martes, 29 de mayo de 2018

Las dinastías jorasaníes I: Tahíridas y Safáridas.


Saludos. Comenzamos con este artículo una serie que dedicaremos a un periodo fascinante: el “renacimiento persa” que se produjo desde el comienzo de la descomposición  del califato abásida, y que duró hasta que los turcos se hicieron con el poder efectivo del califato. Hablamos de un periodo de unos 180 años, y un entorno geográfico que coincide ahora con una multitud de países: no solo Irán, sino Uzbequistán, Turkestán, Azerbaiyan, Afganistán y un largo etcétera.

                Pero, ¿por qué este periodo? Pues, porque fue este periodo el que dio lustre y esplendor al Islam.  Porque la fusión de la cultura islámica y persa generó un periodo que brilló con luz propia, como una singularidad de prosperidad en un periodo tormentoso. Es la era que vemos en novelas como "El médico". La época de la gran renacimiento de la cultura persa, que perduraría incluso tras la llegada de las dinastías turcas, que, deslumbradas por el mundo que acababan de conquistar, respetaron, mantuvieron e incluso engrandecieron lo que encontraron. Es la era que vio nacer a Ibn Sina (Avicena), Omar Khayan, Nisam al Mulk, Fidowsi, Rureki o Hassan Ibn Sabbah,  Comenzamos pues. Acompáñenos en este viaje hacia la tierra del  Rey de Reyes.

             

Ibn-Sina, según interpretado por Kingsley en "El médico".
   Situémonos… En los artículos anteriores hablamos de los califas ortodoxos, los Omeyas y los abásidas. La revuelta abásida, si recordáis, se había basado en el descontentos de los clientes árabes en los territorios conquistados. Y había conseguido especial apoyo, y principalmente se había nutrido de tropas, dinero, y había sido iniciada, en Irán. ¿Por qué? Bien, pensemos que los árabes y los persas eran dos pueblos muy diferentes. La cultura árabe se abrió al mundo bajo el estandarte de su nueva religión. Su identidad estaba íntimamente ligada a ella. Pero esto no era así con los persas. Nos encontramos con una cultura que había dominado gran parte del mundo hacía 1000 años atrás, y habían mantenido una continuidad cultural hasta la conquista del Islam. El dominio helenístico se adaptó a esta cultura. Los partos reclamaban para sí el legado aqueménida. Su líder usaba el título de Shahanshah, como habían hecho Ciro, Darío, Jerjes y todos sus descendientes. Y luego llegaron los sasánidas, que continuaron alimentando la llama. Todos ellos habían vencido a otros imperios, habían conquistado reinos,  habían capturado emperadores… La dominación árabe puso fin a este milenio, y fue una rareza para ellos. De hecho, su islamización fue larga y difícil, y creó numerosas tensiones contra los califas ortodoxos y los Omeyas. Fueron los abásidas los que supieron ver esa tensión y ponerla a su favor en su revuelta. Y los abásidas habían ganado. La nobleza irania que había nutrido sus ejércitos esperaba algo, y ese algo no terminó de llegar con los primeros califas. La estrella irania de Abu Muslim se apagó con su muerte. Su fidelidad fue pagada con su propia sangre. Así que tuvieron que esperar, y el momento fue la segunda década del siglo IX, momento en que Al Mamún se enfrenta a su hermano y califa Al Amín. Al Mamún se nutrió del descontento y las ambiciones de las familias persas. Fue él quien formó un nuevo ejército en Jorasán, compuesto por nobles iranios y sus seguidores, poseedores de una tradición de caballería basada en el arco y la excelencia en combate individual, y numerosas tropas a pie. Fue esta nobleza irania la que fue recompensada por Al Mamún tras la toma de Bagdad. Y de entre ellos, sobre todo, a su general Tahir Ibn Husayn. Tahir fue nombrado gobernador en Jorasán, con plenos poderes, en el 821. Esto representó una independencia de facto, basada en la incapacidad del califato para sostenerse sin su apoyo.
           


