lunes, 26 de agosto de 2019

La Segunda Guerra Púnica, parte III. Aníbal a las puertas

Saludos. Habíamos dejado a Aníbal victorioso tras el encuentro de Tesino y a Publio Cornelio Escipión senior lamiéndose las heridas mientras se retiraba a un entorno donde esperaba estar más protegido, esperando a que el ejército de Tiberio Sempronio se reuniera con él en las proximidades del río Trevia.
Antes de seguir, tenemos que entender los problemas a los que se enfrentaba Aníbal. El general cartaginés había concebido un audaz plan para invadir Italia por tierra, llevando elefantes a través de los Alpes, y lo había conseguido. Su estrategia había sido, por lo tanto, llevar la guerra hasta el país de los romanos. Pero ahora ya estaba allí y necesitaba convertir esa estrategia general en acciones tácticas, prácticas y contundentes, pues que sabía que, si bien el apoyo galo era importante, estos eran volátiles y la inacción o la derrota los llevaría a desertar. Una ven en Italia, Aníbal no tenía un plan completamente desarrollado, como sí lo tenía al cruzar los Alpes. A partir de ese momento debía improvisar, reaccionar a las oportunidades que fueran saliendo para derrotar a los romanos y, sobret odo, hacerlo lo más rápido posible. Por eso, lo que encontraréis a continuación es el relato de una de las campañas más asombrosas de la Historia. Aníbal necesitaba ser asombroso.

Batalla de Trevia
Cuando Tiberio Sempronio llegó donde Escipión, unos galos de lealtad dudosa, le pidieron ayuda en contra de Aníbal. Envió entonces una avanzadilla que se encontró con otra avanzadilla cartaginesa, lucharon y la pusieron en fuga, persiguiéndola hasta su campamento. Aníbal retuvo a sus tropas sin dejarlas salir a pesar de que la vanguardia de Tiberio había quedado muy cerca tras la persecución.No quería entrar en batalla sin un plan que le asegurara la victoria. Sempronio aprovechó la aparente cobardía enemiga, así como la baja de Escipión, para intentar llevarse la gloria de la primera victoria contra Cartago en esta guerra. El cartaginés supo leer bien las intenciones de Escipión en las patrullas y posiciones que tomaba el ejército de Sempronio, que acampó cerca, al otro lado del río, tras llegar a las posiciones adquiridas por la vanguardia, y necesitado también de un golpe de mano, planeó la batalla para el día siguiente.
Había una llanura entre ambos campamentos, junto al río Trevia, muy despejada, por la que circulaba un riachuelo en cuya ribera crecían grandes zarzas y otras plantas muy tupidas. Esa noche emboscó allí cien jinetes y otros tantos guerreros de infantería ligera. Si la lucha tenía lugar donde él quería, el riachuelo quedaría a la retaguardia romana.
Despliegue inicial. Fuente: Autor
Por la mañana, muy temprano, antes de que los romanos desayunaran, Aníbal envió a los númidas a acosar el campamento enemigo. Sempronio respondió enviando a su propia caballería y a los velites, su infantería ligera. Mientras, los cartagineses salieron a campo abierto y formaron su infantería pesada. Sempronio tuvo que sacar así a sus legiones, que tuvieron así que cruzar el río Trevia, ateridos de frío y sin haber comido.
Las escaramuzas iniciales terminaron. Aníbal había desplegado toda su infantería pesada en el centro y diez mil jinetes repartidos en las dos alas, con los elefantes entre ellos.
Los romanos formaron como siempre, con las legiones en el centro y sus caballerías en las alas. Su infantería ligera formaba delante, pero habían sido los primeros en entrar en combate por la mañana y no tenían muchos proyectiles ni energías. Tras los encuentros de las ligeras, las infanterías pesadas chocaron.
Los frentes chocan.Las alas de caballería chocan
 en los flancos. Fuente: Autor
Entonces Aníbal puso en fuga a la caballería romana en ambas alas enemigas, pues entre los elefantes y sus jinetes, tenía superioridad manifiesta. Después, mientras algunos escuadrones perseguían a la caballería en fuga, el resto atacaron el flanco de la infantería romana, que comenzó a pasarlo verdaderamente mal. Y en ese momento, salieron las tropas embocadas y atacaron por la línea de retaguardia. Así dejó totalmente rodeado a los romanos.
Estos no cedieron rápido. El frente romano que luchaba contra los galos, venció a estos y los puso en fuga, y pasaron a liderar una retirada ordenada, sometidos un acoso continuo que les costó muchas vidas. La caballería puesta en fuga fue diezmada al intentar cruzar el río, por su parte. Al final solo unos pocos llegaron a Placentia, haciendo gala de una extraordinaria resistencia y moral. Pero el camino desde el campo de batalla hasta allí estaba sembrado de cadáveres.
La caballería cartaginesa pone en fuga a la romana. Una parte
los persigue, y otra  carga contra los flancos. Las tropas
emboscadas atacan la retaguardia romana. Fuente: Autor.
Aníbal estaba satisfecho. Había tenido bajas, pero casi todas eran galos, a los que podía reponer sin problemas. Sus íberos y africanos no se habían portado brillantemente. Eso sí, Trevia fue la última batalla en la que pudo usar elefantes. Ese invierno se le murieron todos menos uno.
Los romanos regañaron a Sempronio. Tomaron más medidas, reforzando posiciones. Cneo Emilio y Cayo Flaminio fueron nombrados nuevos cónsules, y estos enviaron refuerzos a Sicilia y Cerdeña, porque temían que Cartago, aunque no tuviera barcos, no podían confiarse en ningún punto.
La sangrienta persecución en el paso del Trevia. Angus Mcbride
Mientras en Hispania...
Cneo Cornelio, nombrado por su hermano comandante de la flota, costeó el sur de la Galia y al fin desembarcó en Ampurias. La llegada de este general, en el 218 a.d.C., marca la entrada de Hispania en la esfera de Roma. Pusieron el pie en la orilla y sería para siempre.
Cneo se dedicó a atraerse a los pueblos íberos al norte del Ebro, conquistando a los que se le resistían. El general Hannón, designado por Aníbal para controlar esta región, le plantó batalla pero fue derrotado. Su rico bagaje, que tenía como objeto equipar futuros refuerzos para Aníbal, cayó así en manos romanas.

Cneo Cornelio desembarca en Hispania. 

Asdrúbal acudió en ayuda de Hannón desde el sur. Cruzó el Ebro y descubrió que los romanos habían desprotegido su flota, así que se lanzó por sorpresa por tierra y la destruyó. Luego volvió a cruzar el Ebro hacia el sur y comenzó a tomar posiciones para contener a los romanos en la ribera sur. El encuentro inicial fue un empate táctico, pero estratégicamente, Cneo había cortado el camino para enviar refuerzos por tierra a Aníbal.
Cneo invernó en Tarraco, mientras Aníbal veía morir a sus elefantes durante el frío invierno y Publio Cornelio se lamía las heridas en Placentia.

Invasión de Etruria y batalla de Trasimeno.
Al verano siguiente, el cónsul Flaminio avanzó y se plantó en Etruria, esperando bloquear a Aníbal. Pero este, que ansiaba abandonar el territorio galo para que estos no se quejaran, y pudieran también tener acceso a botines romanos, encontró un camino secreto directo para invadir la Etruria a través de unos pantanos. Un camino ignorado y despreciado por los romanos, porque nadie en su sano juicio podría pensar en atravesar ese paso con un ejército..
En verdad fue una parcha penosa, y se dice que Aníbal cruzó los pantanos a lomos de su último elefante, lo que no le sirvió para evitar una penosa infección en un ojo que terminó por dejarle tuerto. Sus tropas sufrieron lo indecible. Durante tres días y noches avanzaron sin poder detenerse, pues no tenían dónde dormir,salvo sobre los cadáveres de alguna acémila que cayera muerta de agotamiento. Los galos no dieron media vuelta y huyeron porque Aníbal había tenido la precaución de cerrar la marcha con su caballería cartaginesa.
Al final salieron de los pantanos e invadieron Etruria más allá de la posición que tenía Flaminio. Aníbal quería dar la impresión de despreciar su amenaza, pues se había informado sobre el carácter del cónsul. Supo que no tenía mucha experiencia militar y que ansiaba sobre todo la popularidad y el prestigio que le proporcionaría vencer a los cartagineses. Y Aníbal acertó. Cayo Flaminio lanzó su ejército a perseguir a Aníbal sin aguardar las fuerzas que Cayo Servilio tenía en Rímini, bloqueando otras de las posibles salidas de Aníbal hacia el sur. Flaminio quería toda la gloria para él. He aquí otro gran ejemplo de por qué Aníbal era mucho más que un gran general: para él, el carácter de sus oponentes era un factor estratégico más a usar según sus intereses. Era, después de todo, un fenicio.
Aníbal dirigió sus tropas al lago Trasimeno. Era este un lago que cerraba el paso a un desfiladero. Sólo había un estrecho camino que bordeaba el lago y permitía entrar en el angosto valle. El Bárquida pasó por el camino y, una vez en el desfiladero, ocultó sus tropas por las laderas, confiado en que Flaminio lo seguiría. Ya había usado emboscadas en Trevia, pero en Trasimeno, Aníbal emboscó con todo su jodido ejército.
Las tropas emboscadas en las laderas caen sobre
la larga columna romana, que marchaba bordeando
el lago. Fuente: Autor.
Sus tropas aguardaron escondidos toda la noche. A la mañana siguiente, muy temprano, Flaminio ordenó marchar por aquel camino y penetrar en el desfiladero. Y he aquí la genialidad del cartaginés: no reveló la emboscada hasta que la larga columna romana estuvo totalmente dentro del desfiladero. Entonces, sin espacio para maniobrar, en una zona en la que unos pocos podrían estorbar a miles, el ejército cartaginés cayó sobre ellos con un enorme rugido.
Polibio cuenta que aquella fue una mañana neblinosa, y las columnas romanas no podían verse unas a otras a lo largo del camino. Cuando los íberos, galos y libios cayeron sobre ellos, ningún romano podía saber qué estaba pasando. Sin poder apoyarse, ni maniobrar, allí cayeron más de quince mil legionarios a espada o ahogados en el lago. Fieles a su doctrina, la mayoría de legionarios no huyó. Se mantuvo en su posición, pero sin formaciones ni órdenes ni organización, los feroces soldados de Aníbal acabaron con ellos.
La agonía romana en Trasimeno. Fuente: Tuscanyumbria
Fue una derrota humillante y sangrienta. Y mientras los victoriosos mercenarios de Cartago aun despojaban los cadáveres romanos, Aníbal supo de la avanzadilla que había enviado Sempronio. Los emboscó con su propia caballería, y en la sorpresa y persecución, acabó con la mitad de la avanzadilla. El desastre para los romanos, tras perder a un ejército consular y la caballería del segundo, fue total.

