miércoles, 28 de febrero de 2018

Maorí y las Guerras del Trueno

                Saludos. Hoy hablaremos del lugar más alejado posible de la Península Ibérica: Nueva Zelanda, o Aotearoa, como se llama en esta historia, y de sus habitantes, el pueblo maorí. En palabras del “Penguin History of New Zealand”, fueron el último pueblo en ser tocado por la civilización occidental. Comencé a estudiar a este pueblo mientras me documentaba para uno de mis relatos, que será publicado este mismo año por ediciones Evohé. Toda esa documentación es la que he usado para este artículo. Ha sido un largo viaje para un texto, sin duda. Un viaje que comenzó viendo por casualidad un partido de los All Blacks. Como sabéis, la selección de rugby de Nueva Zelanda interpreta una danza guerrera maorí llamada “Haka”. En su más de un siglo de historia, los All Blacks han interpretado varias, pero la más frecuente es una haka llamada “Ka mate”. Bien, pues todo esto empezó cuando busqué en internet el origen de dicha canción y… aquí estamos.
Aoteaoroa, la Isla de la Nube Blanca

                En primer lugar, veamos quiénes son los maoríes o, como se dice en su lengua, Maori. No hay registro escrito de aquellos días, pero se dice en los cuentos maorí que siete grandes canoas, los waka de los Grandes Padres,  llegaron a Aotearoa desde el este. Cada una de estas canoas dio nombre a las siete tribus originales. Aunque se desconoce a ciencia cierta, se calcula por los registros arqueológicos que la llegada de sucesivas oleadas de pobladores provenientes de diferentes lugares de la Polinesia ocurrió entre los siglos IX y XIII. El idioma maorí puede rastrearse hasta las islas Cook e incluso Hawai. Según sus tradiciones, Maorí provienen de un lugar mítico llamado Hawaiki, a donde regresan las almas de sus muertos.

                Si bien hay rasgos culturales comunes con los polinesios, aquellos viajeros se asentaron en un lugar muy diferente a las islas de los Mares del Sur. Nueva Zelanda no tiene clima tropical, sino templado y húmedo, y muchas otras particularidades: no hay grandes mamíferos y de los pequeños, también hay pocos. Los nichos ecológicos tradicionales de estas criaturas fue ocupado, por caprichos de la evolución y gracias a su aislamiento, por las aves, de las que esta tierra tiene una variedad y una riqueza exquisita. Una de ellas, su símbolo nacional, es el precioso kiwi, el pájaro sin alas, por ejemplo. Pero había otras aves singulares: grandes aves emparentadas con los avestruces, pero más parecidas a un velociraptor con plumas, llamadas moas, que podían medir tres metros de altura y pesar más de 200 kilos. Y lo más alucinante era que había unas águilas llamadas Harpagornis moorei, que han sido la especie de águila más grande jamás conocida, y que cazaba moas. Guau. Si un ave primitiva de 200 kilos impresiona, su depredador debió de ser aún más terrorífico.  Estas aves habitaban los densos bosques, que no selvas, que cubrían casi toda Nueva Zelanda.

                He destacado estas aves porque precisamente es la relación entre los pobladores y este medioambiente la que determina los dos grandes periodos de la cultura maorí antes de la llegada de los europeos. El periodo inicial, o pre-Clásico,  abarca desde la llegada de los primeros pobladores hasta la extinción de los moas, allá por el siglo XV debido a la caza. En esta época, las tribus basaban su sostenimiento en la caza de estas grandes aves y los frutos del bosque,  al tiempo que comenzaban a despejarlo para realizar pequeños cultivos de un tubérculo dulce de la familia de la batata, llamada kumara. Y, ¿sabéis qué? La kumara llegó con los primeros pobladores, y son una  prueba de que la población de la Polinesia se originó en América del Sur, justo como sostenía Thor Heyardall, el de la expedición Kon-Tiki. La kumara era el otro pilar de su alimentación. Y tenían un proverbio que me encanta, y que los ancianos recitaban a los jóvenes para reprenderlos por mostrarse demasiado orgullosos: “La kumara crece bajo tierra y no presume de su dulzura”.

Para la escala: el moa mide 3 m. de altura
                El segundo periodo, o periodo Clásico, abarca desde el siglo XV hasta la llegada de los europeos en el siglo XVIII, aunque se sabe que hubo contactos previos con algún navegante español en el siglo XVI, y Abe Tasman llegó por allí también. En alguna parte he leído que hay palabras maorí que provienen del español, porque aquellos marinos dejaron su semilla en la isla, pero no he podido confirmarlo             Es en esta época en la que la cultura maorí tal y como la llegan a conocer Cook y los posteriores visitantes de la isla queda consolidada. De las siete tribus originarias se originaron otras muchas. Estas tribus, Iwi, determinaban la identidad del individuo de forma indisoluble. La unidad social inferior es el “hapu”, el clan, que se compone de varias familias o “whanau”. Estas familias incluían varias generaciones de familiares que compartían el fuego y una casa, o bien un conjunto de casas en las aldeas o en los poblados fortificados. Cada familia tenía asignadas parcelas de tierra, zonas de pesca y recolección, etc. Una tribu se componía de varios hapu, que ocupaban el territorio tribal para su explotación. . Los recursos, sin la caza del moa, escaseaban, y la dieta se basaba más en la agricultura de la kumara, que nunca fue demasiado productiva, los frutos del bosque  y la pesca.

                La sociedad tribal estaba jerarquizada: existía una nobleza, que eran los que podían trazar su parentesco hasta los Grandes Padres fundadores de la tribu; el pueblo común y los esclavos. En las familias nobles, los primogénitos eran de gran importancia, muy respetados,  ya fueran hombres o mujeres. El líder de cada tribu era el miembro de la nobleza con más prestigio, siendo este un concepto clave en su sociedad. El “mana”, el prestigio, era la más preciada posesión de un individuo. Se heredaba según la línea de ancestros, aunque las acciones individuales o el fracaso en la guerra podían hacer perder este prestigio y convertirse en un paria. La “retribución” era un concepto fundamental para no perder “mana”. Los nobles solían intercambiar regalos en sus encuentros. La “retribución” obligaba a regalar en la siguiente ocasión algo al que te había regalado, y normalmente debía de ser de más valor. Era aceptable, por ejemplo, posponer el regalo buscando que fuera mejor, por ejemplo, hasta la cosecha, antes de improvisar y regalar algo sin valor, porque eso acababa con el “mana”.

Whanau maorí
                Los maoríes no desarrollaron forma escrita. Por el contrario, tenían “decidores de palabra”, que memorizaban la historia y los linajes y eran capaces de recitarlos, siendo el vínculo de la tribu con el pasado. Aunque no eran los únicos polinesios que lo hacían, la imagen tradicional del maorí nos trae a la mente sus intrincados tatuajes o escarificaciones faciales, llamadas “Te moko”. Esas marcas situaban a un hombre en su tribu y lo emparentaba con su linaje. Las mujeres también se tatuaban la línea de la barbilla. También son conocidos por la danza guerrera, el “haka”. Los guerreros eran fieros, y se sabe que practicaban cierto canibalismo ritual. Alguna vez se comieron a algún europeo despistado.

