro y la admiración que aquellos pueblos les causaron. No encontraremos jamás una mala palabra o un desprecio.  Más bien al contrario: veremos asombro, admiración y respeto. Y sobre todo, como siempre debemos hacer, podremos juzgar por nosotros mismos.

domingo, 15 de octubre de 2017

La conquista de México, parte II

Saludos. Imaginad la siguiente escena: el joven emperador Carlos despacha con sus secretarios los asuntos de las tierras que ahora gobierna. Enérgico, astuto, deja poco a la improvisación y estudia con cuidado los asuntos. Como soberano más poderoso de Europa, se muestra serio y grave, como si
"Una nueva carta de un tal Hernán Cortés..."
intentara compensar su juventud con un aire de madurez impostada. Entonces, el secretario informa del siguiente asunto: una nueva carta de un tal Capitán Hernán Cortés. Se la entregan, ya abierta. Tal vez se quejen de las excesivas libertades que se está tomando el auto proclamado Capitán de la Nueva España al haber fundado la  Villa Rica de la Vera Cruz, y le recomienden denegar todas sus peticiones. Carlos hace un esfuerzo por no mostrar ninguna emoción, pero da una orden silenciosa para que lo dejen solo. Ya es suficiente por hoy. Y entonces, tras asegurarse que nadie puede verle, agarra la misiva, toma una copa de vino y algunas frutas, y se dispone a leer el increíble relato de aquel extraño hombre. Y tras sumergirse en aquellas líneas, el joven emperador sonríe como un niño, apura su copa, mira por la ventana, hacia el oeste. Y tal vez piense  en aquellos escasos momentos que tiene de libertad, que se cambiaría gustoso por él.

Cortés salió de Cempoal tras dar al través con sus naves. Sus nuevos aliados le dieron ochocientos guerreros para que le asistieran. Y antes de salir, mientras hacía los preparativos, llegaron también emisarios de Moctezuma. Habían encontrado estos a los cempoaleses ya aliados de Cortés, y por lo tanto, desertores de los aztecas, y sin duda debieron vivir momentos de tensión a espaldas del recién llegados. Hicieron detallados dibujos de los hombres y caballos, armas y armaduras, y lo mandaron a su emperador. Y se ofrecieron como guías, pues el Huey Tlatoani lo invitó a verle. De aquellos emisarios, Cortés oyó por primera vez el nombre que les habían dados: "teutl". Dioses. Por algún motivo, aquellos hombres pensaban que los españoles eran dioses.
Y los guiaron, en efecto, pero no por el camino más fácil, sino por donde hallaron más dificultades y terreno desierto. Aun así atravesaron algunas tierras sometidas por los aztecas, y proveyeron estos a los recién llegados, y se mostraron amables con Cortés por orden del Alto Señor. Pero el capitán tenía sus propios planes, y a espaldas de los emisarios mexicas, los cempoaleses comenzaron a cuidar sus propios intereses. Informaron a Cortés de que el mayor enemigo de los aztecas eran Tlaxtcala y que el camino que llevaban pasaría cerca de su frontera.
Se les enviaron mensajeros en secreto, y cuando la columna pasó cerco, el capitán ordenó entrar en la región enemiga de los mexicas. Pero a pesar de los intentos diplomáticos, los cuatro tlatoanis de Tlaxcala  no se pusieron de acuerdo, y el sector más joven y belicoso se impuso. No tardaron los guerreros de la región, a pesar de los intentos de negociación y los requerimientos, en atacar. Primero en pequeños grupos, y después de que Cortés se hiciera fuerte en una colina y estableciera un campamento, con fuerzas cada vez mayores. En los textos del Capitán y de Bernal Díaz se habla con profusión de cómo les llovían flechas y jabalinas, pero el superior equipo de sus soldados los protegía de las puntas de piedra. Y luego se lanzaban al ataque en grandes grupos, muy cerrados, y ahí los tiros y artillería les hacían mucho daño, y en combate cerrado, lasr armas de acero causaban terribles daños, y los guerreros se  estorbaban entre sí.
Entre ataque y ataque, a lo largo de los días, Cortés salía de expedición con su caballería y sus aliados y atacaban a las aldeas y almacenes. En estas razzias, Cortés describe un país muy ordenado y muy cuidado, sin espacio desaprovechado, todo lleno de cultivos para sostener una densidad de población difícilmente alcanzable.
Tras muchos combates, los castellanos habían conseguido no tener muchas bajas, al contrario que sus enemigos y estos, percatándose de que podían convertir a un formidable enemigo en el mejor de los aliados contra los mexicas, retomaron la diplomacia y, ante las nuevas protestas de los emisarios aztecas, pactaron con Cortés. Establecieron una alianza que ya no se rompería y que sería clave para lo que ocurriría en los meses siguientes. Porque Tlaxcala aportó miles de guerreros a Cortés, y así su pequeña expedición ya no fue tal. Se había convertido en un poder formidable.