Así comienza la primera de las dinastías persas que estudiaremos. Estas dinastías tomaron su nombre de su fundador, y designan tanto a sus descendientes como a gobernadores fieles a estas familias.  En este caso, la dinastía tahírida, como su nombre indica, fue fundada por Tahir, que llevó  la capital de su nuevo reino en Nishapur. Sobre el papel seguían obedientemente al Príncipe de los Creyentes.  Pero el asunto debía escocer a ambas partes. En el año 822, en el discurso de los viernes, Tahir cometió la osadía de omitir la mención al Califa y rogar a Dios por él. . Esto era un hecho muy significativo. Era toda una declaración de intenciones. Así que el Califa ordenó su muerte, y ante la imposibilidad de vencerle por las armas, Tahir murió envenenado.


Después de eso, el Califa  no  pidió nada complicado a sus descendientes, que siguieron gobernando con su “bendición”,   para que los gobernantes tahíridas no tuviera que decirle que no con todo el dolor de su corazón. Y listo.  Después de todo, al califato, la independencia política del extremo oriental del Islam le preocupaba mucho menos que los problemas más cercanos, que eran muchos. Y la relación con la dinastía, tras ese primer traspié,  era buena.  Les ayudaron  a formar sus nuevos ejércitos a partir de las nuevas tropas, esos esclavos turcos que formarían los escuadrones de “ghilmen”, el epítome del arquero acorazado a caballo de las estepas. También colaboraron  en aplacar varias revueltas independentistas, promovidas por un todavía minoritario chiismo, que aspiraban a romper formalmente con Bagdad. Los tahíridas prefirieron apoyar al Califa para no seguir luchando por su independencia política, y así confiar en que el tiempo y la distancia facilitaran una independencia formal.

En la cima de su poder, llegaron a controlar hasta la Transoxiana por el este, y las provincias occidentales de Bagdad. Retomaron el persa como lengua de su gobierno, lengua que había sido desplazada y se había llenado de términos en árabe, y promovieron diferentes reformas de la actividad agrícola y las propiedades, destinadas a reparar los cambios que los años de clientelismo a los árabes habían causado. En general, las provincias prosperaron.

Yaqub as-Saffar, fundador de la dinastía safárida
Hemos dicho que gobernaron muchos territorios, pero no es que ellos tuvieran miembros de su dinastía en ellos, sino que los gobernantes locales les estaban sometidos. Durante cuarenta años, los tahíridas vieron como aparecían, sobre todo, dos nuevas dinastías que con el tiempo les comerían el terreno. Una de ellas son los samánidas, en Jorasán, y otra, los safáridas, en Sistán, que está actualmente en Afganistán. Hablaremos primero de estos.

La dependencia formal del califato del poder tahírida y su colaboración contra las revueltas chiíes dio alas, cuando los tahíridas mostraron los primeros signos de debilidad, y en un rincón alejado de su “reino”, a algunos líderes iranios, que centraron su apoyo en un tal Yaqub As-saffar, un tipo verdaderamente notable.  En el 861, tras una serie de exitosas campañas, estableció su independencia del gobierno tahirí. Cabe destacar que los tahiríes llamaron en su apoyo a los samánidas, pero Yaqub los derrotó a todos. Con su capital en Zanj, el nuevo líder comenzó sus conquistas para apoderarse de los territorios tahiríes. Esto no carece de gracia, porque si consultáis por ahí los mapas de las áreas que gobernaron estas dinastías, se solapan casi al 100%, solo que en diferentes años. En pocos años Yaqub les ganó la mano a los tahíridas, y conquistó desde Jorasán por el este hasta las proximidades de Bagdad por el oeste. Pero no llegó a cruzar el Oxus, al otro lado del cual, los samánidas continuaron prosperando en la Transoxiana, es decir, la tierra más allá del Oxus o Amir Darya, o mejor dicho, entre el Oxus y el Yaxartes . Mientras los safáridas se hacían con el control de Jorasán, los samánidas habían quedado libres del dominio tahírida, y esto aumentó su independencia.