Comienza el Giro d´Italia
Aníbal no avanzó hacia Roma en aquella ocasión. Sabía que sus hombres habían pasado muchas penurias. Los caballos estaban también maltrechos. Así que se dirigió a la costa del Adriático. SE asentó en una rica región y aprovechó para reponer fuerzas, mandar mensajes a Cartago, repartir botines, reequipar sus tropas con el equipo romano capturado, etc.
En Roma, aterrados por las pérdidas sufridas, nombraron un dictador, un cónsul único con plenos poderes. Hablamos de Quinto Fabio Máximo. Y este adoptó una estrategia nueva por la que le llamarían el «Procrastinador». ¿Recordáis cuando en «Astérix en Britania», César decide atacar a los britanos sólo de viernes a domingo, aprovechando su descanso? Pues Quinto Fabio plantea algo parecido: si Aníbal vence siempre en batalla, no lucharán más batallas. Así de simple.
Tomó el mando de cuatro legiones y se dedicó a seguir a Aníbal de cerca, pero sin abandonar el terreno escarpado, evitando los llanos donde pudieran forzarle a plantar batalla. Se limitaría a esperar una buena oportunidad, o a atacar a las partidas de forrajeadores... El tiempo corría a favor de Quinto Fabio, siempre bien abastecido Si véis en un mapa la cordillera de los Apeninos, sus laderas les permitieron seguir la ruta de Aníbal por toda la zona costera, desde el Adríatico hasta el Mar Tirreno.
En primera instancia, Aníbal quedó perplejo. Él fue moviendo su ejército hacia el sur, saqueando, tomando ciudades, aumentando su enorme y rico botín, mientras los romanos se dedicaban a observarlo desde lo lejos. Se paseó impunemente hasta la punta Yapigia, llamando a las ciudades aliadas de Roma a levantarse contra la ciudad del Tíber. Rebasó el lado este de los Apeninos y entró en Campania y el país de los samnitas, hasta llegar a Capua. Aquellas tierras eran el corazón de la riqueza de Roma, y su saqueo era especialmente doloroso para Roma. Pero ni aun así, Quinto Fabio consintió en ceder a las provocaciones de Aníbal. Esto le supuso enormes críticas por parte de su propia ciudad.
El ejército de Aníbal en Capua. Fuente: Total War Wiki
Pero Quinto no cedió. Nótese que algo así sólo puede ser gestionado por un político que considere que su éxito no es permanecer en su puesto, sino cumplir con la obligación que le había impuesto la ciudad al darle los poderes de dictador. La popularidad de Quinto Fabio durante aquellas semanas bajó al fondo de la Cloaca Máxima, pero él estaba seguro de su estrategia, y no cedió.
Sin embargo, Quinto Fabio tenía un segundo, llamado Marco Minucio. Aunque era leal, Minucio no tenía la entereza ni el estoicismo de Quinto. Él sí veía su «hombría», su «honor» en peligro. Las humillaciones a las que les sometían los cartagineses le escocían de forma intolerable. Y llegó el día en que Quinto Fabio tuvo que regresar a Roma, y dejó a Marco Minucio al mando...

Hispania
Al comenzar el verano, Asdrúbal equipó sus cuarenta naves, preparó su ejército terrestre y avanzó con todo hacia el norte. Cneo Cornelio tuvo conocimiento de ello gracias a sus informadores íberos. Consciente de las muchas tropas de Asdrúbal, decidió rehuir batalla terrestre y combatir con su flota. Embarcó muchos soldados y se lanzó contra ellos antes de que los cartagineses cruzaran el Ebro.
Fueron las embarcaciones de Masilia las que avistaron a la flota cartaginesa. Así salió Cneo a dar batalla naval. El combate tuvo lugar en algún punto frente al delta del Ebro. Tras mucho tiempo de combate igualado, los cartagineses fueron finalmente puestos en fuga. Cometieron además el error de huir hacia tierra, dejando los barcos en la orilla y saltando a las playas, para unirse al ejército terrestre. Cneo sólo tuvo que acercarse a los barcos, lanzar garfios y robárselos todos sin que los hombres de Asdrúbal pudieran evitarlo.
Asdrúbal se retiró veloz hacia el sur, y entonces Cneo Cornelio se decidió a cruzar el Ebro por primera vez. Avanzó presto y llegó a Sagunto, ciudad a la que puso sitio. Y aun sufrieron los cartagineses otro revés del todo inesperado.
En Sagunto permanecían todos los rehenes íberos con los que Cartago confiaba en ganarse la lealtad de sus pueblos. Había también un lídero íbero llamados Ábilix, que resolvió que el futuro estaba con los romanos. Cuando Sagunto fue sitiada por ellos, convenció a Bóstar, el jefe cartaginés de la guarnición, para que le entregara los rehenes, que él los entregaría a los líderes íberos, que le estarían por siempre agradecidos. Bóstar, que temía que si Sagunto caía, esos rehenes podrían pasar a manos romanas, hizo caso a Ábilix. Pero este, tan pronto como salió de la ciudad con los rehenes, corrió al campamento romano y se los entregó, explicándoles que si los entregaban ellos, se ganarían el favor de los íberos que hasta entonces habían apoyado a Cartago.
Y así fue como un íbero engañó una vez a un fenicio.

El gran susto de Aníbal
Aníbal penetró en Apulia con Marco Minucio pisándole los talones. Tomó la ciudad de Gerunio y exterminó a sus habitantes, aunque no demolió sus murallas pues la tomó como base. Se dedicó a seguir reuniendo trigo y botín, aprovisionándose para el invierno siguiente. Minucio decidió entonces bajar al llano a presentar batalla. Cuando Aníbal lo vio, ordenó que solo salieran a forrajear un tercio del ejército. El resto debería permanecer en el campamento.
Sin embargo, puesto que Minucio no pareció tomar ninguna iniciativa, Aníbal se arriesgó a volver a enviar dos tercios de su ejército a forrajear en los días siguientes. Y Marco Minucio lo vio y atacó. De repente, rodeó el campamento de Aníbal y le cortó su salida de él, mientras con su caballería se dedicaba a perseguir las partidas dispersas de forrajeadores, que fueron siendo pilladas aisladas y vulnerables. Sin darse cuenta, el Bárquida había caído en su propia trampa.
Ataque por sorpresa de Marco Minucio. Fuente: Wikivisuals
Los romanos rodearon su campamento, y les incitaban a salir y luchar. Su audacia fue en aumento, y algunos romanos incluso subieron a la estacada cartaginesa y les arrancaron algunas defensas. Los cartagineses lo pasaron muy mal, y Aníbal tuvo que dejar que le mataran a muchos valiosos e irreemplazables soldados que habían salido a forrajear.
Al final, su segundo al mando, que estaba en el exterior, reunió y organizó a cuatro mil de los mercenarios y atacó a los romanos, lo que Aníbal aprovechó para hacer una salida. Marco Minucio fue rechazado, pero su retirada le sabía a victoria, pues sabía que había hecho mucho daño a Aníbal.
Cuando Quinto Fabio regresó, Minucio, ensoberbecido, se volvió intratable, así que decidieron repartirse las tropas. A Quinto Fabio le daba igual incluso el que el éxito de Minucio hubiera animado a Roma a exigir una actitud más beligerante. Él seguía siendo el dictador y se aferraba a su plan, consciente de que la responsabilidad última era suya. Se establecieron en dos campamentos separados.
Aníbal se enteró de esto a través de algunos prisioneros y lo explotó de forma brillante. Había otro monte cerca rodeado de terreno irregular. Allí emboscó tropas y por la mañana, subió a la luz de día a la colina con su infantería pesada. Y Marco Minucio mordió el anzuelo.
El combate en aquella colina fue duro y largo. Aníbal fue llevando más y más tropas para incorporarlas al combate, obligando a Minucio a hacer lo mismo. Y cuando este ya tenía todas sus tropas comprometidas en la lucha de la colina, los emboscados salieron, rodearon a los romanos y comenzó la masacre.
Sólo salvó del desastre total a los romanosel hecho de que Quinto Fabio seguía sintiéndose responsable de aquellos legionarios y salió en su rescate. Aníbal se retiró, pero para entonces, Minucio había perdido la mayor parte de sus tropas. La herida en su orgullo casi fue lo peor.

