jueves, 19 de julio de 2018

La dinastías jorasarníes III: Los sucesores de Ismail y el fin de la dinastía samánida


Emir Ismail
Saludos. En el artículo anterior nos quedamos junto al lecho de muerte de Ismail, en el 907. Fue sucedido por su hijo Ahmed. En su corto y feroz reinado, que se caracterizó por sus numerosas y agresivas campañas y por su carácter paranoico.  Lo primero que hizo fue deshacerse de su tío, que gobernaba en Samarcanda. Luego atacó sin aviso a su propio virrey en Tabaristán, acusándole de quedarse con los impuestos. Luego, entre 910 y el 911 se lanzó contra Sistán, el último bastión de los Safáridas, y los derrotó finalmente. Tras dejar a un pariente suyo en la región como nuevo gobernador, se llevó a su prisionero, el último safárida de Sistán, Muadil, a Bojara, y portarse con él como no hubiera hecho Ismail.

                En el 913, los Álidas o Ziyáridas, que aguardaban su oportunidad en Tabaristán, echaron al nuevo gobernador y recuperaron el control de la región. Esto hizo que Ahmed profundizara en su comportamiento perturbado. Cuando dormía, hacía que dos leones custodiaran sus aposentos. Se dice que de nuevo en otra campaña, sus fieros guardianes no fueron liberados de sus jaulas, cosa que sus sirvientes aprovecharon para entrar en su tienda y acabar con su vida.

                Pero, ¿por qué harían algo así? No podemos pensar solo en su hartazgo. Tenemos que introducir un nuevo factor en esta historia. Habíamos dicho que estos ejércitos contaban cada vez mas con  una casta militar esclava, los ghilmen (mozos) compuesta por soldados turcos. Era tal su valía en combate que incluso en la corte samánida,  sus jefes ascendían en la jerarquía y aportaron un nuevo elemento de tensión. Cuando servían a un líder fuerte, los turcos actuaban con prudencia. Pero cuando detectaban a un líder débil, tomaban posiciones. Y aunque todavía quedaban muchos años de dinastía samánida,  desde el reinado de Ahmed, los turcos fueron tomando posiciones.

                Algo así debía de olerse el hijo de 10 años de Ahmed: el príncipe Abul Hasan Nasr, o Nasr II. Se dice que cuando los ministros de su difunto padre y sus generales fueron a buscarlo para investirlo con poderes sometidos a un gobierno regente, el pobre muchacho saltó de la cama gritando que no lo mataran. No fue un comienzo glorioso, sin duda, pero Nasr II  creció y heredó lo mejor de su abuelo, pues no solo mantuvo todos los territorios que recibió de él, sino que consiguió incorporar nuevas tierras. Fue un periodo dichoso, y así fue conocido: “el Emir Afortunado”. De hecho, recupero Tabaristán de manos de los Álidas, y gracias a su brillante general Hamuye, consiguió tras muchas victorias en sus fronteras, que nunca descuidó,  y frente a las ambiciones de sus familiares, como su tio Ishak. Y también gestionó, y ahí estuvo la clave, el poder de sus generales turcos. Fatik se llamaba el primero en rebelarse contra él, como un augurio de lo que estaba por venir, y llegó a tomar incluso la ciudad de Rei. Pero la mayoría del ejército era todavía fiel a los samánidas. Y, ¿sabéis por qué hay tan buen recuerdo del Emir Afortunado? Porque continuando con la labor de mecenazgo de las artes, amparó al primer gran poeta persa de la era, Rudeki, quien dedicó no pocos versos a la gloria de la casa de los samánidas. Es este un personaje digno de ser conocido, pues se le considera el padre de la poesía persa. Anterior a Firdowsi, y a pesar de que todavía se debate si era ciego o no, Rudeki es el padre de más de un millón y medio de hermosos versos en lengua persa.
Os dejo aquí algunos.
He visto un pájaro cerca de la ciudad de Sarajs. Había
elevado su canción al cielo. He visto un velo
tintado  sobre él. Tantos colores había en el velo…

              
Monedas acuñadas por los samánidas
 
Nasr II el Afortunado murió en el 943, tras gobernar veintiocho gloriosos años.  Por desgracia para él, su hijo falleció antes que él, por lo que el reinado lo continuó su hermano mayor, Nuh, que fue conocido como el Emir Hamid. Su toma de poder no fue sencilla y hubo numerosas revueltas, pero supo ser duro al tiempo que magnánimo y no dudó en premiar a sus detractores con el objetivo de repartir el pastel del poder y conseguir una situación estable. Sin embargo, si por algo se caracterizó el reinado de Nuh fue por el inicio de  las hostilidades con otra importante dinastía irania, de la que espero hablar próximamente: los Búyidas, originarios de la región de Dailam, la provincia montañosa situada al oeste de Tabaristán. El lugar del inicio de las hostilidades fue  la ciudad de Reï, siempre disputada. Rukn-ad-dowleh, el líder de los Búyidas, supo explotar las diferencias entre Nuh y su general Abu Ali, y lo tentó para que se rebelara contra él, cosa que Abu Ali no dudó en hacer.

                En aquellos momentos, la estrella de los Búyidas, la más importante de las dinastías dailamitas, le había elevado por encima de la de los Samánidas. Fue la casa de los Búyidas la que llegó a tomar Bagdad de nuevo en “defensa del califa”. Se convirtieron en sus nuevos protectores, por decirlo así, y este legitimó su gobierno en todo Jurasán. A diferencia de los Samánidas, los Búyidas sí se trabajaron a los califas, puesto contaban con la fuerza, pero no con la legitimidad, que al fin obtuvieron. En unos años, a partir de Reï, los dailami entraron en Jurasán y expulsaron a los samánidas. Nuh fue derrotado, y  vio sus dominios limitados a la Transoxiana, al lugar de dónde habían salido.

                Nuh  falleció en el año 954, y de nuevo, tuvo que ser sucedido por un niño de diez años. Imaginaos. El favorito de los generales turcos. Se llamaba Abdul Malik, también conocido como Emir Rashid. Tuvo una vida corta, aunque se dice de él que fue un gran jinete, y se le conoció como el “Padre de caballeros”. Y los grandes generales que le rodeaban intentaron recuperar Jorasán, pero los Búyidas para entonces eran demasiado poderosos, aunque llegaron a firmar un tratado honorable, sin quedar sometidos a Rukn-ad-dowleh. El “Padre de Caballeros”, aficionado a todo tipo de deportes ecuestres, falleció tras una terrible caída, y el poder recayó en su hermano Mansur bin Nuh.

Persia alrededor del año 1000.
                Fue con él cuando otro general turco al servicio de los samánidas,  llamado Alptekin, vio su oportunidad  y se rebeló contra el nuevo rey en la ciudad de Nishapur. Fue la intervención de las tropas de la frontera con la estepa las que impideron que las tropas que el rebelde había llamado se unieran a él, y Alptekin tuvo que huir hasta Ghazna. Allí recuperó fuerzas e hizo otra intentona, y esta vez le fue mejor, pues fue nombrado gobernador en Nishapur.

Portaestandarte búyida
                Por otro lado, Mansur de nuevo hacer frente a los Búyidas, pero sin éxito.  Mantuvo, eso sí, una cierta estabilidad. Falleció en el 976, con un reino recortado y una estrella en decadencia, tras un reinado mediocre de trece años.

                La siguiente  sucesión fue aun más turbulenta. Said Abul Kasim dedicó sus primeros años a tomar las riendas de la Transoxiana, por aquel entonces estaba revuelta y lo que es más peligroso: la descomposición del estado samánida dejaba desprotegida la frontera esteparia.

Os contaré una anécdota. Abul Kasim tuvo que ser atendido por un médico por una herida de gravedad. Le atendió un joven de 18 años. Un médico brillante a pesar de su juventud. ¿Imagináis quién era? Pues sí. Ibn Sina, o Avicena.

                La disputa más peligrosa, y que a la larga causó la caída de los samánidas, fue entre el virrey de Jorasán,  Tash, “ Espada del Reino”, nombrado por el propio Abul Kasim en el 981, y un hombre de gran valía, y un cortesano con ansias de medrar, y con aspiraciones a ocupar el lugar de los samánidas: Abul Hussein Simdjuri. Este resultó un hombre mucho más hábil en el salón del trono, y consiguió que Abul Kasim desconfiara de Tash. Simdjuri derrotó a Tash, y los siempre bien informados Búyidas lo acogieron. Ese es otro de los rasgos de los reinos en decadencia: las figuras valiosas se acaban marchando con el enemigo.  “Espada del Reino” fue amado y respetado entre los Búyidas, que le asignaron una provincia, la Djordana. Mientras, Simdjuri y sus descendientes, victoriosos, en el gobierno de Jorasán y contando con la confianza del samánida Abul Kasim, no cesaban de conspirar en su contra. Cuando Simdjuri sufrió una apoplejía que lo dejó en cama, su hijo Abu Ali rompió quizás el último tabú en el campo del “vale todo” para ocupar el lugar de los samánidas. Envió mensajeros al norte, a la frontera con la estepa. Allí había un pueblo túrquico que se había extendido desde el corazón de China hasta el mar Caspio: los uigur. Y de toda su confederación, la tribu de los Qarajaníes, llevaba ya un siglo con su kanato independiente establecido. A principios del siglo X se habían convertido colectivamente al Islam.  Ilik Khan los guiaba, y Boghra Khan era su lugarteniente. Pues bien, Abu Ali hizo un pacto con ellos para que invadieran la Transoxiana.  Abu Ali pensó que Boghra Khan destruiría a los samánidas en la Transoxiana, y que mientras, él, desde Jorasán, podría controlarlos o, al menos someterlos. Se disponían a ser el pan y a convertir al pobre Abul Kasim en el una loncha de jamón de sándwich.