                Como decíamos, al principio había tierra para todas las tribus, pero conforme la población crecía, diversos grupos familiares tuvieron que escindirse en busca de recursos. También hubo grupos desplazados tras ser derrotados en la guerra. Estos grupos podían prosperar, y si conseguían suficiente “mana”, podían convertirse en tribu y se daban un nombre. Seguían reclamando su parentesco con la tribu original pero poseían identidad política propia. En este periodo, la desaparición de la caza había obligado a la ocupación de territorios vecinos o coincidentes entre varios grupos, lo que aceleró la aparición de conflictos.

                En este ámbito, el capitán Cook llegó a Nueva Zelanda, lo que situó a esta tierra en la órbita del imperio británico. Pero fueron los balleneros ingleses quienes siguieron el contacto con los maoríes, pues necesitaban avituallarse. Y fue así, intercambiando ciertos objetos a cambio de comida fresca, algo aparentemente inocente, como se gestó una de las mayores tragedias que jamás viviera un pueblo. En los libros de historia anglosajones, pues apenas hay nada publicado en español, se llamó a este periodo “Musket wars”, las Guerras Mosquete. Para mi relato, elegí un nombre que imaginé que habría puesto un maorí: “las Guerras del Trueno”.

Las Guerras del Trueno

Hongi Hika, Waikato y Thomas Kendall
Bien, situémonos a principios del siglo XIX, en las costas de Aotearoa. Allí la población maorí había prosperado durante siglos y mantenía con frecuencia conflictos territoriales. Desconocían el metal y su tecnología armamentística se limitaba a lanzas cortas de punta de piedra y unas hermosas mazas de piedra (obsidiana y jade principalmente) en forma de paleta alargada. Si tenéis conocimientos de Resistencia de Materiales no podréis dejar de admirar, por cierto, la magnífica adaptación de la forma a la función a partir de un material pesado y con escasa resistencia a la tracción. En caso de conflicto, puesto que los guerreros también eran necesarios para los cultivos y la pesca, las campañas no podían ser largas. Y con las fuerzas equilibradas, la resolución de conflictos mediante la guerra no siempre era la mejor opción. Los maorí desarrollaron toda una serie de recursos diplomáticos para estos conflictos: intercambio de regalos, matrimonios políticos, duelos… Pero he aquí que los balleneros empezaron a llegar, y una de las tribus, los Ngapuhi, comenzaron a comerciar con ellos. Un día, ocurriría que algún jefe Ngapuhi, podría ser uno llamado Pokaia vería a algún marinero cazando algún ave con su mosquete. El poder de aquel arma lo impresionaría profundamente. Podemos imaginar que aquella noche, el jefe no dejaría de pensar en lo que había visto, y así decidió que en el próximo intercambio, el precio sería diferente: pediría mosquetes y municiones.


Barranco de Moremonui
                En aquellos días los Ngapuhi y los Ngati  Whatua tenían muchos conflictos y la lista de afrentas que listaban sus decidores de palabra no cesaba de crecer. Pokaia de los Ngapuhi y Taoho de los Ngati Whatua no cesaban de  enfrentarse en escaramuzas diversas. Pero Pokaia fue el primero en reunir algunos mosquetes y entrenar a un grupo de guerreros en su uso. Por fin reunió 500 guerreros y su nueva partida de arcabuceros,  y lanzó  una incursión contra los Ngati Whatua. Pero su entrada en su territorio no pasó desapercibida, y Taoho consiguió emboscarlos en el barranco de Moremonui. Allí, la poca práctica y su escaso número entre guerreros tradicionales no pudo influir en el resultado. Los Ngapuhi fueron derrotados, los “portadores del trueno” pakeha, muertos y decapitados de forma tradicional, tal vez incluso devorados. Y ahí hubiera terminado todo si a Taoho no se le hubiera escapado un joven noble Ngapuhi que huyó a los pantanos. Un joven que había visto caer a su tío y a sus hermanos en combate, y que mientras corría por su vida juró venganza sobre Ngati Whatua. Se llamaba Hongi Hika. Aquel día, el destino de todos los maorí quedó sellado.
Intercambio de mosquetes y comida
                Moremonui, en 1808,  fue el primer intento de romper el equilibrio tecnológico por parte de una tribu a través de la adquisición de bienes pakeha, o europeos. Y aunque no funcionó, Hongi Hika sí siguió creyendo que aquellos mosquetes se convertirían en algo decisivo. Y comenzó a romper los paradigmas de su pueblo. Comenzó a trazar planes a largo plazo. Pertenecía a la nobleza, pero necesitaba más “mana” para gobernar a todos los Ngapuhi. Y necesitaba a los europeos para conseguir sus armas. Durante seis años estuvo dirigiendo directamente los intercambios con los barcos en un enclave determinado, Bahía de las Islas, en territorio Ngapuhi. Se dedicó a hablar con los pakeha, a entenderlos, a comprender lo que querían. Para conseguir sus primeros mosquetes y otros bienes necesitaba excedentes, pero la kumara no bastaba. Consiguió de los barcos maíz, 
patata, cerdos para cría y otros cultivos, y comenzó a experimentar con ellos. Obligó a muchas familias a malvivir para criar cerdos y así consiguió sus primeros mosquetes. En 1814 se embarcó con los marineros hasta Sidney y allí conoció a los primeros misioneros. Ante ellos se presentó como un salvaje ignorante anhelante de conocer a Dios. Justo como sabía que los pakeha lo veían a él. Convenció al reverendo Samuel Marsden para que estableciera una misión en Bahía de las Islas, pues así podría generar un flujo comercial permanente. Y aunque Marsden se negó a comerciar con armas, sí le ayudó a introducir las herramientas de hierro en el campo y a mejorar sus cosechas. La de 1815 fue especialmente buena, y Hongi Hika vio incrementado su mana de tal manera que pudo convertirse en el jefe de todo los Ngapuhu.

Mapa de las Guerras del Trueno
                Para 1818, tenía suficientes excedentes para mantener más guerreros que sus vecinos, y esto le dio cierta ventaja en sus primeras incursiones. Comenzó a capturar esclavos, alterando las guerras de la guerra, pues no luchaba por la tierra, sino por tener más mano de obra. Hasta dos mil escalvos fueron capturados en las primeras acciones. En los dos años siguientes aumentó su producción y consiguió más mosquetes de los balleneros, a espaldas de los misioneros, para quienes Hongi Hika era tan “buen salvaje” que fue invitado por el reverendo Thomas Kendall a viajar a Cambridge, pues era de interés de la Corona elaborar el primer diccionario maorí. Hongi, el “exótico príncipe salvaje” se fingió honrado y aceptó encantado, y mientras los académicos anotaban las palabras para su libro, él intentó comprar más mosquetes. Conoció a Jorge IV, del que recibió muchos regalos (entre ellos una cota de malla que siempre usó desde entonces), pero ningún mosquete, así que a su vuelta, cuando llegó a Sidney los vendió todos salvo la cota, y adquirió 300 mosquetes y municiones. Y así regresó a Aotearoa, a lanzar la  Guerra del Trueno. Con aquellas armas, el  equilibrio quedó roto a favor de su tribu, y en los años siguientes lanzaron devastadores ataques que le permitió expandir su territorio y disponer de muchos esclavos y mucho prestigio.