Desde ese momento, la relación con los emisarios de Moctezuma cambió. Las noticias debieron revolver la corte del Huey Tlatoani. Sus consejeros se dividirían entre los que optaban por atacar abiertamente, y otros, quizás más condicionados por sus creencias religiosas, que proponían ahondar en la relación entre los recién llegados y las antiguas profecías de Quetzalcóatl, para descubrir si realmente eran enviados por los dioses.  ¿Y Moctezuma? Dudaba. Había invitado a Cortés a venir a Tenochtitlán, la opción que permitía contentar a todos sus consejeros. ¿Dónde si no tratar al recién llegado? ¿Dónde si no atraparlo para eliminarlo, si se decidía a hacerlo finalmente? Pero en aquel momento le acompañaba un ejército enorme y su iniciativa ya no parecía tan buena idea. Dudaba qué hacer, pero cada día los extranjeros se acercaban, apoyado por sus enemigos.
Finalmente, mientras los españoles recuperaban fuerzas en Tlaxcala, se puso en marcha un nuevo plan. Cortés recibió nuevos emisarios con más regalos y la invitación para ir a Cholula, la ciudad más importante del culto de Quetzalcóatl, pues allí podrían proveerlos mejor. Mientras se decidía,  los tlaxcaltecas les advirtieron de que sus espías reportaban que les estaban preparando una trampa. Que por orden de Moctezuma se habían preparado material para cegar las calles, atraparlos y eliminarlos, y que un gran ejército azteca se había emboscado en los alrededores. La tensión alrededor del capitán debió de hacerse insoportable. Sus nuevos aliados lo prevenían contra los aztecas, mientras que estos le advertían que desconfiara de la alianza de los tlaxcaltecas, que aprovecharían un descuido para caer sobre él y eliminarle. Y el astuto capitán se reunía con cada uno de ellos por separado, y a todos agradecía sus consejos y les hacía creer que confiaba en ellos más que los demás. De modo que tras sopesar los riesgos, salió hacia Cholula, y los tlaxcaltecas le entregaron cinco mil guerreros para protegerle.
En Cholula fue recibido con esplendor, pero la trampa fue detectada gracias a su mejor aliada. Doña Marina, Malinali. Ella fue la que sonsacó la verdad a algunas comadres de Cholula, que la advirtieron de que abandonara la ciudad por la noche junto a las demás mujeres y los niños. Avisó entonces a Cortés, que preparó un ataque por sorpresa al día siguiente, con la ciudad llena de guerreros enemigos y, no sin cierta puesta en escena teatral, lo lanzó con tal violencia que en poco rato habían muerto miles de guerreros aztecas y cholultecas. Y tras ello, interpeló con tal dureza a los emisarios de Moctezuma que terminaron suplicando que les permitiera al menos a uno de ellos ir a consultar a Moctezuma sobre lo ocurrido, que ellos no sabían nada.
Malinali señala a los responsables de la emboscada
Todas las trampas y emboscadas habían sido desbaratadas por el gran poder de los extranjeros, pensaba Moctezuma. Decidió que no debía dejarlo entrar en Tenochtitlán, y pensó apelar a otra de las emociones humanas para ver qué tal eran... la avaricia. Les mandó muchos regalos: ropas, esclavos, abalorios. Todo se lo ofreció en una larga caravana en la  entrada de Cholula, con la condición de no ir a Tenochtitlán. Que podría hacerlos muy ricos si se mantenía a distancia. Pero Cortés ignoró la propuesta y siguieron adelante. Esquivaron de nuevo el camino marcado por los aztecas casi por accidente, pues dos hombres de Cortés subieron con unos guías al Popocatépetl. Salvaron el pellejo por poco, pero encontraron un paso para descender al valle. Ellos fueron los primeros en ver la prodigiosa ciudad del lago, brillando en todo su esplendor. Aquella ruta se conoce hoy día como "El paso de Cortés", y es una excursión más que recomendable si pasáis unos días en el D.F.
Por allí descendieron al valle, y desde allí vieron las ciudades que crecían en las orillas: Iztapalapa, Texcoco, Culhuacán... y las tres carreteras que se adentraban en el agua hasta la imponente Tenochtitlán, y el acueducto que llevaba agua dulce desde Chapultepec. Aquello era en verdad otro mundo. La impresión que aquella visión dejó en los hombres de Cortés ha quedado escrita en las crónicas del propio capitán y Bernal Díaz. Todo era deslumbrante. A lo lejos podían ver las calles rectas, las plazas, los hermosos templos de brillantes colores, los jardines. Había diques que separaban las lagunas de agua dulce y agua salada, y numerosos puentes en las carreteras, que permitían levantarlos y cortar el paso. Había un tráfico incesante de canoas entre las ciudades y que entraban y salían por los canales de Tenochtitlán.
Imagen de Tenoxtitlán. Museo Antropológico de D.F. Al fondo, el Paso de Cortés en la falda del Popocatepetl.

Enterados de su llegada, la primera delegación los esperó cerca de Iztapalapa. Eran altos dignatarios con muchos esclavos y muchas riquezas los que allí los esperaban, y los guiaron hasta dicha ciudad y pusieron el pie en la ancha calzada que se dirigía a  Tenochtitlán. Fue sobre ella que vieron llegar a Moctezuma, y un amplio cortejo, todos engalanados con sus mejores prendas . El Huey Tlatoani era llevado en palanquín por nobles mexicas. Cuatro dignatarios lo guiaron cuanto bajó al suelo y avanzó hacia Cortés y no permitieron que Cortés lo abrazaran. Sin embargo, Moctezuma y él intercambiaron hermosos regalos y un mensaje de bienvenida traducido por los intérpretes. Aquí Moctezuma, según explican Cortés y Bernal Diaz, les reveló que pensaban que ellos eran aquellos a quienes esperaban largo tiempo. Que sabían sin embargo que Cortés y sus soldados eran hombres de carne y hueso, ero que quería saber si el señor al que servían era realmente el dios cuya vuelta había sido profetizada. Pero entre los regalos, apenas había oro. Les dijeron que apenas poseían aquel metal.