Y entonces, llegaron a Cannas
Quinto Fabio ejerció su poder y aplicó su estrategia esta el término de su mandato, tras lo cual, este no fue renovado. Los nuevos cónsules fueron Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varro.
Aníbal, ávido de más victorias, abandonó Gerunio cuando llegó la primavera y se dirigió hacia la localidad de Cannas, cuya ciudadela tomó al asalto. Allí, en un campo de batalla que él había elegido, decidió esperar a los romanos, enterado de los nuevos nombramientos y de la no prolongación de la dictadura de Quinto Fabio. Aníbal sospechaba que iban a cambiar de nuevo de estrategia e iban a ir a por él.
Cneo Servilio había sivo designado por los cónsules para dirigir cierto número de tropas, con la misión de seguir a los cartagineses, estorbarle y dificultar su forrajeo, pero no de entrar en batalla. Cuando este llegó a Cannas, los cónsules estimaron que el lugar era óptimo para enfrentarse a él. Reunieron entonces ocho legiones aumentadas, que habían estado entrenando todo el año, y se dirigieron hacia aquel campo.
Cuando las noticias de dicho ejército llegaron a Aníbal, se alegró, porque llevaba a los romanos a su terreno. Él disponía sólo de 30.000 soldados que hablaban una multitud de lenguas distintas, pero él era un líder extraordinario, y había sangrado con sus hombres. Todos y cada uno de aquellos soldados era un curtido veterano. Aníbal, aunque corto de recursos, confiaba plenamente en la victoria.
El general cartaginés esperó a los romanos en la llanura de Apulia, cerca de Cannas, una importante ciudad romana. Así se aseguró que no saldrían suministros de esta ciudad hacia el ejército consular, por lo que los forzaba a atacarles. Cuando el ejército romano se acercó a la posición de Aníbal, vio que éste los esperaba en la margen izquierda del río Efido. Aquel día comandaba Lucio Emilio Paulo, quien, observando a Aníbal, decidió que la posición no les favorecía, y no ordenó atacar. Sin embargo, al día siguiente comandaba Terencio Varro, cuyo carácter era bastante más arrojado e insensato, y aceptó la batalla que planteaba Aníbal. Comenzó así un día aciago para Roma.

Despliegue inicial. Fuente: Autor
El ejército romano ordenó en varias líneas sus legiones manipulares: al frente las tropas ligeras, seguidas de los hastati y los prínceps, legionarios equipados con gladius, escudo, cota de malla y jabalinas. La última línea era la de los Triari, los más veteranos. El fondo de la formación se aumentó mucho, de manera que los soldados acabaron conformando un cuadro enorme, con un frente relativamente reducido, similar al presentado por Aníbal. A ambos flancos situaron la caballería. El río quedó en su flanco derecho. Varro intentaba presionar el centro cartaginés, pues sabía que durante la batalla de Trebia, las legiones ya habían conseguido romper la línea cartaginesa por ahí.

Aníbal, que contaba con menos de la mitad de soldados, volvió a adaptar la doctrina cartaginesa para luchar contra Roma, esa que ya vimos en la Primera Guerra Púnica y en la batalla de Trevia. No tenía elefantes, y su infantería estaba muy mermada, así que no podía contar con formar un centro muy fuerte. Pero supo convertir su debilidad en fortaleza. Formó en una delgada línea. En el centro, él, a pie, se situó entre los íberos y celtas. Eran tropas fieras, pero con menos capacidad de mantener la lucha que los legionarios romanos. En los extremos de su línea situó a sus lanceros cartagineses y libios, la verdadera infantería pesada cartaginesa. Finalmente, su caballería también se colocó repartida a ambos lados de la formación, enfrentada a las dos alas de caballería romana. Luego, Aníbal curvó el su línea de tropas auxiliares hacia delante, en forma de media luna, y adelantó a los hostigadores.
Al fin dio comienzo la batalla. Los hostigadores de ambos ejércitos se enzarzaron en una lluvia de proyectiles, hasta que las tropas ligeras romanas fueron repelidas. A continuación, el cuadro romano entre avanzó. La tierra temblaba con el paso uniforme de ochenta mil legionarios avanzando hacia los cartagineses. Aníbal gritó las últimas instrucciones en los segundos inmediatamente anteriores a la carga romana, y por fin, miles de gargantas rugieron y se lanzaron al combate.
Los frentes colisionan. Fuente: Autor.

Los frentes colisionaron. Las jabalinas de los legionarios silbaban mientras la primera fila acuchillaba sistemáticamente. Fue entonces cuando los legionarios descubrieron la terrible hoja de las espadas íberas. Las tropas del centro cartaginés buscaban pegarse a los escudos de los legionarios, y entonces los legionarios veían como la punta de una corta espada de acero terriblemente duro les entraba por los riñones. Esta espada, el gladius ibérico, sería adoptada por el ejército romano hasta la época imperial, pero eso es otra historia.
El combate se recrudecía, pero el mejor equipamiento de los romanos se hacía notar. Entonces llegó el momento de Aníbal. Las dos alas de la caballería cartaginesa se lanzó hacia la caballería romana de cada flanco enemigo. Los númidas eran excelentes jinetes, y sus rápidas monturas los mantuvieron a distancia de los jinetes romanos mientras los hostigaban con jabalinas y lanzas, mientras que la caballería pesada cartaginesa se lanzó hacia la romana de manera imparable. Los romanos no tenían por entonces una caballería de mucha calidad, y no fueron rivales para unos guerreros que, en su mayoría, habían aprendido a montar antes que a andar.

El frente romano se desordena persiguiendo el retroceso
cartaginés. Los lanceros africanos rodean los flancos de la legión.
Fuente: Autor.
La caballería cartaginesa cierra el cerco
y comienza el exterminio. Fuente: Autor.
La huida de la caballería romana había dejado los flancos romanos desprotegidos. Entonces, Aníbal dio la orden de replegar su línea. Paso a paso, sus mercenarios íberos y celtas mantuvieron la formación mientras su frente convexo se curvaba hacia tras, formando de nuevo una media luna, pero invertida. Así, el cuadro romano se lanzó hacia delante, creyendo que los cartagineses cedían terreno porque estaban siendo vencidos. En su impetuoso avance, las formaciones comenzaron a abrirse y a estorbarse unos a otros. Y Aníbal reveló su golpe maestro: los lanceros cartagineses y libios, su infantería pesada de élite, que estaba en los flancos de la infantería cartaginesa, comenzó a avanzar superando el curvado frente romano, llegando así a contactar con los dos flancos enemigos. Así bloqueado por el flanco, mientras el centro romano seguía estirándose, los legionarios comenzaron a sentir verdadera presión, porque Aníbal ya no ordenó retroceder más, sino avanzar, avanzar y presionar por todo el frente. Los romanos comenzaron a flaquear cuando entre la formación se fue corriendo la voz de que estaban rodeados. Atrapadas, las formaciones intentaban retroceder, pero se entorpecían mutuamente. El espacio entre los soldados se fue cerrando y cerrando, mientras el sol los calentaba, el polvo los asfixiaba y cegaba y la sangre de sus compañeros les hacía resbalar. El pánico se propagó rápidamente, pero ya era demasiado tarde, porque la caballería cartaginesa, que se había reagrupado, volvió a aparecer en la retaguardia romana, y cargó. El cuadro estaba cerrado por todos sus lados, y de allí ya no saldría ningún romano vivo. Los gritos de dolor y de miedo fueron aumentando y pronto superaron a las órdenes que los oficiales chillaban en vano. Ya no eran soldados, sino simples ciudadanos aterrados. Eran niños que lloraban llamando a sus madres mientras intentaban en vano despertar de una sangrienta pesadilla, que se arrancaban los cabellos con sus manos y cavaban en el suelo para introducir la cabeza en un vano intento de dejar de ver el horror a su alrededor. Se aplastaban unos contra otros, pisoteaban a sus propios amigos si caían al suelo, mientras las espadas, lanzas y hachas de los soldados de Aníbal se iban abriendo paso golpe a golpe, vida a vida. Mientras, Aníbal, el primero entre sus hombres, no dejaba de gritar y de animar a sus soldados. No habría prisioneros. Roma debía ser derrotada aquel día, derrotada y humillada para que nunca volviera a levantarse. Tardaron horas en matar a espada a los legionarios uno a uno.

Aquel día, casi cincuenta mil romanos perdieron la vida, en una de las batallas más sangrientas de la Antigüedad. No sólo murieron ciudadanos. Ochenta senadores, el cónsul Emilio Paulo, dos cuestores y veintinueve tribunos, además de los cientos de experimentados centuriones. Desde Roma se elevó un lamento como nunca antes se había conocido. 

En la próxima entrega cerraremos la serie, con la aparición en escena del gran Publio Cornelio Escipión, hijo de Publio Cornelio Escipión senior y sobrino de Cneo Cornelio. Aquel a quien la histoira nombraría como "Africanus".










domingo, 28 de julio de 2019

La Segunda Guerra Púnica, parte II. Elefantes en los Alpes.