                Pero sin poder evitarlo, no hizo sino comenzar una carrera armamentística que se dirigía a la tragedia. Para defenderse, las demás tribus comenzaron también a adquirir mosquetes, y comenzó un terrible círculo vicioso que degeneró en una espiral hasta el desastre: los mosquetes se compraban con comida; para tener más comida con la que comerciar hacía falta más tierra y más esclavos; más tierra y más esclavos implicaba campañas más largas y con más guerreros; más guerreros implicaba un recrudecimiento de los combates y más necesidad de alimento, y más mosquetes, y vuelta a empezar.  Durante diez años, las Guerras del Trueno sacudieron Aotearoa, agotaron los recursos, extinguieron a numerosos clanes, desplazaron a otros de sus tierras tradicionales y, a su fin, habían perecido entre un 20 y un 30% de la población maorí original. Y no terminaron debido a ningún acuerdo. Simplemente, combatieron hasta que ya no pudieron más,  las fortificaciones mejoraron y se adaptaron al nuevo estilo de guerra,  se agotó la comida, se empobreció la tierra y ya no hubo nada por lo que valiera la pena luchar. Pero para entonces, el mapa tribal había cambiado para siempre.

                Hongi Hika fue herido en 1828, cuando un disparo atravesó por fin su cota de malla que tantas veces le protegió. En su lecho de muerte, recomendó a los suyos que trajeran a más misioneros y abrazaran la nueva fe. El poder que había ganado momentáneamente fue desapareciendo conforme los mosquetes se fueron extendiendo, y el ocaso de su tribu llegaría poco después, víctima del mismo y peligroso juego que ellos habían empezado. De nuevo había equilibrio. Uno cimentado sobre miles de cadáveres.

                Gran Bretaña, en parte aprovechando el caos, y en parte sintiéndose responsable de todo aquello, decidió colonizar aquella tierra y traer la civilización. Los maorí y los británicos firmaron en 1840 el tratado de Waitangi,  que fijó el reparto de tierras, pero basándose en los nuevos límites tribales, no en los tradicionales anteriores a las Guerras del Trueno. Hubo miles de desposeídos de su territorio tradicional, por unos pocos años de guerra. Esto provocó enormes tensiones que estallaron a mitad de siglo, cuando en tierras maoríes se encontró oro y otros minerales, los británicos se saltaron los acuerdos y comenzaron las guerras maoríes. Allí fue donde los ingleses descubrieron hasta qué punto se había vuelto peligrosos los mosquetes en manos maoríes. Pero es otra historia…

                En mi opinión, lo que nos enseñan las Guerras del Trueno es que no hace falta que las personas hagan algo especialmente malo para que ocurra un desastre. En este artículo llamé a este efecto “paradoja del muerto en el salón”. Para los marineros era algo natural intercambiar bienes a cambio de comida, y los maoríes demandaron los mosquetes. Para estos, era legítimo solucionar querellas mediante la guerra, y una vez en guerra, lo normal es hacer todo lo posible para ganarla. El cambio de paradigma que provocó Hongi Hika fue una consecuencia natural de su acervo cultural más la nueva variable de las armas de fuego, que alteraron el equilibrio de un “ecosistema” aislado. Una tragedia solamente evitable dejando de ser quién eres y de hacer lo que haces. Un problema sin solución, creo.

                Hay rastros de estos acontecimientos, si bien no mencionados directamente, en otras historias que he leído y que tienen mucho que ver con el contacto entre culturas con diferente grado de avance tecnológico y esos “cambios de paradigma” que he mencionado antes. Recomiendo la lectura de “La voz de los muertos”, de Orson Scott Card, que aunque es un libro de ciencia-ficción explica muy bien esta situación. En serio. También recomiendo “El secreto de la diosa”, de Lorenzo Mediano. Ahí se cuenta con mucha maestría uno de esos “cambios de paradigma” en una tribu prehistórica.

                Y aquí viene donde cierro el círculo… ¿Recordáis que al principio os hablé de “Ka mate”, el haka de los All Blacks? Pues fue compuesto en esta época por Te Rauparaha en 1840. Este guerrero estaba huyendo de sus perseguidores cuando se escondió en un depósito subterráneo de kumara, esperando salvar la vida al despistar a sus enemigos. Al rato, la trampilla se abrió. De haber sido un enemigo, habría muerto, pero en cambio, fue un amigo suyo el que lo encontró y le indicó que podía salir. Mientras ascendía del hoyo, la silueta de su amigo se recortaba a contraluz en la abertura. Así nació “Ka mate”. La compuso el propio guerrero.  En mi relato aproveché esta historia y la introduje como parte de la acción. Esta es la letra traducida, que está introducida en un diálogo. Un homenaje al pueblo maorí.

¡Muero, muero!

¡Vivo, vivo!

Este es el hombre valiente

Que trajo el sol y lo hizo brillar

Un paso más, un paso más,

¡Arriba, arriba!
 

Maorí en los wargames históricos

Parece increíble, pero Phil Barker y Bodley Scott, en las listas de DBA y DBM, hicieron un  trabajo tan bueno que hay una lista para maoríes, que termina, justamente, en 1780. Estos dos nunca dejaron de sorprenderme. Para DBA es la lista IVXX, y tiene 12 peanas de 3Bb. No es un ejército táctico y su presencia es testimonial. Representan a los guerreros maorí armados con las mazas de piedra y sus jabalinas. Debe de ser precioso pintar maoríes, con sus nobles vestidos con capas de pluma de kiwi y sus formaciones. En DBM, estas peanas se clasificaban como Bd(F), que tenían las características de los bd, pero se movían 50 pasos más, como Aux.
 

viernes, 2 de febrero de 2018

Buenas noticias


Saludos. Hoy, a diferencia de otras veces en las que escribo noticias sobre masacres, invasiones, aldeas arrasadas, pirámides de cráneos y sacrificios rituales, tengo buenas noticias de la editorial. Amazon ha seleccionado mi novela para una promoción  especial en ebook.  En palabra de Ediciones Evohé:

“ Excelente noticia que Amazon haya decidido tocar con sus electrónicos dedos mágicos “La isla de las sombras. La batalla de Esfacteria”. Si sois usuarios de Kindle Amazon, podréis adquirir a mitad de precio su ebook durante unos días.  mi novela para la promoción mensual. Los usuarios de Kindle Amazon podrán adquirir a mitad de precio el ebook. Las críticas, tanto de viva voz como amazonianas, no pueden ser mejores, así que no queríamos dejar de avisaros de la buena nueva para que aprovechéis la oportunidad y la disfrutéis”.


lunes, 29 de enero de 2018

Tamerlán

Saludos. Como ya anunciamos en nuestros artículos sobre Gengis Khan, hoy hablaremos de una de sus más ilustres “descendientes”. Al menos, uno de los que dejó mayor rastro en la Historia, aunque fuera un rastro de cadáveres. Hablaremos de Timur, también conocido como Timur-i Shenk, es decir, Timur el Tullido, o como Tamerlán o Tamurbec, Señor de Hierro.