Miniatura de campamento estepario
               

                Abul Kasim tuvo que huir de Samarcanda cuando Boghra Kan entró en la ciudad.   Acompañado por un reducido grupo de fieles, el desgraciado samánida pidió ayuda, inocente, al propio Abu Ali, que había preparado su caída. Diplomáticamente, este le respondió que no tenía medios para hacer frente a Boghra Khan. Pero entonces, Abul Kasim tuvo una idea brillante. Se dirigió a Gazna, donde había aparecido un nuevo líder que daría lugar a una gloriosa dinastía turca: hablamos de Sebuktekin, fundador de la casa Gaznávida, y de su hijo Mahmud, el futuro Mahmud el Grande. Sebuktekin y Mahmud son el equivalente turco a Filipo II y Alejandro. Habían atacado en numerosas ocasiones los territorios de La India, desde Gazna, en la actual Afganistán, y disponían cientos de elefantes de guerra. Además, Sebuktekin  había crecido como líder en la órbita samánida, y el prestigio de la casa no le era desconocido.  Fueron ellos los que dieron apoyo a Abul Kasim. No porque fueran buena gente, claro, sino porque Abul Kasim los recompensaría con los territorios de Jorasán. Además, quien sostiene la espada de un rey, puede también hacer que dicho rey se caiga sin querer encima de ella. Los gaznávidas apoyaron a Abul Kasim y machacaron no solo a Abu Ali, sino también al propio Ilik Khan, de los uigur. Los gaznávidas fueron el último escudo de la casa de los samánidas, y Abul Kasim murió tras veintiocho años de reinado, en el 997.

El joven Avicena
                Ya solo quedan siete años de gobierno samánida. En ellos se sucedieron los tres hijos de Abul Kasim. En resumen, el primero fue un necio cuya primera acción fue humillar a Mahmud el Grande, y luego seguir molestando, hasta que uno de los generales turcos le invitó a su casa y le sacó los ojos. Su segundo hermano, Abdul Malik, quizás temiendo la ira del humillado Mahmud, se acercó a Ilik Khan, y este, con la excusa de venir a visitarlo, entró en la Transoxiana  con su ejército, asedió y tomó  Bokhara y derrocó el último gobierno de los samánidas, en el 999.

Pero aun quedaba un tercer hermano. El único que sobrevivió. Huyó disfrazado junto a un pequeño grupo de sirvientes de la caída de Bokhara. Se convirtió en un príncipe destronado. Sin reino, sin tropas, vagó durante cuatro años buscando a alguien que lo ayudara a recuperar para la casa de los samánidas sus antiguas posesiones. Se alió con los turcomanos, venció en dos batallas a Ilik Khan, pero sin resultados definitivos,  y consiguió llegar y tomar Nishapur. Finalmente fue derrotado por el jovencísimo hijo de Mahmud el Grande, y sus hombres lo traicionaron, y lo entregaron a Ilik Khan. Murió finalmente asesinado en el 1005, siendo prisionero de los qarajaníes.

                Así se extinguió la casa de los samánidas. Pero no así su legado. Porque en futuros artículos veremos como su lugar en la Transoxiana fue ocupado por los gaznávidas, y estos mantuvieron los principales rasgos del gobierno de los samánidas, y de hecho, sería bajo su gobierno cuando el gran poeta persa Firdowsi escribiera una obra sobrecogedora: “Shahnameh”, el “Libro de los Reyes”. Aquel relato sería la cumbre de la poesía persa  y un canto a la gloria del pueblo iranio, que durante ciento cincuenta años había recuperado el poder perdido frente a los árabes, y que veían que iban a volver a perder en manos de los turcos. Turcos que, curiosamente, lejos de borrar su legado, lo mantuvieron vivo y asumieron como suyo.  Y cuando llegaron los Selyúcidas, la siguiente dinastía turca, que gobernaría el Islam y a la que se enfrentaron los Cruzados, mantuvieron también las formas samánidas, a través de sus vizires, sobre todo Nizam-al-Mulk.

                Oh, Nizam-al-Mulk, por cierto, tuvo dos amigos muy especiales: el matemático y poeta Omar Khayan, y Hassan Ibn Sabbah, también conocido como “el viejo de la montaña”… El creador de la secta de los asesinos. Pero todo eso, como se dice, es otra historia.

 LOS EJÉRCITOS SAMÁNIDAS EN WARGAMES    
Duelo a mazazo limpio
Cabe hablar ahora de los ghilmen, los arqueros acorazados a caballo, y de su panoplia. Sabemos a través de textos como el propio “Shanameh” que la caballería acorazada a caballo era la espina dorsal del ejército. Esos jinetes portaban buenas armaduras, ligeras pero con mucha protección, y luego solían llevar una lanza, arco compuesto, una espada (con una función muy secundaria) y una maza. La maza  era la principal arma de combate cuerpo a cuerpo, y eso nos dice que las finas y estilizadas armas de filo  no eran efectivas para las armaduras de los jinetes.  En el Shahnameh, el gran héroe Rostán tiene una poderosa maza en forma de cabeza de vaca. Y el uso del arco era también muy importante, sobre todo en los duelos, que en las batallas solían darse entre campeones. A mí me encanta el pasaje en el que se enfrenta a seis jinetes enemigos, y, desmontado, toma seis flechas, las clava en el suelo delante de él, y uno a uno los va derribando mientras cargan hacia él. Es un estilo de combate que requiere dedicación y muchos años de aprendizaje, propia de tribus nómadas que pasan la vida a caballo, o bien de la nobleza persa y de sus huestes, que mantenían a su cosa. Pero eran las tribus turcas las que tenían más efectivos, sin duda, pues sus rebaños no requerían mucha vigilancia, y su escaso apego a la tierra permitía tener grandes ejércitos en movimiento.

                Esta dualidad entre pueblo sedentario civilizado y tribu esteparia más salvaje se ve también en el Shahnameh, en el que los grandes enemigos son los turanios, o “turans”, que es el gentilicio precisamente de la estepa o “Turya”. El término se aplicaba tribus turcas que habitaban la estepa más allá de la Transoxiana.
Batalla de Ghilmen

Veamos ahora cómo representan los juegos de estrategia histórica de estos ejércitos.

a)      En DBA, la lista es la III/43, opción c. Consiste en tres peanas de Cv, una de ellas general. Estas peanas deberían repartirse entre nobles persas y ghilmen turcos. Luego tiene una LH, caballería ligera tribal, tipo túrcica o sogdiana, o incluso beduina podría encajar, puesto que había tribus beduinas en Persia, que le asentaron durante la conquista. Una peanan de elefantes, 3 de lanceros (acorazados mejor), y luego 3 peanas a elegir entre 2Ps o 4Bw, que representan a los arqueros regulares de las ciudades. La última es una peana de 4Ax, que representan a los feroces mercenarios dailami, de los que ya hablamos.

Ghilmen
b)      En FoG, las reglas representan mejor las diferencias entre la caballería acorazada, pues los nobles son irregualres y los ghilmen, regulares. Los lanceros son de tipo defensivo, lo habitual en las listas islámicas, pero tienen la particularidad de poder ir acorazados. La lista está en el libro Decline and Fall. A mí me encanta ese libro. También tiene caballería ligera beduina, muy interesante, tipo “lancer”. Muy bonita, por cierto.

c)       En AdlG, es la lista 137. No se diferencia tan bien entre las habilidades, pero sí permite subir algunos a élite.  Luego permite enrolar los diferentes tipos de ligera: con arco (jorasaní), con arco élite (turca) y ligera impacto (beduinos). También tiene los dailami como infantería media, impacto y élite, y luego otras medias de diferente calidad. Incluso algunos jabalineros afganos. Y la lista de aliados está muy bien: ziyáridas, Turcos en Asia central, Gaznávidas… Me chiflan los gaznávidas.

 
Imagen de uno de los ejércitos, de Madaxeman

martes, 26 de junio de 2018

Las dinastías jorasaníes II: El emir Ismail y la era samánida


Monumento al Emir Ismail
Saludos. En nuestro anterior artículo nos quedamos en la llegada del joven Ismail a Bujara, enviado por su hermano Nasr desde Samarcanda, a socorrer a la ciudad ante Husein bin Tahir, de Corasmia, que había aprovechado una cierta anarquía y divisiones internas dentro de la ciudad. Ante la llegada de las tropas de los samánidas, Husein se avino a negociar, y así se fue, y Bujara fue entregada a los samánidas, y concretamente, bajo las órdenes del futuro emir. En el primer día de Ramadán del 260 de la Héjira, Ismail realizó la entrada triunfal en la ciudad, completando así para la familia samánida la unificación de todo Jurasán. El prestigio de aquellos gobernantes ya era grande,  y aumentó aun más con el reconocimiento por parte del califa de Bagdad, (aunque no era más que algo simbólico), mediante carta, del reconocimiento de Nasr, como cabeza de la dinastía, de haber sido designados como gobernantes legítimos de Transoxiana. Nasr no necesitaba esa carta, pero por entonces, los títulos valían más o menos como ahora. Aquello era importante.


                Lo que Nasr pensó que no necesitaba era un hermano tan exitoso como Ismail. Desde su llegada a Bujara, supo hacerse amar por su pueblo. Su estrella estaba en ascenso y en el tablero de juego de aquellas dinastías, fuertemente personalistas, y en la que cada uno de sus gobernadores mandaba sobre un contingente nada despreciable de tropas para defender sus grandes territorios,  Nasr no podía permitirse que le hicieran sombra.  Y aun había más. Ismail atrajo a una cierta alianzasí a Rafi bin Harthama, que  estaba en Jurasán, al otro lado del Oxus, y después de haber luchado para los tahíridas frente a los safáridas, estaba medrando para recibir el favor del Califa, y tal vez el derecho de establecer una nueva dinastía. Rafi podría llegar en tal caso en el futuro a intentar conquistar la Transoxiana. Pero Ismail se alió con él. Y aunque el joven siempre se mostró intachable en su comportamiento hacia su hermano Nasr, este comenzó a sospechar que conspiraba contra él. Fue el retraso en el envío de los impuestos anuales de Bujara a Samarcanda lo que le dio un motivo para marchar contra su hermano. Nasr rápidamente un ejército y avanzó hasta Bujara. Ismail tuvo que poner pies en polvorosa, pero supo bien dónde buscar ayuda: fue precisamente Rafi bin Harthama quien le acogió y lo proveyó de tropas cruzando en Oxus para entrar en la Transoxiana. Pero poco antes de la batalla, Rafi se replanteó su estrategia, y medró para conseguir la paz entre los dos hermanos. Llegaron a un acuerdo muy precario. Ismail ya no sería gobernador en Bujara, sino recolector de impuestos. Y así pareció quedar todo tranquilo.