Paso de los elefantes. Fuente: Academia Play

Saludos. Continuamos aquí la narración que comenzamos en el artículo anterior sobre la Guerra Anibálica. Habíamos dejado a Aníbal Barca en Sagunto saqueada, a los embajadores romanos en Cartago exigiendo su cabeza y a los sufetes aceptando el órdago de la guerra contra Roma. Comenzaba así esta Segunda Guerra Púnica.
Pues bien, tras la declaración de guerra, cuando las noticias de su ciudad llegaron a Aníbal, este licenció a sus tropas íberas para que pasaran el invierno en sus hogares y volvieran con ánimos a la primavera siguiente. Mientras, él se dedicó a planificar la guerra desde Cartago Nova con sus hermanos Asdrúbal y Magón. Les dio instrucciones sobre cómo conducir los asuntos de Hispania en su ausencia, de cara a proteger cualquier intento de invasión romana en la península, pues su principal temor era que, cuando comenzara su ruta hacia Italia, los romanos pudieran cortar sus lazos con la retaguardia. Aníbal confiaba en que desde Hispania le fueran enviando tropas para lo que se proponía. Pues fue entonces cuando les reveló su plan: invadir Italia avanzando por tierra de Hispania, atravesando los Pirineos, la costa sur de la Galia, río Ródano incluido y los Alpes. Era una invasión terrestre de una escala casi sin precedentes. Sólo los persas habían conseguido algo así algo así en la Segunda Guerra Médica y en la campaña de Darío contra los escitas. Era un desafío logístico gigantesco. Pero, ¿por qué no intentó una invasión por mar? Pues muy sencillo. Recordemos que Cartago aun sigue sometida a las duras condiciones de paz que les impuso Roma al fin de la Primera Guerra Púnica. Durante esos años habían tenido la flota muy limitada en número, y con la guerra recién comenzada no tenían tiempo para hacer una nueva flota. Y si lo hubieran hecho, ya no tenían tripulaciones preparadas y expertas como antes. Había bastado una generación lejos del mar para que los cartagineses ya no se atrevieran a enfrentarse a sus enemigos en el mar, que antes era su hogar. Mientras, Roma tenía ya una ingente cantidad de barcos y tripulaciones entrenadas.
No, la invasión debía ser por tierra y Aníbal lo tenía claro, pero antes debía defender sus posiciones. Aníbal pasó miles de íberos a África para proteger Cartago, y pasó muchas tropas africanas a Hispania. Con ello se aseguró su lealtad, pues luchando lejos de casa, ignorarían cualquier distracción. Contaba con unas cincuenta quinquirremes, una flota muy reducida, para la que sólo tenía treinta y siete tripulaciones. Todas estas naves las dejó a disposición de su hermano que iba a quedar en Hispania.
Al comienzo de la primavera, Aníbal deja a Magón en Cartago Nova y se llevó a Asdrúbal con él. Cruzaron el Ebro y conquistaron rápidamente a todas las tribus al sur de los Pirineos, aunque a costa de no pocas bajas. Antes de cruzar la cordillera, dejó a Asdrúbal con trece mil soldados para que protegiera la región, y él se llevó consigo cincuenta mil guerreros de infantería y casi nueve mil jinetes, además de treinta y siete elefantes.

Reacción romana
El complicado paso de los elefantes en el Ródano.
Fuente: Babbnilonia
Los romanos tuvieron noticias de la celeridad con la que Aníbal había cruzado el Ebro. Prepararon entonces dos flotas enormes. La primera, al mando de Publio Cornelio Escipión senior (el padre del futuro Escipión el Africano), se preparó para invadir Hispania. La segunda, al mando de Tiberio Sempronio, tenía como misión invadir el norte de África y someter Cartago a asedio. Para ello se agrupó en Lilibeo y se dedicó a hacer los enormes preparativos que requería aquella misión. También aceleraron sus planes para fundar colonias en las llanuras del Po, la Galia Cisalpina que habían conseguido ganar a los celtas después de duras guerras, de las que tal vez hablaremos en otro artículo. Así fundaron, entre otras, la ciudad de Placentia, que jugará un importante papel en estos primeros impases de la guerra.
Escipión zarpó al fin, recorrió las costas de Liguria y tras unos días, llegó a la desembocadura del Ródano. Tuvo noticias entonces de que Aníbal había cruzado los Pirineos y, si bien descubrió así que el cartaginés era muy rápido y no podría interceptarlo en Hispania, sí calculó el tiempo que tenía antes de que el ejército de Aníbal llegara hasta él. Así que desembarcó sus fuerzas y envió a un nutrido grupo de jinetes hacia el norte para hacer un reconocimiento del terreno. Por allí había tribus galas que habían ayudado a los galos de la Cisalpina contra Roma, y su actitud era siempre una incógnita.
Pero en lugar de galos, lo que recibió fueron dos noticias: la primera, que los boyos, galos de la Cisalpina, abandonando los rehenes que habían entregado a los romanos tras su última guerra, se habían rebelado de nuevo. Algo, o alguien, los había animado a levantarse en armas de nuevo. Y la segunda, que a cuatro días de distancia, río arriba, Aníbal estaba ya cruzando el Ródano. Que ya mantenía contactos con los boyos, y posiblemente con otros celtas. Que las legiones que habían partido con él habían dejado las llanuras del Po casi desprotegidas, y Aníbal estaba más cerca de Italia de lo que nadie hubiera conseguido en tan poco tiempo. Pero, ¿cómo había sido posible esto?
Sin duda fue una de las muestras de genialidad de Aníbal Barca. Tal vez desde antes de atacar Sagunto había enviado mensajeros a los galos que iba a encontrar por su camino. Supo entender que estas tribus eran la clave para su plan. Los romanos y los galos llevaban décadas zurrándose y casi siempre habían ganado los galos, salvo en los últimos conflictos. Recordemos que en el artículo anterior habíamos dicho que Roma no había reaccionado en primera instancia a la expansión cartaginesa por la Península Ibérica precisamente por ese motivo. Por eso intuyó el cartaginés que la paz era para los galos tan incómoda lo había sido para los cartagineses, y que no sería difícil convencerlos para que se unieran a su causa. De modo que les había ido enviando emisarios. Habló con ellos. Negoció con ellos. Compró su adhesión, y a los que no pudo convencer ni comprar, los derrotó rápidamente cuando comenzó su marcha.
Mucho se conoce de la excelencia militar de Aníbal, pero no menos brillante fue su faceta de «hombre de estado». Era, a fin de cuentas, un fenicio, y a negociar y a hacer cosas de fenicio tampoco le ganaba nadie.
Galia Cisalpina, valle del Po. Fuente: Wikipedia
Cuando cruzó los Pirineos ya le aguardaban algunos galos, que le ayudaron y guiaron e informaron de todo. Aníbal avanzó imparable por el sur de la Galia a una velocidad increíble. Así llegó al Ródano, a cuatro jornadas de la desembocadura, donde el río seguía siendo de un solo curso antes de abrirse en su desembocadura. Aníbal compró todos los botes y esquifes a las asentamientos cercanos, pero entonces, cuando hacían preparativos para cruzar, llegó una de las tribus con las que Aníbal no había podido negociar, y estableciendo un campamento en la ribera izquierda, frente a las posiciones de Aníbal, se propusieron no dejarle pasar. En estos momento, Escipión estaba llegando con su flota a la desembocadura del Ródano, para que nos hagamos una idea.
Si habéis leído «El juego de Ender», igual recordáis la lección aquella de «no te quedes quieto donde tu enemigo sabe dónde estás». Aníbal mandó un destacamento de noche a cruzar el Ródano más abajo, sin ser detectados. Al día siguiente, cuando ya supo de su cercanía, Aníbal lanzó toda su flotilla de barcas y esquifes, sobre todo con tropas de caballería, que llevaban a sus monturas nadando detrás de las barcas, sujetas por las riendas. Los celtas bajaron al río a impedirle su desembarco, pero en ese momento, la avanzadilla cartaginesa cayó sobre ellos. Los galos cayeron en la confusión, Aníbal puso el pie en tierra, organizó a sus tropas y los puso en fuga. De ese modo cruzó con el resto de sus tropas, y sólo se detuvo para organizar el paso de sus elefantes, que sí le costó más esfuerzo.
Para ello, tendió cables de una rivera a otra, y preparó grandes balsas, con el suelo lleno de tierra. Ató las balsas a los cables para que no las arrastrara la corriente, y mediante las hembras, pudo ir subiendo elefantes sobre ellas, para luego remolcarlas al otro lado del río. Perdieron algunos mahuts, sus conductores, cuando algunos elefantes saltaron al agua, pero estos no se ahogaron. Por si no lo sabéis, nadan estupendamente y sacan su tropa por encima de la superficie para respirar.
Fue durante el lento cruce de los elefantes cuando los jinetes de Escipión se encontraron con el ejército cartaginés. En esos mismos instantes, Aníbal celebraba una asamblea con diferentes jefes de tribus galas, entre los cuales estaban los boyos de la Cisalpina, que habían venido a recoger y guiar Aníbal a través de los pasos alpinos, y a confirmarle que ya se habían rebelado contra Roma.
Escipión fue el primer sorprendido, pero es que, además, Aníbal no decidió marchar contra él. Una victoria contra Roma en ese momento no le reportaba ninguna ventaja, y una derrota le costaría todo su plan. Aníbal tenía como plan llevar el terror a Roma a través de su presencia en la península itálica. Así que los cartagineses recogieron sus cosas rápidamente y se dirigieron al norte, buscando la entrada los pasos de los Alpes.