Los españoles y sus aliados fueron invitados a entrar en la ciudad, y se les dio aposento. Los españoles fueron llevados a un palacio, y en los cuatro días siguientes despacharían y visitarían a Moctezuma y sus nobles, y hablarían del emperador Carlos, de la fe de Cristo. Los españoles visitarían el gran mercado y sus innumerables mercancías. Allí conocieron el chocolate, por ejemplo, y  otras viandas que nunca habían visto.  Telas, hierbas, joyas de plata y hermosas piedras,  y plumas de aves desconocidas. Se deleitarían con el asombroso vuelo del colibrí entre las flores. Para referir los prodigios que allí vieron, debemos remitirnos a los textos de aquellos hombres, pues es demasiado extenso para descubrirlo aquí. Sin embargo, apenas vieron oro.

De lo que pasó a continuación, se escribieron al menos dos versiones. Según explicó Cortés al emperador Carlos en la segunda Carta de Relación, a los cuatro días de la entrada en Tenochtitlán recibieron un mensaje de Veracruz, en el que le informaban que los mexicas habían atacado Cempoal y en la batalla habían muerto seis españoles, y muchos eran heridos. Y que por lo tanto, pensó que los aztecas planeaban acabar con su compañía allí, mismo, en su capital, tras haber eliminado su base de operaciones en la costa y por tanto, su camino de retirada. Y tras consultarlo con sus capitanes, decidieron capturar a Moctezuma, traerlo a su real como rehén y así, garantizar su seguridad.
El relato del soldado Bernal Díaz es diferente: escribió que mientras convertían una estancia en iglesia, uno de los carpinteros distinguió unas señales en uno de los muros, como si hubiera sido hecho y encalado recientemente ocultando una puerta. Consiguieron abrirse paso y accedieron una cámara que había sido condenada, y allí encontraron el oro. No era un tesoro cualquiera. Era el oro de todos los sueños. El mayor tesoro que nadie hubiera visto jamás. El que Moctezuma decía no poder ofrecer en gran cantidad por carecer de él.

Reproducción del gran mercado. Museo Antropológico D.F.
El oro los volvió locos. Era la prueba de que las buenas intenciones que mostraban los aztecas no eran sinceras. Segundo, porque fue entonces porque se dieron cuenta de que estaban atrapados. Que jamás podrían salir de allí con semejante tesoro. Y por último, porque en ese momento ni siquiera estaban seguros si serían capaces de renunciar a él para salvar la vida.
Fueron doce hombres y Cortés los que conocieron del tesoro. Volvieron a cerrar el hueco que habían abierto en la parte baja y dejaron todo como estaba. Y los capitanes de Cortés le impelieron a que detuviera a Moctezuma. Por el modo en que lo cuenta, Cortés debió de dudar. Tanto en su texto como en el de Bernal se aprecia que se sintió abrumado por lo que tenía que hacer. Pero no podía permitirse perder a sus capitanes, y aun perder lo que estaban tan cerca de ganar. A la mañana siguiente fueron a despachar con el gran Tlatoani, y Cortés, casi sonrojado de la vergüenza, le pidió que volviera con él al palacio donde se hospedaba. Y Moctezuma, para sorpresa de toda su corte, aceptó. Amable y sonriente se lo llevó Cortés. Por todo el camino fue dando órdenes Moctezuma de que nada se hiciera contra los castellanos. Que él iba de buena gana. Pero aquel día se cruzó una barrera, y el orgulloso pueblo mexica no lo olvidaría. Y si los hombres de Cortés eran conscientes de que estaban atrapados, de súbito, el desconcierto causado por la llegada de los extranjeros se desvaneció, y como si despertaran de un sueño, los grandes señores de la Triple Alianza se reunieron, y comenzaron a conspirar. Fue entonces, con Moctezuma ya prisionero, cuando les llegaron las noticias del ataque a Cempoal.
Un mes transcurrió en aquella extraña situación. Moctezuma despachaba y cumplía con sus obligaciones desde el real de Cortés. La tensión entre los nobles y por las calles fue subiendo. El rey de Texcoco se negó a obedecer a Moctezuma y este ordenó que lo capturaran en una emboscada. Los capitanes que atacaron Cempoal y mataron a los españoles fueron quemados públicamente. Humillación tras humillación, la cólera de los aztecas crecía y crecía, y no faltaron voces que comenzaron a despreciar a Moctezuma y a los españoles, y a escondidas, preparaban su final.