Miniatura de batalla entre arqueros montados. Shanameh.
                Pero la estrella del futuro emir era difícil de apagar, y su fama de justo siguió aumentando. Quince meses después de la primera intentona de Nasr, este volvió a formar su ejército y atacó Bujara para acabar con Ismail. Solo que esta vez, él estaba preparado. Había pactado una alianza con Husein bin Tahir, aquel a quien una vez había expulsado de Bujara. Ismail y Nasr se encontraron en una gran batalla, y el hermano menor derrotó de forma aplastante al mayor, que a punto estuvo de perder la vida. Tras terminar la batalla, Ismail y su otro hermano Ish´ak, buscaron a Nasr, y lo encontraron cautivo, custodiado por los jinetes de Corasmia. Ismail se acercó a él. Se ha escrito que las palabras que le dijo fueron: “Ha sido voluntad de Dios que vea el día en el que te vea así”. Nasr le respondió: “No, Ismail. Ha sido tu voluntad, no la de Dios”. Y él se encogió de hombros. “Confieso que así ha sido”. Y le pidió perdón, e incluso le dejó volver a Samarcanda, y reprendió a Ish´ak por no postrarse ante Nasr.          Esta narración nos da algunas interesantes ideas sobre la política del bueno y astuto Ismail. Este tipo de generosidad para con los vencidos fue sabiamente explotada por él. Por un lado, conseguía convertir a sus enemigos en potenciales aliados en casos de necesidad, como había hecho con Rafi bin Harthama y Hussein bin Tahir. Por otro lado, servían como propaganda, pues son historias muy del gusto del país. Podemos encontrar comportamientos similares en los personajes del “Shanameh” de Firdowsi, que se escribió casi un siglo más tarde, pero que sin duda se inspiró en líderes como Ismail de los samánidas, que supieron personificar ese conjunto de virtudes, o al menos, hicieron pensar a los cronistas de la época que las tenían, que necesitaba para ser aceptado por las ciudades  de Irán.

                Nasr pasó sus últimos cuatro años de vida en Samarcanda, pero ya había cedido el gobierno de la Transoxiana a Ismail, Cuando falleció, en el año 893, Ismail ya había logrado unir Corasmia a las tierras bajo su dominio. Nótese el modo deliberado con el que evito el verbo “conquistar”. Ni siquiera le hizo falta.

La misteriosa fortaleza de L´Arq, en Bujara
                La siguiente gran crisis a la que tuvo que hacer frente fue la conspiración del Califa. Consciente este del gran poder que estaba acumulando, el califa abásida, sin poder efectivo en la zona, ejecutó un astuto plan. Este tipo de intrigas era casi el único arma del Califato de Bagdad para medrar en sus dominios en descomposición. ¿Recordáis del artículo anterior que decíamos que los califas conspiraron para que las dinastías emergentes compitieran entre ellas? Pues este fue uno de esos casos. Tras Rafi bin Harthama, Jurasán cayó en manos de los safáridas, de los que la cabeza visible era Amr bin Leith, que se había asentado en la ciudad de Nishapur. Pues bien, la cosa fue que un día, el califa despachó dos mensajeros. El primero llevaba el nombramiento oficial de Ismail como heredero de Nasr, y por lo tanto, gobernante de la Transoxiana y Corasmia. Este documento le “autorizaba” a emitir moneda y a pronunciar el discurso del viernes en la mezquita.  El otro mensaje, escrito por la misma mano, iba dirigido a Amr bin Leith, con la orden de atacar a Ismail y acabar con los samánidas, a cambio de un reconocimiento parejo para Amr. Ni en “Juego de Tronos”, oiga.

                La guerra entre Amr e Ismail comenzó con un feroz intercambio de cartas. Las últimas las contestó Ismail desde su tienda de campaña, con su ejército, después de cruzar el Oxus para invadir Jorasán. Amr, al conocer su posición, envió a sus generales y su ejército a cruzar  en otro punto para atacar la casi desprotegida Bujara. Amr llevaba un montón de artillería para la ciudad, y no sería de extrañar que gran parte del equipamiento fuera suministrado o subvencionado por el propio califa. Ismail tuvo que regresar a toda prisa, y se luchó una gran batalla frente a los muros de Bujara, batalla a la que las tropas de Ismail llegaron tras una agotadora marcha. Pero aun así vencieron, y los generales enemigos fueron capturados. Entonces el joven emir hizo de las suyas, y en lugar de vender a los prisioneros, incluido los guerreros capturados, los colmó de regalos y los mandó de vuelta a su casa. De nuevo la jugada de convertir enemigos en futuros aliados en caso de necesidad.

                Poco después ,Amr, furioso, inició de nuevo la campaña, pero Ismail se le adelantó y cruzó el Oxus antes que él. Mientras Amr reunía tropas en Belk, Ismail se presentó de súbito y le puso sitio, para asombro del safárida. A duras penas consiguió convencer a los habitantes de Belk que no le entregaran. Se lanzó en cambio a una salida suicida, que degeneró en otra gran batalla campal, y en la que Amr fue totalmente derrotado. También le buscó Ismail después de la batalla, y de nuevo encontró a Amr, más viejo que él, sobre su caballo muerto, llorando y lamentando su suerte. Y de nuevo, Ismail fue magnánimo con el enemigo derrotado. Incluso cuando este le ofreció su tesoro, diez mulas cargadas de oro, Ismail se lo entregó de nuevo. seguro que con la confianza de que así podría poner Jorasán bajo su dominio, a través de su nuevo aliado.

                Pero en cuanto la noticia de la derrota de Amr, y con ello, el fracaso de los planes del califa Al-Mutasid montó en cólera, y en su impotencia, hizo lo único que podía hacer para amargar la victoria de Ismail. Pocas semanas después de que Ismail hubiera perdonado a Amr, y cuando este aun estaba bajo su hospitalidad, llegó un nuevo mensaje del califa, reclamando su derecho como “Defensor de la Fe” de ser el único capacitado para “castigar al ofensor”. Ismail, a pesar de tener a Amr bajo su protección, tuvo que dejarlo ir. Ni él ni su nuevo aliado dudaban de lo que significaba aquello. Nishapur fue puesta al mando de un hijo de Amr, y este llegó a Bagdad reuniendo toda la entereza posible, pero tan pronto entró en palacio, los guardias lo detuvieron y fue arrojado en las mazmorras, donde Al-Mutasid lo dejó pudrir durante dos años, tras los cuales lo decapitó. Pero antes, el primer día en la mazmorra, el califa bajó y le enseñó el título que iba a enviar a Ismail: el título de gobernador legítimo de Jorasán que le había prometido. Así le mostró el precio del fracaso.

Arqueros acorazados a caballo.
                Pocos días después, Ismail recibió el título, acompañado de los ricos regalos de rigor: ropas, joyas y otros atributos de su nuevo cargo. Pero podríamos a imaginar a Ismail leyendo el título, que no era más que un papel inútil,  con lágrimas en los ojos, rodeado de los ricos presentes,  que nada valían frente al deshonor haber perdido a Amr. Por más queo rezara y realizara por dos veces la rikaat,  como un hombre piadoso haría ante los regalos del Príncipe de los Creyentes, nada podría disminuir su amargura.

                Aquí tenemos un ejemplo de choque cultural. Los califas árabes intentaron manipular a las dinastías apelando a su ambición, con artes muy traicioneras, ya que no tenían fuerza efectiva. Ismail, en cambio, pertenecía a otra tradición: la iraní. Ismail entendió mejor a su pueblo, para el que el honor (y digo “honor” no como virtud, sino como concepto para entender el mundo) resultaba un elemento increíblemente determinante en sus decisiones. Por honor, los nobles iranios enemigos, tras ser  perdonados se volvían fieles aliados. Al-Mutasid apelaba a la bajeza. Ismail consiguió increíbles resultados  apelando a su sentido del honor. En mi opinión, los árabes nunca entendieron a los iranios y viceversa. Y así siguen.

                Tabaristán era la provincia que se extendía a la orilla sur del mar Caspio. Allí gobernaba otra dinasía, los Álidas o Ziyáridas. Tabaristán hacía de tapón desde el este de Irán hacia Irak por la ruta del Caspio. Alentada de nuevo por el califato, Mohamed bin Zeyd, príncipe de Tabaristán, declaró la guerra a los samánidas, y a pesar de las negociaciones, no se pudo evitar el arranque de las hostilidades. Esta vez Ismail, mientras asentaba su poder en todos sus dominios, tuvo que enviar a un general suyo, Mohamed bin Harun. La campaña contra Bin Zeyd fue muy difícil, y los ziyáridas estuvieron a punto de vender a bin Harun, pero en un sorprendente movimiento, Harun rodeó al ejército enemigo y lo derrotó. Bin Zeyd pereció en la batalla, y Tabaristán fue anexionado al nuevo reino samánida que no paraba de crecer. Ismail envió como gobernador al propio general victorioso, pero este sucumbió pronto a las promesas susurradas en sus oídos por los enviados del califa, que tampoco quería dejar dicha provincia en manos samánidas. Bin Harun se rebeló, y esta vez sí tuvo que ir Ismail en persona a luchar contra él. Lo hizo, pero esta vez no fue clemente. La traición no podía se perdonada. Bin Harun fue ahogado en su propia sangre.