                Timur fue un hombre de su tiempo. Nació en la era en la que el gran imperio mongol, dividido, se descomponía rápidamente; cuando los turcos volvían a tomar el control de las ciudades de Siria, Irak y Persia y cuando las tribus mongolas que habían formado parte del Il-Khanato y la Horda de Oro se separaban, guerreaban entre ellas y carecían de un líder fuerte que los llevara de nuevo a la conquista.  Vino al mundo en la aldea de Qhesh, cerca de Samarcanda, hijo de un señor menor mongol caído en desgracia, y cuya hueste se reducía a cuatro o cinco jinetes. Timur heredó su pobreza, pero comenzó a destacar pronto en sus correrías, y no tardó en reunir  trescientos jinetes. Se hizo famoso por su habilidad y audacia para robar ganado, saquear huertas y asaltar caravanas. Era generoso con otros mongoles que se veían despojados de la gloria de sus padres, y vieron en él un líder a quien seguir.
 Por aquellos días, el señor de Samarcanda, que desde 1365 había vuelto a tener un líder turco, lo condenó a muerte, pues sus correrías habían sido muchas. Pero en su corte había otros nobles mongoles que le aconsejaron no eliminar a un líder tribal como Timur, que además había comenzado a propagar el rumor de que descendía del propio Yagatai, hijo de Gengis Khan. De modo que se le perdonó, y Timur fue invitado a la corte. Pero se le acusó pronto de conspirar para  y derrocar a los turcos y tuvo que huir para volver a la vida errante. Aun así aumentó su hueste y robó a muchas y ricas caravanas, algo impensable en los tiempos del Gran Khan, pero que en aquellos días era el síntoma de la ausencia de autoridad más allá de las ciudades. Fue durante un robo de ganado que tuvo que enfrentarse con los guardianes, y en la batalla fue herido de gravedad en la pierna y perdió dos dedos. Le dieron por muerto, pero por la noche despertó y se arrastró entre los cadáveres. Consiguió regresar entre los suyos. Y aunque así fue como quedó tullido, su nombre corría de boca en boca de los mongoles. Fueron a buscarle y en un kurultai, una asamblea tribal, fue elegido para liderar a los mongoles y recuperar Samarcanda. Y por fin tuvo la oportunidad en una salida que realizó el emir turco. Los mongoles atacaron por sorpresa y mataron a su escolta. El príncipe huyó, pero le encontraron más tarde. Y así fue como Timur asaltó el poder. Era el año 1370 y  acababa de obtener su primer pequeño imperio: el gobierno de uno de los estados más importantes que habían quedado tras la descomposición del Il-Khanato. Y así, como una piraña introducida en un acuario, comenzó a devorar a sus vecinos.

Tras  Samarcanda, entre 1370 y 1380, lanzó sucesivos ataques a las regiones vecinas, desde la Corasmia hasta el sur del mar Caspio. Sus conquistas eran dominadas mediante gobernadores de su confianza, que se encargaban de mantener el control y recaudar los tributos. Pero no solo prestó atención a lo militar. Timur tenía la visión de un nuevo imperio mongol unificado, pero no contaba con fuerzas suficientes.  Pero sí poseía la astucia necesaria. Sus emisarios le informaban de todo lo que ocurría. Tenía espías, también entre los mercaderes. Así supo que el kanato de las estepas estaba inmerso en interminables guerras internas. Habían vuelto al estado inicial antes de Gengis Khan. Él intentó influir y dio protección a uno de los aspirantes llamado Toqtamish. Su objetivo era ayudarle a conseguir el poder, y gobernar a través de él, ya que Toqtamish sí era de la estirpe de los kanes y eso le legitimaba. Su apoyo a este hombre fue uno de sus pocos errores.
A partir de 1385 y hasta 1398, Tamerlán combinó exitosas campañas de conquista con continuas revueltas en sus territorios. El Tullido cabalgó de este a oeste y de norte a sur. Conquistó el Irak turcomano, invadió Georgia y Armenia y llegó a atacar Siria y a luchar contra los otomanos y la dinastía mameluca de Egipto. Y todo ello mientras hacía frente a continuas invasiones desde la estepa y desde el kanato de la Horda de Oro. En estos años se forjó el aura de terror de Tamerlán. Pues el terror fue utilizado como arma política. Podríamos quedarnos con la imagen popular de esta figura: un ser malicioso, cruel y sediento de sangre. En las crónicas de los reinos que conquistó se le llama directamente "Satán". Y no es que su fama sea inmerecida, si nos atenemos a los hechos Por ejemplo, cuando atacó la ciudad de Sabastria, en territorio otomano, los gobernadores ofrecieron mucha resistencia, pero tras varios días le ofrecieron oro y plata. Tamerlán aceptó reunirse con ellos tras prometer que no derramaría su sangre. Y cumplió su palabra: los enterró vivos y así entró sin resistencia en la ciudad y provocó una masacre. A los pobres gobernadores les hubiera venido bien leer la Iliada: "No hay tratos entre leones y hombres". Y los leones cambiaban de dirección al ver llegar a Timur.
Timur y caminando con su bastón.
Hay otro ejemplo en la "Historia de Tamerlán y sus sucesores", una crónica armenia escrita por T´ovma Metsobets. Entre los muchos horrores que narra, encontramos el asedio de la fortaleza de Vana Hayots: tras cuarenta días de resistencia, los defensores fueron derrotados, y Timur ordenó esclavizar a mujeres y niños y despeñar por una torre a los hombres. Se arrojaron tantos cadáveres que el foso al pie se fue rellenando, y los últimos en ser arrojados sobrevivieron a la caída. Los cristianos armenios llamaron a ese día "El Juicio Final", pues en verdad creyeron que Timur devorarái el mundo.
Y en "Embajada a Tamerlán", de Ruy González de Clavijo, del que hablaremos más abajo, el embajador castellano describe sus espeluznantes pirámides de cráneos. Fijaos qué testimonio: " Y fuera de esta ciudad cuanto un trecho de ballesta estaban dos torres tan altas como un hombre podía echar una piedra en lo alto, que eran hechas de lodo y cabezas de hombres, y estaban otras dos torres caídas en tierra. Y estas torres que de cabezas eran hechas, eran de unas generaciones de gentes llamadas Tártaros Blancos [...] Y estando cerca de esta ciudad, llegó la hueste del Señor, que los desbarató, y mataron a cuantos de ellos hallaron, y de las sus cabezas mandó el Señor hacer aquellas cuatro torres, y eran hechas de un lecho de cabezas y un lecho de lodo, de forma alterna [...] Y las gentes de esta ciudad decían que muchas veces veían lumbre de candelas de noche encima de estas torres". Hay que destacar que la descripción, perfecta desde un punto de vista constructivo, contrasta con la típica imagen tradicional de pirámides. Me parece mucho más acertada la de Clavijo. Una sucesión de cráneos y lodo (o mortero pobre o incluso adobe) para dar rigidez y poder asentar ladecuadamente a siguiente capa de cráneos permite regularizar los apoyos y levantar torres altas, más que pirámides. Y mi idea de torre se basa también en la afirmación de Ruy de que había dos derribadas. Una pirámide no se puede "caer" tal y como él lo describe.
Ruy González de Clavijo inmortalizado frente a Tamerlán.