Cortés apresa a Pánfilo por sorpresa
Entonces Cortés recibió la segunda mala noticia. Un ejército organizado por Diego Velázquez y capitaneado por Pánfilo de Narváez había desembarcado en Veracruz y venía a detener a Cortés, incluso volviendo a los indios de su parte contra él. Supo incluso que Narváez había enviado un mensaje a escondidas a Moctezuma para informarle que venía a liberarlo.  Su reacción fue fulminante. Dejó a uno de sus capitanes, Pedro de Alvarado, a quien los mexicas llamaban "Tonatiú", el Rayo, o el Sol,  al frente de una guarnición, y marchó veloz hacia la costa. Tras cerciorarse de que Pánfilo de Narváez no disponía de poderes del Emperador, sino solo de Diego, y puesto que recibió una respuesta a su intento de negociación con un "Viva quien venza", le dio toda una lección. Atacó por la noche el campamento de Narváez, con tanta rapidez que para cuando dieron la alarma, Cortés ya estaba en el patio del campamento, subiendo por una de las torres .  Capturó Narváez y rindió a sus hombres, y ganó así ochocientos nuevos soldados, hasta cuarenta de acaballo y muchos tiros y pólvora, y volvió veloz hacia Tenochtitlán.
Pero lo que encontró allí le heló el corazón. Los mexicas tenían asediado el palacio donde estaban sus hombres y aún Moctezuma. Tuvo que abrirse paso combatiendo hasta él, y cuando llegó, Alvarado le puso al día de lo ocurrido. Había sabido que ya conspiraban para entrar a matarlos, y había decidido actuar antes. Alvarado no poseía la sutileza y astucia de Cortés. En una ceremonia sagrada, "Tonatiú" había emboscado los nobles y sacerdotes  y no había dejado a nadie con vida. Pero la noticia corrió como la pólvora, y la ciudad estalló contra los españoles. Ni siquiera los llamamientos de Moctezuma a la paz servían ya. Estaban rodeados. Las calles estaban llenas de barricadas y los puentes, tras la entrada de Cortés, habían sido levantados. El momento de librarse de aquellos extranjeros había llegado.
Cortés y Bernal Díaz hicieron un detallado y angustioso relato de aquellos días. La ferocidad con la que los mexicas se lanzaron contra ellos sólo pudo ser contenida tras los muros de su real. En uno de los asaltos Moctezuma salió a pedir que pararan, y una pedrada le rompió el cráneo. Murió entre los españoles que le habían retenido, para desesperación de todos, pues con él moría cualquier posibilidad de negociación.  Cada vez que los españoles salían para ganar un camino de salida, eran repelidos desde las calles, barricadas y azoteas. Los industriosos conquistadores construyeron
ingenios con ruedas y techos rígidos para protegerse de los ataques desde arriba, pero los aztecas sabían guiarlos hasta callejones sin salida, o caminos que acababan en el agua, y los desbarataban. Casi no tenían agua ni comida, y los heridos aumentaban cada vez más. Desde los templos se invocaba a los dioses con la promesa de entregarles pronto los corazones de aquellos extranjeros.
Fue en una de aquellas salidas, estando ya perdida toda esperanza de rellenar una de las calles, cuando la desesperación se tornó en furia. Uno de los templos, el principal de Huitzilopochtli, se elevaba junto al palacio donde vivía Cortés. De hecho, desde su real podían ver la espalda del templo.  Un gran número de guerreros les ofendía con flechas y jabalinas desde allí. La escalera frontal daba a la plaza. Había que dar un rodeo hasta ella, pero aquellos hombres, con Cortés a la cabeza, decidieron vender caras sus vidas y hacer tanto daño como pudieran, si no a sus cuerpos, sí a sus dioses. En algún momento el ingeniero en el que avanzaban fue dirigido a la plaza, hacia el templo de Huitzilopochli, y muchos de los castellanos, comprendiendo lo que su avanzadilla se proponía hacer, salió de golpe a ayudar.
Lienzo de Tlaxcala. Las calzadas cortadas y el acoso desde las canoas.
Una ola de furia recorrió a los mexicas cuando vieron a los hombres de Cortés, y a muchos de los tlaxcaltecas, al pie de su pirámide. La guarnición de arriba comenzó a arrojarles flechas, piedras y lanzas, pero en un determinado momento los que avanzaban bajo el ingenio se lanzaron a la carrera escaleras arriba, mientras en la plaza entraron grandes escuadrones de aztecas, pues se había corrido la voz de que estaban atacando el templo principal.
Aquel ataque se convirtió en una locura. Los soldados de Cortés, con él a la cabeza, comenzaron a subir la empinada escalera, mientras por todas las terrazas salían los guerreros que se protegían en la pirámide. Los tlascaltecas y los restantes castellanos protegieron la parte inferior para que no llegaran más mexicas. En los primeros metros los contuvieron, y estos gritaba y rugían, y amenazaban y juraban que se comerían sus corazones, y se lanzaban oleada tras oleada contra los atacantes. Cortés, Alvarado y los demás, totalmente cubiertos de sangre, subían escalón a escalón, mientras el valor de los defensores se fue convirtiendo en pánico. Nivel tras nivel morían sobre los escalones  o resbalaban o se caían por la terrazas. En aquella pirámide guardaban su legado sagrado, y aquello les atenazaba el corazón. Cuando vieron que los extranjeros estaban llegando a la plataforma superior, sólo pensaban en matarse contra ellos con la esperanza de quitar aunque fuera una vida antes de morir. Mas no sirvió para nada.
Llegaron a la parte superior, mataron a todos, y prendieron fuego al gran Cu de Huitzilopochli. Ardió como una gran antorcha. Como el fuego que el destino tenía preparado para todos los aztecas. Hubo gritos de terror y desesperación entre los miles de mexicas que ocupaban la plaza, pero aun así no pudieron evitar que los castellanos bajaran y volvieran a su real. El pueblo de Huitzilopochli veía con el corazón quebrado como la casa de su dios era reducida a cenizas. Aquella victoria  cambió las tornas, pues a los españoles también les dio fuerzas.
En las siguientes salidas, tomaron las calles cortadas, las rellenaron y fueron tomando puente tras puente. Y antes de salir por la noche, Cortés entró a los castellanos en el palacio, les mostró el tesoro, y les dijo que podían llevar lo que quisieran, que iban a huir y que aquella noche se lo jugaban todo.
La Historia nombró aquella noche como La Noche Triste. La desesperada huida de la expedición a través de las calles, de los puentes ganados, de los canales rellenados con escombros, perdidos, vaciados y vueltos a llenar. Escuadrón tras escuadrón fueron ganando un camino por el que tenían que pasar. Los caballeros cargaban para abrir paso y sacar a los mexicas de los caminos, los ballesteros y arcabuceros protegían, y los hombres de espada y rodela ganaban los puestos mexicas. En la ruta final, todo el orden que pudieran tener se perdió en su totalidad. Cortés tuvo que volver hacia atrás para ir rescatando a su gente. En el desorden, muchos se perdieron o tuvieron que cruzar el agua. Los que valoraron más el oro que su vida se ahogaron con la carga de riqueza. Los que fueron más listos pudieron nadar y salvar su vida al cruzar el último hueco en la calzada.
Se peleó en cada puente.
Y por fin llegaron a la orilla del lago, y se reunieron entre unas construcciones, tomaron fuerzas, y emprendieron con resignación el camino de huida hacia Tlaxcala. El grito de victoria de los aztecas les siguió, mientras en el cielo nocturno, numerosos fuegos ardían, y los castellanos capturados eran subidos a los templos antes siguiera de que amaneciera, y sus alaridos, ahogados en su propia sangre cuando les arrancaban los corazones, eran jaleados por los cánticos sagrados que se prolongaron hasta el amanecer. Porque había llegado el momento de la venganza, y los dioses querían sangre.
Con aquella lúgubre letanía a lo lejos, como un funesto, presagio, los supervivientes castellanos y tlascaltecas restañaron sus heridas, hicieron recuento, y se aprestaron para continuar hacia un lugar seguro.