Samarcanda. La ciudad samánida fue destruida. Este es el legado de Timur.
Ahora debemos comentar la política de los califas abásidas hacia estos territorios. Si algo aprendieron del advenimiento de los safáridas era que habían descubierto el modo de controlar a los gobernantes de estos territorios iranios sin tener que usar un poder militar que no tenían: de repente, la competitividad entre las nacientes dinastías se convirtió en la debilidad que ellos explotaron. En los años siguientes, los califas “susurrarían al oído” de las dinastías emergentes, lanzándolas contra las que tenían más poder. Los agentes del califa, sus cartas (documentándome para estos artículos pude leer algunas traducciones que no tienen desperdicio), y todo, estaba diseñado para lanzar a unas contra otras. Veremos algunos de los ejemplos más impresionantes en las próximas líneas. Aunque sin duda, las cartas más terribles eran aquellas en la que el califa llamaba a algún gobernador a rendirle cuentas. Todos sabían lo que significaban: irían ante el califa y este les encarcelaría o les ejecutaría, o ambas cosas. Aun así, la mayoría siempre respondieron, pues era grande el poder espiritual del califato. Incluso durante la independencia de facto de las provincias iraníes.
                Bien, hemos dicho “dominio”. Pero, ¿qué forma toma este dominio? Dedicaremos unas líneas a esto.  El territorio iranio en estar regiones de Jorasán y la Transoxiana, con recursos limitados de agua, se articulaba en grandes ciudades amuralladas con acceso a este recurso, que exprimían con gran ingenio, lo que permitía la explotación de huertas desde pequeñas aldeas y caseríos  alrededor de las mismas. Tenemos testimonios como el del embajador Clavijo,  o el del Ibn Battuta, que hablaban de que avanzaban un día entero a lo largo de estas huertas antes de llegar a las ciudades en sí. Bien sabían los aqueménidas, que construyeron los primeros qanats en estas zonas, esas conducciones de agua subterráneas, accesibles por pozos, y los sistemas de canales posteriores, que el agua era la clave. Y si bien la densa red de canales que alimentaba el Oxus, por periodos estuvo abandonada, los gobernantes iranios más inteligentes supieron reparar, perfeccionar y enriquecer estos sistemas de riego.

 Gobernar un territorio era hacerse con el poder de la ciudad, ya fuera al asalto o por asedio, o bien saqueando su territorio hasta rendirla por hambre. Una vez en el poder, el gobernante se encargaba de recaudar los impuestos , mantener las defensas y los servicios, y enviar los tributos a la capital de cada dinastía. Por ejemplo, la capital de los samánidas, como veremos más adelante, fue Bujara. Pues todos los gobernadores de la dinastía, o subyugados por la dinastía, enviaban sus tributos a Bujara. Ya nada volvió a ir al califato. También los gobernadores apoyaban las artes y las ciencias, que florecieron notablemente en este periodo. 


Duelo entre nobles. Los duelos durante la batalla eran
habituales. Carácter iranio.
Bien, ahora empezaremos con los samánidas. Recordemos que los tahíridas han sido vencidos por Yaqub, fundador de la casa de los safáridas, pero no llegó a cruzar el Oxus, por lo que la Transoxiana quedó en manos de los samánidas. Estos procedían de un noble sasánida, llamado Saman. Saman, originario de la ciudad de Belk,  al principio del siglo IX, había pedido ayuda al victorioso general árabe Asad Bin Abdullah para que le ayudara a recuperar el gobierno de dicha ciudad, en una época temprana de la conquista árabe de Persia. Saman se convirtió al Islam y así, se convirtió en cliente de Bin Abdullah. Este restableció a Saman en Belk, y en el futuro les favorecería mucho, pues Saman siempre se mostró fiel a la causa de los árabes. Saman llamó Asad a su primer hijo, y este tuvo cuatro descendientes: Nuh, Ahmed, Yahya y Elías. Antes incluso del gobierno de los tahíridas, a principios del siglo IX, hubo un gobernador, el último de los fieles a los Omeyas, llamado Rafi bin Layth, que se rebeló en Jorasán. Los hijos de Asad lucharon en el bando de los árabes y fueron determinantes en la derrota de Rafi. Por eso Al Mamun los premió con el gobierno de las cuatro principales   de la Transoxiana: Samarcanda para Nuh, Fergana para Ahmed, Djadk y Osrushna para Yahya y Herat para Elías. Estos cuatro hermanos, siguiendo las enseñanzas de su padre y su abuelo, heredadas de la más noble y rancia tradición sasánida, organizaron el gobierno de la provincia desde mediados del siglo IX con una eficacia sin parangón.
Clásico combate de caballería irania