El paso de los Alpes
Una imagen inmortal. Fuente: Hashtaglatino
Contrariamente a lo que se suele creer, los Alpes estaban bastante poblados en sus valles por tribus galas. Fueron los alóbroges los que vigilaban el paso que se proponía usar Aníbal, siguiendo el consejo de los boyos. Y los alóbroges se negaron a dejarles pasar. Cada día tomaban las alturas, y así retuvieron a Aníbal a la entrada de los Alpes un par de días. Pero cada noche se retiraban. Cuando los cartagineses se dieron cuenta, enviaron a su infantería ligera por la noche a ocupar esas posiciones, y al tercer día se lanzaron a los pasos, para sorpresa de los alóbroges.
Aun así, estos los atacaron desde más abajo, pues los caminos eran muy estrechos y el numeroso ejército de Aníbal se extendía muchos metros. Bastaba herir a un caballo o una mula dejando rodar piedras ladera abajo para que los animales se encabritaran y se lanzaran por el barranco. La infantería ligera cartaginesa descendió a luchar contra ellos, y fue una lucha terrible y sangrienta, pues sólo cuando los alóbroges fueron casi exterminados pudieron pasar. Llegaron incluso a su ciudad, y la tomaron, casi vacía que estaba. Tomaron sus animales y su grano y aprovecharon para lanzar un aviso a las siguientes tribus: la voluntad de Aníbal era pasar a través de las montañas a cualquier precio.
Durante unos días, su avance no se vio impedido, pero otra de las tribus alpinas se ofreció traicioneramente a guiarlos. Ofrecieron regalos y rehenes, y lo montaron todo muy bie, pero atrajeron a los cartagineses a un entorno donde les aguardaba una terrible emboscada. Sólo la desconfianza y la prudencia de Aníbal los salvó de la trampa, pues había hecho formar a su infantería cerrando la marcha, donde el ataque fue recibido. A costa de mucha muerte y sufrimiento consiguieron avanzar hasta las cimas, donde en un llano pelado aguardaron dos días a los rezagados y trataron de recuperar fuerzas. Allí, con la moral por los suelos, ateridos de frío (ya estaban a principios de octubre y se habían producido las primeras nevadas), la expedición estuvo a punto de fracasar, pero las nubes se despejaron y desde allí se vio a lo lejos las llanuras del Po, el lugar a donde iban a descender. Aníbal no cesó de recorrer sus tropas, hablando con cada uno en su propio idioma, animándoles y mostrándoles su objetivo. En esto llegaron muchas monturas y acémilas extraviadas, que encontraron el rastro. La impedimenta, en aquellas condiciones, era fundamental para Aníbal. Así que, animados, comenzaron el descenso.
Y este fue terrible. El hielo del año anterior permanecía cubierta bajo la nieve recién caída. En los estrechos caminos de descenso, de súbito, los hombres resbalaban tras hundir sus pies en la nieve, y la pendiente iba siempre ladera abajo, donde se despeñaban. Perdieron cientos de monturas y de hombres, hasta que Aníbal ordenó abrir un camino seguro a través del hielo. Llevó un día agotador, pero al final lo abrieron, y por allí pudieron descender.
Tardaron quince angustiosos días en atravesar los Alpes, pero al final, descendieron a Italia. De las fuerzas iniciales, apenas veinte mil soldados a pie y seis mil jinetes habían conseguido sobrevivir. Curiosamente, un buen número de elefantes consiguió sobrevivir también. Pero aquel ejército diezmado le bastó a Aníbal para realizar hazañas más allá de lo imaginable.

Y mientras, los romanos, ¿que?
Escipión no persiguió a Aníbal hacia las alturas. Consideró que la cordillera misma lo detendría, como Saruman y Gandalf en el paso de Caradras, pero sin minas de Moria. Él mientras despachó a su hermano Cneo Cornelio a Hispania con parte de su ejército para cortar el paso a los refuerzos que le pudieran enviar a Aníbal. Mientras, él regresó por mar a Italia en busca de nuevas legiones, dispuestos a hacer frente a lo que vomitaran los Alpes, si algo lograba descender, claro.
Pero, ¿y Tiberio Sempronio, el segundo general? Pues ocurrió que seguía reuniendo medios en Lilibeo para su misión en África. Se quedó helado cuando le dieron órdenes de regresar a Italia porque Aníbal ya estaba allí. Él no había tenido tiempo siquiera de zarpar.
Mientras, Escipión llegó a Etruria y convocó a todas las tropas que ya luchaban contra los boyos para ponerlas bajo su mando. Había entendido el plan de Aníbal y se precipitó a apaciguar a los galos, a adelantarse al cartaginés para que, si llegaba a cruzar los Alpes, no pudiera contar con el apoyo de estas tribus. Muchas legiones se adelantaron y ocuparon los territorios tribales, con lo que no sólo evitaron que estos se unieran con Aníbal, sino que además fueron enrolados en las legiones como auxiliares.
Los galos.

Aníbal en Italia. La batalla de Tesino
Lo primero que hizo Aníbal fue proporcionar descanso a sus tropas. Había perdido casi la mitad de sus fuerzas en los pasos de montaña, y sobre todo, muchas de sus provisiones. En ese momento hizo valer sus acuerdos previos con los galos, pero Escipión las presionaba y su determinación vacilaba. Se acercó primero a los turineses, que luchaban contra los insubres. Como no se decidían a ponerse de su lado, Aníbal, tras dos días de paciente espera, asaltó su ciudad y decapitó a los combatientes. Esa era otra de sus tácticas de negociación fenicias. De esta manera polarizaba las decisiones de los galos: o luchaban para Roma o luchaban junto a él. Y la mayoría decidió permanecer a su lado.
A continuación, Aníbal se concentró en lograr su primera victoria frente a Roma. Y era Publio Cornelio Escipión senior quien se aproximaba, nada menos. Se encontraron en la ribera norte del Po, en Tesino. En realidad fue un choque de vanguardias.
Escipión había lanzado a sus velites (infantería ligera), a su caballería y a la caballería gala por delante de su ejército. Aníbal disponía de más caballería, y de más calidad, y la hizo valer. La caballería cartaginesa y libiofenicia iba en el centro, flanqueada por los veloces y feroces númidas.
Ambas fuerzas chocaron con violencia, y aunque sólo era una parte pequeña de los ejército, ya mostró Aníbal su doctrina de combate. Su caballería pesada se lanzó de frente contra la de los galos. Los númidas en los flancos pusieron en fuga a los velites, que corrieron hasta los legionarios, y entonces dieron la vuelta y cargaron por la retaguardia a la caballería gala. Completamente rodeados, los romanos no pudieron aguantar mucho. El propio Escipión, que estaba entre los jinetes, resultó herido y huyó a toda prisa hacia sus tropas.
Caballería de Aníbal. Fuente: Rubicón
El primer tanteo era una victoria para Aníbal, y Escipión, perdida ya la caballería romana, no luchó por rescatar a los díscolos auxiliares galos. Aprovechó el tiempo que tardaron en morir para retirarse a toda prisa hacia el puente que había tendido sobre el río Po, cruzarlo y desmontarlo. Se dirigieron a Placentia para aguardar refuerzos y, sobre todo, curar sus heridas. Tiberio se dirigía hacia él, y no quería que fuera él solo quien venciera a Aníbal.
Mientras, Aníbal cruzó el Po haciendo otro puente y se acercó sin miedo al campamento romano, como si pareciera saber lo que iba o ocurrir. Y esto fue que los galos que quedaban en la legión se rebelaron en el interior del campamento y pillaron a los legionarios por sorpresa, causando una matanza entre ellos. A continuación se abrieron paso hacia fuera, se pasaron a Aníbal, y este los mandó de regreso a sus tribus con el mensaje de que se unieran a él, que ya había vencido a los romanos, y que todo eso no era más que el principio.
Aterrado, Escipión tomó a las tropas que pudo salvar y se retiró a toda velocidad hacía un río cuyo nombre sería para siempre sinónimo de derrota para los romanos: Trevia.


sábado, 13 de julio de 2019

La Segunda Guerra Púnica. Parte I: la guerra anibálica.

Tesoro tartésico. Fuente El correo de Andalucía

Saludos. Volvemos a los asuntos púnicos, a la guerra quizás más asombrosa jamás librada, de la que surgieron los generales también más asombrosos, y que daría forma definitiva al Mare Nostrum.
Bien, situémonos: la I Guerra Púnica había acabado con la derrota de Cartago y un duro tratado de paz, bastante humillante, que les obligaba no solo a abandonar Sicilia, sino a pagar una suma exorbitante de dinero para resarcir a Roma. Tras la evacuación de Sicilia, los mercenarios, que no recibieron el dinero que se les debía, formaron una gran revuelta que se extendió por toda la influencia de Cartago, la Guerra de los Mercenarios, en la que sólo el genio militar de Amílcar Barca salvó a la ciudad, que se vio en una situación desesperada. Y como los mercenarios de Cerdeña también se rebelaron, cuando los cartagineses prepararon una fuerza expedicionaria, los romanos los acusaron de romper la paz. Los obligaron a renunciar a Cerdeña, corrigiendo así estos la excelente negociación de paz que había hecho Amílcar al final de la I Guerra Púnica, tras la que había conseguido dejar Cerdeña fuera de las condiciones. Tras Sicilia, la pérdida de Cerdeña fue crítica, pues negaba a los cartaginses una de sus fuentes principales de recursos y mercenarios.
Pues bien, fue en ese momento cuando Cartago, designando a Amílcar Barca, intentó recuperar el poder que había perdido mediante un plan tremendamente ambicioso: la conquista de la Península Ibérica. Pero, ¿por qué Hispania, esa «tierra de conejos», en los límites del mundo conocido? Acompáñennos, queridos lectores, en la búsqueda de la apasionante respuesta a esta pregunta.