Enlace a la tercera parte

martes, 26 de septiembre de 2017

La conquista de México, parte I

Saludos. Si alguna vez han existido historias que han superado con mucho los límites de la imaginación, la conquista d México es sin duda una de ellas. Si alguna vez alguien vivió una aventura en tierras lejanas, con ciudades prodigiosas; terribles batallas; oro, inmensas cantidades de oro y otros tesoros que hacen perder el alma, el honor, la prudencia y aun la vida, fueron sin duda Hernán Cortés y los hombres que le acompañaron a Culúa, el asombroso país de los mexicas. Acompañadme pues, lectores, a contemplar la grandeza del mundo perdido de los aztecas y de los hombres, pocos pero terribles, que los conquistaron, y a ver nacer un nuevo mundo sobre las cenizas de la tragedia y la gloria de aquellos años,  pues caras son de la misma moneda.
Cortés... El destino se arremolinaba alrededor de sus pasos como hojas secas arrastradas por el viento. Había nacido en una era asombrosa en la que sus reyes se habían convertido en el mayor poder del Viejo Mundo y uno nuevo había sido encontrado, pero no descubierto. Era un hombre para una nueva época. O tal vez, fue una  nueva época para un hombre como él. Natural de Medellín y natural de una familia de la baja nobleza, podemos imaginar a un joven Hernán enfebrecido con las noticias que llegaban de aquella tierra al otro lado del mar y de sus sueños, donde un corazón valeroso, un brazo fuerte y una mente despierta podrían tal vez proporcionar lo que en su tierra solo era accesible por nacimiento. Su familia pudo pagarle algunos estudios en Salamanca, pero ¿cómo contener su espíritu en aquellas aulas más de dos años? ¿Cómo domeñar sus ansias de aventuras con legajos y largas horas de estudio, cuando bajo los pergaminos y pliegos escondería las obras de otros como él, tal vez Julio César, Jenofonte o Polibio, para leerlas sin que sus maestros se dieron cuenta.
Era altivo Cortés, y valiente y bien plantado. Lengua y espada tenía bien afiladas, y si con la segunda era hábil, con la primera era dos veces peligroso, pues en uno de sus filos sabía poner palabras agudas como puñales y en el otro, dulces y lisonjeras, que igual inflamaban el espíritu de sus amigos y compañeros de armas que el corazón de las mujeres.
Al final, tras sólo dos cursos en la villa salmantina, algún tiempo trabajando de escribano y un intento fallido de marchar con el Gran Capitán a las guerras de Italia, en 1506 se embarcó finalmente hacia el Nuevo Mundo, a la isla Fernandina o Cuba, como comenzaba a ser llamada, a ponerse al servicio de Diego de Velazquez, a la sazón Teniente Almirante de dicha colonia.