Dominios samánidas antes de la incorporación de Tabaristán
                Y poco después llegó desde el este la última gran amenaza al emir Ismail, que ya comenzó a utilizar esa denominación, pues gobernaba un reino independiente, por más que reconociera de forma simbólica la sumisión a los califas de Bagdad. Fue la primera gran invasión turca a través de la estepa la que llegó en el 904. Los turcos se habían extendido desde los montes Altai, e incluso habían formado el imperio Gökturk, o el Reino de los Turcos Celestiales, que había durado poco. Sucedieron a los pueblos iranios en el control del centro de Asia. Habían llegado en pequeñas oleadas que había permitido controlarlos. De hecho, las primeras tribus, vencidas , habían sido convertidas en esclavos militares, y ya desde el segundo o tercer califa abásida, habían sido incorporados al ejército formando el cuerpo de ghilmen, o “mozos”. Pero aquella invasión fue diferente, porque el número de tribus que se lanzaron hacia la Transoxiana fue enorme. Era un ejército para la conquista, y de hecho, fue el anuncio de las próximas oleadas turcas que pondrían fin al dominio político de las dinastías iranias. Pero aun faltaba un siglo para eso. Fue el excelente control de las fronteras que ya desde el principio habían implantado los samánidas lo que permitió responder a la invasión. El emir Ismail y sus tropas vencieron a los turcos en aquella gran invasión. El botín capturado fue enorme, y los prisioneros, incontables, pues no los trató con los mismos parámetros que a sus otros enemigos. Los turcos respondían a diferentes motivaciones, como descubrirían más tarde con la llegada de los selyúcidas.

                Tras esta victoria, Ismail se aseguró el territorio desde la estepa por el este hasta las provincias occidentales de Irán, así como las provincias afganas que dominaban los safáridas, pues estos, vencidos, se sometieron a su control. Fue como el renacer de la era sasánida o aqueménida, pero con una enorme diferencia: el Islam. En efecto, Ismail había realizado el sueño dormido en los iranios de recuperar su  independencia, pero el islam había penetrado profundamente en su acervo cultural. Por ello, esta cultura irania se separa de la continuidad cultural preislámica. Aunque nunca la olvidó. Como dijimos en el artículo anterior, al contrario que los árabes, los iranios miraban hacia su pasado anterior al islam con sumo respeto. De hecho, el propio “Shahnameh” de Firdowsi comienza a relatar la historia de los reyes de Persia desde la más remota antigüedad, y el islam apenas es mencionado. No más que el culto al fuego de su pasado zoroástrico.

                Y mientras todo esto ocurría, Bujara, que ya desde la ascensión de los samánidas comenzó a crecer culturalmente, florecía. Para la época del emir Ismail, era la ciudad islámica con más escuelas teológicas de alto nivel, además de tener centros donde se estudiaba Medicina, se comentaban las leyes (siempre difícil separar esto de la teología en el islam), y se investigaba el cielo y la tierra en complejos laboratorios. Las artesanías, sobre todo de seda, prosperaban. En Asia, la estrella de los samánidas brillaba con luz cegadora.

                Ismail cayó enfermo en su palacio, y falleció en el mes de Sefer del año 295 de la Hégira, el 907 de nuestra era, a los sesenta y siete años, y tras haber gobernado 32 años, casi la mitad de los cuales fueron bajo el dominio de su hermano Nasr. Sería siempre recordado como Emir Ismail, libre de las ataduras de los árabes. El hombre bajo cuyo reino, la antigua Persia renació de sus cenizas convertía en algo totalmente nuevo y esplendoroso.
Mausoleo del emir Ismail en Bukhara
 
En el próximo artículo recorreremos el resto de la dinastía samánida.

domingo, 3 de junio de 2018

Experiencias de autor novel

Saludos. Hace ya un año que salió publicada mi primera novela, “La isla de las sombras. La batalla de Esfacteria”, y es un buen momento para hacer balance para ir alimentando el futuro, claro. Para ver si esto al menos entretiene a alguien más que a mí.

El primer retorno que he tenido fue el informe de ventas de la editorial de 2017. Confieso que el corazón me latía bien fuerte mientras me lo descargaba. Y, ¿sabéis qué? No sé si el número de libros vendidos solo en 2017 está bien para un autor novel o no. Es un número muy modesto y la cifra exacta no viene al caso. Pero lo que sí sé es que todos mis lectores de 2017 y yo podríamos bloquear un ejército persa durante horas en un paso estrecho. ¡Ja! Así que puedo decir que está bastante bien.

Luego ocurre que los lectores no solo tienen la infinita bondad de mostrar interés por tu libro, sino que para tu sorpresa, tienen la infinita generosidad de opinar sobre él, solo por el mero placer de comentar lo que han leído y compartir experiencias con sus colegas. Es entonces cuando llega el asombro. Este artículo nació mientras almorzaba en el trabajo con un querido Primo mío, que me comentó que había visto algunos comentarios sobre el libro en internet. Me picó la curiosidad y me puse a investigar... y no veas qué sorpresa me llevé. Así que ahora quisiera compartir con vosotros algunos de esos comentarios.

Empecemos por lo más conocido: Amazon. Una tienda que funciona, llega todas partes y que ha sido uno de los vehículos principales de la extensión de mi libro:
Amazon. La isla de las sombras

Aquí tenemos algunas de las opiniones:


Y ahora otras páginas que yo desconocía de todo: Quelibroleo . Aquí me han dejado un regalo asombroso:
Y algunas más de Goodreads, donde hay tres valoraciones y un comentario de los que te pegan el pellizco.

 
 
Y luego he encontrado algunas entradas de blog que hablan del libro. Ya puse las de "Un puente lejano" y "Bellumartis". Pues ahora he encontrado esta:
 


Vamos, que retomando el símil que usamos antes, con lectores así, sí que defendería orgulloso un paso estrecho frente a une ejército persa mucho más numeroso.
No me queda sino agradeceros el tiempo de vuestra lectura y el de haber dejado un comentario por ahí.
Ah, y a los que han preguntado por ahí si habrá segunda parte...
Pues sí. Ahí lo dejo.


martes, 29 de mayo de 2018

Las dinastías jorasaníes I: Tahíridas y Safáridas.


Saludos. Comenzamos con este artículo una serie que dedicaremos a un periodo fascinante: el “renacimiento persa” que se produjo desde el comienzo de la descomposición  del califato abásida, y que duró hasta que los turcos se hicieron con el poder efectivo del califato. Hablamos de un periodo de unos 180 años, y un entorno geográfico que coincide ahora con una multitud de países: no solo Irán, sino Uzbequistán, Turkestán, Azerbaiyan, Afganistán y un largo etcétera.

                Pero, ¿por qué este periodo? Pues, porque fue este periodo el que dio lustre y esplendor al Islam.  Porque la fusión de la cultura islámica y persa generó un periodo que brilló con luz propia, como una singularidad de prosperidad en un periodo tormentoso. Es la era que vemos en novelas como "El médico". La época de la gran renacimiento de la cultura persa, que perduraría incluso tras la llegada de las dinastías turcas, que, deslumbradas por el mundo que acababan de conquistar, respetaron, mantuvieron e incluso engrandecieron lo que encontraron. Es la era que vio nacer a Ibn Sina (Avicena), Omar Khayan, Nisam al Mulk, Fidowsi, Rureki o Hassan Ibn Sabbah,  Comenzamos pues. Acompáñenos en este viaje hacia la tierra del  Rey de Reyes.

             
Ibn-Sina, según interpretado por Kingsley en "El médico".

   Situémonos… En los artículos anteriores hablamos de los califas ortodoxos, los Omeyas y los abásidas. La revuelta abásida, si recordáis, se había basado en el descontentos de los clientes árabes en los territorios conquistados. Y había conseguido especial apoyo, y principalmente se había nutrido de tropas, dinero, y había sido iniciada, en Irán. ¿Por qué? Bien, pensemos que los árabes y los persas eran dos pueblos muy diferentes. La cultura árabe se abrió al mundo bajo el estandarte de su nueva religión. Su identidad estaba íntimamente ligada a ella. Pero esto no era así con los persas. Nos encontramos con una cultura que había dominado gran parte del mundo hacía 1000 años atrás, y habían mantenido una continuidad cultural hasta la conquista del Islam. El dominio helenístico se adaptó a esta cultura. Los partos reclamaban para sí el legado aqueménida. Su líder usaba el título de Shahanshah, como habían hecho Ciro, Darío, Jerjes y todos sus descendientes. Y luego llegaron los sasánidas, que continuaron alimentando la llama. Todos ellos habían vencido a otros imperios, habían conquistado reinos,  habían capturado emperadores… La dominación árabe puso fin a este milenio, y fue una rareza para ellos. De hecho, su islamización fue larga y difícil, y creó numerosas tensiones contra los califas ortodoxos y los Omeyas. Fueron los abásidas los que supieron ver esa tensión y ponerla a su favor en su revuelta. Y los abásidas habían ganado. La nobleza irania que había nutrido sus ejércitos esperaba algo, y ese algo no terminó de llegar con los primeros califas. La estrella irania de Abu Muslim se apagó con su muerte. Su fidelidad fue pagada con su propia sangre. Así que tuvieron que esperar, y el momento fue la segunda década del siglo IX, momento en que Al Mamún se enfrenta a su hermano y califa Al Amín. Al Mamún se nutrió del descontento y las ambiciones de las familias persas. Fue él quien formó un nuevo ejército en Jorasán, compuesto por nobles iranios y sus seguidores, poseedores de una tradición de caballería basada en el arco y la excelencia en combate individual, y numerosas tropas a pie. Fue esta nobleza irania la que fue recompensada por Al Mamún tras la toma de Bagdad. Y de entre ellos, sobre todo, a su general Tahir Ibn Husayn. Tahir fue nombrado gobernador en Jorasán, con plenos poderes, en el 821. Esto representó una independencia de facto, basada en la incapacidad del califato para sostenerse sin su apoyo.
           


Así comienza la primera de las dinastías persas que estudiaremos. Estas dinastías tomaron su nombre de su fundador, y designan tanto a sus descendientes como a gobernadores fieles a estas familias.  En este caso, la dinastía tahírida, como su nombre indica, fue fundada por Tahir, que llevó  la capital de su nuevo reino en Nishapur. Sobre el papel seguían obedientemente al Príncipe de los Creyentes.  Pero el asunto debía escocer a ambas partes. En el año 822, en el discurso de los viernes, Tahir cometió la osadía de omitir la mención al Califa y rogar a Dios por él. . Esto era un hecho muy significativo. Era toda una declaración de intenciones. Así que el Califa ordenó su muerte, y ante la imposibilidad de vencerle por las armas, Tahir murió envenenado.


