viernes, 13 de abril de 2018

El califato abásida


Abu Muslim Al Khorasani
Saludos. Esta semana comenzaremos nuestro retorno hacia Occidente desde las estepas de Asia Central. Concretamente, conoceremos a los gobernantes abásidas, que dirigieron las riendas del imperio islámico desde que destronaran a los Omeyas en el 749, hasta la fragmentación del califato en un complejo mosaico de dinastías locales.
Bien, recordemos algunas cosas. La conquista árabe había llegado desde los Pirineos hasta las fronteras de La India. La dinastía Omeya o Ummayad había arrebatado el poder a los Califas Ortodoxos, que habían sido parientes y colaboradores del propio Mahoma. Alí, el cuñado del Profeta, había sido obligado por lo tanto a renunciar al califato. Esto provocó que otras dinastías comenzaran a plantearse que si los Omeyas podían gobernar en lugar de los descendientes del Profeta, ellos también podrían. También provocó corrientes que giraron alrededor de Alí, y cuando éste murió, el descontento aumentó mucho entre ellos.
Por otro lado, en los nuevos territorios, el dominio Omeya se había traducido en la implantación de numerosas ciudades “cuartel” para sus ejércitos. Como los musulmanes estaban exentos de impuestos, muchos campesinos dejaron sus tierras y emigraron a estas ciudades, por lo que las recaudaciones se reducían, y los Omeyas comenzaron a poner trabas a estas conversiones.
También, las clases locales que habían sido apartadas del poder, sólo podían prosperar convirtiéndose en “mawali” o “clientes” de las tribus árabes. Sin embargo, muchos eran personas extraordinariamente capaces y con mayor tradición política y de gobierno, como los nobles persas. Aunque los árabes les consultaban sin cesar, ellos permanecían siempre apartados del poder.

Todos estos factores fueron creando un clima de oposición generalizada a los Omeyas. Y fue en la lejana frontera oriental, en Jurasán (Khurasán, una provincia de la antigua Persia), donde un misterioso personaje llamado Abú Muslim, atrayendo sabiamente a todos los elementos descontentos con los califas gobernantes, proclama la “da'wa”, la revuelta religiosa que derrocaría los Omeyas, en el 745. Pero, ¿quién era Abú Muslim? La respuesta a esta pregunta nos revelará sin duda uno de los más complejas, astutas y exitosas conspiraciones de la Historia.
En el año 741, Abu Muslim no era más que un “mawali” arruinado. Su origen no está claro, y ni siquiera la enciclopedia iránica es capaz de ser taxativa, pero se sabe que no era árabe, sino de origen persa. Tal vez de la nobleza irania.  El nombre de Abu Muslim le fue dado cuando se adhirió a la causa de los abásidas. Pues fue un miembro de esta familia,  Ibrahim, quien descubrió que este oscuro personaje poseía algunas virtudes que podrían serle muy útiles.


"Con banderas negras vendrán del este..."
Lo primero que hay que entender es que los abásidas eran una familia árabe, también procedente de La Meca, y que durante la expansión árabe, había recibido territorios en Palestina e Irak.  Aspiraban a derrocar a los Omeyas.
Ibrahim, sabiamente, sabía que podía basar la legitimidad de su revuelta en ser descendiente de cuarta generación de Abbas ibn Abn Al-Mutalib, que fue tío del propio Mahoma. Es decir, Ibrahim sabía que cumplía con el primer “requerimiento” que se exigiría a unos nuevos califas: ser parientes del Profeta, a diferencia de los Omeyas.
Ibrahim reclutó a Abu Muslim, y le instruyó en su plan. Debía el “mawali” marchar a la provincia más alejada del nuevo imperio, a Jurasán, en la antigua Persia. Era el lugar idóneo: alejado del centro de poder de los Omeyas, con un gobernador débil y escasa tropas, concentradas en vigilar la frontera de la estepa donde ya se vislumbraba la amenaza de las tribus turcas. Donde muchos nobles persas se veían apartados del poder y se veían despreciados por la élite árabe. Donde habían tenido que sofocar algunas revueltas. Donde los shiíes seguían rumiando otra contra los omeyas. Allí, Abú debía proclamar un mensaje religioso: los Omeyas no eran descendientes del Profeta, y atentaban contra los principios del Islam dificultando las conversiones. Por lo tanto, los buenos árabes debían rebelarse contra ellos y elevar a un auténtico descendiente del Profeta en el poder. Sin embargo, Ibrahim ordenó a Abú que bajo ningún concepto revelara el nombre del nuevo aspirante a califa. Ésta era la clave del plan. Abú debía provocar la rebelión en la frontera del imperio y avanzar contra los Omeyas marchando hacia el oeste, mientras Ibrahim y su familia aguardaba acontecimientos en Palestina.
Una antigua profecía había predicho que del Este vendría un ejército victorioso portando banderas negras, para mayor gloria del Profeta. Abú adoptó estas banderas negras para los ejércitos que consiguió reunir con los árabes de Jurasán, y los guió a la batalla. En aquel momento, el califa Omeya era Marwan II, y la oposición a su familia se había extendido por todo el imperio, por lo que su situación era extremadamente caótica. Aprovechando esta debilidad, Abú Muslim asaltó y tomó la ciudad de Merv en el 748. Y mientras el resto del imperio se desintegraba, al año siguiente, sus tropas entraron en Kufa.


