sábado, 10 de abril de 2021

II Guerra Médica. La batalla de las Termópilas

Diagrama de la batalla. Fuente: Mozaiz web
Saludos. Mientras la flota de Euribíades y Temístocles aguardaba en el Artemisio, Leónidas y sus Trescientos salieron de Esparta, tomando aliados de diversas polis del Peloponeso, como Orcómeno de la Arcadia. Cruzaron el istmo de Corinto y entraron en Beocia, reuniendo allí los últimos efectivos: cuatrocientos tebanos, tomados casi como rehenes, pues Tebas había entregado tierra y agua a los persas, y ochocientos tespieos. Eso era todo. Cinco mil hoplitas, la avanzadilla que debía ganar tiempo bloqueando a los persas en las Termópilas mientras el resto de contingentes griegos se organizaban y marchaban al norte.

                Difícilmente se hubiera podido encontrar un lugar mejor para la defensa que las Termópilas. En la estrecha franja entre las montañas de la Focidia y el estrecho de Eubea, el exiguo camino terrestre tenía, en su punto más reducido, el ancho justo para que pasara un único carro. En una antigua guerra entre los focenses y los tesalios, los primeros habían cerrado el paso con un muro y una puerta fortificada, no lejos de un manantial de aguas termales. De ahí el nombre del paso: las Puertas Calientes.

                Cuando llegaron, Leónidas ordenó reparar el muro. Distribuyeron el espacio y los turnos para proteger la fortificación. Cuando los persas llegaron, era el turno de los espartanos de aguardar fuera. Aquí se produjo una de las escenas más míticas.

                Pero el paso tenía una debilidad. Había un camino que rodeaba las Termópilas por las montañas, y daba acceso al otro extremo del paso. Fueron los propios focenses los que avisaron a los generales griegos. Pero Leónidas los tranquilizó, y tomó una sabia decisión: reservar sus mil hoplitas de la Focidia para proteger ese paso. Era su propio territorio.

                Se dijo que los persas establecieron su enorme campamento alejados del paso, dispuestos a descansar unos días, y enviaron entonces exploradores al paso. Uno de estos vio a los espartanos haciendo ejercicios, peinando sus cabellos, y, en resumen, aguardando despreocupadamente la lucha. Imagino que verían al explorador a caballo, lo comentarían entre chanzas, y lo ignorarían bastante. El jinete regresó entonces y contó ante Jerjes y su consejo lo que había visto.

                Hubo un rey vilipendiado en Esparta. Se llamó Demarato, de la casa de los Europóntidas. Sus disputas con el otro rey, Cleómenes, incitaron a este a urdir una trama de desprestigio que desembocó en una reclamación sobre su verdadero padre (que no tuvo hijos en sus dos primeros matrimonios, pero que se casó con la esposa de otro espartano y de la que se dijo que se casó ya embarazada de aquel). Las mentiras o las verdades de Cleómenes fueron oídas, Demarato fue desposeído del trono y maltratado por los partidarios de Cleómenes. Así, furioso, despechado, abandonó el Peloponeso con la firme intención de hacerles pagar por todo ello.  De esta manera llegó a la corte de Jerjes, y se convirtió en un leal asesor.

El explorador, por Steve Noon.

Demarato estaba en este consejo, y cuando Jerjes le consultó qué significaba aquella actitud, Demarato le explicó que los espartanos se disponían a luchar. Que tal era su costumbre, aguardar con relajo la batalla, ya que en su vida diaria el entrenamiento era continuo y que en campaña se veían liberados de tal carga, y decorar sus cabellos, pues por encima de todo, los espartanos no querían entregarse a la muerte sin el aspecto adecuado.

Jerjes y sus nobles persas no lo creyeron. Resistir al mayor ejército del mundo… Cuatro días más descansaron, mientras llegaban todos sus efectivos, y todos los días observaban a los griegos, que se turnaban para guardar el paso. Al final, se decidió a atacarlos, seleccionando para ello a los pueblos en los que más confiaba: los medos y los sacas.

Así se comenzaron al fin los enfrentamientos.

PRIMER DÍA

No cuenta Herodoto, pero sí Plutarco, que antes de combatir, los persas fueron a negociar con los espartanos, a proponerles que se rindieran y les entregaron las armas. La respuesta de Leónidas pasó a la posteridad: “¡Venid a cogerlas!”. Porque si estás con trescientos compañeros frente a un ejército de decenas de miles de hombres, y a una oferta de paz, respondes eso, entonces entras en la leyenda.

Monumento a Leónidas y sus 300. Fuente: Grecotour
Sí. Fueron Leónidas y sus Trescientos los que estaban frente al muro focense aquel día. No sin aprensión verían acercarse a las unidades enemigas, con sus músicos y sus estandartes. Los griegos entonarían el peán al Einalio, cerrarían escudos, y se dispondrían a aguantar. Porque tenían una ventaja: no había espacio. Las masas de soldados persas se estrecharon, se estorbaron y avanzaron con dificultad, taponándose unos a otros, mientras se acercaban. Así quedó desbaratada su ventaja, pues no podían formar sus escudos “spara” y protegerlos con los arqueros. Sin espacio, empujados por los que venían detrás, impactaron contra el muro de lanzas y escudos, y los espartanos comenzaron a trabajar como una picadora de carne. Con las primeras bajas entre los persas, sin espacio para retirar los cadáveres, los soldados del Rey se veían estorbados, y las lanzas griegas, más largas y que acometían una y otra vez, no tardaron en provocar el pánico. Pero no se podía retroceder. Más y más hombres avanzaban de manera implacable, empujando a los desgraciados de la vanguardia hacia los espartanos, que implacables, acababan con ellos sin muchas dificultades. Fue una carnicería, tanto más por cuánto tardaron los oficiales en percatarse de lo que ocurría allá adelante. Se retiraron a mediodía, y los espartanos aprovecharon para comer y recuperar fuerzas.

                Mucho tuvo que preocuparse Jerjes con lo que le dijeron sus generales. Tanto, que por la tarde decidió enviar los mejores guerreros que tenía, sus Inmortales. Un batallón de élite. 10.000 guerreros con el mejor equipo disponible. Dichos batallones corrieron al paso, dispuestos a acabar de un golpe con los griegos, más la historia de lo que pasó por la mañana volvió a repetirse. En el paso estrecho, tenían desventaja frente al equipo griego, y no podían usar sus arcos ni sus formaciones complejas. Simplemente podían atacar a los espartanos, que en tales condiciones, y tras una vida entera dedicado al oficio de las armas, tuvieron el combate que necesitaban. Si hubo una diferencia, fue la tenacidad de los persas. Su resistencia a reconocer la derrota. Los Inmortales aguantaron mucho más que los demás sin retirarse, y así, cuando lo hicieron, sus bajas alcanzaron un número terrorífico.

                Así acabó el primer día, y los griegos se retiraron a descansar, confiados en que sus planes iban bien. Que podían ganar.

 

SEGUNDO DÍA

Sin mejores ideas ni posibilidades, los persas enviaron de nuevo diversos contingentes de muchas naciones. Aquel día no lucharon los espartanos, sino el contingente al que le llegó el turno. Pero, avisados por Leónidas, y ya precavidos, la dramática escena se repitió. Cuenta Herodoto que los oficiales persas quedaron atrás, fustigando a sus tropas para que avanzaran y avanzaran sin detenerse, su única posibilidad. Pero con los muertos, el paso se taponaba, y las lanzas masacraban. Muchos cayeron al mar por el borde del camino. Muchos otros se arrastraban cuando fueron pisoteados por el resto de sus compañeros. Pero los griegos no cedían. La falange funcionó perfectamente, y en los leves descansos, se alternaban para reposar y recuperar fuerzas. A la caída de la tarde, sin ningún avance, Jerjes está desesperado.

                Pero he aquí que el destino jugó a su favor. Había un hombre, un focense, se dijo, llamado Epialtes. Deseoso de conseguir una mejor vida, y sabedor de que Jerjes era generoso con quien le ayudaba, reveló el secreto del camino que rodeaba las Termópilas. Era poco más que un camino de cabras, pero el Rey y sus generales no tardaron en darse cuenta de que era su única posibilidad. De modo que reunieron a los Inmortales que quedaban, y los mandaron aquella misma noche, guiados por Epialtes a cruzar el camino y rodear a los griegos.

De esta manera pasaría a la historia el infame Epialtes. Su nombre perduró, como el reverso de la gran gesta que estaba a punto de suceder. Pero los helenos no lo recordarían con orgullo, sino que lo maldecirían y escupirían al oír su nombre. Hubo recompensas, tras la guerra, por la cabeza de Epialtes. Pero eso no había ocurrido todavía, mientras, a oscuras, la tragedia se cernía sobre los defensores del paso.

Mientras, en el campamento de Leónidas, el adivino de la expedición, Megistias de Acarnania, estudió las entrañas de su última víctima, y a pesar del optimismo de los griegos, que desconocían que su sentencia estaba siendo firmada, habló circunspecto a Leónidas: “Mañana a la hora de la cena estaremos todos muertos”.

Mucha y pesada fue la carga que Leónidas llevaría en sus hombros. Se acostó, pero apenas durmió, mientras las palabras de una antigua profecía. Herodoto nos la transmitió:

Mirad, habitantes de la extensa Esparta,

o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada por los descendientes de Perseo, o no lo es;

pero, en ese caso, la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles.

Pues al invasor no lo detendrá la fuerza de los toros o de los leones, ya que posee la fuerza de Zeus.

Proclamo, en fin, que no se detendrá hasta haber devorado a una u otro hasta los huesos


El ataque a la posición focense. Por Steve Noon.