Después de eso, el Califa  no  pidió nada complicado a sus descendientes, que siguieron gobernando con su “bendición”,   para que los gobernantes tahíridas no tuviera que decirle que no con todo el dolor de su corazón. Y listo.  Después de todo, al califato, la independencia política del extremo oriental del Islam le preocupaba mucho menos que los problemas más cercanos, que eran muchos. Y la relación con la dinastía, tras ese primer traspié,  era buena.  Les ayudaron  a formar sus nuevos ejércitos a partir de las nuevas tropas, esos esclavos turcos que formarían los escuadrones de “ghilmen”, el epítome del arquero acorazado a caballo de las estepas. También colaboraron  en aplacar varias revueltas independentistas, promovidas por un todavía minoritario chiismo, que aspiraban a romper formalmente con Bagdad. Los tahíridas prefirieron apoyar al Califa para no seguir luchando por su independencia política, y así confiar en que el tiempo y la distancia facilitaran una independencia formal.

En la cima de su poder, llegaron a controlar hasta la Transoxiana por el este, y las provincias occidentales de Bagdad. Retomaron el persa como lengua de su gobierno, lengua que había sido desplazada y se había llenado de términos en árabe, y promovieron diferentes reformas de la actividad agrícola y las propiedades, destinadas a reparar los cambios que los años de clientelismo a los árabes habían causado. En general, las provincias prosperaron.

Yaqub as-Saffar, fundador de la dinastía safárida
Hemos dicho que gobernaron muchos territorios, pero no es que ellos tuvieran miembros de su dinastía en ellos, sino que los gobernantes locales les estaban sometidos. Durante cuarenta años, los tahíridas vieron como aparecían, sobre todo, dos nuevas dinastías que con el tiempo les comerían el terreno. Una de ellas son los samánidas, en Jorasán, y otra, los safáridas, en Sistán, que está actualmente en Afganistán. Hablaremos primero de estos.

La dependencia formal del califato del poder tahírida y su colaboración contra las revueltas chiíes dio alas, cuando los tahíridas mostraron los primeros signos de debilidad, y en un rincón alejado de su “reino”, a algunos líderes iranios, que centraron su apoyo en un tal Yaqub As-saffar, un tipo verdaderamente notable.  En el 861, tras una serie de exitosas campañas, estableció su independencia del gobierno tahirí. Cabe destacar que los tahiríes llamaron en su apoyo a los samánidas, pero Yaqub los derrotó a todos. Con su capital en Zanj, el nuevo líder comenzó sus conquistas para apoderarse de los territorios tahiríes. Esto no carece de gracia, porque si consultáis por ahí los mapas de las áreas que gobernaron estas dinastías, se solapan casi al 100%, solo que en diferentes años. En pocos años Yaqub les ganó la mano a los tahíridas, y conquistó desde Jorasán por el este hasta las proximidades de Bagdad por el oeste. Pero no llegó a cruzar el Oxus, al otro lado del cual, los samánidas continuaron prosperando en la Transoxiana, es decir, la tierra más allá del Oxus o Amir Darya, o mejor dicho, entre el Oxus y el Yaxartes . Mientras los safáridas se hacían con el control de Jorasán, los samánidas habían quedado libres del dominio tahírida, y esto aumentó su independencia.

Samarcanda. La ciudad samánida fue destruida. Este es el legado de Timur.
Ahora debemos comentar la política de los califas abásidas hacia estos territorios. Si algo aprendieron del advenimiento de los safáridas era que habían descubierto el modo de controlar a los gobernantes de estos territorios iranios sin tener que usar un poder militar que no tenían: de repente, la competitividad entre las nacientes dinastías se convirtió en la debilidad que ellos explotaron. En los años siguientes, los califas “susurrarían al oído” de las dinastías emergentes, lanzándolas contra las que tenían más poder. Los agentes del califa, sus cartas (documentándome para estos artículos pude leer algunas traducciones que no tienen desperdicio), y todo, estaba diseñado para lanzar a unas contra otras. Veremos algunos de los ejemplos más impresionantes en las próximas líneas. Aunque sin duda, las cartas más terribles eran aquellas en la que el califa llamaba a algún gobernador a rendirle cuentas. Todos sabían lo que significaban: irían ante el califa y este les encarcelaría o les ejecutaría, o ambas cosas. Aun así, la mayoría siempre respondieron, pues era grande el poder espiritual del califato. Incluso durante la independencia de facto de las provincias iraníes.
                Bien, hemos dicho “dominio”. Pero, ¿qué forma toma este dominio? Dedicaremos unas líneas a esto.  El territorio iranio en estar regiones de Jorasán y la Transoxiana, con recursos limitados de agua, se articulaba en grandes ciudades amuralladas con acceso a este recurso, que exprimían con gran ingenio, lo que permitía la explotación de huertas desde pequeñas aldeas y caseríos  alrededor de las mismas. Tenemos testimonios como el del embajador Clavijo,  o el del Ibn Battuta, que hablaban de que avanzaban un día entero a lo largo de estas huertas antes de llegar a las ciudades en sí. Bien sabían los aqueménidas, que construyeron los primeros qanats en estas zonas, esas conducciones de agua subterráneas, accesibles por pozos, y los sistemas de canales posteriores, que el agua era la clave. Y si bien la densa red de canales que alimentaba el Oxus, por periodos estuvo abandonada, los gobernantes iranios más inteligentes supieron reparar, perfeccionar y enriquecer estos sistemas de riego.

 Gobernar un territorio era hacerse con el poder de la ciudad, ya fuera al asalto o por asedio, o bien saqueando su territorio hasta rendirla por hambre. Una vez en el poder, el gobernante se encargaba de recaudar los impuestos , mantener las defensas y los servicios, y enviar los tributos a la capital de cada dinastía. Por ejemplo, la capital de los samánidas, como veremos más adelante, fue Bujara. Pues todos los gobernadores de la dinastía, o subyugados por la dinastía, enviaban sus tributos a Bujara. Ya nada volvió a ir al califato. También los gobernadores apoyaban las artes y las ciencias, que florecieron notablemente en este periodo. 


Duelo entre nobles. Los duelos durante la batalla eran
habituales. Carácter iranio.
Bien, ahora empezaremos con los samánidas. Recordemos que los tahíridas han sido vencidos por Yaqub, fundador de la casa de los safáridas, pero no llegó a cruzar el Oxus, por lo que la Transoxiana quedó en manos de los samánidas. Estos procedían de un noble sasánida, llamado Saman. Saman, originario de la ciudad de Belk,  al principio del siglo IX, había pedido ayuda al victorioso general árabe Asad Bin Abdullah para que le ayudara a recuperar el gobierno de dicha ciudad, en una época temprana de la conquista árabe de Persia. Saman se convirtió al Islam y así, se convirtió en cliente de Bin Abdullah. Este restableció a Saman en Belk, y en el futuro les favorecería mucho, pues Saman siempre se mostró fiel a la causa de los árabes. Saman llamó Asad a su primer hijo, y este tuvo cuatro descendientes: Nuh, Ahmed, Yahya y Elías. Antes incluso del gobierno de los tahíridas, a principios del siglo IX, hubo un gobernador, el último de los fieles a los Omeyas, llamado Rafi bin Layth, que se rebeló en Jorasán. Los hijos de Asad lucharon en el bando de los árabes y fueron determinantes en la derrota de Rafi. Por eso Al Mamun los premió con el gobierno de las cuatro principales   de la Transoxiana: Samarcanda para Nuh, Fergana para Ahmed, Djadk y Osrushna para Yahya y Herat para Elías. Estos cuatro hermanos, siguiendo las enseñanzas de su padre y su abuelo, heredadas de la más noble y rancia tradición sasánida, organizaron el gobierno de la provincia desde mediados del siglo IX con una eficacia sin parangón.
Clásico combate de caballería irania

Pero, ¿qué hicieron? ¿En qué triunfaron los samánidas a diferencia de los tahíridas y los safáridas, que no durarían mucho? Pues, precisamente, en el buen gobierno. Si agarráis un atlas, veréis que la Transoxiana, veréis que es la puerta de la estepa. Era un territorio por el que solían entrar las invasiones de los pueblos nómadas, que por aquella época eran turcos. Los pueblos indoeuropeos tipo escitas, sármatas o tocarios, estaban integrados en las poblaciones de Jorasán. Por lo tanto, lo primero para gobernar era establecer un adecuado control de las fronteras. Los samánidas, desde el principio, se mostraron extremadamente eficientes en esto. Desde el comienzo de su dinastía, a principios del siglo IX, proporcionaron un eficaz parapeto contra las brutales incursiones turcas, y esto permitió la estabilidad. Esa fue la clave. Durante más de siglo y medio, la Transoxiana fue brillantemente defendida del “furor de los hombres esteparios”. Eso y la renovación del sistema de canales hizo aumentar el prestigio y el respeto de los gobernantes de esta dinastía. Y eso fue quizá el otro pilar de su éxito: sus súbditos, tanto civiles como militares, les profesaron gran respeto. Se lo ganaron. En los textos que he consultado ( no he encontrado directamente el “Tarikhi” de Narshaki  ni a Weil ni a Mirkhond, pero sí, pero sí un libro del siglo pasado y unen su historia, llamado  “Historia de Bukhara”, de  Arminius Vambery)  cuentan algunas anécdotas sobre esto. La más llamativa es la de un general que en presencia del emir Ismail , no se quejó mientras un escorpión le picaba varias veces. Cuando Ismail se retiró, el general cayó al suelo, y se dice que dijo que si  uno no estaba dispuesto a aguantar algunas picaduras en presencia de su rey, cómo iría a soportar la crueldad de la guerra en defensa del mismo.