Mientras, Marwan había sido informado de que la más peligrosa revuelta, la de Abú, podría haber sido instigada por el cercano imán Ibrahim. Los guardias de confianza de Marwan, en el intento de capturar a Ibrahim, le mataron, justo a cuando Abú Muslim acababa de entrar en Kufa. Con el plan abásida descubierto, ya no había marcha atrás. Un nuevo líder tomó las riendas de los abásidas, y envía un mensaje a Abú Muslim para que le proclamara Califa desde Kufa. El candidato secreto iba a ser por fin revelado. El mensaje lo firmaba el que sería el primer califa abásida: Abdullah ibn Muhammad al-Saffah. Era el año 750, y al-Saffah, al frente de su propio ejército, poco después, derrocó a Marwan, que se vio atrapado entre las fuerzas de Abú y las del propio Al-Saffah.
Sin embargo, el nuevo califa no satisfizo a todos los que habían participado en la rebelión, de modo que al-Saffah tuvo que negociar para mantener la lealtad de antiguos jefes militares árabes. Sin embargo, el nuevo califa murió repentinamente en el 754, y la cuestión sucesoria destapó la todavía inestable posición abásida. La “da'wa” se dividió alrededor de dos aspirantes principales: Abú Ya'ffar, conocido como al-Mansur, y su tío Abd-Allah.
Y fue entonces cuando el poder de Abú Muslim y sus ejércitos jurasaníes hizo que la balanza se inclinase rápidamente en favor de Al-Mansur, que en ese mismo año se proclamó califa. Sin saberlo, Abú Muslim había firmado su propia sentencia de muerte. Al-Mansur, incluso favorecido por él, se asustó al comprobar la enorme influencia de Abú, y vio claro que si éste alguna vez se le ponía en contra, no podría hacer le frente. Por lo tanto, Abú Muslim murió por orden del mismo califa al que había ayudado a llevar al poder. Así terminó su asombrosa historia.

Con Al-Mansur comenzó en realidad el califato abásida, y también, la era del auténtico esplendor islámico. Reformó el gobierno, estableciendo los nuevos cargos, reorganizando la profesionalización del ejército. Además, Al-Mansur fundó una ciudad para los sueños: Madinat al-Salaam, la “Ciudad de la Paz”, más conocida como Bagdad. En efecto, si los Omeyas gobernaron desde Damasco, Al-Mansur gobernó desde Bagdad. Además, cuidó mucho la cuestión sucesoria, que trató de mantener dentro de su familia. Así, cuando murió en el 775, fue su propio hijo, Al-Mahdi quien se erigió como nuevo califa.
Al-Mahdi inauguró un proceso de estabilización y prosperidad económica sin precedentes. Mientras en Europa estaba sumida en una era de oscuridad de ignorancia, Bagdad se fue convirtiendo en la ciudad más esplendorosa del mundo. Y además, Al-Mahdi se puso al frente de una nueva “yihad” que llevó a sus ejércitos a La India, la Transoxiana y Anatolia, donde se enfrentaron con enorme fiereza con los ejércitos del imperio bizantino.
En el año 786 fue sucedido por Al-Rasid. Fue éste un gobernante exitoso y enormemente conocido, con una personalidad compleja y contradictoria. Mientras sus detractores le acusaban de desentenderse de los asuntos de sus súbditos, Al-Rasid se centró en continuar la violenta guerra contra los bizantinos. Su nueva “yihad” avanzó por Anatolia imparable, y llegó a las afueras de Constantinopla, pero allí fue finalmente rechazado. Centró entonces su interés en los puertos del Mediterráneo, el Mar Rojo y el océano Índico. Asignó tropas y flotas, y los comerciantes árabes llevaron sus naves y mercancías a costas tan lejanas como África, Sri Lanka o incluso más allá. Estos audaces comercianes serían inmortalizados en la figura de Simbad el Marino en los cuentos de “Las mil y una noches”.

Mientras, la vida urbana, gracias a las mayores aportaciones que pudieron hacer los “mawali”, prosperó, y se alcanzó un progreso tecnológico y cultural sin parangón en su época.
La agricultura mejoró extraordinariamente, y se abrieron hospitales públicos para enfermos y leprosos. El califato de Al-Rasid fue la Edad de Oro del Islam, y el eco de su grandeza llegó hasta la lejana Europa: un día llegaron a Bagdad unos extraños emisarios, que se presentaron como embajadores del rey Carlomagno. La diplomacia funcionó. Incluso se dice que Al-Rasid regaló a Carlomagno un elefante asiático.
Harún Al-Rasid recibe la embajada de Carlomagno

Toda Edad de Oro llega a su fin, y la sucesión de Al-Rasid causó ésta. Había nombrado sucesores a sus tres hijos: Al-Amin, Al-Mamún y Al-Qasim. Cuando Al-Rasid murió, sus hijos no tardaron en provocar una guerra civil. Fue Al-Mamún, desde su gobierno de Jurasán, y apoyado por los Tahirids, quien finalmente se impuso a sus hermanos en el 813, después de asediar Bagdad durante catorce meses, y tras tomarla sólo tras una cruenta lucha calle por calle. Por ello, los Tahirids serían recompensados con el gobierno hereditario e independiente (pero leal al califa de Bagdad) del territorio de Khurasán, estableciéndose así la primera dinastía jurasaní de una serie muy interesante, que estudiaremos en futuros artículos. Sin embargo, la guerra civil provocó la independencia de facto de los territorios norteafricanos. Tras este conflicto, el imperio se había reducido, aunque siguió siendo muy poderoso.
Al-Mamun murió en el 833 en una campaña contra los bizantinos, y fue sucedido por al-Mutasim. Este califa tomaría una decisión que, con el tiempo, cambiaría para siempre la historia del Islam. Merece la pena detenerse en este aspecto.
Hasta Al-Rasid, los ejércitos abásidas habían sido los mismos que los de los Omeyas. Sin embargo, en la primera reforma de Al-Rasid, se había creado un ejército en Jurasán en el que se había incluido un gran número de tropas persas a caballo, nobles que mantenían la tradición bélica directamente heredada de los sasánidas, y que se basaban en un mayor uso de los arqueros acorazados a caballo, en lugar de los lanceros acorazados a caballo árabes. Pero estas tropas seguían siendo básicamente musulmanas. Sin embargo, Al-Mutasim comenzó a enrolar tropas esclavas turcas en los ejércitos, que también usaban táctica más parecidas a las jorasaníes, pero con una mayor fiereza si cabe. Estos esclavos turcos comenzaron a formar el núcleo de los ejércitos, y sus propios generales esclavos fueron estableciendo linajes que permanecieron al servicio del califa. Estos turcos serían conocidos como “ghilmen” o “Mamluks”, y en su época se convirtieron en el epítome del arquero acorazado a caballo.
Con estas fantásticas y feroces tropas en los ejércitos, Al-Mutasim puso fin a numerosas revueltas que desestabilizaron su gobierno, y mantuvo la guerra en todas sus fronteras. Además, el creciente poder del factor turco provocó que el centro de poder califal pasara de Bagdad a Samarra, más cerca de las estepas. Sin embargo, la nueva capital se limitó a ser la sede del ejército, pues Bagdad siguió sin rival en cuanto a esplendor y cultura.
Ghulam y soldado de infantería