Cuenta también Herodoto que los Inmortales y focenses se encontraron en el camino que rodeaba, casi por sorpresa, apenas la luz comenzaba a despuntar, antes de la salida del sol,  pues ningún bando esperaba encontrarse con el otro. Sin embargo, los persas eran soldados profesionales. Fueron los primeros en responder, y organizaron un primer asalto. Los focenses entraron en pánico y se retiraron ante el empuje de sus enemigos. Entonces, los persas vieron su oportunidad: mientras un destacamento mantenía aislados a los defensores, el resto pasó por el camino a toda prisa, comenzando así el descenso hacia el otro lado del monte y la retaguardia de Leónidas. Impotentes, los helenos no pudieron hacer nada, salvo enviar un valiente mensajero que con el riesgo de despeñarse en la oscuridad del nuboso amanecer, tuvo que descender por la cara menos accesible hasta el campamento de Leónidas.

Apenas había salido el sol, y los hombres ya preparaban los fuegos para el desayuno, cuando el mensajero llegó con la terrible noticia. Entonces se reunieron todos los estrategos, que insistieron en que debían abandonar la posición.

                Había una ley en Esparta que impedía a los hombres retirarse del combate. Al menos, la encontramos mencionada en Herodoto, pero no en Tucídides ni Jenofonte. Mas, aunque sí fuera, no se estableció tal ley pensando en un enfrentamiento tan desigual, y posiblemente no pesara tanto en las decisiones de Leónidas. Pero, imaginemos al rey. El más respetado de los presentes, sabía que si huían a toda prisa, la caballería persa cruzaría el paso y les daría alcance antes de que cayera el sol, y todo el ejército se perdería. Sumad a eso el peso de aquella extraña profecía de Delfos. Cómo de repente, todo cobró sentido en su mente. Así que levantó la mano, pidiendo silencio a todos, y manifestó la decisión que había tomado para sí y para sus hombres: quedarse a proteger el paso y así dar tiempo a los demás para retirarse con seguridad. Entonces, en el consejo, se hizo el silencio.


Las órdenes, por lo tanto, para los aliados peloponesios de los espartanos, eran regresar y plantear una última defensa en el istmo de Corinto. Sin embargo, Leónidas no había terminado. Se volvió a los tebanos, los señaló con el dedo, y les ordenó quedarse con él y compartir su destino.

El destino de los que se quedaban estaba sellado. Pero aun así, el general de los tespieos habló con el rey espartano, y le dijo que no pensaban abandonarlo. Y Leónidas, que no tenía más poder sobre ellos que el de su prestigio, les dio las gracias. Y uno más se quedó: Megistias, el adivino. A pesar de que Leónidas lo liberó de su servicio, pues de nada le servía un adivino cuando su muerte era segura, el bravo Megistias decidió quedarse y compartir destino con Leónidas. Así comenzó el tercer día.

 

TERCER DÍA

Jerjes había calculado cuánto tardarían sus tropas en rodear a Leónidas, pero no contaba, claro, con el retraso provocado por el combate en el camino contra la guarnición focense, de manera que cuando preparó sus tropas y las dirigió a la entrada de las Termópilas, los griegos todavía no estaban rodeados.

Leónidas ordena retirarse a las tropas. por H.M. Herget.

                Además, Leónidas le tenía preparada otra sorpresa. Consciente de la inutilidad de permanecer en el paso, decidió ofrecer, al menos un gran espectáculo. Como si hubiera dicho a los que se quedaron con él: “Vamos a morir, pero lo haremos a lo grande”. De manera que cuando las líneas persas se acercaban al paso, les llegó el canto al Einalio, el terrible peán de los dorios, y, de repente, vieron como por la entrada del paso salían los griegos, formaban, y cargaban contra ellos antes de saber qué les estaba pasando.

                Aquella última carga los pilló por sorpresa. Como un muro de bronce y acero, los griegos cayeron sobre ellos y atravesaron sus filas. Poco más de mil hombres contra decenas de miles, que no obstante tampoco podían ayudar a sus compañeros. Los primeros en recibir la carga cedieron y huyeron, y los griegos los persiguieron, según nos cuenta Herodoto, hasta las proximidades del campamento persa.

Aspecto actual del paso.
  Pero pasada la sorpresa inicial, los números persas comenzaron a pesar. Los griegos se detuvieron, formaron y resistieron durante mucho rato. Las lanzas se rompían, los escudos se hendían, y uno a uno, los griegos fueron cayendo. Allí, en el exterior, murió Leónidas, tras haberse comportado como un hombre valerosísimo. Entonces, todo el combate se convirtió en una inmensa pelea arrabalera por conseguir el cadáver del rey. Persas y medos por un lado, los Trescientos, los tespieos y los tebanos por otro, mordiendo, pateando y empujando, para recuperar el cuerpo del hombre que los había llevado a la inmortalidad. Tres veces lo perdieron los griegos, y tres veces lo recuperaron.

                Entonces, los vigías dieron la señal de que los Inmortales ya estaban al otro lado del paso, y los griegos decidieron entonces retirarse al interior, perseguidos por sus enemigos. Los que consiguieron llegar, se agruparon en una pequeña colina que había en un punto ancho del paso. Pero no todos cabían. Los tebanos quedaron junto a la pequeña elevación. Entonces, se presentaron los enemigos por ambos lados, y en la carga final, los tebanos arrojaron las armas y tendieron los brazos, rindiéndose a los persas entre gritos y maldiciones de sus compañeros. Y los persas tampoco reaccionaron bien, que llegaron a matar a algunos, y a aherrojar a los otros. De modo que sólo quedaron los defensores del montículo, quienes fueron cargados y masacrados por las flechas persas. Un exterminio, en el que ya no se pidió cuartel ni se ofreció, pues hasta al punto había llegado la ira de los persas, que, en contra de sus costumbres, como dice el propio padre de la Historia, no respetaron ni a los que habían luchado mejor. Los Trescientos, y los tespieos cayeron en aquella colina, y así terminó por fin la batalla. Herodoto rescató los nombres de muchos de ellos, tanto espartanos como de los tespieos, que lucharon hasta el final. Y es justo que se les mencione, pues hasta el siglo XX, los soldados de Tespias nunca tuvieron ningún monumento que recordara que los Trescientos no cayeron solos.

Resistencia final. Fuente:Web de la Cultura

Sin embargo, es poco conocido el hecho de que, de los espartanos, no formaron los Trescientos. Faltaron tres. El primero de ellos se llamaba Pántitas. Leónidas lo había enviado de mensajero a Tesalia, y regresó al día siguiente de la batalla, para encontrar a todos sus compañeros muertos. No pudo soportar la vergüenza y el dolor, y se ahorcó.

Otros dos hombres se quedaron en el campamento y no formaron aquella última vez con Leónidas. Ambos por el mismo motivo: una grave oftalmía (conjuntivitis) que no les permitía ver. Sin embargo, uno de ellos, Eúrito, no bien Leónidas entró en combate, pidió a su esclavo que lo llevara de la mano hasta los combates, lo orientara correctamente y le indicara cuándo podía correr para cargar con el enemigo. Así lo hizo, y tanto su hilota como él murieron en la batalla.

                Sólo quedó uno: Aristodemo. De él dice Herodoto que le faltó el valor, y que en lugar de buscar la muerte, se retiró y llegó a Esparta. Mas la vergüenza acompañó el resto de sus días. Viviría despojado de sus derechos, como un mendigo, hasta que el destino lo pondría en otro punto de esta historia. Un momento crítico.  Pero eso lo contaremos más adelante.

                En cuanto a Jerjes, se dijo que buscó el cuerpo de Leónidas y cortó su cabeza, algo que era contrario a las costumbres persas, y que con ello ofendió a su dios. Pero por fin pudieron entrar en Grecia, atravesar Beocia, entrar en el Ática y asaltar Atenas y su acrópolis.

Pero esa historia ha de ser contada otro día.

viernes, 26 de febrero de 2021

II Guerra Médica. La batalla del Artemisio

Combates en el Artemisio. Fuente: AntenaHistoria
Saludos. En el artículo anterior dejamos a los persas ya en Tesalia, y a los griegos enviando una flota a la entrada del estrecho de Eubea, a una zona llamada el Artemisio, mientras una fuerza a pie se dirige al paso de las Termópilas a impedir que el ejército persa entre en el resto de la Hélade.

 Las Termópilas… Su mero nombre nos retrotrae a la leyenda. En tiempos recientes, hasta el cine y el cómic se han encargado de recrear los acontecimientos de este estrecho paso. Sin embargo, recomiendo como siempre acudir a las fuentes. Porque es cierto que Leónidas capitaneó a sus Trescientos, pero también es cierto que fueron muchos más hoplitas, hasta 5000, de muchas otras polis, y que, desde luego, Leónidas no fue contradiciendo a los éforos. Según Herodoto, lo que ocurrió es que por aquellos días se celebraban juegos ístmicos y las leyes sagradas impedían la movilización de los ejércitos. Fueron los éforos los que ordenaron la movilización de una pequeña vanguardia espartana, al frente de Leónidas, para dar ejemplo y motivar a las polis a enviar sus respectivas vanguardias. De este modo se reunieron unos cuatro mil hoplitas de muchas polis del Peloponeso, incluyendo los Trescientos, que además, al adentrarse en Beocia y dirigirse a las Termópilas, se reunieron con unos mil hoplitas procedentes de Tespias, y unos cuatrocientos tebanos. Estos, que habían dado tierra y agua a los persas, fueron obligados por Leónidas de Esparta, que los tomó casi como rehenes.

                Bien, la flota en el Artemisio y Leónidas en las Termópilas componían el último intento de bloquear el avance persa. Si superaban su posición pues... solo quedaban opciones desesperadas.  Así de crudo. Estas dos batallas, el Artemisio por mar, y las Termópilas por tierra, se lucharon simultáneamente. No obstante, nos centraremos primero en el Artemisio.

 

BATALLA DEL ARTEMISIO

La flota estaba al mando del estratego espartano Euribíades, que mandaba a todos los jefes de los distintos contingentes. El principal eran el ateniense, al mando de Temístocles (220 naves), y el corintio, al mando de Adimanto (40 trirremes), pero también había eginetas, calcídeos focenses, etc.  La flota tomó como base el extremo norte de Eubea, y desde allí enviaban naves de exploración para vigilar el avance persa. Cuando por fin supieron, merced a una trirreme que huyó de los persas en el último momento, que ya estaban cerca y cuántos trirremes traían, el espartano Euribíades decidió la retirada. Y esto hay que explicarlo.