Damasco fue destruida tras ofrecer resistencia a la conquista de Tamerlán. Y siglo y medio después del terror que asoló Bagdad con la llegada de Gengis Khan, Timur volvió hasta ella para sofocar una rebelión, y fue por segunda vez destruida. Y si la primera vez el Tigris bajó negro de la tinta de los libros que se arrojaron al río, esta vez el río bajó rojo. Y no, no era tinta.

                Podríamos, como dije al principio,  quedarnos con esta imagen, pero solo  si fuésemos otro tipo de lector. Nosotros no haremos eso. Nosotros intentaremos contextualizar. Si leemos esos mismos textos que hemos usado en este artículo, encontraremos también mencionados años de paz en los que se reconstruyó todo lo destruido. Hasta la crónica cristiana armenia hace mención a esos monasterios reconstruidos e iglesias refundadas, que volvían a llenarse. Y Samarcanda, la que nos  ha llegado hasta  hoy, es la Samarcanda que reconstruyó Timur. González de Clavijo nos cuenta cómo este trajo a ingenieros, arquitectos y artistas de todas las nacionalidades y credos para reconstruirla y convertirla en una la ciudad tal vez más cosmopolita de su época:  chinos, mongoles, genoveses (en esta época los genoveses están por todas partes a lo largo de la Ruta de la Seda), persas, turcos… Cualquiera que destacara en su campo fue bien recibido.

Imagen tradicional de las torres de cráneos. Ruy González las
describe de forma diferente, mucho más razonable.
                No debería sorprendernos encontrar estas dos facetas en Timur y sus descendientes. Recordemos que aquellas regiones tan extensas requerían un gran esfuerzo para ser conquistadas y se sublevaban fácilmente. En estas tierras encontramos poderosas ciudades muy distantes unas de otras, rodeadas por terrenos fértiles bien cultivados y cuidados, pero entre ellas había muchos espacios vacíos difíciles de controlar. La solución de Gengis Khan fue demoler todas sus murallas. Pero en esta época, sin poder unificado, las murallas habían sido reconstruidas, y Timur no optó por demolerlas de nuevo, pues sabía que tendría dificultades para defenderlas posteriormente.  Pero esas ciudades fortificadas optaban a veces por rebelarse ante el menor símbolo de debilidad o lejanía de Timur. En esa situación, el terror era el argumento para que la ausencia de Timur no desembocara en una nueva revuelta. Las pirámides y torres de cráneos tenían el siguiente mensaje: “Si pensáis en rebelaros, adelante, pero tarde o temprano volveré a pasar por aquí con mi caballo y acabaré con vosotros, hijos de perra”.

                Timur nunca se autoproclamó Gran Khan. A pesar de que había propagado una falsa genealogía, todos sabían que no tenía la sangre de Gengis Khan, y esto no lo legitimaba para reclamar el poder total sobre el pueblo mongol. Por el contrario, gran parte de su actividad política estuvo destinada a emparentar con los grandes khanes y tomar partido por sus miembros más adecuados para ser gobernados a distancia. Pero era un plan complicado. Recordemos a Totqamish: como dijimos antes, encontró refugio en la corte de Timur durante la lucha dinástica entre los clanes mongoles de la estepa, pero finalmente se hizo con el dominio de la Horda de Oro y lanzó una campaña de “agradecimiento” invasor sobre Timur, el único que podría hacerle sombra.

Miniatura de la biografía de Timur. Batalla contra Togtamish
                Pero Tamerlán los superó a todos. Era un hombre realmente inteligente y astuto. Se dice que no sabía leer ni escribir, pero quienes hablaron con él dijeron que tenía muchos conocimientos  y conocía muchas disciplinas. Y como estratega era genial. Tal vez no tenía la sangre de Temujin, pero sí su astucia y aun más. Supo aprovechar como nadie la velocidad de sus ejércitos y buscó siempre sorprender a sus enemigos en velocidad y no estar donde se podía esperar que estuviera. Fue un maestro del engaño estratégico, y en las crónicas de sus campañas es frecuente la frase  tipo  “redujo tres jornadas de marcha a una sola”. A modo de ejemplo, nos fijaremos en la victoria final sobre Toqtamish, tal como la narra Ruy González de Clavijo. Totqamish y Timur se encontraron con sus ejércitos en un vado del río Jundurch. Toqtamish vaciló y decidió no combatir, sino subir corriente arriba por su orilla. Timur le siguió por la suya durante dos días, pero esa segunda noche disfrazó a todas las mujeres y niños (en esta época, los mongoles viajaban con toda su familia a la guerra) de soldados, mientras enviaba un destacamento río abajo para cruzar el vado. Al anochecer del tercer día cayó de improviso sobre el campamento de Toqtamish. Nadie los vio. No hubo tiempo para preparar una defensa. Podríamos imaginar a Timur, sobre su montura, observando satisfecho el campamento enemigo en llamas, iluminando la noche de la estepa, mientras los gritos de terror de sus enemigos se elevaban hacia el cielo y se extinguían, al igual que las chispas que ascendían de los incendios.

Samarcanda, hoy.
                Fue además ingenioso. Cuando invadió La India fue derrotado en su primer encuentro con los elefantes, pero a la siguiente batalla, cargó a los camellos que cargaban la impedimenta con ramas secas y brea, y en llamas los lanzó contra los elefantes. Todos los paquidermos  entraron en pánico y se volvieron contra sus propias filas. Pero si daba miedo así, resultaba aterrador cuando se ponía de buenas. Clavijo cuenta que tras derrotar a Totqamish, uno de sus propios generales se puso al frente de la Horda para intentar reclamar el poder. Timur le envió un mensaje diciéndole que él era su amigo y que no tenía nada que temer de él. Pero Edegui, ese general traidor, cuando leyó el mensaje supo lo que le esperaba. Lo había visto hacer a otros. Dio una única orden: volver grupas y perderse hacia el norte, poniendo tanta tierra de por medio como pudiera.

                Entre 1395 y 1405, Tamerlán, haciendo frente a los mencionados problemas internos, lanzó nuevas campañas: invadió La India y destruyó el sultanato de Delhi; aplastó a la Horda de Oro y llegó a atacar las tierras de los Rus e  invadió tierras del imperio otomano, Georgia y Armena y venció al sultán Bayacid de forma humillante. Su imperio llegó a controlar una franja costera del Mar Negro.