Al-Wathiq fue nombrado califa en el 843, y otorgó grandes parcelas de poder a generales turcos. Desde ese momento, la infiltración de los “esclavos” turcos cambió el equilibrio de poder en la corte abásida. No pasó mucho tiempo antes de que algunos comenzaran a preguntarse quién servía a quién.
Como este califa no nombró sucesor, Al-Mutawakkil llegó al poder apoyado por los turcos, pero luego, cuando se sintieron decepcionados por su actitud hacia ellos, lo mataron en el 861 y le ofrecieron el poder a su hijo Al-Muntasir, que se mostró mucho más “maleable” para sus intereses. Este momento marca el fin del poder unificado de los abásidas. Los generales y líderes militares del ejército, sobre todo los turcos, y también los más tradicionales que se oponían a ellos, comenzaron una serie de movimientos que terminaron con la aparición de numerosas dinastías islámicas regionales, que fueron independizándose del poder central del califa, y así, el estado unificado desapareció. Aparecieron así, entre otras dinastías, los safáridas primero y luego los gloriosos samánidas en Jurasán (descendientes de los persas) ; los gaznávidas (turcos) en las estepas; los fatimíes (árabes) en el Magreb, los tuluníes en Egipto, los Hamdánidas (beduínos) en Yazira (Irak), dinastías Dailami (iranias) en Irán, etc. Hablaremos de algunas de ellas en próximos artículos.
Descomposición del califato en durante el intermedio iranio

Los siguientes califas abásidas también tuvieron que enfrentarse a graves conflictos en las áreas que todavía gobernaban. La revuelta de esclanos negros zanj comenzó en 869 en las zonas pantanosas del Eúfrates, donde eran llevados a trabajar, y no pudo ser controlada hasta el 883.
Los cármatas se revelaron en la zona del Golfo Pérsico, y con la ayuda de muchas tribus beduías, allá por el 900, guiados por Abu Said. Se enfrentaron a los ejércitos califales con gran derramamiento de sangre. Saquearon caravanas y ciudades, desestabilizando el poder abásida hasta el límite. En 929 atacaron incluso La Meca y se apoderaron de la Piedra Negra. Sin embargo, el movimiento comenzó a debilitarse en el 945.
Trágico final para la rebelión de esclavos
Para entonces, los califas abásidas estaban totalmente agotados. De modo que fue una dinastía, procedente de las regiones montañosas del norte de Irán, los dailami Búyidas, que hacía poco que habían sido islamizados, pero cuya feroz infantería mercenaria formaba parte de los ejércitos árabes desde los Omeyas, entre los feroces Dailami, quien ocupó Bagdad. Los búyidas mantuvieron el califato con valor representativo, pues el poder lo detentaron ellos desde entonces, y hasta que fueron derrotados por los turcos Seljuk cien años más tarde. Protagonizarían el denominado “intermedio iranio”, en el que el poder recayó en pueblos persas, después del gobierno de los árabes y antes del de los turcos que estaba por llegar.

Durante el califato abásida, como ya hemos dicho, la vida urbana y la cultura prosperó enormemente, y ello fue sin duda debido al nuevo clima creado por los abásidas. Aunque los árabes siguieron gobernando y mantuvieron su cultura y su diferenciación racial, los “mawali” puedieron participar de forma más directa, y pudieron aspirar también a puestos de poder. Esto permitió que persas, egipcios, sirios y muchos otros, con una rica tradición cultural, se pusieran al frente de numerosos negocios y puestos de gestión. También los Dhimmis, los no musulmanes, aportaban sus conocimientos de artesanía y comercio, y pagaban impuestos especiales a las arcas del califa.
Las pudientes clases gobernantes consumían todo tipo de bienes de lujo. Los artesanos y comerciantes creaban y transportaban preciosas mercancías a todos los lugares del imperio. Aparecieron los mercados como emplazamientos físicos permanentes, como en Bagdad.
Por lo tanto, la menor importancia que se dio a la pertenencia de cada individuo a su raza, en favor de una mayor hermandad universal de los musulmanes, provocó fusiones e influencias verdaderamente esplendorosas, que han dejado en la Historia una imagen imborrable, y un riquísimo legado como las narraciones asombrosas de “Las mil y una noches”, recopilado en el siglo IX, donde a través de sus cuentos, podemos atisbar retazos de aquella Edad de Oro.