Pero, ¿qué hicieron? ¿En qué triunfaron los samánidas a diferencia de los tahíridas y los safáridas, que no durarían mucho? Pues, precisamente, en el buen gobierno. Si agarráis un atlas, veréis que la Transoxiana, veréis que es la puerta de la estepa. Era un territorio por el que solían entrar las invasiones de los pueblos nómadas, que por aquella época eran turcos. Los pueblos indoeuropeos tipo escitas, sármatas o tocarios, estaban integrados en las poblaciones de Jorasán. Por lo tanto, lo primero para gobernar era establecer un adecuado control de las fronteras. Los samánidas, desde el principio, se mostraron extremadamente eficientes en esto. Desde el comienzo de su dinastía, a principios del siglo IX, proporcionaron un eficaz parapeto contra las brutales incursiones turcas, y esto permitió la estabilidad. Esa fue la clave. Durante más de siglo y medio, la Transoxiana fue brillantemente defendida del “furor de los hombres esteparios”. Eso y la renovación del sistema de canales hizo aumentar el prestigio y el respeto de los gobernantes de esta dinastía. Y eso fue quizá el otro pilar de su éxito: sus súbditos, tanto civiles como militares, les profesaron gran respeto. Se lo ganaron. En los textos que he consultado ( no he encontrado directamente el “Tarikhi” de Narshaki  ni a Weil ni a Mirkhond, pero sí, pero sí un libro del siglo pasado y unen su historia, llamado  “Historia de Bukhara”, de  Arminius Vambery)  cuentan algunas anécdotas sobre esto. La más llamativa es la de un general que en presencia del emir Ismail , no se quejó mientras un escorpión le picaba varias veces. Cuando Ismail se retiró, el general cayó al suelo, y se dice que dijo que si  uno no estaba dispuesto a aguantar algunas picaduras en presencia de su rey, cómo iría a soportar la crueldad de la guerra en defensa del mismo.

Y eso nos lleva al tercer factor de su éxito: Transoxiana estaba en la Ruta de la Seda, y por ella no solo viajaban las mercancías. También viajaban sabios, ideas y libros. Los gobernantes samánidas apoyaron como pocos el  saber: fundaron universidades, hospitales, laboratorios. La ciencia, y el método científico, se aplicaron a la metalurgia, la minería, la química  o la ingeniería, al mismo tiempo que la filosofía y el Corán se estudiaban y comentaba en las madrasas.  Y las artes y artesanías también prosperaban, y sus prodigios tenían salida a lo largo de la ruta. Fue un proceso lento, claro, pero aquella segunda mitad del siglo IX atrajo a la Transoxiana, o bien dejó que florecieran, algunas de las mentes más preclaras del mundo islámico. Todo ello ocurrió bajo el paraguas de la estabilidad que trajeron estos gobernantes.

                Bien, sigamos con la historia de los samánidas. Habíamos dicho  que Nuh gobernaba en Samarcanda. Cuando murió, su hermando Ahmed unió el gobierno de Fergana y Samarcanda, y fue sucedido por su hijo Nasr. Y Nasr tenía un hermano menor, llamado Ismail.