Mientras, más o menos en los mismos días en los que el joven Cortés llegaba a Salamanca, en las altas tierras del Anahuac, en el lago protegido por las montañas sagradas, el Popocatépetl y el Itzaccihuatl humeaban, el pájaro zenzotle cantaba con sus cuatrocientas voces y Huitzilopochli, el dios de los aztecas, sonreía complacido en el cielo y bebía la sangre de las víctimas que se le ofrecían, pues un nuevo Huey Tlatoani,  un Gran Rey Sacerdote era elegido para proseguir la gloriosa era de los mexicas, señores del mundo, cuyas tierras llegaban de un océano a otro. Se llamaba Moctezuma Xocoyotzin, hijo de Axayactl e Izelcoatzin, hija Nezahualcóyotl,  el rey poeta  de Texcoco. Era sabio en cuestiones de la guerra, pues había dirigido a los ejércitos del Tlatoani anterior, pero también había estudiado a los sabios del pasado y la historia de su pueblo, pues su cometido no era solo preservar el orden en su reino y las provincias tributarias. También, al adquirir los atributos divinos de Tlatoani, debía cuidar el orden del cielo. Conocía bien la épica de su pueblo. Originarios de la mítica ciudad de Atzlán, los mexicas, junto a otros siete pueblos, siguiendo el dictado del dios Huitzilopochli, comenzaron una larga emigración desde el norte, casi trescientos años atrás. El algún momento, Huitzilopochli les envió una señal o un prodigio que les convenció de que debían separarse de los demás. Fue entonces cuando su primer Tlatoani recibió del propio dios el atlatl, ordenándoles así tomar el camino de la guerra para conseguirle sangre y corazones.



Fragmento de la Tira de la Peregrinación. Los mexicas derrotados
ante del rey de Colhua .

Siguieron su camino, año tras año. Todos fueron cuidadosamente registrados. Se asentaban unos años y luego seguían. Del pueblo de Chalco aprendieron el arte de la agricultura, pero tras veinte años, siguieron hacia el sur, hasta llegar al valle del lago. En sus orillas, en el bosque de Chapultepec, se asentaron y comenzaron a guerrear con los pueblos vecinos. Por aquel entonces el valle estaba dividido en numerosas ciudades-estado sobre las que imperaba una Triple Alianza entre Cohuatlichán, Texcoco y el último reducto de los toltecas, la poderosa Colhuacán, heredera de la grandeza de la extinta Teotihuacán.
Teotihuacán. Pirámide de la Luna.
Los colhúas derrotaron a los recién llegados y los expulsaron de los bosques, pero algo vieron en ellos, pues eran fieros guerreros, y pensaron que serían útiles tenerlos de su lado en las guerras del valle. Así fueron invitados a Colhúa, donde se les asignó un barrio, y entraron así en contacto con la estirpe más distinguida de los pueblos del valle. De los colhúas, los mexicas aprendieron los modos imperiales y ennoblecieron sus costumbres. Absorbieron su cultura y decidieron escribir su historia.
El cuidadoso registro del pasado
Años después estalló una violenta guerra contra Xochimilco. Coxcox, el Tlatoani de Colhuacán, siendo consciente del poderío y la influencia creciente de los mexicas, que aspiraban a tener más parcelas de poder, los lanzó a la guerra con la promesa de darles más libertades si acababan con los enemigos. Lucharon en los lugares más peligrosos, pues Coxcox casi prefería deshacerse de ellos, pero allí donde nadie hubiera triunfado, los mexicas vencieron, y le entregaron  sacos llenos de miembros cortados de los jefes enemigos. Obligado, les permitió salir de la ciudad y gobernarse a sí mismos, y entonces, Huitzilopochli les envió una  nueva señal: un águila capturando una serpiente bajo un nopal en un pequeño islote en el lago. Así les indicó que era allí donde debían construir una ciudad y templos para honrarle. Así se fundó Tenochtitlán, en el lago en cuyas orillas estaban las demás ciudades. Una ciudad prácticamente inexpugnable para los modos de guerra de sus rivales. Una ciudad construida al modo de Colhuacán, y aun mejorada. En ella pusieron toda su sabiduría, arte e ingenio. La adornaron con hermosos templos, y ganaron tierra al lago construyendo las ingeniosas y fértiles chinampas. Un acueducto fue construido desde el bosque de Chapultepec hasta la ciudad para abastecerla de agua dulce. Faltaban doscientos años todavía para que Cortés llegara hasta ella.
Colhuacán estaba condenada. Años después, los mexicas los derrotaron con ayuda de Texcoco, y el equilibrio de poderes cambió de nuevo. La Triple Alianza se refundó con Tenochtitlán, Textoco y los tepanecas de Tlacolpán. Aquella alianza formó el imperio azteca, y de ellas, Tenochtitlán no tardó en alzarse con la principalía. Pero aquella tierra mantuvo el nombre de Colhúa, pues aquello unía a los aztecas con la gloria del pasado.