LOS ABÁSIDAS PARA DBA
La lista para DBA de los abásidas es la III/37, Abbasid Arab. La lista presenta dos variantes cronológicas debidas precisamente a lo que se ha comentado antes:
La opción “a” llega hasta el 835, es decir, justo antes de la inclusión masiva de los “ghilmen” turcos. Por lo tanto, se compone de las tropas árabes que ya vimos en la lista de los Omeyas, aunque hay algunas variaciones. El general y tres peanas más con Cv, que representan a los lanceros árabes.Yo recomendaría que una de estas peanas se sustituyera por caballería acorazada con arco de Jurasán, al estilo persa, si se pretende hacer el ejército de Al-Mamún. Luego hay tres peanas de 3Bw o 2Ps, que representan arqueros árabes. Luego hay tres peanas de Sp, que representan a los lancero árabes que desarrollaron los Omeyas, con un papel más defensivo para contener a la caballería enemiga. Estos lanceros solían estar apoyados por arqueros hostigadores, y por ello los arqueros pueden ir tanto solos (como Bw) como hostigadores (Ps), pudiendo prestar apoyo trasero a las lanzas. Luego hay una peana opcional entre Wb (creyentes musulmanes voluntarios y fanáticos) o LH (caballería ligera beduina o jurasaní), y una última peana opcinal entre 4Ax (feroces montañeses dailami) o LH (de nuevo beduina o jurasaní).
La opción “b” representa a los ejércitos ya conformados a partir de enormes contingentes de ghilmen (en singular, ghulam). El general es caballería, que representa a lanceros árabes o bien nobles jorasaníes, al modo persa. Luego hay tres peanas de caballería, que son los ghilmen: arqueros acorazados a caballo al modo turco. Luego, tres peanas de 3 Bw (arqueros árabes) (en la lista del manual hay un error tipográfico pone 3x6Bw, cuando debe poner 3x3Bw). Luego, dos peanas opcionales algo complejas: 2x3Bw, arqueros árabes, o bien, una peana de lanzas defensivas árabes o esclavos negros (4Sp) y una peana de arqueros árabes o negros, que puede ser 3Bw o bien 2Ps, según se prefiera. Es decir, los abásidas usan muchas menos lanzas que los Omeyas, en favor de mayor número de arqueros, cuya efectividad contra caballería es mayor, pues son verdaderamente letales contra montados.
Luego hay una peana de LH, que puede ser caballería ligera jorasaní o turca tribal (arqueros a caballo sin armadura). Otra peana es opcional entre 3Wb (fanáticos voluntarios árabes) o Cv (lanceros árabes tradicionales, en minoría tras la llegada de los turcos al ejército). La última peana también es opcional entre 4Ax (montañeses dailami) y LH, que (arqueros a caballo jorasaníes o turcos, o beduinos).



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miércoles, 14 de marzo de 2018

La conquista árabe: los califas ortodoxos y el califato omeya

Saludos. Recuperamos este artículo y lo actualizamos desde DBAHispano, puesto que los temas que vamos a tocar en los próximos artículos se entenderán mejor con la historia de los califatos Omeya y Abásida.  Trataremos aquí la aparición del Islam y la consecuente y fulgurante expansión árabe por Oriente Medio y el Mediterráneo. Para ello, empezaremos por analizar quiénes eran los árabes antes de la llegada de Muhammad.
La península arábiga estaba habitada por numerosas tribus semitas, que carecían de una organización superior. Sin embargo, el continuo tráfico de caravanas que transportaban materias preciosas desde el extremo sur de la península arábiga (como el incienso) tráfico mencionado ya por historiadores clásicos como Herodoto o Diodoro, había permitido la expansión el árabe como lenguaje comercial allá por el siglo VI, arabizándose el curso bajo del Eúfrates y buena parte de Siria. De hecho, ya los bizantinos habían pactado con tribus árabes ( tanujíes, salihíes y gasaníes) para que, como “federados”, defendieran la frontera sur del imperio. También el imperio sasánidas contaban con tropas árabes aliadas, aunque éstas también operaban por su cuenta cuando les interesaba.
Ocasionalmente, algunos líderes tribales árabes conseguían federar algunas otras tribus e intentaban dominar a otras tribus. Esto implica que ya en el siglo VI existía cierta inquietud por formar entidades políticas superiores al de “tribu”, aunque no habían tenido éxito. Por otro lado, el comercio había atraído a población judía y cristiana (los pueblos del “Libro”) a territorios árabes, por lo que los árabes preislámicos, básicamente politeístas, entraron en contacto así con conceptos religiosos monoteístas, así como con sistemas éticos diferentes a los conceptos asumidos por cada tribu, que respondían a una concepción más “universal” de los pueblos.
Culto a los ídolos preislámicos.

En este “caldo” preislámico sobresalía la ciudad de La Meca, que desde el siglo V había ganado gran preminencia bajo el gobierno de los qurasaisíes. La Meca era un centro caravanero, escala casi obligada de la ruta del inicienso. Se decía también que los quraisíes eran descendientes directos de Isma'il (Ismael, hijo de Abraham, el de la Biblia. Recordemos que los árabes eran semitas), y se erigieron como protectores de la Kaaba, el centro de adoración de los ídolos politeístas preislámicos, que era el centro de La Meca. Las guerras entre Bizancio e Irán favorecieron que la ruta de esta ciudad, alejada de las zonas en conflicto, ganara cada vez más importancia, simultánemante con su prestigio como centro religioso.
En La Meca creció el joven Muhammad. No se sabe mucho de su infancia, pero sí se sabe que viajaba por negocios con su tío a Siria con cierta frecuencia. A los veinticinco años se casó con una rica viuda llamada Khadiyya. Muhammad se puso al frente de sus asuntos con mucho éxito, y pronto comenzó a tener fama de honesto. Durante estos años, Muhammad se sometía a largos periodos de retiro y meditación. Durante estos periodos, según el Corán, Muhammad comenzaría a recibir sus visiones sagradas y la Revelación. Esto es lo que celebran los musulmanes la noche vigésimo séptima del Ramadán, la Noche del Decreto.