                Veréis, la mentalidad de Esparta era muy conservadora. Aunque su prestigio los pusiera al frente de la liga helena, ellos no estaban dispuestos a arriesgar el Peloponeso. Y su visión estratégica era fundamentalmente terrestre. Bajo su óptica, la mejor posición era defender el istmo, bloqueándolo con un muro. Claro, si esto se hubiera hecho así, la flota persa hubiera rodeado esta posición y listo, y solo este hecho los convenció de que la flota ateniense era necesaria en la liga. Pero no sabían nada del combate marítimo. Pensaban que en aguas abiertas, la flota griega podría parar a los persas. Si los espartanos aceptaron defender las Termópilas fue porque era el único sitio por donde realmente se podría bloquear a los persas, pero una vez superado, su plan era retroceder al istmo, fortalecerse allí y a la Hélade al norte del istmo, pues que le dieran. Por lo tanto, Euribíades debía conservar la flota intacta. Seguramente tendría órdenes de los éforos de no arriesgarla.

                Sin embargo, Temístocles sí sabía combatir en el mar, y sabía que los persas podrían ser derrotados por mar en lugares estrechos, pero no a mar abierto. Así que la orden de Euribíades fue discutida por Temístocles. Pero no penséis que lo hizo por Grecia ni por la libertad, ni nada de eso.

               

Temístocles. Fuente: ArteHistoria

Herodoto nos cuenta que los eubeos no querían que la flota abandonara la posición, pues la necesitaban allí para darles tiempo a evacuar la isla. ¿Qué hicieron? Pues sobornar a los estrategos. Concretamente, Temístocles, según Herodoto, era un fiera usando las tropas de la polis para forrarse personalmente. Pidió a los eubeos 30 talentos de plata, y les aseguró que él convencería a Euribíades. Y vaya si lo hizo. Sólo le costó 5 talentos de plata quebrar la voluntad del espartano. Y además, lo hizo con tanto arte que Euribíades creyó que el dinero procedía directamente de los ahorros de Temístocles, ignorando que el ateniense todavía tenía en el bolsillo muuuucha plata eubea. Y en cuanto al corintio, que fue el que más protestó, le costó aun menos. 3 talentos pidió Adimanto para apoyar quedarse. Así que Temístocles hizo una interesante carambola, rentabilizando su interés por luchar en los estrechos de Eubea.

                No nos escandalicemos todavía. Herodoto es el primero en ensalzar a Temístocles, pero el sabio de Halicarnaso nos muestra aquí estos personajes son héroes porque hicieron algo heroico en un momento determinado, y esto no es incompatible con una conducta más oscura durante el resto de su vida. Esa es una importante lección para nosotros. En nuestra sociedad, tal vez con la visión heredada del Romanticismo, consideramos que los héroes patrios se comportan de forma correcta todo el tiempo, y que hasta mean colonia. Los griegos tenían claro que no era así. Si sus dioses estaban podridos de defectos y pasiones humanas, sus héroes también.

                Por otro lado, la inmensa flota persa sufrió un revés terrible. Llegaron a una bahía cercana y fondearon, pero como eran 1200 trirremes, no cabían, y una terrible tormenta que se desató por la noche dio al traste con 400 embarcaciones. Hubo miles de ahogados. Sin embargo, su número todavía era temible, así que siguieron su travesía hasta llegar a la entrada del estrecho de Eubea, quedándose en una playa llamada Afetas, desde la que podían observar la posición griega.

                Y los persas, que no eran mancos, idearon un plan. Pensando que si los griegos huían, tendrían que enfrentarse a la flota griega más tarde, concibieron un plan para destruirla de una vez. De noche, enviaron una flota a que circunnavegara Eubea por el este, para entrar en los estrechos por el sur, remontar hacia el norte y así, cortar la retirada de los griegos. Calculando el tiempo de navegación, fijaron una fecha para lanzar un ataque desde Afetas al Artemisio, ponerlos en fuga y atraparlos en los estrechos con la segunda flota.

                Sin embargo, hubo un heleno entre los persas que desertó del bando del Rey de Reyes, y por la noche, se escapó con su barco, cruzó al Artemisio, e informó a Euribíades de los planes enemigos.

                Al día siguiente, los persas de Afetas quedarían a la espera, mientras su avanzadilla navegaba alrededor de Eubea. Ese día, Euribiades aguardó, pero al caer la noche, ordenó zarpar con todos sus barcos hacia el sur, y sorprender así a la fuerza que los rodeaba, en una interesante  aplicación de la teoría de la posición central que tan bien explotó Napoleón en su día.

                Pero, ¿sabéis qué pasó? Que esa noche se dirigieron al sur y por la mañana aguardaron en la posición a la que habían calculado que llegarían los persas. Pero allí no había nadie. De modo que a mediodía, pusieron rumbo al norte, con el objetivo de llegar a la entrada del estrecho con la tarde avanzada y atacar a los persas en Afetas en ese momento.

Desastre de la flota persa

                ¿Qué pasó con esta flota que rodeaba Eubea? Pues veréis. ¿Recordáis cuando en la peli de “300”, Leónidas llega con sus tropas durante la noche y una tormenta está destrozando barcos persas. Pues eso pasó. Solo que el cómic, y la peli de “300”  muestran ese desastre dentro del estrecho de Eubea, el mar que puede ver Leónidas avanzando hacia las Termópilas. En realidad, el estrecho quedó bastante resguardado por la propia isla de Eubea, y por eso los griegos navegaron al sur de noche sin incidentes. La tormenta pilló a los persas al este de Eubea, en el lado de mar abierto, y los machacó. En realidad, Leónidas debió de ver a los griegos que navegaban hacia el sur.

                Bueno, pues como decíamos, por la tarde los griegos llegaron de nuevo frente a la playa de Afetas, y los persas salieron contra ellos. Fue un combate duro, y Herodoto nos cuenta que si los griegos resistieron, fue gracias a la formación que hicieron en círculo, con las proas hacia fuera, que impidió que el ataque poco coordinado de los persas fuera muy efectivo. Este sería un defecto de la táctica persa: siendo una flota compuesta por diferentes naciones, sus estrategos pensaban más en destacar ante Jerjes más que en trabajar de manera coordinada, fiándolo todo a su número. El caso es que los griegos salían de súbito de su formación y atacaban a las naves persas que quedaban expuestas al maniobrar. Debemos pensar además que en esta época, la guerra en el mar se basaba en el abordaje, y no en la maniobra. Los griegos se mostraron superiores en este campo, debido quizás al mejor equipo de sus hoplitas embarcados y mayor experiencia. Capturaron ese día 30 naves enemigas, y al caer la tarde, cada bando se retiró a su base.

                Esa noche, la mala mar llevó a la playa de Afetas a los muertos de la primera tormenta y del combate del día, lo que los llenó de malos presagios.

                Contemporizamos en este momento: en este día, el ejército de tierra de Jerjes, que ya llevaba varios días acampados frente a las “Puertas calientes” (es decir, no estaban con su flota, que seguía enfrentada con la griega más al norte de su posición, en Afetas)  aguardando que esos miserables griegos huyeran de miedo, atacaron al fin la posición de Leónidas y se llevaron una desagradable sorpresa.

 

                SEGUNDO DÍA

                Euribíades recibió  buenas noticias de Leónidas, y como el día anterior también le había ido bien, decidió atacar a los dubitativos persas, que pasaron esa mañana analizando el combate del día anterior. Esta vez llevó él la iniciativa, pero aguardó a la tarde. ¿Por qué? Pues, aconsejado por Temístocles, sabía que debía aprovechar su velocidad para atacar rápidamente, hacer daño y retirarse. Al atacar por la tarde, como hicieron el día anterior, la caída de la noche limitaba el tiempo de respuesta persa.

                Así hicieron.  Cayeron sobre las naves persas protegidas en la bahía de Afetas. Muchas estaban todavía ancladas. Casi todas las que hundieron eran cilicias, pues por turnos habían quedado en el exterior de la bahía. El ataque fue fulminante, y al menos otros 60 trirremes fueron hundidos. Para cuando los persas salieron a hacerles frente, los griegos ya se retiraban al Artemisio protegidos por el manto de la noche. Fue un día memorable.

Posición del Artemisio. Fuente: Blog de Gonzalo

 

                TERCER DÍA

                Esta vez los persas no se dejaron atrapar por segunda vez, ni cometieron los mismos errores. Aprovechando la zona de mayor amplitud, formaron en media luna y cayeron sobre el ARtemisio bien temprano. Los brazos de la media luna cerraron la zona y los griegos se quedaron sin escapatoria, así que no les quedó más remedio que luchar. Y lo hicieron. Vaya si lo hicieron.

                Herodoto nos habla de combates desesperados ese día, pues toda la ventaja griega había sido anulada. Aquel día, los trirremes egipcios dieron buena cuenta de los griegos. Pero los helenos no quedaron atrás, y también nos dice Herodoto que Clinias se destacó por encima de los demás trierarcas. ¿Sabéis quién es este Clinias? Pues veréis, este joven trierarca  perteneciente a la familia de los Alcmeónidas, sobreviviría a esta guerra y tendría un hijo, al que le pondría el nombre de su abuelo: Alcibíades. Sí, amigos, Alcibíades de Atenas, discípulo de Sócrates y famoso general durante las guerras del Peloponeso, era el hijo de este Clinias.

                Cuando cayó la noche, los griegos habrían sufrido muchas bajas, pero los persas también. Y se estaban replanteando su estrategia cuando les llegaron las peores noticias: Leónidas había muerto, los griegos se retiraban de las Termópilas y ya no había nada que hacer. Euribíades decretó entonces la retirada, y esa misma noche, la flota se deslizó de nuevo por el estrecho de Eubea hacia el sur.