Siendo Moctezuma el Huey Tlatoani, los aztecas conquistaron Achiotlan, Huexotzinca, Chichihualtacán, Alotepec y otros señoríos y estados que les permitieron aislar a su gran enemigo, Tlaxcalan, que desde entonces vivieron rodeados por tierras del imperio azteca. Construyeron estos fuertes murallas, pues muy fieros y muy decididos era el pueblo tlaxcalteca, y Moctezuma tuvo que aguardar y presionar para debilitarlos poco a poco, mientras sus dominios seguían creciendo en todas direcciones.
Un día, una columna de fuego apareció en el cielo, y Moctezuma Xocoyotzin enmudeció  mientras la miraba. Y recordó las extrañas profecías que recitaban los sacerdotes de Quetzalcóatl, el dios que tomaron de los colhúas, que estos tomaron a su vez de Teotihuacán. ¿Sería aquella la venganza de los viejos dioses toltecas? Y se acordó también del lúgubre canto de la Llorona, que plañía por la muerte de los aztecas. Y la semilla de una inquietud se enterró en su pecho, donde comenzó a crecer alrededor de su corazón, como hiedra asfixiante.


Trece años pasó Cortés en Cuba. Los primeros le dejaron un buen recuerdo, pues mucho se combatía con los indios de la isla, y Velázquez confiaba en él. Hasta le entregó a su sobrina en matrimonio. Pero poco después llegó el hastío, y de nuevo sintió aquella picazón en su pecho. Dos expediciones vio organizar a Diego de Velázquez con barcos, hombres y mercancías para explorar aquellos mares y rescatar oro, negociando con las tribus que pudieran encontrar. Poco fue el que trajeron, pues los pueblos de la costa guerrearon más que negociaron. Descubrieron sin embargo que aquellas tierras del oeste no eran islas, sino un gran continente, donde había distintas tribus, pero también ciudades. Aquello le enfebrecía, y un nuevo deseo se apoderó de él.
Diego de Velázquez organizó una más, pero esta vez buscó organizar una mayor, con diez naves al menos. Por entonces Cortés ya había reunido capital y aportó más de la mitad de los recursos. Fue designado como capitán de la expedición. Sin embargo, su arrollador carácter pronto se hizo notar, y no faltó quien habló con malicia a Velázquez, con tanta insistencia que lleó a enviar hombres para detenerle. Pero el futuro gobernador de Nueva España les convenció para unirse a su bando, y zarpó de noche sin que nadie pudiera detenerle. En su bolsillo llevaba los poderes que le diera Diego de Velázquez, como un tesoro, pues eran los documentos que daban base legal a todo lo que pretendía hacer.
Hablemos de la tripulación de esos barcos. Las órdenes que tenía eran rescatar oro, es decir, intercambiarlo con los indígenas que pudiera encontrar a cambio de cuentas de vidrio y prendas de buen tejido. Las expediciones anteriores habían acabado sin mucho éxito debido a la respuesta agresiva de los nativos. En esta ocasión, la expedición había sido concebida para poder hacer frente a dicha amenaza y forzar el intercambio.  Por ello había embarcados cuatrocientos infantes bien armados con espadas, mosquetes y ballestas y buenas piezas de armadura, e incluso se enrolaron dieciséis jinetes con equipo completo. Pero Cortés estaba convencido de que con semejante fuerza podría hacer mucho más.
Había entre estos soldados miembros de la baja nobleza, no pocos hijosdalgo y mucha gente humilde, todos en busca de fortuna en el Nuevo Mundo, quizá desencantados con lo que habían encontrado en la isla Fernandina, donde su suerte no había mejorado mucho. No pocos tenían experiencia en la guerra, pues los reyes de Castilla y Aragón y sus descendientes no habían conocido  ni un año sin guerras. Pero también había escribanos y secretaros y notarios reales, pues la expedición había sido concebida de acuerdo a una estricta legalidad, si aquello significaba algo en tan remoto lugar. Sin embargo, aquel era un detalle al que Hernán Cortés prestó mucha atención.
Iban también en aquellas naves pilotos y hombres de las expediciones anteriores. Entre ellos había uno al que Cortés jamás llegó a conocer con detalle, un tal Bernal Díaz del Castillo. Gran parte de lo que sabemos hoy de aquellos días se lo debemos a las plumas y talento de ellos dos.