Hispania
Lo primero que hemos de saber es que la costa de Hispania, era conocida desde hacía siglos por griegos y fenicios, que desde el siglo X a.d.C. habían ido llegando a ellas. Los mismos fenicios que fundaron la colonia de Cartago también fundaron puestos comerciales como Gadir, la actual Cádiz. Allí, los fenicios entraron en tratos con una boyante cultura local, Tartessos, rica en bronce y otros metales, así como otros pueblos íberos costeros, pueblos que a través de estos contactos fueron adoptando la moneda y la escritura con el alfabeto que usaban griegos o fenicios, según su zona de influencia. Mientras, Roma era poco más que un villorrio fundado por fugitivos de otras ciudades que vivían en los pantanos.
Embajador romano en el senado cartaginés.
Fuente: Museo Metropolitano
Cuando el poder de Tiro menguó tras el avance del imperio persa, Cartago se independizó. Hizo la guerra a Tartessos y los borró del mapa, y tomó el control de las colonias de Hispania. Estaban por lo tanto, perfectamente informados de lo que podía haber en el interior de aquellas tierras.
Lo segundo que hay que saber, y que es algo que suele ser ignorado, es que los romanos y los cartaginses ya se conocían mucho tiempo antes de las guerras púnicas. De hecho, habían firmado al menos tres pactos antes de llegar a las manos en Sicilia. Estos pactos habían sido registrados en tablillas de bronce, conservadas por los ediles, y que el historiador Polibio pudo consultar durante la elaboración de su obra. Pues bien, el primero de estos tratados lo firmaron los primeros cónsules que tuvo la recién estrenada República, en el 509 a.d.C. En ese tratado, Cartago participó como miembro fuerte del pacto, renunciando a cualquier interés sobre los pueblos del Lacio a cambio de prohibir a los romanos navegar más al oeste del Cabo Hermoso, situado al oeste de la punta de África. Es decir, ceden a los romanos una parte que a ellos no le interesaba a cambio de vetar su acceso a la rica región occidental del Mediterráneo.
En el 348 a.d.C se estableció un segundo pacto, en el que de nuevo se limitaba la zona de navegación a los romanos alrededor de la península ibérica y se listaban los aliados «intocables» de cada parte para que no fueran atacados por el otro. Y en el 279 a.d.C. hubo un tercer pacto de alianza contra Pirro de Epiro.
Pues bien, de todos estos pactos, más los que seguirían a la I Guerra Púnica, se puede leer que el dominio occidente mediterráneo nunca había sido discutido por Roma. Cuando Amílcar cruzó desde África a la península, no estaba violando ningún pacto, y fue solo cuando a Roma llegaron los ecos de los éxitos cartagineses en Hispania cuando los romanos se dieron cuenta de su error y corrieron a buscarse un aliado cualquiera, encontrando a Sagunto útil para estos fines, pues situaron en ella y en el río que pasa cerca (el Júcar, no el Ebro, un error de Polibio), el límite «aceptable» de los dominios cartagineses en la península.
Lo tercero que hay que saber es que Amílcar no había sido vencido en Sicilia. Cartago perdió la guerra al perder la flota, pero en ningún momento el general cartaginés se sintió derrotado. Al contrario, las duras condiciones impuestas por Roma, y sobre todo, la injusticia de haber perdido Cerdeña , le quemaba. Cartago estaba vencida sobre el papel, pero no en espíritu, y en cuando tuvo la oportunidad de fortalecerse, comenzó una nueva guerra.
Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos al momento en el que Amílcar pone el pie en Hispania, acompañado por su hijo Aníbal, de 9 años, y su yerno Asdrúbal. Tal vez en lo que luego sería Kart Eia, o Carteya, justo al lado de La Línea, que es de donde soy yo.

Los Bárquidas en Hispania
Guerreros íberos. Angus Mcbride.
Fuente: Maestrazgotemplario
Con las bases de Gadir, Kart Eia y otras colonias, Amílcar avanzó como un rayo por la península, conquistando algunos pueblos y atrayendo a otros con diplomacia y un elaborado equilibrio entre mano dura y generosidad. Nueve largos años estuvo Amílcar hollando nuestras tierras ibéricas, forjando un nuevo imperio para Cartago. En todo momento estuvo acompañado por Aníbal, que se formó a su lado y sus mercenarios africanos. Con pasmosa facilidad aprendió las lenguas de cada uno, y de sus nuevos aliados, los diferentes dialectos íberos. Aníbal creció entre aquellos soldados, y estos lo vieron hacerlo. Como un «hijo de todos», listo, fuerte y espléndido.
Amílcar murió en Hispania, en un duro combate, en el que el general tuvo que intervenir directamente. Allí cayó, en un vado, con el cráneo destrozado. Inmediatamente, Asdrúbal fue nombrado su sucesor, y fue digno. Competente en todos los terrenos, fundó Cartago Nova, cuidó de los pactos y fue estableciendo más vínculos entre tribus, con el objetivo, y aquí cito al escritor Arturo Gozalo Aizpiri (autor de una preciosa trilogía sobre la conquista cartaginesa de Hispania, formada por «El heredero de Tartessos», «El cáliz de Melqart» y «La cólera de Aníbal») de crear un imperio al modo helenístico en Hispania. Y vemos esto en, por ejemplo, las monedas que acuñó con su efigie, mostrando atributos de monarca . Un imperio en el que cada pueblo vería sus costumbres y leyes respetadas a cambio de responder a la llamada de Cartago con provisiones y soldados porque, no lo olvidemos, la expedición a Hispania tenía como objetivo reforzarse para retomar la guerra contra Roma.
Asdrúbal, con diadema real. Acuñada en Cartago Nova
Fuente: Wikipedia
Las coasas iban tan bien que, como indicamos antes, los romanos se enteraron y se dieron cuenta de que los cartagineses habían mostrado más astucia que ellos. Que por cortedad de miras no habían previsto lo que podrían hacer sus enemigos sin trabas en Hispania. Así que se apresuraron a enmendar su error. Pero en esos años, la amenaza para los romanos eran los celtas que vivían en el norte de la península itálica, y no podían desviar muchos recursos, así que enviaron una embajada a Asdrúbal, no a Cartago, y acordaron que los cartagineses debían respetar Sagunto como aliado de Roma, y no debían por tanto ir más al norte del río Júcar ( o Ebro. El texto de Polibio es un poco confuso en este punto). Y sin más, regresaron a Roma, confiados en que Cartago respetaría el acuerdo.
Ocho años estuvo Asdrúbal en Hispania, hasta que murió asesinado por un mercenario galo. Entonces Aníbal tenía veinticinco años, pero era conocido y apreciado por todos, y los soldados le eligieron el mismo día como general, decisión que fue ratificada por el senado cartaginés en cuanto les llegó la noticia.
Muerte de Amílcar.
Fuente: La Razón

El joven Aníbal
Tras ser nombrado general, Aníbal se propuso terminar la conquista de los últimos pueblos independientes al sur del Ebro. No sólo lo hizo con las armas. El astuto Asdrúbal había pactado el matrimonio de Aníbal con una joven noble íbera, Imilce, tal vez a imitación del propio Alejandro Magno con Roxana. Es bien sabido que Aníbal se había formado en el espíritu helenístico, y leía con fruición todas las obras disponibles de los griegos.
Y donde la diplomacia falló, Aníbal fue invencible. El primer verano asedió y tomó Altea, la gran ciudad de los bravos ólcades. Al verano siguiente se lanzó contra los vacceos, y se enfrentó fnalmente con los carpetanos y otras tribus vecinas, entre las cuales estaban los ólcades vencidos por Aníbal el año anterior. Casi cien mil íberos se levantaron así aliados contra Aníbal cuando regresaba a Cartago Nova desde la meseata.
Pero Aníbal había aprendido de su padre y comenzó una astuta retirada que atrajo a sus enemigos a un vado del Tajo. Fue Aníbal quien eligió el terreno para enfrentarse a sus perseguidores, y en una terrible batalla, sus elefantes recorriendo la orilla y la propia caballería cartaginesa en el mismo vado, vencieron a los íberos y los pusieron en fuga. El propio Aníbal entró en batalla en aquel vado lleno de muerte.
Joven de la nobleza íbera
Fuente: Wikipedia
Después de aquello, solo Sagunto, arropada por Roma, se atrevió a plantar cara al cartaginés, e incluso a provocarlo, confiando en que el joven Bárquida no se atrevería a desencadenar la guerra con Roma. Pero se equivocaban.
Al verano siguiente, los saguntinos vieron con desesperación que Aníbal estaba a sus puertas, listos para asediarles, y que ninguno de los mensajes que habían enviado a Roma informando sobre los éxitos púnicos había tenido ningún efecto.
Fue un gran asedio que duró ocho meses. La ciudad era fuerte y tenía muchos recursos, pero al final cayó, y sus riquezas fueron tomadas y repartidas entre sus hombres. Al fin, había extirpado la única base enemiga que le impedía proseguir su avance hacia el norte. La noticia legó a Roma como un negro augurio de guerra, pues en esos días, los romanos luchaban contra los ilirios y los galos y no tenían medios para frenar a Aníbal. Cartago, a quien habían derrotado, robado y sometido a claúsulas humillantes, se había recuperado y estaba de nuevo en condiciones de declararles la guerra.
Toma envió unos embajadores a tratar con Aníbal y este los despachó sin mucho interés, así que estos embajadores fueron a Cartago a exigir la entrega de su general. Pero estaban intentando negociar con fenicios, a fin de cuentas. Es muy interesante esta negociación, pues los senadores cartagineses no reconocieron el trato que Roma había hecho con Asdrúbal puesto que no había sido ratificado por el sanedrín (los romanos ya habían usado este argumento anteriormente a su favor, pero ahora los cartagineses lo copiaban usaban a su favor), y sin este tratado validado por Cartago, los púnicos argumentaban que en sus tratados con Roma no había límite a las posesiones que pudieran tener en Hispania, ni Sagunto era mencionado como aliado de Roma al que no pudieran atacar. Frustrados y sin más argumentos, se dieron cuenta de que no se podía discutir condiciones y cláusulas con los fenicios, así que ofrecieron al senado cartaginés que eligieran la paz o la guerra. Y estos, ya cansados de tantas humillaciones, decidieron la guerra.
Y así comenzó la Segunda Guerra Púnica, o como la llamaron los propios romanos, la Guerra Anibálica.
Batalla del vado del Tajo.
Fuente: Tumblr