                Pero Temístocles había podido enfrentarse con los invasores y eso le bastó para comprobar sus teorías: era posible vencer a Jerjes en el mar, en un lugar estrecho. Y también, debían separar a los jonios del bando persa. Y entonces, al astuto ateniense se le ocurrió un plan brillante: como sabía que la flota persa los perseguiría al día siguiente, y que harían la aguada en los mismos lugares que él mismo, dejó en esos lugares mensajes escritos, bien visibles, en griego, incitando a los jonios a separarse de Jerjes, y dándoles instrucciones sobre cómo reunirse con la flota de la liga helena.

                Cuando los almirantes persas vieron esos mensajes, hicieron lo lógico: comenzaron a  desconfiar de los jonios. Ya estaba. El astuto Temístocles había dado un golpe maestro: si los jonios desertaban, ganaría. Y si  no lo hacían, al menos los persas no confiarían en ellos y evitarían ponerlos en lugares críticos de la batalla.

                Así,  la flota griega en retirada, bastante entera a pesar de las naves perdidas, recaló en la isla de Egina, a la espera de tomar nuevas decisiones.

                De lo que pasó esos días en las Termópilas hablaremos en el siguiente artículo. Hasta entonces, un cordial saludo, amigos.

domingo, 25 de octubre de 2020

Historia de la Hélade, siglo V a.d.C. en Bellumatis Podcast


 Saludos. Hace un año tuve la fortuna de empezar a colaborar en "Bellumartis Podcast" gracias a la gentil invitación de Francisco Campa, narrando las peripecias de nuestros amados griegos a partir de las fuentes originales. Lo que en principio iba a servir para poner el escenario en el que se desarrollaban mis novelas, fue creciendo gracias al interés de los oyentes, y cuando terminamos el tercer programa de las Guerras del Peloponeso, nos planteamos ese "Bueno, como ya hemos llegado hasta aquí, podríamos seguir un poco más..."

Y tanto. El 22 de octubre se publicó el cuarto programa que dedicamos a las Guerras Médicas. Y nos dimos cuenta de que habíamos narrado todo el siglo V a.d.C. Puesto que al empezar, no sabía cuánto iba a avanzar con esto, no me preocupe por el orden, ya que comencé en la Guerra del Peloponeso. Vamos, que he montado un "George Lucas".

Y puesto que vamos a seguir con el siglo IV a.d.C. y en nuestro horizonte están Alejandro, las Guerras Púnicas y hasta la Guerra de las Galias, etc, y todo ello a partir de las fuentes originales, me parece conveniente estructurar un poco esto.

Pues bien, esta entrada servirá para ordenar todo el siglo V a.d.C. Pondré los programas en orden cronológico para entender todos los acontecimientos del siglo en el que Grecia se forjó. Comenzamos.

Episodio I. 490 a.d.c.

La revuelta jonia

Episodio II 489 a.d.C.

La Primera Guerra Médica

Episodio III 479 a.d.C.

La Segunda Guerra Médica: El Artemisio y las Termópilas

Episodio IV

La Segunda Guerra Médica: Salamina, Platea y Micala 478 a.d.C.

Episodio V

La Pentecontecía. Antecedentes de las Guerras del Peloponeso 478 a 431 a.d.C.

Episodio VI 431 a 424 a.d.C.

La Guerra del Peloponeso I. La guerra arquidámica.

Episodio VII 424 a 404 a.d.C.

La Guerra del Peloponeso II. La guerra de Argos, Sicilia y guerra jónica.

Episodio VIII 401 a.d.C.

Anábasis, la expedición de los 10.000, parte I.

Episodio IX 401 a.d.C.

Anábasis, la expedición de los 10.000, parte II





sábado, 1 de agosto de 2020

La Segunda Guerra Médica: un proyecto de invasión.

Corte persa. Fuente: Persian things
Saludos. En el artículo anterior detuvimos el relato en la ascensión de Jerjes al trono del Rey de Reyes. Nos cuenta Herodoto que estos primeros años de Jerjes, entorno al 486 a.d.C., no fueron fáciles. Tuvo que dedicarse a controlar la revuelta en Egipto. Bien, de este periodo, casi la única fuente de que disponemos es «Historia», del autor de Halicarnaso, y en este punto de su relato, describe numerosas sesiones del consejo del rey, en la que Jerjes consulta con los nobles la conveniencia o no de atacar a los helenos. Claro, la cosa es: ¿cómo pudo reunir la información de lo que se habló en Susa cincuenta años antes de la redacción de su obra (no olvidemos que Herodoto escribió «Historia» durante las Guerras del Peloponeso, a la que hace ciertas menciones que permiten ubicar la redacción en el tiempo). Bien, en mi opinión, en esta parte, el padre de la Historia está novelando esos acontecimientos, dotándolos de valor literario al crear un personaje, Jerjes, cargado de dramatismo, pues no olvidemos que su relato está dirigido a ser contado en público. Opino esto porque en esos pasajes, el tono de la obra es diferente a los pasajes más «antropológicos», en los que Herodoto se dedica a comentar las costumbres de los pueblos, algunos de los cuales ha visitado, o sobre los cuales se ha informado, apuntando diferentes hipótesis, a los hechos (como el pasaje sobre el que especula por qué el Nilo crece en verano y no en invierno), investigando y declarando abiertamente que él da más credibilidad o menos a tal o cual hipótesis.

El Jerjes que presenta Herodoto, creo yo, es un personaje que sirve a la Historia para ensalzar el valor de los griegos y, sobre todo, para mostrar el castigo que recibe un hombre que se cree más poderoso que la Naturaleza o los propios dioses. Y no debemos perder de vista que los hechos que narra Herodoto, los hechos constatables, muestran que Jerjes es un rey competente que sabe rodearse de gente igual de competente, mientras que en sus diálogos, Jerjes se muestra dubitativo, prisionero de sus pasiones y a veces, alejado de la realidad debido a su sensación de poder omnímodo. Me gusta entender este relato con esto en mente.

Bien, nos cuenta Herodoto que Jerjes, en sus consejos de nobles, no se muestra inicialmente muy proclive a preseguir la guerra con los helenos. Egipto era una preocupación mucho más grande y era una satrapía mucho más importante que un «miserable» trozo de tierra montañosa, como era la Hélade. Sin embargo, de sus nobles, su tío Mardonio le aconseja que como soberano, no puede dejar la afrenta que le ha hecho Atenas sin venganza, pues esto puede perjudicarle en su puesto. Después de todo, Jerjes gobierna, por encima de todo, sobre la nobleza persa, y en su pueblo, este tipo de cosas con importantes; un monarca que pueda parecer débil es un monarca candidato a «caer por accidente» sobre su propio puñal. Tras varias vacilaciones y alguna intervención divina en sus sueños, Jerjes se decide a lanzar la expedición, y hay que decir que se hizo una preparación logística impresionante, analizada bajo la óptica de mi profesión de gestión de proyectos.

Veréis, la gestión de proyectos posee herramientas comunes independientes del objeto en sí del proyecto. Desde esta óptica, es casi lo mismo diseñas y construir plantas químicas, que hacer una película, que invadir la Hélade desde Persia. Porque esa es el punto de vista que pretendo dar en esta parte del artículo.

Todos los proyectos tienen más o menos las mismas fases: ingeniería y planificación, procura y ejecución. En la primera diseñamos qué queremos hacer, en la segunda adquirimos los materiales necesarios y los recursos humanos que gracias a la primera fase hemos detectado que nos harán falta, y finalmente se pone todo en ejecución. Veremos esas fases en el apartado siguiente.


EL PROGRAMA DE LA INVASIÓN DE LA HÉLADE

Bien, supongamos que estamos gobernando un imperio enorme desde Susa (en esta época del año). ¿Qué hace falta para invadir la Hëlade, en Europa? Exacto, lo primero, guerreros. Pero claro, los soldados comen y beben, y están en sus aldeas y ciudades. Por lo tanto, hay que dar órdenes a todas las satrapías para que preparen los contingentes de tropas y los envíen en un determinado momento, a un punto del imperio, y preocuparse por que todas esas tropas tengan provisiones hasta llegar a ese punto. Luego hay que moverlas a Europa. ¿Lo hacemos por barco o avanzaremos por tierra? En el primer caso necesitaremos muchísimos barcos. En el segundo, cruzar el Helesponto. ¿Lo hacemos por barco o tendemos un puente? Si hacemos un puente, ¿cómo lo hacemos? Y avanzando por tierra por Europa, ¿qué comeremos? ¿Debemos llevar una flota que nos acompañe? ¿Dónde podremos guarecerla si hace mal tiempo?

¿Veis? Esas son las preguntas a las que tuvo que enfrentarse Jerjes con sus nobles. Para dar solución a todos esos problemas hacían falta recursos y conocimientos. Pues bien, veremos cómo los persas resolvieron todo esto de manera brillante y casi sin despeinarse, logrando proezas que ni siquiera Alejandro Magno logró. Y recordemos que algunos de estos problemas ya los había resuelto Darío en su primera expedición a Europa, a Escitia, antes de la revuelta jonia. Porque, a pesar de la imagen de barbarismo que nos ha transmitido el cine americano, los persas eran herederos de civilizaciones brillantes de miles de años de Antigüedad, y a su lado, los griegos pre-clásicos de Europa eran poco más que un puñado de pastores violentos.

La fase de «ingeniería y planificación» generó el siguiente plan: la fuerza de invasión tendría infantería y una enorme flota de guerra. El ejército terrestre se reuniría en Capadocia, procedente de todas partes del imperio. Avanzaría hasta el Helesponto. Allí habría dos puentes tendidos para cruzar a Asia, y esos puentes no serían desmontados, sino que debían ser permanentes, por lo que debían además permitir el tráfico marítimo normal en el Helesponto. Luego, esas fuerzas se reunirían con la flota en la base de Dorisco, ya en Europa. Desde allí, la flota avanzaría por la costa y el ejército terrestre avanzaría en tres cuerpos por tres rutas paralelas a la costa. Al llegar a Calcídica, la flota no debía navegar alrededor del monte Atos, sino que se abriría un canal en el istmo para que la flota lo cruzara sin peligro. Así avanzarían hasta entrar en Grecia a través de Macedonia. En Grecia, puesto que los griegos «cultivaban» la tierra, el ejército podría abastecerse.