Antigua miniatura sobre la Revelación en la Noche del Decreto

Muhammad comenzó a propagar su nueva religión monoteísta, el islam, entre los más cercanos a él. En realidad no tuvo oposición hasta que, teniendo ya algunos seguidores, denunció públicamente el culto de los ídolos paganos. Obviamente, la peregrinación a La Meca para la adoración de estos ídolos era una importante fuente de ingresos para los quraisíes, y comenzaron a ver con cierta inquietud las actividades de Muhammad. Por ello, le acusaron y hubo numerosas intrigas contra él, aunque contó con la protección del clan Bani Hashim. Sin embargo, como no podía proteger a sus discípulos, les recomendó que se marcharan a Abisinia.
La Meca tras el advenimiento del Islam, con la Kaaba.
Mientras, el clan Bani Hashim fue expulsado de la ciudad, y Muhammad se quedó sin apoyos. Sin embargo, durante la época de las peregrinaciones a la Meca, entró en contacto con gente de la ciudad de Medina. Convirtió a seis de ellos. Al año siguiente, convirtió a otros doce. Al tercer año, Muhammad y sus seguidores, consiguiendo evitar a los quraisíes, abandonó La Meca en dirección a Medina. Esto, que sería conocido como la Hégira, ocurrió en el 622, y es el inicio del calendario islámico. De este modo comenzó a formarse el primer estado musulmán.
A su llegada a Medina, Muhammad da forma a su política: los seguidores del Islam estarían unidos por la fe, y este vínculo sería más importante que el tribal. Esto no era una novedad entre cristianos y judíos, pero sí entre los árabes. Aunque el vínculo tribal seguiría existiendo para determinadas funciones sociales, quedaría relegado a un segundo plano. Este sencillo concepto es fundamental para entender lo que ocurriría en los años siguientes. Además, se tenderían lazos de amistad a los restantes pueblos del Libro: judíos y cristianos. La yihad, o Guerra Santa es contra los cultos preislámicos árabes.
Desde Medina, donde el Islam se propagó rápidamente, Muhammad organizó la guerra contra los quraisíes. Pactó con otras tribus su alianza o su neutralidad, y comenzó la guerra. La estrategia era sencilla: atacar a las caravanas que iban a La Meca para destruir el prestigio de los quraisíes, que estaban a cargo de la seguridad de la misma. La guerra duró ocho largos y sangrientos años, en los que Muhammad incluso contó con la ayuda de mercenarios judíos, que le fallaron en alguna ocasión (hecho por el que el Corán recomienda no aliarse con este pueblo). Hubo batallas, asedios, treguas... Finalmente, en el año 630, después de los quraisíes rompieran la tregua y Muhammad saliera de Medina con un gran ejército en apoyo de sus aliados juza'a. Los quraisíes ya no pudieron eludir la derrota, de modo que se convirtieron. La tribu árabe más prestigiosa abrazó el Islam, y así la nueva religión se expandiría rápidamente. Dos importantes tribus beduínas (árabes nómadas del desierto) se rebelaron, pero también terminaron rindiéndose. La voz se extendió, y a lo largo del 630, diferentes delegaciones tribales se presentaron ante Muhammad, aceptando el Islam.

Muhammad murió en el año 632, tras su último peregrinaje a La Meca. En ese momento comienza el periodo de los Sucesores (es decir, Califas) “Ortodoxos”: Abú Bakr, Omar I, Otman y Alí, primo y yerno del Profeta. En estos primeros años, la sucesión no estaba establecida de padres a hijos, y los califas fueron elegidos de entre los allegados a Muhammad dentro de la tribu quraisí. Tras sofocar algunas rebeliones internas que siguieron a la muerte del Profeta, fueron los años (632-661) de la fulgurante expansión árabe por las tierras de bizantinos y persas sasánidas. Los ejércitos de guerreros fieles se batieron con una fiereza alimentada por su fe que les hizo ganar increíbles victorias allí donde parecía que iban a ser derrotados. Sus líderes (tanto los califas en persona como otros grandes caudillos tribales como Jalid ibn Al-Walid) los guiaron con audacia, valor y confianza absoluta en la victoria. Muhammad había concebido un sistema político que aspiraba a la universalidad, en el que reinara la palabra de Dios. Otros sistemas eran admitidos mientras no entraran en conflicto con los principios del Islam. De dicha concepción surgió el impulso inicial de la conquista. Además, pudieron aprovechar un momento crítico: Constantinopla todavía se recueperaba del gran asedio del 626 y su posterior contraataque a los sasánidas, y éstos hacían frente a sus guerras contra los bizantinos, que había llegado a agotar sus ejércitos. Los que les quedaban estaban concentrados al norte, a lo largo de la frontera común. Ninguno de los dos esperaba un ataque tan feroz y repentino desde Arabia.


La conquista comenzó por Irak, la provincia sasánida más rica, y que limitaba con Arabia. Jalid conquistó Hira y las zonas al oeste del Eúfrates, y luego siguió hacia el norte, hacia tierras controladas por los bizantinos. Cuando estalló la guerra en la Siria bizantina, Jalid logró algo que se juzgó como milagroso: transfirió cientos de soldados árabes desde el frente persa hasta Siria cruzando el desierto. Llevó camellos a los que fue matando para dar sus reservas de agua a los caballos y su sangre a los soldados.
El segundo Califa, Omar, admitió en el ejército a antiguos tribus disidentes, consiguiendo de golpe un gran número de guerreros. Apartó a Jalid de Irak, sustituyéndolo por Ubayda, que fue derrotado por los sasánidas en Yisr, y luego por Abi Waqqas, que organizó mejor sus tropas y se enfrento al gran ejército sasánida de Rostán (sí, como el héroe del "Shanameh"). La batalla duró tres días, pero por fin los sasánidas fueron derrotados, y los árabes siguieron hacia Ctesifonte, que cayó rápidamente. Las restantes fuerzas persas se retiraron a los montes Zagros, y se enfrentaron en una última y desesperada batalla con los árabes en Nihawand, en el 641. Fueron derrotados y expulsados de Irak definitivamente.
Mientras, Siria, tierra que el Profeta conocía bien, también fue uno de los objetivos principales de los árabes. Abu Bakr sólo tuvo éxitos parciales, y sería el segundo Califa, Omar, el que vencería definitivamente a los bizantinos en la batalla de Yarmuk (con la ayuda, a su pesar, de su odiado Jalid, por entonces degradado a ser sólo jefe de la caballería). Después, sin resistencia, los árabes se dirigieron a Palestina. Entre el 636 y el 640 cayeron Damasco, Jerusalén y Cesárea. La caída de Jerusalén tendría una larguísima lista de consecuencias, algunas de las cuales se extienden hasta nuestros días.