La Segunda Guerra Púnica en los wargames
Ya vimos en los artículos de la Primera Guerra Púnica los ejércitos romanos y cartaginés. Ahora podemos hablar de los ejércitos íberos.
En DBA son la lista II/39, Ancient Spanish. Su composición cambia un poco según se haga la variante lusitana, íbera o celtíbera. El núcleo es el mismo, con un general CV, la nobleza íbera a caballo, y una peana de LH. Luego, la variante íbera tiene 6 peanas de Ax, que representan a los guerreros íberos equipados con escudo, jabalinas y falcata, expertos en emboscadas, un tipo de soldado conocido como «scutari». El ejército lo completan cuatro peanas de Ps, los «caetrati», equipados con escudo pequeño y jabalinas, o incluso honderos, sobre todo si provienen de las Baleares.
En cambio, los celtíberos, esas 6 peanas son de Wb, representando a los feroces guerreros celtíberos. DBA los considera igual que a los galos, por ejemplo, pero veremos que esto no es exactdamente igual en otros sistemas de juego.
La variante lusitana tiene sólo 3 Ax, a cambio de 6 Ps, pues los «caetrati» lusitanos eran especialmente mortíferos, y leugo una única peana opcional entre Wb (mercenarios celtíberos), 4Bd( legionarios rebeldes que acompañaron a Sertorio, en el siglo II a.d.C, un periodo posterior a las Guerra Púnicas) o bien un Ps.
Ejército DBA Ancient Spanish, de Steven Balagan


En AdlG, el ejército es muy parecido, con las interesantes peculiaridades siguientes:
  1. la caballería noble puede ser élite.
  2. Hasta cuatro peanas de Scutari, de cualquier origen, pueden ser élite.
  3. Los scutari celtíberos son infantería pesada impetuosa. Es decir, se les reconoce la capacidad para luchar en formación cerrada que atestiguan numerosas fuentes, al contrario que DBA.
  4. Permite usar carros en llamas como tipo «carro falcado». Este truco lo usaron los generales íberos Indíbil y Mandonio, para romper las líneas romana.
Luego están más desarrolladas las opciones de Sertorio, muy interesantes, pero que se salen de este periodo. En el futuro contaremos la apasionante historia de Quinto Sertorio en Hispania. Pero eso será otro día.

Parte II

viernes, 31 de mayo de 2019

La Guerra de los Mercenarios de Cartago


Mercenarios relajándose.
Saludos. En este artículo hablaremos de la terrible guerra que tuvo que afrontar Cartago justo después de finalizar la Primera Guerra Púnica, contra los mercenarios que habían servido a los propios generales cartagineses en Sicilia. Una guerra que los púnicos tuvieron que luchar vencidos, sin recursos y de forma desesperada; una guerra que Polibio denomina «sin cuartel», debido al alto número de desmanes, carnicerías y toda clase de crueldades que dieron y recibieron los contendientes.
Situémonos: Amílcar Barca acababa de firmar el tratado de paz con Roma, así que había que evacuar Sicilia. Los ejércitos cartagineses estaban formados en su mayoría por mercenarios; esos que habían luchado años bajo las órdenes de Amílcar Barca, de Giscón, de Imilcón o de Aderbaal, que eran unos generalessúper listos y que habían adiestrado a estos hombres para luchar contra Roma y convertirlos en temibles soldados. Pues bien, Cartago había perdido y debía pagar a Roma las indemnizaciones recogidas en el tratado, pero al mismo tiempo tenían que pagar a todos aquellos mercenarios que llevaban años luchando sin recibir sus pagas, y que además habían recibido todo tipo de promesas sobre recompensas y primas en los momentos más difíciles.
Amílcar Barca dimitió tan pronto como regresó de Roma, así que el encargado de organizar el regreso fue el general Giscón. Este, que conocía bien a sus hombres, tuvo la prudencia de enviarlos por grupos a Cartago para que allí, su paga fuera menos cuantioso y tuvieran tiempo para irse tras recibir su pago antes de que llegara el siguiente contingente. Fijaos si era juicioso y tenía inteligencia, el tal Giscón.
Pero en Cartago (y si como yo habéis trabajado expatriado, lo podréis entender perfectamente), no sabían cómo tratar a esos mercenarios, ni los conocían ni nada, y como andaban mal de presupuesto, pensaron que si los reunían a todos en la ciudad podrían negociar con ellos una rebaja por toda la cantidad que se les adeudaba. Sí, la gente que acostumbra a manejar el dinero vive en una burbuja y no suele saber cómo manejar a las personas, y esta guerra es un ejemplo de lo que puede ocurrir si se intenta manejar a personas con mentalidad de banquero.
Cuando los mercenarios estuvieron en Cartago, hubo muchos follones, altercados, molestias, y ante los retrasos en el cobro, reclamaron. Los sufetes les comunicaron que no podían pagarles todo y se enfadaron. El ambiente en la ciudad de Dido que volvió insoportable, así que al final los invitaron a irse y a llevarse todos sus bagajes, familias, etc. Se situaron en un campamento, no muy lejos, y allí esperaron a que las deudas fueran saldadas. Y estando allí, el ocio comenzó a envilecerlos. Imaginaban que iban a recibir mucho más de lo que les correspondía. Cartago designó a un general bastante incompetente, Hannón, con muy pocas dotes de negociación, que tuvo que enfrentar una tarea casi imposible. Allí había galos, ligures, íberos, númidas, libios... Nadie hablaba todas esas lenguas, ni era viable hacer asambleas comunes. Pero sí ocurrió que aquellos soldados se dieron cuenta de que Hannón era un pusilánime que ni quiera los conocía. No había sangrado con ellos. De modo que reclamaron a Giscón como mediador.

Las negociaciones de Giscón.

Polibio hace un relato muy humano de estas negociaciones. Se nota que él mismo había tratado con hombres bajo su mando. Cuenta que Giscón, frente a los mismos hombres que había comandado, lo primero que hizo fue reprenderles por su conducta y afearles lo que estaban haciendo. En efecto, los mercenarios se habían envalentonado. Antes de la llegada de Giscón habían acampado frente a Cartago, y todos estaban asustados y se avinieron a ceder en lo que les pidieran: que si ahora me pagas el caballo muerto, que si me vendes el trigo al precio que yo te diga... Bajo la presión, la cicatería cartaginesa desapareció. Lo «imposible» de repente se había vuelto «posible». Si hubieran pagado antes la mitad de los que les costaron aquellos días, todo habría sido muy diferente. ¿Os suena, compañeros expatriados?
Pero no ocurrió así con Giscón. Él los conocía y les regañó, y aquellos hombres bajaron la cabeza avergonzados. Luego el general se avino a pagarles, y les trató con tanta justicia que todo hubiera acabado ahí si no hubiera sido por dos personajes del bando mercenario, llamados Mato y Espendio.

Mato y Espendio
Lanceros libios
Espendio era un mercenario campano, audaz en la guerra y muy valiente. Pero también era un esclavo fugado y temía, por encima de todo, que su amo lo reclamara y fuera devuelto a Italia.
Mato era libio. Había sido el principal instigador de los disturbios y temía que su cabeza fuera el precio de la paz. Ambos comenzaron a inflamar los ánimos de los mercenarios, mintiendo sobre Giscón y sus intenciones. Y como entonces, como ahora, las mentiras son sencillas y las verdades complejas, los mercenarios se negaron a seguir aduciendo que Giscón pretendía engañarles, y en un golpe de mano capturaron al general cartaginés, saquearon el dinero de la paga y proclamaron así la guerra de liberación contra Cartago a todo el norte de África. Y, claro, Cartago había dominado la región no a base de buenas palabras, sino con puño de hierro. Habían tratado con desprecio y avaricia a todos los pueblos a los que había dominado. Mato envió mensajeros a todos los pueblos, y la revuelta subió de nivel. Ya no fue mas una disputa entre mercenarios y pagadores, sino una guerra de liberación de los pueblos africanos del yugo impuesto por los púnicos. Sólo Útica e Hipozarita se negaron a participar , así que, como primera acción, los mercenarios les pusieron sitio, mientras mantenían su campamento principal en Túnez.
Los mercenarios tenían su campamento en Túnez, y asediaban Útica e Hipozarita. Cartago designó a Hannón como general, hombre que si bien tenía muchas dotes de organización, e incluso había conquistado alguna región africana para Cartago, no estaba preparado para enfrentarse a un ejército que había luchado bajo las órdenes de Amílcar Barca una guerra total durante seis años en Sicilia. Hannón tenía incluso elefantes y caballería, pero no sabía usarla. Estaba acostumbrado a desbandar partidas de guerra enemigas no profesionales, y que desaparecían durante días tras ser puestas en fugas. Los hombres que regresaron de Sicilia sabían retirarse sin ser derrotados y contraatacar cuando no se les esperaba. Tres veces derrotaron a Hannón. La última de ellas fue tan humillante, que al senado de la ciudad no le quedó más remedio que sustituirlo, jugándose así su última carta. Adivinad a quien designaron...