La ruta perfectamente descrita de Ruy González de Clavijo,
injustamente poco recordado.
                La victoria sobre los otomanos fue conocida en Occidente, y sus reinos vieron en él un poderoso aliado para presionar a estos, lo que ayudaría en las guerras del Mediterráneo. Con este objetivo, Castilla envió aquella famosa embajada de Ruy González de Clavijo. Esta embajada se encontró, tras un viaje de un año largo, con Timur muy cerca de donde nació este,  en una aldea próxima a Samarcanda. Clavijo escribió un estupendo relato de todo aquel viaje, un testimonio súper valioso sobre cómo se vivía en aquella región y con numerosas anécdotas sobre Tamerlán. Las relaciones fueron buenas, pero Timur estaba preparando su campaña contra China y no dio una respuesta efectiva, aunque sí positiva, a la propuesta.

                Poco después, Timur moriría al poco de comenzar dicha campaña contra China. Murió viajando, como había vivido. Sus descendientes intentaron mantener su imperio, pero ninguno de ellos estuvo a la altura. Aun así gobernaron en una época en la que Asia, demográficamente, se formó tal y como la conocemos ahora, con esa abigarrada mezcla de iranios tayikos, mongoles, turcos e indoarios que hay en Asia Central. Y una de sus ramas consiguió afianzarse en la India, los gobernantes mogoles, que la dominaron hasta el siglo XVIII y son merecedores  de otro artículo para ellos solos.

Timur y los timúridas en los wargames
Para DBA, la lista timúrida es la IV/75. Se trata de un ejército de alta agresividad (4) y
Un precioso ejército timúrida
terreno estepario, no muy diferente a otros contemporáneos. Se basa en seis peanas de Cv, una de las cuales es el general y que representan una combinación de caballería pesada mongol y alguna peana de arqueros acorazados a caballo tipo ghilmen, de origen persa o turco, pues DBA no diferencia estas diferentes tradiciones. Luego hay dos peanas de caballería ligera, caballería tribal mongola o turcomanos aliados. Hasta ahí lo habitual. Las ultimas cuatro peanas permiten hacer alguna travesura. Tiene una opcional que puede ser El (de su época en La India o 4Bw, arqueros regulares. Otra peana de 3Bw, arqueros irregulares, normalmente montañeses. Una peana de Ps arqueros o jabalineros montañeses o incluso arcabuceros,  y una última peana que puede ser 3Sp o 3Ax, que son infantería afgana, del mismo tipo que encontramos en los ejércitos de la dinastía gúrida.
Es un ejército difícil de llevar a torneos por su alta especialización y alta agresividad, pero también es cierto que tiene al menos cuatro peanas de tropas que pueden manejarse bien en terreno difícil. Sin embargo, hay que destacar que DBA propone una campaña llamada "Tamerlan", que sería preciosa de jugar. porque debe enfrentarse a un montón de ejércitos del mismo tipo, y hay que currárselo mucho. El elefante en dicha campaña es un buen elemento para los asedios. Además, se dio tortas con todo el mundo. Si recordáis, en la lista de DBA viene un renglón con los ejércitos rivales históricos, y la lista de Tamerlán tiene muuuuuuchos enemigos históricos.

Grupo de mando timúrida.

En AdlG, la lista es la 258, Timúridas. Aquí se puede apreciar mejor la tradición de caballería. El núcleo de caballería pesada de origen mongol, que puede tener la habilidad de "impacto". Hay una minoría de caballería tipo Ghilmen. La ligera la considera turcomana, pero si usamos la mongola tampoco pasa nada. Y luego tenemos los elefantes, los arqueros, los arcabuceros y los lanceros afganos y eso. Pero, ojo, aquí el autor sí nos permite tener algún juguetito más: han incluido dos peanas de SCH, que deben representarse como los camellos cargados con el material en llamas que mencionamos en la invasión a La India. Estupendo. Y también podemos usar levas sacrificables de miserables prisioneros usados como carne de cañón en los asedios, y artillería pesada. Esta última yo la echo de menos como opción en DBA. Después de todo Tamerlán tuvo que asediar muchas veces.
 