La procura planificada debía conseguir, por este orden:

a)Provisiones para el camino. Los persas comenzaron reuniendo los excedentes de grano de varios años y disponiéndolos a lo largo de la ruta que seguiría su ejército.

b) Materiales para los puentes: la única tipología capaz de cumplir esas características era un puente de pontones, pero puesto que debía ser permanente, era necesario que estuviera vertebrado por cables tensados de una orilla a la otra. Cables de 1,4 kilómetros de largo cada uno. Se tardarían dos años en tenerlos listos. La tecnología de la época permitía hacer cuerdas de papiro y lino, así que el trabajo fue encargado con antelación a egipcios y fenicios. Además, el puente tendría huecos para el paso de navíos. La «ingeniería» reveló que cada puente necesitaría dos cables de papiro y tres de lino, con poderosos cabestrantes para poder tensarlos

Cuerda de papiro. Fuente: Marlow ropes


c)La flota: Como la flota era multinacional también, el número de barcos solicitados a cada satrapía no era ningún disparate, por lo que la flota estaría lista en apenas un año, entre reunir las naves, las armas y las tripulaciones.

e)El canal del monte Atos necesitaba ya de por sí un proyecto independiente. Como se necesitarían tres años de trabajo, se comenzó mientras se hacían las cuerdas y se reunía la flota, enviándose distintos contingentes de trabajadores fenicios y egipcios, pagados, suficientemente abastecidos por líneas de suministro dedicadas a ellos.

f) Soldados, en número bien conocido ya que las satrapías funcionaban bien, que se obtendrían en último lugar para poder disponer de la logística necesaria y de las provisiones.

Quisiera destacar, por mi profesión, las dos principales obras de ingeniería: los puentes y el canal del Atos.

Los puentes se hicieron anclando las naves en una posición de acuerdo a la fuerza de las corrientes (más débil en las orillas, más fuerte en el centro), y se unieron unos a otros. Los cables conectaron todos los barcos, y entonces fueron tensados por los enormes cabestrantes que se dispusieron en ambas orillas. De esta manera, el conjunto del puente podría moverse con las mareas y corrientes, pero mantener la coherencia entre naves, para que el paso no se rompiera. Luego, sobre los cables tensos se tendieron las maderas del suelo, se le echó tierra encima, y se levantaron parapetos para qu ellas bestias no vieran que estaban en medio del mar. SE hicieron dos puentes así. (al primer intento se lo llevó una tormenta y Jerjes castigó al Helesponto a unos latigazos, pero a la segunda, el puente quedó tendido). Estos puentes aguantaron todo el tiempo (más de un año) en el que Jerjes fue y volvió. Fueron un prodigio no igualado posteriormente.

El canal del monte Atos se hizo con la anchura suficiente para que dos trirremes pudieran pasar en paralelo. La excavación se dividió por tramos en diferentes naciones. Herodoto nos cuenta que a todos se les caían las paredes de la excavación porque lo hacían directamente del ancho del canal. Sin embargo, los fenicios comenzaron a excavar con una anchura del doble de la que necesitaba el canal, de manera que dieron forma a las paredes, en forma de talud, hasta la anchura definitiva del canal. Esto es auténtica Geotecnia. Es la técnica que se usa hoy día para hacer carreteras: dar taludes a las excavaciones para hacerlas estables en el tiempo. Los fenicios, tecnológicamente, daban sopas con honda a todos. Este canal perduró en el tiempo, aunque sin mantenimiento, se fue rellenando de sedimentos, y en mi segunda novela, «El llanto inconsolable de los cuervos», escribí un pasaje en el que Brásidas, cincuenta años después, visita asombrado los restos del canal persa.

Antiguo trazado del canal de Jerjes


Con todo esto ya listo, los persas se pusieron en marcha. Herodoto recoge escenas dramáticas en las que Jerjes llora y se emociona al ver su inmenso ejército cruzando el Helesponto, y luego vienen tal o cual consejeros, uno a advertirles de los peligros de la naturaleza, otros a advertirles que los griegos no se rendirán. Todo cargadito de la materia de la que se hacen las buenas historias. Es uno de sus consejeros el que señala el mayor peligro. El que le hace la «gestión de riesgos»: la flota es demasiado grande y no va a disponer de puertos para protegerla. Y no hay forma de paliar esto. Este es el riesgo que asumen los persas.

Ah, y casi se nos olvidaba. Antes de salir, Jerjes envía un montón de embajadores a los helenos a pedir tierra y agua. Los envía a todas las ciudades menos a Atenas y Esparta, contrariamente a lo que se ve en la peli de «300». Esto es así porque Darío ya envió en la Primera Guerra Médica estos embajadores, y fue en ese momento cuando atenienses y espartanos los arrojaron a un pozo. Claro, que matar al mensajero era un sacrilegio, y aunque a los atenienses les dio igual, los espartanos se sintieron obligados a reponer el daño hecho, y enviaron a dos voluntarios a Susa para que Darío los matara en compensación. Pero ocurrió que ya Darío había muerto, fueron recibidos por Jerjes, y este les dijo que ni pensaba matarlos, ni Esparta iba a expiar su pecado con ellos dos, de modo que estos hombres volvieron a Esparta.


Persas y sacas. Fuente: Weapons and Warfare
Tras cruzar el Helesponto, el ejército se concentra en Dorisco con la flota, y allí Jerjes pasa revista de sus tropas. Herodoto nos regala un detallado catálogo de las tropas y sus armamentos. Por parte de la infantería, destacan los persas y medos, equipados con coloridas túnicas medas, armaduras de escamas bajo ellas, arcos, sagaris y akinakes, además de lanzas y escudos guerros para la primera fila de sus formaciones de sparabara. Los persas luchaban en formaciones de arqueros, con una primera fila que sostenía un gran escudo de mimbre (spara) y lanza, y que protegía a los arqueros tras él. Luego van los sacas e hircanios, que van igual. También iban asirios, equipados con corazas, yelmos, cascos, lanzas, escudos y mazas, y que forman infantería pesada. Hay un gran contingente de tropas ligeras armadas con arcos: bactrios, paricanos, caspios, etc. También hay arqueros indios, vestidos con un misterioso tejido llamado «lana de árbol», o algodón, como los conocemos ahora. Los indios llevaban grandes arcos, muy potentes. También hay árabes, vestidos con mantos y con arcos. Desde África, los persas trajeron contingentes nubios, que luchaban vestidos con pieles de leopardo, y se pintaban el cuerpo con minio y cal para el combate, y se armaban con escudos y venablos; libios, igualmente equipados con venablos, y etíopes orientales, que eran arqueros y formaban junto a los indios. Desde Asia Menor iban los lidios, equipados al modo heleno; moscos, tibarenos, pablagonios, macrones y otros muchos pueblos equipados a la ligera con jabalinas y venablos. A lo largo de su viaje por Tracia, se le siguen uniendo tribus de feroces peltasta. Herodoto cuenta algo más de un millón de tropas, números que parecen increíbles, desde luego.
Tropas del imperio persa, por Montvert.

Pero es que la flota que describe ya tiene más de 1200 trirremes: 300 fenicios, cuyas tropas van bien equipadas como soldados de cubierta con corazas, yelmos, escudos y venablos; egipcios, con 200 trirremes, y tropas equipadas con grandes escudos cóncavos, largas lanzas para los abordajes, y terribles hachas. Los cilicios, desde donde habían partido tantas expediciones navales, también aportaron una poderosa flota. De Chipre fueron 150 naves, equipados con armas helenas. Los jonios dorios y eolios de Asia aportaron casi otras doscientas trirremes, etc. A destacar por Herodoto entre este contingente la competente Artemisa de Halicarnaso, una navarca muy competente, al frente de una flota, y que marchaba a la guerra como una de las principales consejeras de Jerjes.

Tropas asirias. Fuente: Persian Empires
Si bien 1200 trirremes es un número muy alto, viendo el número que aporta cada nación, ya no parece tan exagerado, ya que esos pueblos habían reunido flotas incluso mayores en otros momentos de la historia. Y a 200 personas por trirreme, hablamos de casi un cuarto de millón de personas, contando sólo los embarcados. La décima parte de las tripas de las que habla Herodoto ya son un número asombroso.


MIENTRAS EN GRECIA

Los helenos «mejor dispuestos hacia la Hélade», como los llama Herodoto, tuvieron noticias de los preparativos de Jerjes de por diferentes indicios. El mar guarda mal los secretos, y los comerciantes van y bien, y se habla en las tabernas del puerto de tal o cual demanda excesiva de materiales. Pero sobre todo, Demarato, rey espartano de la casa de los Europóntidas, destronado por las maquinaciones de Cleómenes y que en venganza, había marchado a Persia y trabajaba como consejero de Jerjes para la invasión, consiguió enviar un mensaje oculto bajo la cera inmaculada de una tablilla. Herodoto no es capaz de confirmar si lo hizo para proteger a su pueblo o para hacer escarnio, pero aquella tablilla en blanco llegó a Esparta, y ninguno comprendió el mensaje hasta que Gorgo, hija de Cleómenes y esposa de Leónidas, se olió el ardid y retiró la cera.