Amílcar Barca toma el mando
Seguro que cuando los mercenarios se enteraron de que su antiguo general era su nuevo enemigo, la comida se les hizo bola. La mayoría habían luchado bajo su mando y le conocían. Sabían bien que no había trampa, añagaza, astucia o treta que no conociera el Bárquida. Que todo lo habían aprendido de él, pero estaban seguros de que aún guardaba más ideas en su endurecida y brillante cabeza.
Nada más tomar le mando, engañó a los africanos de Mato que vigilaban el único puente sobre el Bagradas, el río que cerraba el istmo de Cartago. El puente estaba bien defendido y las defensas de ambas orillas habían sido tomada por los mercenarios, pero Amílcar sabía que si el viento soplaba en cierta dirección, formaba una barra de arena en la desembocadura que permitía vadearlo. Y eso hizo, pillándo a todos por sorpresa. Se dirigió entonces hacia Útica, en una formación muy singular, con los elefantes al frente, la caballería detrás y la infantería cerrando la marcha. Los mercenarios abandonaron las defensas del río y se lanzaron al llano a su retaguardia desde dos lados, dirigidos por Mato y Espendio en personal. Se lanzaron a la persecución de Amílcar, pero esta ya esperaba la maniobra y les había tendido una trampa. Antes de que se dieran cuenta, los elefantes dieron media vuelta y se dirigieron a la retaguardia, seguidos por la caballería. Observad que la maniobra implicaba que lo que antes era el frente pasara a la retaguardia a formar un nuevo frente, mientras la infantería se reorganizaba. Los mercenarios, que creían que la batalla les iba a ser favorable y se habían lanzado a la persecución de cualquier manera y sin guardar la formación, fueron aplastados, puestos en fuga y perseguidos por las tropas de Amílcar, que les persiguieron de vuelta hasta el río, y les tomaron las fortificaciones y el pueblo del puente.
Amílcar tomó miles de prisioneros, y arriesgó con ellos la baza del prestigio. A los miles de prisioneros les ofreció incorporarse a su ejército, o bien dejarles marchar en paz a sus países, a condición de que no lucharan más contra Cartago. Fue el más astuto de sus movimientos porque socavaba en mucho la lealtad y el compromiso de los mercenarios hacia la causa de Mato y Espendio. Les ofrecía una salida favorable del conflicto, y ahora que tenían a Amílcar enfrente, que les había derrotado con tanta facilidad, muchos perdieron la confianza.
Tanto temieron Mato y Espendio que hubiera defecciones en masa cuando se corrió la voz de las condiciones de Amílcar, que hicieron una gran asamblea en Útica donde contaron a todos a todos que Amílcar mentía, que no debían confiar en él. Fue una asamblea bronca y desesperada, y los pobres que levantaron la voz en contra de lo que defendían los dos generales, eran apedreados hasta la muerte. Luego animaron a todos a cometer una indignidad: tomaron a Giscón y a los demás cartagineses prisioneros y los descuartizaron con saña. Su intención estaba clara. pretendía llevar a Cartago a una posición en la que la salida pacífica no fuera posible. Y lo hicieron, a un terrible y sangriento precio: sus mercenarios no desertarían más, pero todo aquel que fue capturado por Amílcar después de la muerte de Giscón, fue echado a las fieras como alimento.
Aun así, hubo un jefe númida llamado Narabás, que se acercó valerosamente desarmado al campamento de Amílcar y el propuso un pacto. Mucho debieron los cartaginses a Narabás, y Amílcar incluso le prometió la mano de su hija. Este es el punto histórico que Gustave Flaubert aprovechó para ubicar su maravillosa novela «Salambó». Salambó fue la hija de Amílcar que este prometió a Narabás.

La guerra continúa
En los siguientes meses, la guerra se endureció. Amílcar no dio más oportunidades a los mercenarios que atrapaba. Respondía así a todos los desmanes que estos cometían por el país. África se había rebelado contra Cartago, y los horrores y matanzas se extendían sin cesar. Amílcar solicitó la asistencia de Hannón y su ejército, pero las relaciones entre ambos no tardaron en ser malas, y en lugar de colaborar, se estorbaban y se saboteaban. Cartago retiró a Hannón, pero para entonces habían perdido buenas oportunidades de hacer daño a los mercenarios.
Ocurrió también por esas fechas que Cartago perdió el control de Cerdeña, que había conseguido mantener tras el acuerdo que puso fin a la Primera Guerra Púnica. Los mercenarios de Cerdeña se rebelaron y pidieron la ayuda de Roma, que en primera instancia se negó, puesto que hubiera significado violar el pacto que tenían con Cartago. Veremos que este hecho será fundamental para el origen de la Segura Guerra Púnica.

También perdió Amilcar la pequeña flota que tenía Cartago, la única que podía mantener en virtud de los pactos con Roma, y que el Bárquida usaba para abastecer a su ejército. Y por último, Útica e Hipozarita, sin terminar de ver claro el resultado de la guerra, se rindieron a los mercenarios y no tuvieron piedad con las guarniciones cartaginesas que las habían protegido.
Todos estos reveses animaron a los mercenarios, que se vieron sin esperarlo en su mejor momento, y decidieron asediar Cartago. Pero aquel fue su más terrible error.
Amílcar y el sustituto de Hannón, un tal Aníbal (no Aníbal Barca, hijo del propio Amílcar. Otro Aníbal. Jeje), habían quedado fuera del cerco. Cartago ya no tenía más apoyos en el continente. Era la última posición, y aquel asedio podría decidir su futuro, pero Amílcar y Aníbal supieron ponerse a salvo, y como única fuerza de los púnicos, supieron adaptarse a la situación. Porque desde ese momento, la mayor parte de las fuerzas mercenarias se dedicaron a asediar Cartago, pero el asedio exigía una gran cantidad de recursos y medios humanos, que quedaron así inmovilizados en el istmo. Y esos medios requerían abastecimiento. Eso dejaba a Amílcar y Aníbal, si bien en cierta inferioridad numérica, con mucha movilidad. Aquel era el tipo de guerra que más le favorecía. Mato y Espendio se habían equivocado al dar la espalda a Amílcar, y en los próximos meses, este les haría pagar.
La estrategia de Amílcar fue sencilla: usar su ejército para cortar todo abastecimiento a los mercenarios. Sin que nadie pudiera oponérseles, Amílcar fue segando sus posiciones en África, sus apoyos, sus provisiones... Así, los asediadores no tardaron en verse también asediados. No hubo partida de forrajeo, caravana o carromato que no fuera interceptado. Y en esto, Narabás y sus jinetes númidas fue de gran ayuda.
Pero, ¿y Cartago? Pues como ya no recibían provisiones de África, tuvieron que volver su vista hacia los romanos y a Siracusa. Y ambas ciudades le dieron su apoyo. Claro, que al precio que pidieron. Así, los mercados de Cartago comenzaron a recibir mercantes de estas dos ciudades, que durante semanas hicieron de «puente aéreo» a los desesperados cartagineses.
Tan efectivo fue el bloqueo de Amílcar, y tan tercamente resistieron los cartagineses con la ayuda del exterior, que Mato y Espendio tuvieron que levantar el asedio y volverse de mala gana para enfrentarse con el ejército enemigo.
La guerra en las sierras
Los mercenarios no se atrevieron a luchar en llano con Amílcar. Le acechaban en las sierras y montes que rodeaban la región. Pero ahí el Bárquida se las sabía todas. En las semanas siguientes, fue aislando bolsas de enemigos, empujándolos hacia un valle que él conocía y que sólo era accesible por un estrecho punto. Antes de poder evitarlo, cuarenta mil mercenarios se vieron rodeados por todas partes de paredes inaccesibles, fosos y defensas cartaginesas. Atrapados en un lugar que se convertiría en la tumba de muchos. Sin abastecimientos, llegaron el hambre y la sed. El canibalismo apenas tardó en aparecer. Sólo podemos imaginar los horrores a los que se enfrentaron aquellos hombres atrapados.
Al poco, Espendio en persona se acercó a negociar la rendición con Amílcar, pero este lo retuvo, como parte de las condiciones del tratado, y los mercenarios, debido a uno de los mensajeros, interpretaron que lo había atrapado a traición, de manera que no siguieron negociando. Se lanzaron en una última intentona contra las defensas cartaginesas que cerraban la salida del valle. Ninguno de ellos salió de allí con vida. Fue la derrota total de las fuerzas de Espendio. Esto permitió también reconducir la situación con los pueblos africanos que se habían rebelado contra Cartago. Se vieron forzados a negociar con Cartago y volver a someterse a ellos.
Vencido el campano y apaciguados los africanos, , a los cartagineses les quedaba recuperar Túnez, Útica e Hipozarita. Aníbal rodeó Túnez, listo para someterla a asedio, pero Mato, en una brillante acción, realizó una súbita salida que pilló a los cartagineses desprevenidos. Capturaron a muchos, entre ellos a Aníbal. Ya os podéis imaginar que fue de él. Estaban dispuestos todavía a presentar batalla.

El final de la guerra
Cartago estaba agotada, pero los últimos esfuerzos de los mercenarios mostraban también su debilidad. Amílcar tuvo que renunciar a la vía rápida, y de nuevo se centró en cortar los abastecimientos que se enviaban a estas ciudades, a conquistar aldeas, a apaciguar las revueltas, hasta que a los mercenarios no les quedó qué comer. Y Mato, viendo que ya sólo les quedaban sus últimas fuerzas, decidió jugárselo todo en una última batalla campal. Esa que Amílcar tanto quería.
En la llanura de Túnez, los mercenarios lanzaron su última carga contra los elefantes de Cartago. Fueron estas bestias las que acabaron con los desesperados guerreros, apoyados por la caballería y la infantería que le quedaba a Amílcar. Agotados, sin esperanza, aquellos hombres ni dieron ni pidieron cuartel. Fue una larga lucha, porque no tenían dónde huir. Tuvieron que matarlos a todos. Al final del día, solo el bando cartaginés quedaba en pie. La guerra llegó así a su fin.

En aquella terrible guerra, Cartago estuvo a punto de desaparecer. Si vencieron sin duda fue gracias a Amílcar, que templó su leyenda en aquellos días. Pero también, Cartago pagó un alto precio: tras acabar la guerra, comenzaron a preparar una flota para recuperar Cerdeña, pero los romanos los acusaron de romper el tratado, y con esa excusa, tomaron el control de la isla. La pérdida de Cerdeña fue muy grave, puesto que les cerraba el acceso a numerosos mercenarios. Fue entonces cuando el Bárquida desarrolló la estrategia de conquistar Hispania, que había quedado al margen de los tratados con Roma. Así fue como la guerra de Sicilia llevaría a la revuelta de los mercenarios, esta a la pérdida de Cerdeña y así, los cartagineses se lanzaron a la Península Ibérica, lo que pocos años después daría comienzo a la guerra Anibálica, o Segunda Guerra Púnica, que veremos en futuros artículos.