Y eso nos lleva al tercer factor de su éxito: Transoxiana estaba en la Ruta de la Seda, y por ella no solo viajaban las mercancías. También viajaban sabios, ideas y libros. Los gobernantes samánidas apoyaron como pocos el  saber: fundaron universidades, hospitales, laboratorios. La ciencia, y el método científico, se aplicaron a la metalurgia, la minería, la química  o la ingeniería, al mismo tiempo que la filosofía y el Corán se estudiaban y comentaba en las madrasas.  Y las artes y artesanías también prosperaban, y sus prodigios tenían salida a lo largo de la ruta. Fue un proceso lento, claro, pero aquella segunda mitad del siglo IX atrajo a la Transoxiana, o bien dejó que florecieran, algunas de las mentes más preclaras del mundo islámico. Todo ello ocurrió bajo el paraguas de la estabilidad que trajeron estos gobernantes.

                Bien, sigamos con la historia de los samánidas. Habíamos dicho  que Nuh gobernaba en Samarcanda. Cuando murió, su hermando Ahmed unió el gobierno de Fergana y Samarcanda, y fue sucedido por su hijo Nasr. Y Nasr tenía un hermano menor, llamado Ismail.

                Nasr vivió la época en la que Yaqub de los safáridas y los tahíridas luchaban por la hegemonía, y en cierta forma supo aprovecharla para reforzar su gobierno entre los ríos. En el año 872, una invasión de turcos desde Corasmia se dirigió a Bukhara, y Nasr envió a su hermano Ismail, y allí este se dio a conocer como el más brillante de los suyos. Muy pronto comenzó a destacar Ismail, tanto por su capacidad militar como por sus dotes diplomáticas. Y como veremos en la próxima entrega, estas dotes lo harían entrar en la Historia como el Emir Ismail de Bukhara, el gran príncipe samánida.

LAS DINASTÍAS PERSAS EN WARGAMES HISTÓRICOS

En DBA, la lista III/43, Khurasanian, cubre los ejércitos de las dinastías locales persas. Tiene tres variantes, pero aquí veremos sólo las dos primeras, que cubren a los tahíridas y a los safáridas. La primera tiene dos peanas de caballería noble irania, una de ellas de general. Luego hay dos peanas de caballería ligera con arco; 3 peanas de lanceros, que representa a la infantería armada de las ciudades; 3 peanas a elegir entre arqueros (una tropa excelente contra montados enemigos) o Ps (arqueros en formación de hostigadores), y luego una peana de 4Ax, que representa a los feroces mercenarios Dailami (hablaremos de ellos en otro artículo) y otra de 3Wb, que representa a los ghazis, o milicias  fanáticas religiosas.
Arriba, caballería ligera jorasaní. Abajo, los
temibles dailami y sus zupin, jabalinas
de dos puntas.

La variante safárida es muy parecida. Tiene 2 de Cv, 2 de LH, y es en la parte de infantería donde cambia. Solo tiene dos peanas de lanceros y dos de arqueros/Ps. El resto se compone de mercenarios Dailami (1 Ax) y tropas afganas e indias, pues los safáridas provienen de Sistán. Estos afganos e indios  se representan como 3Wb o 3 Bd.

 

En Field of Glory, las reglas permitieron definir con mucha riqueza las diferentes tradiciones de jinetes de esta zona. En la lista “Khurasanian”, del libro “Decline and Fall”, los tahíridas sólo tienen acceso a la caballería acorazada irania, irregular, acorazada con arco.  Los ghilmen sólo los pueden enrolar los safáridas (y samánidas). Los ghilmen con casi iguales, pero regulares. Los lanceros, contrariamente a las demás dinastías musulmanas del periodo, de otros puntos del islam, tiene la opción de estar acorazada. Esto se debe a la riqueza y organización de este periodo, pero también, como escribió Bodley Scott en los libros de ejército de DBM, debido a las descripciones del poema épico “Shahnameh”, el “Libro de los Reyes”, del que hablaremos más adelante. Las caballerías ligeras se diferenciaban entre las jorasaníes, (arco), y turcas (arco, espada). Incluso permiten meter las caballerías ligeras beduinas (lanceros/espada),  que se quedaron en aquellas regiones tras la conquista árabe y sirvieron a las dinastías persas.  Los Dailami molaban mucho en FoG, porque eran MF  superiores, regulares, acorazados, impact foot/swordmen. Unas bestias, que podían además llevar apoyo de arqueros en retaguardia. Las infanterías medias afganas, indias se representan como MF lanza ligera o MF superiores Impact foot/swordmen) irregulares, lo que las hace baratas, peligrosas y difíciles de controlar. Como eran, vamos.


Un espectacular general, Cv.
En Art de la Guerre, las reglas no permiten distinguir entre caballería acorazada turca o irania, pero ahí queda  siempre el orgullo del coleccionista y pintor minucioso. Ambas eran caballería pesada con arco, con opción de subir a élite. Luego encontramos los tres tipos de LH: con arco (jorasaní) , con arco y élite(turca)  y ligera/impacto beduina. Los dailami son igual de temibles: MF, impacto y élite, y luego está el resto de la infantería, que es media, y varía desde la impetuosa a la “jabalineros”, que representan a los afganos.
 

miércoles, 9 de mayo de 2018

Historia de la Rus

Saludos. En el artículo de esta semana hablaremos del origen de las actuales Rusia, Ucrania y Bielorrusia. La historia de estos países comenzó hace mucho tiempo, con el movimiento de las tribus eslavas, y la “Crónica de Néstor” o “Crónica primordial” será nuestro guía. Hace poco que he podido estudiar este texto y debo decir que es una de las crónicas más amenas e interesantes que he leído, incluso a pesar de los pasajes dedicados a la iglesa ortodoxa, los conventos y las anécdotas de temática sacra. Recomiendo su lectura porque es muy interesante. Recordemos que los eslavos se habían puesto en movimiento desde su región de origen, y sus migraciones, producidas entre los siglos V y VIII, causaron profundos cambios étnicos en la parte oriental de Europa. Finalmente se distinguieron tres grandes grupos: los eslavos meridionales, que llegaron hasta las Balcanes; los occidentales, que se quedaron en el centro de Europa, en las actuales Chequia, Polonia, etc. y los orientales. Éstos últimos son la base de la Rus, y se asentaron en las extensas llanuras de Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y continuaron expandiéndose hacia el este. Néstor nos da más detalle de estos pueblos usando el recurso de un supuesto viaje de San Andrés entre los eslavos. Lo que nos dice que estos eslavos se denominaban por tribus según el lugar donde vivieran. Así, los polianos  (de “poly”, que significa “campo”) habitaban en las fértiles llanuras a los lados de los ríos Dnieper y Lovat; los derevlios, que habitaban en los bosques; los dregovicios, que habitaban entre el Dvina y el Pripet, los polosios, que habitaban junto al río Polota, etc. Hay que tener en cuenta, también que todos estos grupos terminaron absorbiendo a otros pueblos, que terminaron adoptando su idioma como propio. En el caso de los eslavos orientales, estos pueblos fueron tribus finesas, bálticas e incluso, a través de las estepas, pueblos iranios. Sufrieron la llegada de los avaros, y luego los jázaros, que era pueblos esteparios. La crónica, puesto que es cristiana, hace una descripción grotesca de las costumbres eslavas anteriores a la formación de la Rus, destacando, eso sí, la cultura más avanzada de los polianos. Pues bien, durante el siglo VIII y la primera mitad del siglo IX comenzaron a aparecer las primeras unidades políticas de estos eslavos, que tomaron la forma de principados. Destacaron por su importancia el principado de Kíev, el principado del Norte (con capital en la hermosa Novgorod) , el de los dregovicios, el de los derevlios y el principado de Polotsk .


 
Rurik y sus hermanos
También explica Néstor la importancia geográfica de la región. El río Dniéper  desemboca en el Mar Negro. Ascendiendo por él, se llegaba a una zona en la que, a través de tierra, se llevaba el barco o la carga hasta el río Lovat, y el río Lovat llegaba al gran lago Ilmen. Desde aquí, el Volkhov  fluye de este lago al lago Nevo, y este tiene una boca que llega hasta el Mar de Norte, o el Mar de los Varengos, como se llama en la crónica. Es decir, había una ruta comercial desde los países nórdicos hasta Constantinopla. Los eslavos la usaban a menudo, y los suecos, daneses y noruegos no tardaron en descubrirla. A mediados del siglo IX, los varengos, o vikingos procedentes de Suecia, comenzaron a cruzar el Báltico y a remontar los grandes ríos procedentes de estas tierras. Realizando feroces incursiones, contactaron así con algunos principados eslavos, a quien pronto sometieron a tributo. Según la “Crónica de Néstor”, eran los Chuds, los Eslavs, los Ves y los Crivichios. Sus tierras eran fértiles, y disponían de abundante caza, y miel, y maderas. Sin embargo en el año 862, consiguieron una precaria alianza y desafiaron a los varengos, rechazando el pago de los tributos.  Al principio les fue bien, pero por aquellos días, los jázaros sometieron a los polianos, severos y viatigios. Aunque no lo deja claro en la crónica, imagino que ante el avance jázaro, los que acababan de rechazar a los vikingos se vieron con el nuevo enemigo a las puertas, y decidieron buscar aliados en los feroces varengos.   De este modo, en lugar de estar sometidos a los tributos de dos enemigos, se aliarían con uno de ellos para luchar contra el otro. Así fue como decidieron ir a buscarlos a Suecia y hacerles una oferta que no podían rechazar, y se inició la dinastía de reyes varengos entre los eslavos, llamada dinastía Rúrika. Comenzó con la llegada de los tres hermanos a aquella nueva tierra, en el año 860: Rurik, Sineus y Truvor, y todos sus seguidores. Rurik se asentó en Novgorod, Sineus en  Beloozero y el tercero en Izborks. Dos años después, Sineus y Truvor fallecieron, pero Rurik situó a sus hombres a la cabeza de estos principados, y extendió su dominio también sobre los polotsianos,  Rustov y  Murom. Y al amparo de aquella nueva era, dos de los hombres de Rurik,  Askold y Dir, avanzaron hasta Kiev, que por aquel entonces estaba sometida al tributo de los jázaros. La tomaron, atrajeron a más varengos con ellos y se hicieron fuertes allí, libres de Rurik,  mientras este mandaba en Novgorod. Fueron ellos los que  lanzaron el primer ataque a gran escala al país de los griegos, en el decimocuarto año del reinado del emperador Miguel. Con una flota de doscientos barcos bajaron por los ríos, entraron en el Mar Negro y arrasaron el Quersoneso y los alrededores de Constantinopla. El emperador, que marchaba a una campaña contra los búlgaros, tuvo que volver a toda prisa, pero finalmente, una terrible tempestad estrelló a la flota contra la orilla y los pocos supervivientes tuvieron que volver con muchas dificultades a su tierra.