domingo, 10 de diciembre de 2017

Harald I de Noruega y el poblamiento de Islandia

Saludos. Hoy hablaremos de los orígenes del reino de Noruega. Ello nos llevará por lo tanto a hablar también de vikingos, pero no  olvidemos que ser vikingo era una actividad económica y no un pueblo en sí o un rasgo étnico ni asociado a ninguna nacionalidad. Hubo vikingos de muchos sitios.
Nos fijaremos en este periodo porque precisamente fue Harald el que, sin saberlo, pondría en marcha una cadena de acontecimientos que afectó a miles de personas, y desembocó en el nacimiento de un nuevo país allí donde menos cabía imaginar.
Veamos primero cuál era la situación de lo que hoy llamamos Noruega a mediados del siglo IX. Encontraríamos una tierra poblada por lo que en su día se llamaron "tribus germanas". Se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, y en la costa salían a pescar, a mercadear, y sí, también se convertían en vikingos. Habían desarrollado un refinado arte de construcción naval. Era una tierra rica en bosques. Eran paganos, al contrario que los reinos de las islas británicas. Rezaban a Odín, a Thor y al resto de los Ases. En la fiesta de Yule sacrificaban un caballo y se lo comían, siguiendo un ritual tan antiguo como las llanuras. Las viejas estructuras tribales habían ido evolucionando. La población estaba asentada en territorios controlados por jefes a los que difícilmente se les podría llamar reyes. Eran guerreros con un grupo más o menos numeroso de seguidores armados, equipados como podían para la guerra.
Una asamblea o Thing
La sociedad estaba formada por propietarios de la tierra, siervos, esclavos, y al mando, estos "reyezuelos" al frente de su banda de guerreros. Los propietarios tenían más o menos poder según lo débil o fuerte que fuera el jefe local, respectivamente. Donde podían, los propietarios se reunían en asambleas llamadas Thengs, que tenían cierta capacidad de decisión, y organizaban fuerzas propias de defensa y para hacer pequeñas incursiones estacionales, llamadas "leidang".  También estos propietarios se equipaban con escudos y lanzas, y cuando el señor local llamaba alguna leva, o cuando se tenían que organizar para defender su región de algún invasor, tomaban sus armas y se ponían a sus órdenes. Estos ejércitos no eran por tanto permanentes, y sus operaciones estaban condicionadas por la estación del año y las cosechas. Estos jefes solían emparentarse entre ellos, casando su descendencia entre otros jefes, o incluso enviando sus hijos a que sean criados por otros señores.
Como hemos dicho, y al contrario que los daneses o los reinos de las islas británicas, no existía un gobierno unificado en Noruega. La población había crecido y faltaban recursos y tierra. Esto empujó a muchos a la piratería. Es decir, a convertirse en vikingos. Las incursiones solían producirse en enclaves costeros de la propia Noruega, o Suecia, o Dinamarca o en las Islas Británicas, pues en estas ya existían reinos más organizados, una iglesia pujante, una herencia romana que, aunque bastardeada por los invasores sajones, les daba cierto lustre y capacidad de organización territorial más estructurada. Y en los templos y monasterios había riquezas. A bordo de sus largas naves, los vikingos noruegos y de otros países habían llegado incluso más allá, hasta el norte de África, y por el este, hasta las tierras riega el Volga e incluso hasta Constantinopla, capital del imperio romano oriental.  Las tripulaciones estaban formadas por hombres a quienes las luchas continuas habían dejado sin tierra, pero también propietarios que, una vez recogida la cosecha,  probaban fortuna a lomos de los esbeltos "dragones".
Típico mercante viking
La vida era dura para los que se quedaban en tierra también. No había muchas leyes e imperaba, literalmente, la ley del más fuerte. Era legítimo que un hombre matara a otro en duelo y se quedara con sus tierras, por ejemplo. Las sagas vikingas suelen narrar cómo había  "profesionales" de esto, que forzaban a alguien al duelo, sabiendo que tenían todas las de ganar, que hacían de esta actividad toda una forma de lucrarse. Una cosa curiosa que les parecía deleznable... no indicar a los parientes dónde había quedado el cadáver del hombre que había perdido el duelo. Muy curioso.
En las sagas también se habla de unos personajes muy peculiares: los berserkers. Los berserkers, bueno, eran hombres que en la guerra entraban en frenesí y se lanzaban sin armadura hacia los enemigos. Realmente se consideraban invulnerables y por eso no se esforzaban por protegerse. Pocos llegaron a viejo, sin embargo, a pesar de su supuesta  invulnerabilidad.
En esta era violenta nació Halfan Gudrodsson, a principios del siglo IX,  a quien por sus negros cabellos se le conoció como Halfdan el Negro. Su padre murió en combate y su madre volvió con él a Agder, donde creció grande y fuerte. Con 18 años era grande y fuerte. Reclamó Agder para sí, pues era el territorio de su padre. Reunió algunos hombres más e invadió Vingulmark, que perteneceía al rey Gandalf, y tras muchos combates consiguió arrebatarle la mitad. Luego se lanzó sobre Raumarike. Se casó con Ranghild, hija del rey Harald Barba Dorada. Su primer hijo, Harald, fue enviado a la casa de su abuelo. Pero aquel Harald murió, igual que Ranghild.  Lo que sigue es la típica dinámica de luchas entre territorios. Nuevos matrimonios, nuevas conquistas, nuevas venganzas de hijos de reyes vencidos... Una historia vista muchas veces. Pero se produjo algo diferente. Halfdan volvió a casarse con otra  Ranghild, hija del rey Sigurd. Ella  tuvo un sueño. De su vientre nacía un roble que crecía, y cuyas ramas se extendían y cubrían toda Noruega. Y Halfdan tuvo otro sueño parecido.  Entonces Ranghild, que era una mujer sabia, tuvo un hijo. Lo llamaron Harald, y fue bautizado, según nos cuenta Snorri Sturrulson en su "Hemiskringla", la saga de los reyes de Noruega. Harald crecería fuerte y espléndido, y llegaría a ser el primer rey de Noruega.