A su debido tiempo, la flota llegó primero a la isla de Cozumel donde, a pesar de las dificultades, consiguió que aceptaran ser vasallos del Emperador Carlos. Estos indios le dieron noticias de algunos españoles que habían naufragado en las expediciones anteriores, y que languidecían como esclavos de algunos caciques del continente. Fueron los indios a buscarlos, y unos días después apareció ante los españoles un tal Jerónimo de Aguilar, con apariencia tan mudada que de no haber hablado, no habrían podido darse cuenta de su origen. Fue él el que les contó la historia de los náufragos y de cómo fueron sacrificados a los extraños dioses de aquella tierra, hasta que sólo quedaron él y otro más, que se había convertido en capitán de guerra del cacique, tenía mujer e hijos, y no quería saber nada más de su pasado. Fue gracias a Jerónimo de Aguilar que Cortés se enteró de muchas noticias de tierra adentro, del gran señor al que llamaban Moctezuma, y de su  reino en el país llamado Culúa.  Y puesto que conocía la lengua maya perfectamente, hizo de intérprete para el resto de la expedición.
Prosiguieron el viaje hacia el continente por la costa norte de Yucatán, hacia la desembocadura del río Grijalba, mientras Cortés hacía planes con la nueva información que tenía. Hubo intentos de comerciar, pero todas los encuentros terminaron con hostilidad. En uno de aquellos encuentros rescató a unas muchachas, una de las cuales sería fundamental en su expedición: Malinali. De familia noble, estuvo a punto de ser entregada a sacrificio. Hablaba náhuatl, la lengua de los aztecas, y maya, por lo que se podía entender con Aguilar y por ende, con Cortés. Malinali fue bautizada como doña Marina, pero los indios la llamaron "Malitzin", de donde viene el nombre "Malinche".
Malintzin, o Doña Marina, desde que se encontraron, siempre se mantuvo
junto a Cortés.
Poco después cuando subieron por el río en lanchas y una tribu no les permitió desembarcar. Cortés leyó el Requerimiento Real, solicitando el vasallaje voluntario a Carlos, y Aguilar lo tradujo, pero respondieron con más flechas, y el capitán, habiendo cumplido el requisito del Consejo de Indias, se vio autorizado para abrir fuego y darles guerra.
En primera instancia, los indios parecieron rendirse y aceptar el requerimiento, pero huyeron y dejaron sin alimentos a los españoles, mientras reunían tropas de otros territorios cercanos. Tras tres días, varios miles de indios se lanzaron contra ellos.
Aquella fue la primera batalla campal de Cortés, donde puso a prueba sus mejores tácticas  y equipo contra ejércitos muy superiores en número.. Allí los mosquetes, el acero y el acertado uso sorpresivo de la caballería, le dieron la victoria, y los indios se rindieron y acataron así a su nuevo señor. Le suplicaron perdón y explicaron que hasta entonces habían sido súbditos del señor de Culúa, que habitaba en la ciudad de lago.
Lectura del Requerimiento.

Entonces, el capitán terminó de perfilar su plan. Siguió hacia el norte y fundó la primera ciudad cristiana del continente, la Rica Villa de la Vera Cruz, a pesar de no tener poderes para hacerlo. Pero lo hizo, y con el cabildo constituido según la ley que tan bien conocía, les entregó los poderes que tenía. Lo astuto de la jugada fue que si bien Velázquez no le había dado poderes para penetrar en el continente, el cabildo sí podía actuar en nombre del Emperador. Y el cabildo dio poderes a Cortés para iniciar la conquista, puesto que los aztecas eran ahora enemigos de sus nuevos aliados. Y aunque todo esto estaba sujeto a la aprobación del Emperador y un barco fue enviado con las cartas y dos emisarios para presentar el asunto en la Corte,  tardaría meses en volver, dando tiempo al capitán para proseguir sus planes. Aquel barco llevaba la primera "Carta  de Relación" de Cortés al Emperador, ahora perdida, así como la presentación del cabildo de Veracruz, aderezado con un tesoro nada despreciable, perfectamente catalogado en los documentos del Cabildo, que sí ha llegado a nosotros.

Después, Cortés dejó una guarnición en Veracruz, y zarpó con los barcos que le quedaban. Dio con ellos al través cuando desembarcó para que nadie pensara en el retorno, se encomendó a Dios, y comenzó su ascensión hacia el país de los aztecas, la misteriosa Culúa, donde había un rey que vivía en un lago, con objeto, como él mismo escribió a Carlos I en su segunda carta, de capturarlo, matarlo o bien hacerlo súbdito del Emperador.

LA CONQUISTA DE MÉXICO EN LOS WARGAMES
En DBA,  la lista que representa al imperio azteca es la IV/63. Se trata de una lista de alta agresividad, 3, compuesta únicamente por infantería, pues los caballos eran desconocidos en América antes de la llegada de los españoles. El general es 4Bd, que con guerreros Jaguar, la élite guerrera de los aztecas. Se trataba de un culto de guerreros cuyo templo se encontraba en la ladera de los volcanes. Hay dos peanas más de guerreros jaguar. Luego hay 1 peana de 4Wb y 5 de 5 Wb, que representan a los feroces guerreros aztecas, y una última peana que pueden ser más Wb, Ps o bien arqueros mercenarios. Es un ejército vistoso y con un buen trabajo de pintura, espectacular.
DBA de hecho propone una interesante campaña llamada "imperio azteca", en la que se muestras sus grandes enemigos, que también están listados:
Guerreo del Culto del Jaguar/Águila
a) Tlaxcala, el gran rival, con la lista IV/19 (tarascos y toltecas-chichimecas). Se trata de una lista con un núcleo de 3 peanas 4 Bd, como los aztecas, y el resto arqueros, y una peana de Ps con otra opcional de Ps, Bw o Wb.
b) El rival que no cita, Colhua, representado también por esa lista, puesto que representa a los toltecas-chichimecas con la opción Wb.

En DBM, Barker y Bodley Scott consiguieron meter la opción de aliados españoles en la lista de Tlaxcala, pero lo veremos en el próximo artículo. Y en la de Aztecas detallaron un poco más, encontrando tropas en plan Bd(I) más que Wb.

En AdlG, la lista azteca es la 272. Se trata de un ejército de muy alto mando, +5. Se compone de un núcleo reducido de guerreros del culto del Jaguar y algunas tropas más de choque, pero el núcleo mayoritario está formad por infantería media con jabalina (atlatl), y no tanto de comportamiento impetuoso como proponían DBA.

Enlace a la segunda parte