Oleg ante las murallas de Constantinopla
En el año 870 falleció Rurik. Tenía un hijo, apenas un bebé, llamado Igor. Eligió de entre los parientes que le acompañaron,  Oleg, para que gobernara en nombre de Igor. Este Oleg fue el verdadero creador de la Rus. Conquistó Smolensk y la sometió a tributo. Luego siguió hacia Kiev, eliminó a los díscolos Askold y Dir y estableció allí la capital del nuevo estado que había concebido: la Rus de Kiev. Un estado en el que los príncipes varengos gobernaban sobre la población eslava, y les exigía tributos, tanto a ellos como a los demás principados eslavos a los que vencían. A cambio, dirigían los nuevos ataques y hacían frente a los jázaros. En el 885 habían conquistado casi todos los territorios eslavos que hasta entonces les pagaban tributos. Y dio forma a este estado. Ordenó que las ciudades fueran fortificadas. Ante la ausencia de accidentes geográficos importantes, los únicos obstáculos de aquella tierra eran los ríos. De modo que las ciudades levantaron grandes empalizadas de madera, y Oleg distribuyó guarniciones varengas por todas ellas, y designó sus gobernadores de entre los hombres que le debían vasallaje a él o al príncipe Igor.

Oleg cumplió su palabra con Rurik y tuteló al joven príncipe Igor. Bajo el férreo mando de Oleg, la rus sobrevivió al advenimiento de los magiares, que finalmente se asentaron en la actual Hungría. También aquellos años, la cristianización se fue propagando entre los eslavos del oeste, y de hecho, se tradujo la biblia a lengua eslava, en el alfabeto que creó Cirilo para ello. Pero los varengos se resistían al nuevo dios. Oleg, en el 904, lanzó un nuevo asalto contra Constantinopla, a la que ellos llamaban “Tsargrado”, la “ciudad del César”.  Y el emperador, que por entonces ya era Basilio, tuvo que pagar un gran botín a Oleg para que se fuera a su casa, y también establecer un tratado con ellos. Néstor dedica un buen número de líneas a describir el pacto, que podemos resumir en dos conclusiones importantes: los mercaderes varengos tendrían un trato preferente en las condiciones comerciales con los emperadores bizantino y, aquí empieza lo bueno, los varengos podrían ser reclutados por dichos emperadores bajo ciertas condiciones comerciales especiales (estipendio mensual, alojamiento, etc.), e incluso en caso de muerte, se garantizaba que su herencia llegara a sus parientes en la Rus, aun sin testamento.

Pero, ¿por qué todo esto? Pues porque hay que tener en cuenta que Constantinopla era la urbe más grande y el mercado más importante de aquella parte del mundo. Era la capital de un imperio que no cesaba de demandar todo tipo de productos. Y los varengos/vikingos, que igual empuñaban una espada que te vendían una piel de marta, se percataron de que todos los bienes de las grandes y fértiles tierras de la Rus se vendían bien en la capital del imperio. Así que muchos tributos se pedían en especie, sobre todo piel de marta, cera, miel, ámbar,   etc., y todo esto se vendía en Constantinopla. Y en cuanto a las otras condiciones, pues así nació la legendaria Guardia Varenga, la escolta personal de los emperadores. Su unidad de élite. Muchos y notables vikingos servirían en ella. En la tumba de muchos ellos, allá en el frío norte, se leyó “Bard-aur i greki”, o “muerto entre los griegos”. Quizá el más famoso miembro de esta guardia fue Harald Hadrada, que disputaría el trono de Inglaterra a Harold Godwinson en Stamford Bridge, días antes del desembarco normando de Guillermo el Conquistador (que por cierto, descendía de Rolf Ganger, Rolf el “Caminante”, hijo de Ragnvald Eystensson, el favorito de Harald I de Noruega. Al final, todos eran primos, “oyes”). Pero esto es otra historia.

Oleg tuvo una muerte bastante ridícula tal y como la cuenta la crónica de Néstor, que la pone como el resultado de desafiar al destino. Todo muy dramático. Os dejaré que la busquéis si os pica la curiosidad. Así que cuando murió, como el príncipe Igor ya era mayorcito, tomó el mando del estado en el 913. Igor siguió la política activa de consecución de tributos de los principados eslavos, pero en el 914 tuvo que hacer frente a la llegada de otro pueblo que en los años venideros sería sin duda otro de los protagonistas de este drama: los pechenegos. Pueblo de origen túrquico, grandes arqueros a caballo,  aparecieron por las llanuras asiáticas y pasaron por la Rus. Igor, que no carecía de talento, llegó a un costoso acuerdo con ellos y siguieron su camino, pero desde ese momento serían  una fuerza a considerar en la región, y con frecuencia los veremos luchando al lado de la Rus o al lado de los búlgaros, o de los bizantinos, según el mejor postor.


Kiev
En la Crónica encontramos aquí un misterioso vacío de veinte años en el que sólo se dan sucintas noticias sobre los magyares y los búlgaros, pero apenas se habla de Igor. Podemos pensar que se dedicaría a  mantener sus principados frente a los pueblos de las estepas, pero por fin, en el 935, Igor lanzó un nuevo ataque contra los griegos. Pensemos que los tratados solo se mantenían mientras los firmantes fueran fuertes. Si uno de los dos se mostraba débil y no podía reclamar su cumplimiento, el texto perdía su fuerza, y eso debió de pasar a Igor. Así que se lanzó con sus barcos hacia Constantinopla, arrasando de paso la Paflagonia y otras plazas en la costa del Mar Negro. Pero los bizantinos los arrasaron con su fuego griego en el mar, e Igor tuvo que huir con el rabo entre las piernas. Tardó diez años en volver a reunir sus fuerzas, someter a los pechenegos, traer más mercenarios varengos y reunir a un montón de eslavos y resarcirse de aquella derrota, cosa que logró. Así revalidó el tratado de Oleg, trajo un gran botín y sintió por fin su orgullo satisfecho. Justo a tiempo, porque ese año murió luchando contra los derevlios, reclamando su tributo.

Así que quedó sola al frente del gobierno su viuda, Olga, y su hijo, Sviatoslav Igorevich, todavía demasiado joven. Olga fue una mujer notable. No se sabe mucho de su origen. Fue traída de los países nórdicos a casarse con Igor cuando este era aun muy joven. Y cuando falleció su esposo, no dudó en ponerse al frente de sus tropas y lanzar una terrible campaña contra los asesinos de su Igor. Mucho lamentaron los derevlios haber acabado con Igor, pues no dudó en prender fuego a su ciudad y ver cómo ardían todos, y a los que escaparon, los mató o los vendió como esclavos. Y no solo era sabia en cuestiones de guerra. Preparó el reino para su hijo. Ordenó y legisló, organizó la recogida de tributos y mejoró la red de puestos fronterizos y puestos comerciales, tanto que el propio Néstor en su crónica indica que todo lo que hizo aún seguía funcionando en el momento de la escritura de la crónica, casi doscientos años después.

Olga en la corte bizantina


Juntos, madre e hijo llevaron a la Rus a la cima de su poder, hasta la muerte de Sviatoslav en el 972. Además de las reformas mencionadas, también redefinieron la política exterior: se buscaría la amistad del imperio Bizantino, y se atacaría a todos los demás, sobre todo a l os jázaros, pero también a otras tribus turcas, como los pechenegos, o bien baltos, como el pueblo lituano. Gran parte de las relaciones entre Bizancio y Kíev se basaron en la cristianización de la Rus. Hasta entonces, los eslavos y varengos habían mantenido sus cultos paganos: Perun, el dios del Trueno, y todo el panteón vikingo, y también Jors, que era una deidad irania. El proceso de cristianización había comenzado en el siglo IX (con san Cirilo y san Metodio), pero fue Olga la que se percató de las enormes ventajas que supondría para su hijo contar con el respaldo del imperio bizantino, y sellar dicho respaldo a través de la fe cristiana. Tengamos en cuenta que Constantinopla no era el verdadero enemigo. El día a día de la Rus tenía más que ver con el sometimiento de los principados díscolos, y la guerra continua con pechenegos, jázaros, magiares y otros pueblos esteparios. A través de la “cristianización”, los príncipes de la Rus tendrían una legitimación muy poderosa.  Nótese que ya los búlgaros habían optado por el mismo camino. Así que Olga marchó en el 948 a Constantinopla, al frente de una misión diplomática de extrema importancia. Estando allí, encandiló al emperador y aceptó el bautismo, y con la misma habilidad que había mostrado para la guerra, convenció al “pegajoso” y ardiente emperador para que la dejara volver a la Rus a convertir a su hijo, a cambio de importantes cantidades de miel, pieles y otras mercancías, y un importante contingente de tropas, sobre todo varengos, que lucharan contra el emperador. Y aunque no consiguió que Sviatoslav se convirtiera al cristianismo, si consiguió situar a la Rus en la órbita romana. Y el apoyo dio sus frutos. Sviatoslav derrotó en los años siguientes a los jázaros y a los búlgaros, y levantó el gran asedio de los pechenegos a Kiev, en el que su madre estuvo a punto de perecer. Poco después, en el 969, Olga falleció, y sin ella, todo el estado que estaba creando se desmoronó rápidamente, dividido y acosado por sus enemigos tradicionales. Sviatoslav murió cuatro años después, y dio comienzo un periodo turbulento, en el que sus descendientes, cada uno en su principado, se disputaron el poder, hasta que imperó  Vladimir Sviatoslavich, también conocido como Vladimir el Grande, o san Vladimir, ya que fue santificado. Desde ese momento, los altos cargos serían enviados por Bizancio, aunque el papel de la Iglesia en la Rus sería separado totalmente del gobierno. Y durante mucho tiempo, la nobleza mantendría también cultos paganos, sobre todo a Perun y Jors. Vladimir unificó finalmente a todos los principados, y colocó a sus descendientes al frente de las nuevas “provincias”-principados. Desde ese momento, el príncipe de Kíev ostentaría el título de “Gran Príncipe”, para diferenciarse de los demás.