Los salones de algún reyezuelo...
Mientras crecía, Halfdan comenzó un trabajo que luego Harald prosiguió. Comenzó a legislar sobre los dominios, sin duda con la ayuda de Ranghild, que estaba emparentada con el rey de los daneses. Se destaca que incluso las cumplía él mismo. Algo extraordinario en aquellos días. Sobre todo hizo leyes para proteger a la población y evitar los actos violentos como los que hemos descrito antes. Quería traer orden y estabilidad. Se estableció un sistema de compensaciones que, si eran pagadas, anulaban el derecho de venganza, por ejemplo.
Cuando Harald tenía 10 años, Halfdan y muchos de los suyos murieron al romperse el hielo sobre un lago cuando caminaban por él. Afortunadamente, su tío Guthorm, hermano de Ranghild, le apoyó, pero todos jefes de otros territorios que estaban sometidos a Halfdan se rebelaron, lo que era habitual. Por lo tanto, Harald comenzó de nuevo la reconstrucción de los dominios de su padre. Pero Harald en cierta forma era diferente. Sin duda tenía una personalidad arrolladora, y en sus primeros años fue bien aconsejado por Ranghild y apoyado por Guthorm en el campo de batalla. Cuando tenía 18 años, dicen las sagas que ocurrió algo que le cambió para siempre. Envió un mensaje a Gyda, hija del rey
Gyda rechaza la propuesta de Harald
Eirik de Hordaland. Gyda era famosa ya por su belleza, pero también por su orgullo. Cuando recibió la proposición de Harald, que por entonces comenzaba a hacerse famoso, le respondió que solo un rey, uno de verdad, como el de los daneses,  era digno de ella. No quería unirse a  un reyezuelo que gobernara únicamente sobre varios distritos.
Se dice que los emisarios se aterrorizaron al pensar que tenían que transmitir dicho mensaje a Harald, cuyo carácter era, bueno, brusco, ejem. Pero aquella mujer había tocado la tecla que faltaba. Aquellas palabras llegaron hasta lo más hondo de Harald. Le dieron un objetivo en la vida: unificar Noruega. Ante todos hizo un voto de no cortarse ni recogerse el cabello hasta ser rey de toda Noruega y someterla a tributo. Aquel era el símbolo de que la tenía sometida. Y para ello, se dio cuenta de que necesitaba hacer un cambio de paradigma. El régimen de propiedad de la tierra y el equilibrio de poder hacía que mantener las posesiones fuera muy complicado, porque los jefes de cada región sólo eran sometidos a la fuerza, y no encontraban ninguna ventaja en formar parte de una estructura mayor. Lo primero que hizo fue derogar los derechos de propiedad en todos los distritos sobre los que gobernaba, y exigió que todos los anteriores propietarios le pagaran a la corona una renta por el uso de la tierra. Y ahora viene lo bueno. El encargado de recaudar tal tributo, y titular del derecho de retener una tercera parte de él, fueron los barones (jarls o earls) que él designó. Estos barones a veces eran los propios "reyes" que había antes, una vez aceptaban la sumisión a Harald. En otras zonas que tuvo que tomar a la fuerza, puso a hombres de su confianza. Y estos "jarls" comenzaron a darse cuenta de que recaudaban y se quedaban más dinero que antes, cuando los propietarios tenían derecho sobre la tierra. Y así fue como Harald estabilizó sus tierras. Los barones tenían la obligación de mantener un número de hombres exclusivamente dedicados a la guerra, pero salvo eso, podían hacer lo que quisieran.
Todos ganaban. Bueno, todos los "poderosos", pero claro, el pato lo pagaron los propietarios. Para empezar, pagaban en especie, lo que significa que las pequeñas propiedades ya no generaban suficiente renta como para sostener a familias. Así que estos propietarios malvendieron sus tierras o se largaron al no poder pagar. Se fueron a la costa y se embarcaron buscando un lugar mejor. Y de las regiones que no se sometían, tras ser vencidas, muchos hombres libres se negaban a someterse a las nuevas leyes de Harald, y huyeron.
¿Y a dónde fueron?  La mayoría a las Órcadas, a las islas Shetland, y entonces siguieron el camino de las islas Feroe, y más allá desaparecieron.
Bueno, no desaparecieron. Por aquel entonces Ingolfur Arnasson había encontrado una tierra de hielo y fuego al norte de las islas Feroe, y se asentó. El camino de aquella tierra se convirtió en un relato de esperanza para los que huían de Noruega. La ruta de navegación a Islandia corrió de boca en boca y fue la que tomaron los que huían de Harald y sus leyes. Allí encontraron una tierra vacía donde se asentaron y volvieron a comenzar. Huyendo de aquel nuevo régimen que tantas cargas les imponía, en Islandia fue donde se mantuvieron las instituciones de los propietarios "bondi" más tradicionales. Las asambleas, el régimen de la tierra, todo se mantuvo de forma contrapuesta a lo que ocurría en Noruega. Así fue como se pobló Islandia, y así como se fortalecieron sus instituciones tradicionales y asamblearias, que han mantenido hasta hoy.
Ingolfur Arnasson, primer poblador de Islandia
En 2016 publiqué un relato en el recopilatorio del IX Concurso de relatos históricos Hislibris, que trataba precisamente de las personas que mantuvieron en secreto la ruta a Islandia y dirigían a los huidos hacia allá desde las Órcadas, que ya habían sido conquistadas por Harald.
Mientras esto ocurría y los barcos llegaban a Islandia, Harald avanzaba y rendía distrito a distrito. Tuvieron lugar muchas batallas y muchos actos heróicos. Cada vez Harald tenía más fuerzas, y esto polarizaba a los demás reyes contra él, o bien acelerando su sometimiento. Sus enemigos se agrupaban para poder hacer frente a sus avances, y las sagas hablan de batallas donde murieron varios reyes enemigos.  Otros se vieron sorprendidos por Harald y sus incursiones, y dentro de sus propias mansiones fueron quedamos (esta era una forma de "negociación" tradicional: quemar a los reyes en sus mansiones después de bloquear la puerta desde fuera). Incluso Eirik, rey de los suecos en Upsala, ante la estrella ascendente de Harald tuvo sus más y sus menos con él, y terminó salvando el pellejo a la desesperada tras una cabalgada hasta los bosques de su país, perseguido por el propio Harald.
 Y la guerra también llegó al mar. La última batalla, la que le dio la totalidad de Noruega, se luchó en en Hafersfjord. Allí lucharon los últimos opositores de Harald: Eirik de Hordaland; Sulke de Rogaland; Kjovte el Rico, rey de Agder, y su hijo Thor Haklang y los hermanos Hroald Hryg y Had el Duro (sí, se llamaba así), de Thelemark. Reunieron muchos barcos y le lanzaron contra la flota de Harald. Este también había reunido sus fuerzas, y tenía muchos barcos, incluso el gran dragón que había hecho construir hacía varios inviernos, la nave larga más larga jamás vista. Y junto a él reunió a muchos y grandes guerreros y berserks, que aspiraban a la fama y la fortuna bajo la égida del nuevo rey. Por parte de ambos bandos se reunieron grandes guerreros, escogidos para convertirse en "guerreros de proa", el puesto de honor, de cada barco.
De Ole Peter Hansen Balling - Digitalt Museum, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=19312502
La batalla fue sangrienta y terrible, y el mar se tiñó de rojo. Las batallas navales de los vikingos no eran nada sofisticadas. Los barcos se abarloaban unos a otros, se asaltaban y se mataban a todos los que se podía. Los guerreros de proa eran los encargados de los peligrosos abordajes. En palabras de Snorri Sturrulson, el cronista islandés del siglo XIII, que escribió numerosas sagas, y era un vikingo que escribía para vikingos, "la batalla fue terrible y murieron muchos hombres, y todos fueron heridos. Todos salvo los berserks, porque el acero no podía herirlos".
Harald fue rey en el 872, año de esta batalla, y lo sería hasta el 932. Y sí, volvió a por Gyda, que ya no tenía argumentos para rechazarlo, claro. Y tuvo muchos hijos, y estos le dieron muchos quebraderos de cabeza, porque se dedicaban a molestar a los barones y a intentar quedarse con sus tierras. Harald eligió como favorito a Erik Hacha Sangrienta que era la fuerza, y su esposa Gunhild, que era el cerebro. Pero el destino quiso que el rey tras él fuera Hakon, que había sido criado en Inglaterra y había sido bautizado. Pero eso es otra historia.


Estrategia naval poco evolucionada

Ejércitos vikingos en juegos históricos
En DBA, los ejércitos de esta época están representados por la lista III/40, que tiene cuatro variedades según se use para fuerzas incursoras (vikingos) o bien ejércitos locales (leidang) de carácter defensivo. En cualquier aso, hasta el siglo CI los ejércitos se basan en las formaciones de "muro de escudos". Los generales hasta 9 peanas más son 4Bd, representando a los hombres de escudos redondos y espadas que todos tenemos en mente. Luego hay 3 peanas que pueden ser arqueros, psilois o 3 Bd o Wb, que representan a los berserk en pleno frenesí. Los vikingos tienen agresividad 4 y las fuerzas defensivas, 1. Los Leidang pueden de hecho intercambiar peanas de Bd por Ax, puesto que representan a fuerzas "no profesionales", ligadas a la tierra y peor equipadas.
Muro de escudos

En Field of Glory hicieron una interesante propuesta, y creo que muy acertada. Estos ejércitos salieron en los libros de "Lobos del mar", y en lugar de representar su comportamiento como "swordman", como si fueran legionarios romanos, los representaron más basados en su comportamiento de muro de escudos, y lo representaron como "offensive spearmen", haciéndolos más parecidos a los hoplitas. Creo que fue una buena decisión. A ello añadieron las guardias de los jefes, que eran hombres con mejor equipamiento (armoured) y armas pesadas y calidad superior.

En AdlG se optó por el camino intermedio. La lista 150 reflejaba tanto vikingos como leidangs. Los leidangs se bacan en lanceros pesados o ligeros (peor equipados), apoyados por la élite con armadura y arma pesada que escoltaba a los jefes, y luego exploradores y arqueros y tropas ligeras de ese estilo.
En cambio, para los vikingos se centraron en mostrar su comportamiento impetuoso, usando tipos de infantería media impetuosa, valga la redundancia, de élite en el caso de los berserk, junto al núcleo de la escolta armadura y arma pesada. También dan la opción de que los vikingos sean infantería pesada, sin más  habilidades, reflejando así su "muro de escudos").
Ni qué decir tiene que son ejércitos preciosos de pintar, con esos escudos redondos tan vistosos y esos berserks que ofrecen tantas posibilidades.