Pues bien, las ciudades del Peloponeso (con la excepción de la poderosa Argos), Atenas y Egina, e incluso los tesalios, fueron a aquellos consejos que se celebraron en el istmo, y en los que se tomaron importantes decisiones sobre la defensa de la Hélade, que fueron:

Marine fenicio
a)Poner fin a las guerras que tenían entre ellos. Aquí Atenas y Egina hicieron una tregua, por ejemplo.

b) Enviar espías a Sardes para conocer de antemano las fuerzas persas.

c)Enviarían mensajeros a Corcira y Creta para pedir ayuda.

d) Enviarían mensajeros a Argos, el otro gran poder del Peloponeso, para que se uniera a la liga. Argos y Esparta habían tenido una dura guerra y ahora no querían luchar por los griegos con tal de no beneficiar a Esparta.

e) Enviarían mensajeros a Gelón de Siracusa buscando ayuda.

f) Los espartanos comandarían las fuerzas que iban a aportar las polis. Y su primera decisión fue enviar un ejército al paso del monte Olimpo, para intentar bloquear a los persas en Macedonia y que no entraran en Tesalia. Era la condición que puso Tesalia para no aliarse con los persas.

Los espartanos serían los jefes de las fuerzas conjuntas.

El resultado de todas estas gestiones no fue exactamente el deseado. Veréis, lo que ocurrió en realidad fue lo siguiente:

a) Los espías griegos fueron detenidos en Sardes. Sin embargo, Jerjes salvó en el último momento sus vidas, les enseñó el ejército con el que iba a cruzar el Helesponto, y les dijo: «Ahora volved y decid a los atenienses lo que les espera». Y eso hicieron, completamente aterrorizados. Lo trágico es que, de todos sus planes, este fue el que mejor salió...

b)Los corcíreos dijeron que sí ayudarían a la Liga. Sin embargo, lo que hicieron en realidad fue equipar una flota a su debido momento y dejarla a la espera en la bahía de Pilos. Si ganaban los griegos, siempre podrían decir que habían enviado fuerzas pero que un temporal los había obligado a guarecerse allí. Y si ganaban los persas, podían acudir ante ellos haciendo gala de su no participación en la resistencia contra ellos.

c)Los cretenses consultaron los oráculos y argumentaron que estos no eran favorables y no ayudarían por tanto a los helenos del continente.

d)Los árgivos negociaron durante unas semanas una entrada en la liga, pero pedían la hegemonía de las fuerzas. Los espartanos, en un alarde de capacidad negociadora sin precedentes, les ofrecieron compartir el mando, pero ellos finalmente se retiraron de la negociación. Habían perdido seis mil hoplitas en la última guerra con Esparta y temían, y con razón, que una victoria contra los persas reforzara aun más su hegemonía. Argos se colocó en tal posición que la victoria persa le reportaba más beneficios. Herodoto plantea, sin poder corroborarla como dice él mismo, que los persas ya habían negociado con Argos incluso antes de salir de Sardes. Lo cual, teniendo en cuenta que Demarato de Esparta era consejero de Jerjes, tiene todo el sentido del mundo.

e) Gelón de Siracusa ofreció a la liga de ciudades griegas no menos de 20.000 hoplitas y 200 trirremes, pero también pidió el mando para él, lo que a los espartanos les pareció un obstáculo insalvable, y al final no hubo trato. Herodoto nos cuenta aquí que la historia que se cuenta en Sicilia es diferente: que Gelón no pudo enviar fuerzas porque los cartagineses, que ocupaban el extremo occidental de la isla, habían reunido un gran ejército en África y planeaban una invasión. Herodoto no habla apenas de esta guerra, pero existe la teoría de que los persas negociaron con los cartagineses para que metieran presión en Sicilia y así, los siracusanos no pudieran ayudar a sus parientes de la Hélade. Ahora bien, sabemos que sí hubo tal guerra, mencionada por Diodoro Sículo, y se dice que su conclusión, la batalla de Hímera, ocurrió el mismo día que la batalla de Salamina. Lo que queda en duda es si los cartagineses lo hicieron todo por iniciativa propia, o si bien fue resultado de la negociación con los persas.

Es decir, hasta ese momento TODOS LOS PLANES GRIEGOS FALLARON. No recibieron ninguna ayuda de nadie.

Y para colmo de males, cuando ya los persas estaban en Macedonia y la liga mandó el contingente al paso del monte Olimpo, Alejandro, hijo de Amintas y rey de Macedonia, les envió un mensaje (recordemos que Macedonia había sido conquistada por los persas en la Primera Guerra Médica), informándoles de que los persas estaban entrando por diferentes lugares y que iban a rodearles. Así tuvieron que retirarse, y puesto que Tesalia no pudo ser protegida, entregó en el último momento tierra y agua a los persas.


LOS PERSAS ENTRAN EN LA HÉLADE

Pues bien, de esta manera Jerjes y su enorme ejército entraron en Tesalia, y allí se prepararon, descansaron y recibieron a los embajadores que les traían tierra y agua de las polis griegas que voluntariamente se les habían entregado. ¿Quiénes fueron? Pues casi todas las ciudades al norte del istmo: Tebas y toda Beocia, a excepción de los plateos; tesalios, que recibieron a los persas en su propio país; los dólopes y los perrebos; los magnesios y los aqueos de la Ftíode. En fin, aquellos que, sencillamente, no podían protegerse de la invasión.

Mientras, los helenos de la liga prepararon un nuevo y desesperado plan. Conscientes del enorme tamaño de las fuerzas de Jerjes y de su flota, decidieron hacerles frente allí donde no pudieran aprovechar su superioridad. De manera que la liga destacó su flota al Artemisio, que es la entrada desde el mar abierto al canal de Eubea, mientras un ejército de tierra, formado a toda prisa por pequeños contingentes de las polis, marchó hacia un estrecho paso en la Focea, por el que Jerjes debía meter su enorme ejército. Un lugar llamado Termópilas.

Espectacular ejército persa aqueménida en 15 mm. Fuente: Flickr



lunes, 29 de junio de 2020

Las Guerras Médicas. Capítulo II: La Primera Guerra Médica


Fuente: Heritage History
Saludos. En el artículo anterior habíamos dejado a Darío el Grande, tras apagar la rebelión de los jonios de Asia, con un cabreo monumental hacia los atenienses y eretrios , y a estos, con más miedo que vergüenza, lejos, en sus polis, rezando a los dioses por que los persas olvidaran pronto el mal que habían recibido su parte.
Pues bien, fue el sátrapa Artafrenes quien cerró el asunto de los jonios. Tras la deportación de los milesios, Artafrenes se encargó de negociar con el resto de ciudades, a las que trató con cierta justicia, aunque les impuso pactos entre ellas para que renunciaran a sus querellas internas. También regularizó el asunto de sus tributos, a partir de una ambiciosa y juiciosa campaña de agrimensura y catastro, y creó, en resumen, las condiciones para que los jonios lo tuvieran más difícil para hacer defección de Darío, pero también, tuvieran menos razones. Sobre todo, Artafrenes respetó los gobiernos democráticos que se habían implantado y no devolvió a ningún tirano.

LA EXPEDICIÓN DE MARDONIO (492 a.d.C.)
A la primavera siguiente, Darío, que seguía imponiendo una política expansionista, envió al nuevo estratego, Mardonio, a castigar a los atenienses y eretrios. Mardonio y su ejército descendieron hasta Cilicia. Allí, Mardonio embarcó mientras su ejército seguía por tierra hasta el Helesponto, y la flota reunida por los persas rodeó la costa jonia hasta el estrecho, tendió un nuevo puente y permitió que el ejercito pasara a Europa. Esta expedición es la primera que podemos englobar dentro de la I Guerra Púnica.
Mardonio avanzó por la costa de la Tracia que ya había conquistado el Mardonio anterior tras la campaña de los escitas, y llegó hasta Macedonia, a los que venció y sometió. Sin embargo, su flota, que le seguía por tierra, navegando alrededor del monte Atos, sufrió una terrible tempestab que la arrojó contra las rocas. Herodoto cuenta que entre los naufragios y las «bestias» (¿tiburones?), perecieron casi veinte mil persas. Este revés imposibilitó a Mardonio culminar su primera expedición con un éxito total. Incluso se vio obligado a luchar por su vida cuando su ejército se vio atacado por los feroces tracios brigos. Sin embargo, los venció y sometió, y ante la imposibilidad de descender a la Hélade con las fuerzas necesarias, regresó a Asia.
Si bien es cierto que los griegos se habían librado, los persas ya estaban a las puertas de la Hélade con la anexión de Macedonia.
Monte Atos, al final de la península. Fuente: Wikiwand

EL BREVE RECESO (491 a.d.C.)
Darío seguía con la mira puesta en Europa, y mientras preparaba la nueva expedición contra la Hélade, envió una serie de embajadores a sus ciudades para solicitar tierra y agua en señal de sumisión al rey. ¿Recordáis aquella famosa escena de la peli de «300»? Pues justo así. Los persas llevaban un cuidadoso registro de los pueblos que le entregaban tierra y agua, y si alguno de los que lo habían hecho, más tarde se revolvía contra Persia, lo tenían por traidor y su castigo era casi peor.
Tal vez sorprenda descubrir cuántas polis entregaron a los embajadores tierra y agua, pero era casi entendible: el imperio aqueménida no había sido derrotado ni rechazado nunca, y los helenos tenían muchas cuitas entre ellos. Tebas entregó tierra y agua. También lo hicieron los tesalios. Y de las islas cercanas al continentes, hubo una, muy cerca del Pireo, llamada Egina, que también lo hizo.
Atenas se sintió amenazada de forma intolerable por Egina, y, como eran colonos de los lacedemonios, fueron a Esparta a protestar. Por esta época, Esparta y Atenas se llevaban muy bien. El rey Cleómenes atendió la reclamación y se presentó en Egina a pedir cuentas.
Pero ocurrió que Cleómenes se llevaba fatal con el otro rey, Demarato, y este tenía muchos contactos en Egina, de manera que los movió para que los eginetas despidieran a Cleómenes con cajas destempladas.
Cleómenes llevó muy mal esto, y tras la fallida mediación, Egina y Atenas entraron en guerra. También hay que tener en cuenta que Atenas no era una potencia naval, ni mucho menos. No tenía todavía los muros largos, ni usaba el Pireo, sino el Falero. Apenas tenían naves para luchar contra los eginetas, y tuvieron que pedírselas prestadas a los corintios (que también se llevaban bien con ellos puesto que Atenas no estaba abierta al mar todavía). De hecho, los atenienses eran tan patéticos en el mar que unos experimentados eginetas les vencieron en batalla y los atenienses tuvieron que aguantarse.
Mientras, en Esparta, Cleómenes conspiró contra Demarato. Aprovechando las dudas que había sobre su verdadero padre. En efecto, había bastantes dudas sobre si el rey Aristón, que se había casado por tercera vez tras dos matrimonios sin hijos, con una mujer ya casada, era el verdadero padre, o bien su esposa ya llegó embarazada de su primer marido al matrimonio. La polémica fue aprovechada y removida por Cleómenes, hasta que los espartanos decidieron preguntar al oráculo de Delfos. Aquí, Cleómenes hizo valer su influencia y acordó con el Consejo Oracular que confimarían la ilegitimidad de Demarato. Así que este rey fue depuestos, y luego humillado en público. Esto provocó su autoexilio de la ciudad, para desgracia de los helenos, porque Demarato comenzaría un largo viaje hasta Persépolis, donde se puso al servicio del Rey de Reyes.