Olga pensando en los derevlios
Y aunque fue Vladimir quien convirtió finalmente a la Rus a la cristiandad, la labor inicial de Olga, la gran estadista y primera cristiana de la Rus, fue reconocido por la iglesia ortodoxa y santificada como Santa Olga, o Santa Helga. Y hay que destacca también los párrafos que Néstor dedica a la conversión de Vladimir, que son de los pasajes más fascinantes. Pues Vladimir, buscando “nuevos dioses”, recibe una embajada de los búlgaros del Volga, que ya se habían convertido al islam, y le cuentan las bondades de su religión. Luego llegan los jázaros, que se habían convertido al judaísmo (¿nunca os habéis preguntado cómo llegaron los judíos de “El violinista sobre el tejado” a Rusia?). Los siguientes fueron misioneros cristianos germanos, que usaban los modos “romanos” u occidentales, y luego el emperador  de Constantinopla le envía misioneros “ortodoxos”, que son los que finalmente elige. Es un pasaje profundamente humano a pesar de ser “naif” en sus planteamientos, pero verdaderamente fascinante.

Pechenegos
Tras la muerte de Vladimir el Grande, el proceso de descomposición de la Rus apenas  pudo detenerse. El principado fue dividido entre los hijos de Vladimir, Iaroslav el Sabio y Mstislav. Cuando éste murió, Iaroslav unificó de nuevo el territorio. Sin embargo, a su muerte, sus hijos disputaron duramente, e hizo aparición el pueblo de los cumanos, o “kypchaks”, otro pueblo turco, desde las estepas del sur, que habían desplazado a los pechenegos. Desde ese momento, los príncipes lucharon a menudo entre ellos, o bien lucharon unidos contra los cumanos, o bien con los cumanos contra el resto de los príncipes. Durante la segunda mitad del siglo XI y el primer tercio del XII, la Rus se mantuvo a duras penas unida, aunque sus príncipes locales tenían cada vez más independencia, y compitieron en traición y capacidad de intriga. De cada generación, el líder repartía sus principados entre sus hijos, y a su muerte, los hijos luchaban o se traicionaban y corría la sangre, hasta que uno se imponía, y el ciclo volvía a comenzar. En estos años, la Crónica de Néstor ya no habla de incursiones ni campañas hacia el exterior, sino de un continuo estado de guerra fratricida.

Este periodo terminaría con el reinado de Vladimir II Monómaco, entre los años 1113 y 1125. A Vladimir II debemos dos de los primeros exponentes de la literatura de los rus: la “Instrucción”, y su “Homilía”, obra en la que él, consciente de los peligros que acechaban a la Rus en descomposición, trató de plasmar su experiencia y sus recomendaciones a los futuros príncipes. También, durante su reinado, tuvo el poder y la iniciativa suficiente como para construir un largo muro en la estepa para protegerse de los cumanos, vigilada por sus valientes boyardos..

Tras la muerte del Gran Príncipe Vladimir II, la Rus siguió su descomposición. La decadencia y la bajada de la demanda comercial por parte de Constantinopla, y las nuevas rutas comerciales que abrieron las Cruzadas, provocaron que la Rus fuera quedando al margen de lo que pasaba en el resto del mundo, y los ingresos debidos al comercio descendieron. Los Príncipes de la Rus tenían menos recursos, y su poder se fue fragmentando tanto como sus territorios, en  el que fueron apareciendo pequeños principados independientes. Los príncipes tuvieron que apoyarse cada vez más en sus boyardos al carecer de recursos propios. Esto puede apreciarse, a modo de anécdota, en el papel que los boyardos tienen en los cuentos tradicionales rusos de temática heroica, o “bilinas”, en los que casi siempre los protagonistas son boyardos que, leales a algún príncipe, cumplen arriesgadas misiones en defensa de la tierra rusa. Curiosamente, los príncipes de estos cuentos están siempre en sus palacios, y rara vez se ponen al frente de sus ejércitos o se exponen a algún peligro. Yo crecí leyendo estas historias, que conocí incluso antes de la mitología griega: Ilyá Múrometz, Dobrinia, Aliosha Popóvich, Dunai y Nastasia...
Pues bien, la Rus unificada se dividió en tres estados principales: Rus de Vladimir Suzdal en el norte, la de Volinia-Galitzia en el sur, y el principado independiente de Novgorod, ciudad dedicada al comercio, próspera y opulenta, y que daría origen a un personaje de cuento maravilloso llamado Sadkó de Novgorod: astuto y afortunado mercader, y maestro en el arte de tocar el salterio. Ya en la segunda mitad del siglo XII Kíev fue perdiendo importancia, al tiempo que los cumanos aumentaban la presión sobre las tierras rusas, pero Novgorod prosperó por su control del comercio del Báltico.

Pero las divisiones aumentaron tanto que cuando, los mongoles invadieron la Rus, en el 1220, no había fuerza capaz de hacerles frente. Fue Batu Kan, al frente de la Horda de Oro, quien arrasó el país. La llegada de los tártaros fue tan terrorífica para los rusos que muchos huyeron a las tierras boscosas, a la espesura, donde los mongoles no se atrevían a penetrar. Muchas bilinas, como la de Aliosha y el tártaro Tugarin, muestran a los tártaros como seres monstruosos, deformes y gigantescos.
La conquista mongola tuvo graves repercusiones. En el futuro haré una serie de artículos sobre el imperio mongol, en los que trataré esto con más detalle, pero por ahora basta decir que los mongoles no se anexionaron esta región, pero sí sometieron a sus príncipes a un duro vasallaje (os recomiendo leer la historia de Aliosha Popovich). Favorecieron la preminencia de Moscú, situada más al este que Kíev, como nueva sede de poder de los gobernantes rusos, mientras la antigua capital de la Rus era aislada y caía en el olvido. No fue hasta Ivan el Terrible cuando los rusos recuperaron su independencia. Por lo tanto, detendremos aquí el relato de los hechos históricos.

LOS EJÉRCITOS DE LA RUS EN DBA



En DBA, encontramos dos listas distintas para el periodo descrito en este artículo. Aunque la composición de los ejércitos cambia, la organización de los ejércitos se basa en lo siguiente: el Príncipe poseía un ejército propio, denominado “druzhina”. A este contingente, los príncipes podían unir tropas locales, aportadas por las ciudades, en caso de necesidad, o incluso mercenarios provenientes de pueblos esteparios con los que a veces se estaba en guerra, y a veces, se colaboraba. Con este esquema en la cabeza, veamos ahora los ejércitos.

III/48, Rus.- Esta lista representa a los ejeŕcitos de los príncipes de la Rus desde la llegada de los reyes vikingos hasta la fragmentación de los principados. Encontramos pues la peana del general como Cv o bien como Bd. Ésta peana es la “druzhina”, y son vikingos. Luego hay siete peanas de lanzas, obligatorias. Los lanceros rus, es decir, autóctonos, usaban largas, al modo escandinavo, lanzas y escudos. Inicialmente eran redondos, también como el de los vikingos, pero fueron cambiando al diseño cuadrado. También estaban equipados con hachas. Eran conocidos por su ferocidad y por la fuerza de sus formaciones cerradas. Luego hay dos peanas con opción de ser lanceros rus o bien, arqueros hostigadores, Ps, que solían disparar desde detrás de las formaciones de lanzas. Por último, otras dos peanas que pueden ser más lanceros rus, o Bd, que representan a mercenarios varengos, o bien LH, que pueden ser búlgaros del Volga, magiares, polacos o pechenegos: arqueros a caballo, vamos.
III/78 Rusos tempranos. Esta lista representa ya a los ejércitos en los que participan los boyardos. El general y cuatro peanas más son Cv. Ésta es la nueva “druzhina”, conformada por los jinetes bogatires: equipados con arcos, mazas y espadas, y equipados con hermosos armaduras y arreos. Luego hay dos peanas de caballería ligera, que eran tropas aportadas por las ciudades, formadas por boyardos empobrecidos o campesinos pudientes, y que tenía funciones de exploración, pero también puede representar a mercenarios húngaros, pechenegos o cumanos, o bien “kazak”, que eran turcos asentados en las fronteras de la Rus. Siguen dos peanas de lanceros rus, dos de arqueros y la última, que tiene tres opciones: una Hd, representando a milicias locales; Ax, representando a tropas rusas procedentes de los bosques, y una extraña peana de 3 ó 6 Kn, que son caballeros mercenarios germanos, en formación estándar (3Kn) o bien en cuña (6Kn).


En Art de la Guerre encontramos las mismas listas. La 160 es la Rus, con una "druzhina" formada por lanceros varengos o caballería pesada, y un núcleo de lanceros pesados y alguna caballería ligera. La lista 206, Rusos Feudales, incluye la segunda época. La élite es ahora montada, formada por los boyardos, representados como caballería pesada, quizá en contraposición a la caballería pesada con arco que encontramos en las listas de pechenegos y cumanos; luego tenemos a los lanceros, con presencia menor, y muchas opciones de aliados: cumanos, pechenegos, polacos e incluso esos caballeros.
Guerreros de la Rus


Las gamas de rus, sobre todo los boyardos, suelen ser muy atractivas visualmente. Que yo conozca, Essex y Old Glory tienen una bonita gama, aunque mi favorita es la de Mirliton.