Tras la caída de Siria, Omar se dirigió a Egipto. Allí, el general Amr derrotó a los bizantinos en Ayn Shams y en Babilonia de Egipto. En el 642, la provincia estaba totalmente ocupada. Mientras, los ejércitos situados en Irak avanzaban hacia el norte de Mesopotamia, provincia actualmente conocida como Jazira. Esta región era fundamental para el comercio. Harran, Edessa y Nisibis cayeron también en el 642. Entonces, siguieron hacia el norte, hacia Armenia, pero este territorio les costaría diez larguísimos años de duros y costosos combates.
Mientras se avanzaba por Armenia, el sucesor de Omar, Otmán, comenzó la persecución de los últimos sasánidas en la meseta iraní. Sin embargo, esta región fue más difícil. La población tenía un gran sentido de la identidad nacional. No estaban acostumbrados a la presencia árabe, como en los lugares previamente conquistados, y no deseaban ser gobernados por ellos. Para los árabes, la meseta iraní era un territorio nuevo y hostil. No obstante, en el 649, la meseta cayó, pero hasta el 654 no controlarían completamente el noreste, la región llamada Khurasán.
En el año 656, tras dos años de gobierno poco beligerante por parte del último Califa Ortodoxo, Alí, comenzó una guerra civil entre clanes de la tribu qurasaní. Uno de estos clanes, los Ummayad (Omeyas), que había aportados grandísimos generales a la expansión, como Muawiyya, no estaba de acuerdo con esta política. Muawiyya ya era un veterano militar y no estaba dispuesto a detener la expansión, de modo que se rebeló y consiguió, tras la muerte de Alí en el 661, establecer la primera línea dinástica hereditaria de los musulmanes. Esta dinastía gobernaría 90 años, pero la muerte de Alí abrió la caja de los truenos. Si un Sucesor directo del Profeta podía ser reemplazado “legítimamente”, entonces, ya no tenía sentido la norma consuetudinaria de que los Califas debían ser únicamente quraisíes. Esto fue el argumento que ocasionó el nacimiento de la secta jariyí, extremadamente radical en lo que a la interpretación del Corán se refiere. Por otro lado, surgió otra corriente de pensamiento entre algunos clanes que opinaba que debía ser un descendiente de Alí el que gobernara como Califa, ya que era el último de los sucesores ortodoxos. Éstos serían conocidos como chiítas. Sus ideas irían calando poco a poco durante el gobierno de los Ummayad, y al fuerza de estos chiíes sería utilizada para derrotarlos por la revuelta abbasí, pero esto lo contaremos en otro artículo.
La expansión árabe había sido tan rápida que los califas no tenían herramientas para gobernar tantos territorios. Tuvieron que improvisar muchas leyes, y en esta época se establecieron las costumbres del trato de prisioneros, relación con los conquistados, relación con los conversos, sistemas de fiscalidad. Por ello, las enormes riquezas que habían sido de repente puestas a disposición de las tribus árabes también provocó que muchas, ya en el periodo Omeya, intentaran acotar parcelas de poder. Por lo tanto, los Ummayad también tuvieron que hacer frente a estas cuestiones internas. Una de sus respuestas más interesantes fue renunciar a la base tribal para la organización de los ejércitos, y la estructuración de los mismos en cuerpos más profesionales. Así fue cómo tomó forma el ejército árabe clásico. Tuvieron mucho éxito y así continuó la expansión, tras controlar todos los problemas internos.

Las conquistas las inició el mismo Muawiyya. En el 663 invadió Anatolia, y en el 668, asedió Constantinopla, aunque tuvo que retirarse. Mientras, se envió al general Uqbá ibn Nafí a que tomara todo el norte de África. Aquí tuvieron muchos problemas, porque los bereberes se aliaban indistintamente con bizantinos y árabes. Cuando finalmente se sometieron a éstos, los árabes controlaron por fin toda la costa africana del Mediterráneo. Musa ibn Nusayr consolidó el dominio árabe del Magreb, y Tariq ibn Ziyad, su lugarteniente, ocupó Tánger, Ceuta (con la ayuda del propio gobernador Don Julián) y cruzó el Estrecho. En realidad, el año anterior, Tarif ya había explorado la zona (dando nombre a Tarifa). Tariq dio nombre a la enorme roca que veo mientras desayuno en mi cocina todos los días: Gib-al-Tariq, el monte (¿o la roca?) de Tariq. Gibraltar. Los musulmanes llegaron a la tierra que conocían como Al-Ándalus en el 710. Poco después derrotaron al rey Rodrigo en la batalla de Guadalete. En el 721, las tierras controladas por los árabes llegaban hasta más allá de los Pirineos, pero en el 732 fueron derrotados por Carlos Martel, estableciéndose así la frontera con los francos.
La batalla de Guadalete.
Mientras, en el Lejano Oriente, los Ummayad conquistaron Transoxiana y el Turkestán, así como tierras alrededor del Mar Caspio.
Sin embargo, entre el 740 y el 750 se produjeron numerosas revueltas en las fronteras: los bereberes abrazaron el jariyismo, mientras en Oriente, los gobernadores locales de Fergana y Kush se rebelaron contra los musulmanes. El descontento creció. En ese momento surgiría una nueva dinastía, la abbasí, que conseguiría englobar a todos los descontentos con los gobernantes, que depondría al los Ummayad, pero eso lo contaremos en otro artículo.

Un aspecto muy interesante de las conquistas árabes es cómo tuvieron que establecer numerosas costumbres en cuanto a la relación con los conquistados, como hemos mencionado antes. Durante la época de los Califas Ortodoxos, dado que los árabes eran tolerantes con las religiones de los no árabes, éstos sólo sufrieron la imposición de impuestos. Sin embargo, los musulmanes no estaban obligados a pagarlos, por lo que se produjo un enorme número de conversiones por doquier. Estas conversiones no encontraron oposición, ya que del Islam aspiraba a ello precisamente. Sin embargo, los árabes formaban una aristocracia que, socialmente, tenía ventajas sobre los nuevos musulmanes. Pero eran éstos lo que tenían experiencia y conocimientos para gobernar y hacer funcionar a un estado tan ingente, ya que los árabes eran ajenos a este nuevo tipo de estado. Por lo tanto, los nuevos musulmanes debían convertirse en clientes de las tribus árabes para ejercer sus profesiones y disfrutar de ciertos privilegios.
La ocupación de los territorios por parte de los árabes tuvo lugar en forma de ciudades fortificadas, cercanas siempre a ciudades existentes importantes. Lo que en primer lugar en campamentos, atrajo a mucha población recién convertida. Sobre todo campesinos, que abandonaron sus campos y se fueron a las ciudades. Como esto redujo la recaudación de impuestos, por lo que los Ummayad crearon leyes para expulsar a estas gentes de vuelta a los campos. Necesitaban dinero para mantener los ejércitos profesionales, para las infraestructuras de riegos, etc. Sin embargo, sus rivales políticos consiguieron que se extendiera el rumor de que los Ummayad estaban cerrando las puertas del Islam a nuevos fieles, y esto contradecía los principios del Profeta. Esto, sin que se dieran cuenta, fue el principio de su fin.