                Nasr vivió la época en la que Yaqub de los safáridas y los tahíridas luchaban por la hegemonía, y en cierta forma supo aprovecharla para reforzar su gobierno entre los ríos. En el año 872, una invasión de turcos desde Corasmia se dirigió a Bukhara, y Nasr envió a su hermano Ismail, y allí este se dio a conocer como el más brillante de los suyos. Muy pronto comenzó a destacar Ismail, tanto por su capacidad militar como por sus dotes diplomáticas. Y como veremos en la próxima entrega, estas dotes lo harían entrar en la Historia como el Emir Ismail de Bukhara, el gran príncipe samánida.

LAS DINASTÍAS PERSAS EN WARGAMES HISTÓRICOS

En DBA, la lista III/43, Khurasanian, cubre los ejércitos de las dinastías locales persas. Tiene tres variantes, pero aquí veremos sólo las dos primeras, que cubren a los tahíridas y a los safáridas. La primera tiene dos peanas de caballería noble irania, una de ellas de general. Luego hay dos peanas de caballería ligera con arco; 3 peanas de lanceros, que representa a la infantería armada de las ciudades; 3 peanas a elegir entre arqueros (una tropa excelente contra montados enemigos) o Ps (arqueros en formación de hostigadores), y luego una peana de 4Ax, que representa a los feroces mercenarios Dailami (hablaremos de ellos en otro artículo) y otra de 3Wb, que representa a los ghazis, o milicias  fanáticas religiosas.
Arriba, caballería ligera jorasaní. Abajo, los
temibles dailami y sus zupin, jabalinas
de dos puntas.

La variante safárida es muy parecida. Tiene 2 de Cv, 2 de LH, y es en la parte de infantería donde cambia. Solo tiene dos peanas de lanceros y dos de arqueros/Ps. El resto se compone de mercenarios Dailami (1 Ax) y tropas afganas e indias, pues los safáridas provienen de Sistán. Estos afganos e indios  se representan como 3Wb o 3 Bd.


En Field of Glory, las reglas permitieron definir con mucha riqueza las diferentes tradiciones de jinetes de esta zona. En la lista “Khurasanian”, del libro “Decline and Fall”, los tahíridas sólo tienen acceso a la caballería acorazada irania, irregular, acorazada con arco.  Los ghilmen sólo los pueden enrolar los safáridas (y samánidas). Los ghilmen con casi iguales, pero regulares. Los lanceros, contrariamente a las demás dinastías musulmanas del periodo, de otros puntos del islam, tiene la opción de estar acorazada. Esto se debe a la riqueza y organización de este periodo, pero también, como escribió Bodley Scott en los libros de ejército de DBM, debido a las descripciones del poema épico “Shahnameh”, el “Libro de los Reyes”, del que hablaremos más adelante. Las caballerías ligeras se diferenciaban entre las jorasaníes, (arco), y turcas (arco, espada). Incluso permiten meter las caballerías ligeras beduinas (lanceros/espada),  que se quedaron en aquellas regiones tras la conquista árabe y sirvieron a las dinastías persas.  Los Dailami molaban mucho en FoG, porque eran MF  superiores, regulares, acorazados, impact foot/swordmen. Unas bestias, que podían además llevar apoyo de arqueros en retaguardia. Las infanterías medias afganas, indias se representan como MF lanza ligera o MF superiores Impact foot/swordmen) irregulares, lo que las hace baratas, peligrosas y difíciles de controlar. Como eran, vamos.


Un espectacular general, Cv.
En Art de la Guerre, las reglas no permiten distinguir entre caballería acorazada turca o irania, pero ahí queda  siempre el orgullo del coleccionista y pintor minucioso. Ambas eran caballería pesada con arco, con opción de subir a élite. Luego encontramos los tres tipos de LH: con arco (jorasaní) , con arco y élite(turca)  y ligera/impacto beduina. Los dailami son igual de temibles: MF, impacto y élite, y luego está el resto de la infantería, que es media, y varía desde la impetuosa a la “jabalineros”, que representan a los afganos.

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