LA EXPEDICIÓN DE DATIS Y ARTAFRENES. (490 a.d.C)
Darío I. Fuente, National Geographic
Los nuevos estrategos del año para los asuntos griegos, pues cuenta Herodoto que Darío también los cambiaba cada año, fueron Datis y Artafrenes, hijo de Artafrenes el sátrapa. Se inició una nueva expedición, pero esta vez fue diferente. Aunque las tropas y sus generales descendieron también hasta Cilicia, pero allí todos embarcaron, pues la nueva misión era avanzar por el Egeo, lanzando finalmente le asalto a los pueblos helenos de las islas. Desde Samos, se lanzaron contra Naxos, Andros y el resto de las Cícladas, pues hasta ese momento se habían librado del poder del Rey, y Darío deseaba someterlas.
La flota persa era poderosa y las tropas de tierra se emplearon bien contra las islas. Una por una, las Cícladas fueron cayendo, y los persas reclutaban a los hombres y los barcos como aliados, mientras tomaba a sus hijos como rehenes y quemaba sus santuarios en algunos casos, por su participación en la revuelta.
Así llegaron a la isla de Delos, en el centro del Egeo. Esta isla era sagrada para los griegos, pues creían que allí habían nacido Artemisa y Apolo, hijos de Zeus, y había un importante templo, y un oráculo. Aquí, Datis no permitió que sus tropas la mancillaran. Al contrario, al saber que los delios habían abandonado su ciudad, los hizo llamar, los tranquilizó y dejó indemne sus templos.
Hemos de entender que esta era la política religiosa persa, que en sus conquistas respetaba las costumbres y creencias de los pueblos a los que sometían, conscientes de que los hombres son capaces de soportar casi cualquier desgracia, salvo unas pocas, y entre esas pocas está la falta de respeto a sus dioses. La maniobra persa tenía como objetivo transmitir un mensaje: los que hicieron mal al Rey, sufrirán las consecuencias. El resto, serán sometidos pero tratados con justicia.
Saltando de isla en isla, los persas lanzaron finalmente el asalto a gran isla de Eubea, situada al este de Grecia, en la que estaba la ciudad de los eretrios. Estos fueron recibiendo noticias de la llegada de sus enemigos, y llegaron a pedir ayuda a los atenienses, que les enviaron cuatro mil hoplitas clerucos que tenían en la región de los calcídicos. Sin embargo, aquella llamada había sido prematura, y la asamblea de Eretria no se terminaba de aclarar. Algunos proponían resistir en la ciudad y otros, retirarse a los lugares elevados de la isla. Sin embargo, había un bando entre los aristócratas que planeó en secreto entregar por traición la ciudad a los persas. Uno de los nobles de la ciudad, previendo un dramático final, avisó a los atenienses para que se largaran, y estos cruzaron a la desesperada el estrecho que hay entre Eubea y el continente, y así se salvaron, porque muy pocos días después, desembarcaron los persas, prepararon su ejército y marcharon contra Eretria.
La ciudad finalmente decidió resistir dentro de sus murallas, y durante siete días, los persas lanzaron asalto tras asalto a las murallas, y ambas partes sufrieron muchas bajas, pero una mina terminó derribando un trozo de muro y por ahí entraron los persas. Cayó la ciudad, y Darío se cobró así la mitad de su venganza. Los hombres de la ciudad fueron esclavizados y transportados en los barcos de la flota. Ya sólo les quedaba a Datis y Artafrenes un último paso: hacer con los atenienses lo mismo que con los eretrios.

CORRIENDO HACIA MARATÓN
Con la expedición marchaba un anciano Hipías, hijo de Pisístrato, ambos tiranos de Atenas. Fue él quien indicó a Datis dónde podría desembarcar para buscar una llanura amplia, adaptada a las tácticas persas y al uso de caballería. Ese lugar era la llanura de Maratón, y hacia allí se dirigió la flota, que llegó en un día de navegación tras descansar seis entre los rescoldos de Eretria.
Pues bien, los atenienses, sabiendo lo que se les venía encima, movilizaron a todas sus tribus y estrategos, y pensando que no iban a ser suficientes, enviaron a un veloz mensajero, un hombre que entraría en la leyenda: Filípides. Dice Herodoto que el veloz mensajero llegó a Esparta al fin del segundo días tras salir de Atenas, y les llevó el siguiente mensaje:

«Oh, lacedemonios, los atenienses os piden que vayáis en su auxilio y que no permitáis que una ciudad antiquísima entre los helenos caiga en la esclavitud por obra de unos hombres bárbaros: pues ya en la actualidad Eretria está esclavizada y, debido a esta insigne ciudad, la Hélade se ha
hecho mucho más débil».