Los ejércitos que en DBA representan época de la expansión son:
III/25.- Conquista árabe. Esta lista presenta dos variantes.
a) Se trata de los ejércitos iniciales del Profeta. Sorprendentemente, son ejércitos de infantería casi en su totalidad. En esta época, los árabes no disponían de mucha caballería (sólo los caudillos tribales), mientras que el grueso de la tribu combatía a pie. Estos guerreros eran tan fieros y luchaban de un modo tan fanático que en DBA, se representan como Wb. Por lo tanto, esta lista tiene una peana de Cv como general (caudillos, armados con lanza), que también pueden ser Wb. Luego, dos peanas de LH, que representa a los ágiles lanceros beduinos. El resto don 7 peanas de Wb, los feroces guerreros árabes, y las últimas dos peanas, de arqueros árabes, ya sean en forma de Bw o Ps.
b) En esta variante ya se representa el primer acceso de los árabes a caballos suficientes para organizar una caballería efectiva. El general es Cv, sin opción, y luego hay cuatro peanas más de Cv. Acompañan una peana de Lh beduína y luego, 4 Wb de guerreros tribales y dos arqueros, con opciòn de representarlos Bw o Ps.

III/31 Árabe Ummayad (u Omeya)
Este ejército ya presenta las reformas de los Omeyas para eliminar la organización tribal de los ejércitos. Los Omeyas aumentaron tácticamente la importancia de la caballería, mientras que la infantería adoptó un rol más defensivo, combinando densas formaciones con lanzas apoyadas por arcos. Obviamente, estas tácticas estaban dirigidas a anular la caballería enemiga.
Por lo tanto, el general y tres peanas más son Cv (lanceros árabes). Luego hay una peana de LH, que son lanceros beduinos. A continuación, una peana de tropas recién incorporadas: 4Ax, que representa a los montañeses Dailami, que eran guardia personal de los mandatarios sasánidas, ya vencidos, o bien, LH, que representa a arqueros a caballo de la provincia de Khurasán. Luego hay tres peanas de 4Bw (recordad que 4Bw representa a arqueros “regulares”) o Ps, y tres peanas de Sp, que representa a las lanzas defensivas árabes. Nótese que pueden organizarse de la siguiente manera: 2 peanas de 4Bw y tres Sp apoyadas por una peana de Ps en su retaguardia (1Ps puede dar apoyo trasero hasta a tres peanas de Sp).

En Art de la Guerre, la lista de la conquista es la 131: Arab conquest. La lista también se basa en unas pocas peanas de caballería media impetuosa y una base de guerreros fanáticos modelizados como infantería media o pesada impetuosa. Luego, a partir del 638, propone una evolución de la caballería tribul a la Jund, pasando de ser impetuosa a ser "impacto", y los guerreros fanáticos pasan de "impetuosos" a lanceros pesados, adelantando lo que ya encontramos en la lista omeya.

Los Omeyas son la lista 132. Se compone de una mayor número de peanas de caballería Jund y los lanceros árabes. Cubre también las tropas de zonas conquistadas que se fueron añadiendo: caballería con arco persa, infantería media Dailami y bereberes del norte de África.

A destacar la aproximación que hizo Field of Glory a la lista de la conquista árabe, pues el comportamiento fanático pero compacto de las tropas, capaces de mantener la formación y la cohesión en las situaciones más deseperadas, lo hicieron con la característica "Offensive Spearman", mientras que posteriormente, las listas evolucionan a "Deffensive Spearman". Creo que a través de esos POA´s, FoG consiguió realmente innovar en la simulación de estos ejércitos.
Hay muchas marcas para miniaturas árabes: Essex, Old

miércoles, 28 de febrero de 2018

Maorí y las Guerras del Trueno

                Saludos. Hoy hablaremos del lugar más alejado posible de la Península Ibérica: Nueva Zelanda, o Aotearoa, como se llama en esta historia, y de sus habitantes, el pueblo maorí. En palabras del “Penguin History of New Zealand”, fueron el último pueblo en ser tocado por la civilización occidental. Comencé a estudiar a este pueblo mientras me documentaba para uno de mis relatos, que será publicado este mismo año por ediciones Evohé. Toda esa documentación es la que he usado para este artículo. Ha sido un largo viaje para un texto, sin duda. Un viaje que comenzó viendo por casualidad un partido de los All Blacks. Como sabéis, la selección de rugby de Nueva Zelanda interpreta una danza guerrera maorí llamada “Haka”. En su más de un siglo de historia, los All Blacks han interpretado varias, pero la más frecuente es una haka llamada “Ka mate”. Bien, pues todo esto empezó cuando busqué en internet el origen de dicha canción y… aquí estamos.
Aoteaoroa, la Isla de la Nube Blanca

                En primer lugar, veamos quiénes son los maoríes o, como se dice en su lengua, Maori. No hay registro escrito de aquellos días, pero se dice en los cuentos maorí que siete grandes canoas, los waka de los Grandes Padres,  llegaron a Aotearoa desde el este. Cada una de estas canoas dio nombre a las siete tribus originales. Aunque se desconoce a ciencia cierta, se calcula por los registros arqueológicos que la llegada de sucesivas oleadas de pobladores provenientes de diferentes lugares de la Polinesia ocurrió entre los siglos IX y XIII. El idioma maorí puede rastrearse hasta las islas Cook e incluso Hawai. Según sus tradiciones, Maorí provienen de un lugar mítico llamado Hawaiki, a donde regresan las almas de sus muertos.