Filípides, en una representación
idealizada. Fuente: Del blocao a la trinchera
A los espartanos les molaba la idea de ayudar a Atenas. Ya les había ayudado anteriormente con el asunto de Egina, pero, ay, pusieron una excusa infalible. Estaban en el noveno día del mes y no podían salir de Esparta hasta la luna llena. Vaya por Zeus.
Filípides regresó igual de veloz, pero, tal vez a causa del amargo mensaje que llevaba a Atenas, aderezó una historia estupenda. A su vuelta a la ciudad, tras transmitir la respuesta de Esparta, Filípides contó que en un bosque se le había aparecido el dios Pan, y le había dicho que no entendía por qué Atenas no le rezaba, pues él estaba bien dispuesto hacia ellos, y les pidió que le hicieran un altar. De momento, parecía que la única ayuda que iban a tener era la del dios de cabeza caprina. Así de cruda pintaba la cosa.
El ejército completo de Atenas marchó hacia Maratón y acampó en el santuario de Heracles. Allí fue donde le sonrieron los dioses, pues sin esperarlo, cuatro mil plateos se unieron a sus fuerzas. Platea y Atenas habían firmado ya su famosa alianza, y la ciudad ática apoyaba a Platea frente a la presión de los beocios. Y en aquella ocasión, los plateos honraron su alianza de forma decisiva.
Los dos ejercitos estaban acampados, cada uno a un extremo de la llanura. Por aquel entonces, Atenas había sacado a sus diez estrategos, uno de los cuales era Milcíades, hijo de Cimón. El tal Milcíades, nos cuenta Herodoto, ya era conocido por los persas. Había estado mucho tiempo en el Quersoneso, y vivió la revuelta jonia desde aquella estrecha península en la orilla norte del Helesponto. El territorio era muy fértil, y desde hacía tres generaciones había sido colonizado por atenienses, llamados por los tracios en su apoyo siguiendo un curioso oráculo. Pues bien, Milcíades había escapado dos veces ya de la muerte: una, consiguiendo huir de una emboscada tramada por los fenicios para capturarlo y llevarlo prisionero al Rey. Así de efectivo había sido en su apoyo a la revuelta. La segunda ocasión, tras ser acusado en Atenas de gobernar en el Quersoneso por encima de las leyes; dicho de otra manera, acusado de «tiranía». Pero también se había librado.
Milcíades era estratego aquel año, y de los diez presentes, era el que tenía más claro que en aquellas condiciones era posible vencer a los persas. Los conocía. La creencia de que la falange griega podía tumbar a la infantería persa ya circulaba por ahí. Recordemos que, en el artículo de la revuleta jonia, Aristágoras usa los mismos argumentos cuando intenta convencer a Cleómenes de Esparta para que apoyen la revuelta: los persas no llevan escudo y sus armas son ligeras. Lo que pasa es que, hasta el momento, era solo una teoría, ya que los persas habían vencido a los jonios una y otra vez, y ningún pueblo se les resistía.
Los héroes de Maratón, de George Rochegrosse. 1859
Aun así, Milcíades estaba convencido, tras ver a los persas en su posición, que era posible vencer. Pero solo había podido convencer a otros cuatro estrategos. Los votos estaban divididos y en cada consejo no se decidía nada. Se llamó entonces al consejero polemarca, que se llamaba Calímaco, para que rompiera el empate. Milcíades, antes de la votación llamó aparte a Calímaco y le dijo que el futuro de Atenas estaba en sus manos: que si luchaban, vencerían y Atenas entraría en la historia. Que los dioses preferirían la isonomía actual a una vuelta a la tiranía de Hipías el pisistrátida, pues eso les esperaba si eran derrotados. Le dijo además, que si no luchaban, los aristócratas de Atenas se harían más fuertes y se entregarían a los persas sin lucha.
El caso es que Calímaco votó finalmente a favor de combatir. Como entonces, cada día un estratego ostentaba el mando, los que habían votado a favor proponían a Milcíades cederle el mando, pero dice Herodoto que Milcíades esperó a su turno legítimo. Esto es muy llamativo, porque en mi opinión sugiere que el ateniense no tenía especial prisa en atacar pues no parecía que los persas esperaran más refuerzos. Retomaremos este asunto en los párrafos siguientes.
Pues bien, por fin llegó el día de Milcíades y este sacó al ejército, comprobó que los augurios eran buenos y arengó a las tropas. Sin duda, el estratego tenía un plan. Calímaco y su tribu, por derecho, formó el ala derecha ateniense, y a continuación se colocaron las otras nueve tribus, cada una con su estratego. Sin embargo, a estas formaciones, Milcíades les obligó a reducir su profundidad para expandir su frente, pues quería igualar la longitud de su frente a la de los persas. Finalmente, los plateos, formados en falange completa y profundidad normal, ocuparon el ala izquierda. De esta manera, las dos alas estaban bien reforzadas, pero su frente era débil.
Entonces Milcíades reveló su plan. Había dado órdenes a todos para que, en lugar de avanzar en formación a paso de combate, rompieran a correr hacia la línea persa. Les separaba algo más de 1600 metros. Jo, imaginad la escena: casi 10.000 atenienses y 4.000 plateos, totalmente acorazados, entonando el peán y rompiendo a correr por la llanura hacia sus enemigos. El suelo temblaría.
Dice Herodoto que los persas los vieron y creyeron que estaban locos, pues los griegos no tenían ni arqueros ni caballería, y cargaban directamente hacia ellos sin haberlos debilitados. Los persas y sus primos los sacas (escitas) formaban el centro persa. Eran tipos muy duros que luchaban según la formación sparabara, con un soldado en el frente sosteniendo un gran escudo, y nueve arqueros detrás. En las alas, los persas pondrían a sus aliados y, si estuvo presente, a su caballería.
Fuente: History Heritage
Bien, hagamos unos números. Para correr 1600 metros y llegar en condiciones de luchar, cargados con sus corazas y escudos, podemos pensar que los griegos no podrían correr a más de 5-6 minutos por kilómetro (10 a 12 km/h). Eso supone una carrera de 9 a 10 minutos hasta le frente persa. Desde luego no da tiempo a pensar un plan y ponerlo en marcha. Por eso los persas deciden resistir. Ahora bien, los arcos son efectivos a partir de 200 metros, más o menos. Por lo tanto, es probable que los griegos esprintaran esos 200 ó 300 últimos metros, lo cual les deja un tiempo de 1 minuto expuestos a los arcos persas. El plan de Milcíades empieza a cobrar sentido, ¿verdad? En un minuto, un arquero experimentado puede disparar de 6 a 8 flechas. Pero por Herodoto sabemos que las flechas persas eran ligeras y hacían poco daño a los guerreros acorazados helenos.
El choque de las líneas fue brutal, y los griegos se estrellaron contra los spara del centro y los aliados en las alas. Y nos dice Herodoto que fue un combate muy largo, y que los persas y sacas lucharon con gran fiereza. De hecho, el centro griego fue roto y puesto en fuga.
Pero, ay, en las alas, la falange llegó a formarse tras la carrera, y se enfrentaron tropas más débiles. Los griegos se impusieron en los extremos de la línea, y cuando ya pusieron en fuga a sus enemigos, giraron y cargaron contra el centro, sorprendiendo a los soldados persas. Pues bien, fue en ese combate de melé donde el equipo griego hizo valer su mayor protección. Los persas se vieron sorprendidos y rompieron la línea. Comenzó una terrible persecución hacia las naves persas que dejó las orillas llenas de cadáveres, pues volver a embarcar fue muy difícil, y los griegos fueron a por ellos con ganas. Capturaron siete naves. Incluso intentaron asaltar las naves que partían, pues dice Herodoto que uno de los notables griegos fue muerto tras ser cortada su mano mientras se agarraba a los adornos de la popa de un trirreme.
Cuando los persas se alejaron de la orilla, habían perdido a más de seis mil hombres, contra doscientos griegos nada más. Los persas, contra todo pronóstico, habían sido derrotados. Algo que no se había visto jamás.
Lo que ocurrió a continuación ha sido fuente de un error que se ha convertido en leyenda. Pues no es este el momento en el que Filípides regresa corriendo a Atenas a anunciar la victoria, y cae muerto. Eso no ocurrió así. Lo que ocurrió es aun más increíble. Veréis, los persas embarcaron, fueron a buscar los refuerzos que habían dejado en una isla cercana, y pusieron rumbo a Atenas, porque sabían que el ejército estaba en Maratón, y por lo tanto, la ciudad estaba desprotegida. Esto es lo que cuenta Herodoto. No fue Filípides quien regresó a Atenas corriendo. Fue TODO EL JODIDO EJÉRCITO ateniense el que, después de haber luchado toda la jornada, tuvo que volver a paso ligero para adelantarse a la flota persa.
Batalla de Maratón, por Brian Palmer
Fue el camino más angustioso y doloroso del que tenían memoria los atenienses. Pequeños grupos iban quedando rezagados. Algunos soldados quedaron muertos en el suelo, de puro agotamiento. Pero tras unas horas angustiosas, el ejército descendió al Falero poco antes de que la flota persa asomara, y puestos en la orilla, los persas no se atrevieron a lanzar un desembarco anfibio, algo que las trirremes no permitían debido a su construcción, si había fuerzas decididas a resistir en la orilla. Así fue como los persas se retiraron. Nunca supieron que a poco que hubieran presionado a los atenienses, estos se hubieran caído al suelo de agotamiento, pues se apoyaban en sus lanzas para no caer, les temblaban las piernas, y se apoyaban hombro contra hombro para sostenerse.

DESPUÉS DE LA BATALLA
En Atenas, Milcíades se convirtió en una celebridad. Había dirigido el ejército en la jornada más gloriosa que habían vivido jamás, y cuando él les pidió armas y barcos para hacer una expedición, ni siquiera le preguntaron a dónde. Se lo entregaron todo, y él la aprovechó para atacar la isla de Paros. Pero aquella expedición, que fue al año siguiente, no salió bien. Los parios se negaron a pagar la cantidad que pedía el estratego para librarse del ataque, los atenienses asaltaron la ciudad y Milcíades fue herido en el muslo y trasladado a Atenas, donde moriría semanas más tarde de gangrena.
Pero la ciudad había conseguido algo grande, y en su espíritu, había cambiado. En los años siguientes, los persas no volvieron, y una veta de plata fue encontrada en el Laurión. La ciudad acordó repartir los beneficios entre todos los ciudadanos, pero un al Temístocles (jeje) propuso otra cosa: invertir el dinero en la creación de una gran flota. Tan grande que ya no cabía en el Falero, así que tuvo que acondicionarse un nuevo puerto: el Pireo. Dicha flota no tenía como objetivo luchar contra los persas, sino contra los eginetas. Fue en esos años de guerra contra la isla de Egina cuando Atenas aprendió a luchar en el mar y se convirtió en una potencia marítima.

En Esparta, el ejército salió tras la luna llena, y llegaron a Maratón días después de la batalla, sólo para ver los cadáveres persas, inspeccionarlos y ver cómo eran sus armas y ropas, pues no habían visto jamás a los terribles persas.
Ocurrió en los meses siguientes que Cleómenes y sus intrigas fueron puestas al descubierto, y él, temiendo por su vida, y con una personalidad inestable, cayó en una depresión paranoica y esquizofrénica, a juzgar por los datos que da Herodoto. Comenzó las conspiraciones más peregrinas en contra de Esparta con sus amigos aqueos, pero los Éforos lo capturaron y lo ataron a un cepo. Sin embargo, él asustó a un hilota hasta convencerlo de que le diera un cuchillo, y se hirió a si mismo en las piernas y en el vientre, y terminaría muriendo. Esto provocó que la dignidad real recayera en un tal Leónidas (jeje), que se casaría con la hija de Cleómenes, Gorgo.

En Persia, Maratón fue un revés, pero tampoco muy grave. La expedición tenía unas capacidades limitadas. Era «pequeña» para el estándar persa. Salvo la derrota ateniense, todos los objetivos militares se habían conseguido: las islas del Egeo pertenecían a Persia, como también las tierras de Tracia y Macedonía eran tributarias del imperio. Y la isla de Eubea había sido arrasada. Darío se propuso, ahora así, realizar una expedición él mismo, y ordenó a las ciudades de su imperio preparar lo necesario. Debemos decir que los persas sabían preparar estas cosas. Durante tres años se reunieron tropas y alimentos, y Darío nombró finalmente a Jerjes como heredero, aunque no era su primogénito (pero sí el primer nacido una vez fue rey). Jerjes era hijo de Atosa, hija de Ciro el Grande. Atosa, según dice Herodoto, tenía todo el poder en la corte y desplazó a la primera esposa de Darío, aunque también nos dice el de Halicarnaso que por estos días, Demarato, el rey espartano depuesto, llegó a la corte de Darío y le sugirió que Jerjes era la mejor opción, basándose en esa misma costumbre, pues era la que se aplicaba en Esparta.
Al cuarto año hubo una revuelta en Egipto que obligó a cambiar los planes de Darío y a planear un ataque a ambos frentes. En este punto le alcanzó la muerte, y así su hijo Jerjes subió al trono.
De lo que pasó en adelante, hablaremos en el siguiente artículo.

EL EJÉRCITO ATENIENSE DE LA PRIMERA GUERRA MÉDICA
En DBA, esta lista es la I 52, variante e. Es una lista muy sencilla: 10 peanas de hoplitas, una de ellas general, y dos peanas de psilois. En esta época todavía los atenienses no habían desarrollado su ejército clásico con peltastas y caballería.
Para AdlG, la lista es completamente análoga. Masas de hoplitas, infantería pesada con lanza, acorazada, y un número muy limitado de infantería ligera con jabalina. Duro y correoso, pero muy limitado en maniobra. Se puede entender bien por qué lucharon como lo hicieron en Maratón.
Ejéricto ateniense, I 52e. Fuente: Dux Homunculorum