                Si bien hay rasgos culturales comunes con los polinesios, aquellos viajeros se asentaron en un lugar muy diferente a las islas de los Mares del Sur. Nueva Zelanda no tiene clima tropical, sino templado y húmedo, y muchas otras particularidades: no hay grandes mamíferos y de los pequeños, también hay pocos. Los nichos ecológicos tradicionales de estas criaturas fue ocupado, por caprichos de la evolución y gracias a su aislamiento, por las aves, de las que esta tierra tiene una variedad y una riqueza exquisita. Una de ellas, su símbolo nacional, es el precioso kiwi, el pájaro sin alas, por ejemplo. Pero había otras aves singulares: grandes aves emparentadas con los avestruces, pero más parecidas a un velociraptor con plumas, llamadas moas, que podían medir tres metros de altura y pesar más de 200 kilos. Y lo más alucinante era que había unas águilas llamadas Harpagornis moorei, que han sido la especie de águila más grande jamás conocida, y que cazaba moas. Guau. Si un ave primitiva de 200 kilos impresiona, su depredador debió de ser aún más terrorífico.  Estas aves habitaban los densos bosques, que no selvas, que cubrían casi toda Nueva Zelanda.

                He destacado estas aves porque precisamente es la relación entre los pobladores y este medioambiente la que determina los dos grandes periodos de la cultura maorí antes de la llegada de los europeos. El periodo inicial, o pre-Clásico,  abarca desde la llegada de los primeros pobladores hasta la extinción de los moas, allá por el siglo XV debido a la caza. En esta época, las tribus basaban su sostenimiento en la caza de estas grandes aves y los frutos del bosque,  al tiempo que comenzaban a despejarlo para realizar pequeños cultivos de un tubérculo dulce de la familia de la batata, llamada kumara. Y, ¿sabéis qué? La kumara llegó con los primeros pobladores, y son una  prueba de que la población de la Polinesia se originó en América del Sur, justo como sostenía Thor Heyardall, el de la expedición Kon-Tiki. La kumara era el otro pilar de su alimentación. Y tenían un proverbio que me encanta, y que los ancianos recitaban a los jóvenes para reprenderlos por mostrarse demasiado orgullosos: “La kumara crece bajo tierra y no presume de su dulzura”.

Para la escala: el moa mide 3 m. de altura
                El segundo periodo, o periodo Clásico, abarca desde el siglo XV hasta la llegada de los europeos en el siglo XVIII, aunque se sabe que hubo contactos previos con algún navegante español en el siglo XVI, y Abe Tasman llegó por allí también. En alguna parte he leído que hay palabras maorí que provienen del español, porque aquellos marinos dejaron su semilla en la isla, pero no he podido confirmarlo             Es en esta época en la que la cultura maorí tal y como la llegan a conocer Cook y los posteriores visitantes de la isla queda consolidada. De las siete tribus originarias se originaron otras muchas. Estas tribus, Iwi, determinaban la identidad del individuo de forma indisoluble. La unidad social inferior es el “hapu”, el clan, que se compone de varias familias o “whanau”. Estas familias incluían varias generaciones de familiares que compartían el fuego y una casa, o bien un conjunto de casas en las aldeas o en los poblados fortificados. Cada familia tenía asignadas parcelas de tierra, zonas de pesca y recolección, etc. Una tribu se componía de varios hapu, que ocupaban el territorio tribal para su explotación. . Los recursos, sin la caza del moa, escaseaban, y la dieta se basaba más en la agricultura de la kumara, que nunca fue demasiado productiva, los frutos del bosque  y la pesca.

                La sociedad tribal estaba jerarquizada: existía una nobleza, que eran los que podían trazar su parentesco hasta los Grandes Padres fundadores de la tribu; el pueblo común y los esclavos. En las familias nobles, los primogénitos eran de gran importancia, muy respetados,  ya fueran hombres o mujeres. El líder de cada tribu era el miembro de la nobleza con más prestigio, siendo este un concepto clave en su sociedad. El “mana”, el prestigio, era la más preciada posesión de un individuo. Se heredaba según la línea de ancestros, aunque las acciones individuales o el fracaso en la guerra podían hacer perder este prestigio y convertirse en un paria. La “retribución” era un concepto fundamental para no perder “mana”. Los nobles solían intercambiar regalos en sus encuentros. La “retribución” obligaba a regalar en la siguiente ocasión algo al que te había regalado, y normalmente debía de ser de más valor. Era aceptable, por ejemplo, posponer el regalo buscando que fuera mejor, por ejemplo, hasta la cosecha, antes de improvisar y regalar algo sin valor, porque eso acababa con el “mana”.

Whanau maorí
                Los maoríes no desarrollaron forma escrita. Por el contrario, tenían “decidores de palabra”, que memorizaban la historia y los linajes y eran capaces de recitarlos, siendo el vínculo de la tribu con el pasado. Aunque no eran los únicos polinesios que lo hacían, la imagen tradicional del maorí nos trae a la mente sus intrincados tatuajes o escarificaciones faciales, llamadas “Te moko”. Esas marcas situaban a un hombre en su tribu y lo emparentaba con su linaje. Las mujeres también se tatuaban la línea de la barbilla. También son conocidos por la danza guerrera, el “haka”. Los guerreros eran fieros, y se sabe que practicaban cierto canibalismo ritual. Alguna vez se comieron a algún europeo despistado.

                Como decíamos, al principio había tierra para todas las tribus, pero conforme la población crecía, diversos grupos familiares tuvieron que escindirse en busca de recursos. También hubo grupos desplazados tras ser derrotados en la guerra. Estos grupos podían prosperar, y si conseguían suficiente “mana”, podían convertirse en tribu y se daban un nombre. Seguían reclamando su parentesco con la tribu original pero poseían identidad política propia. En este periodo, la desaparición de la caza había obligado a la ocupación de territorios vecinos o coincidentes entre varios grupos, lo que aceleró la aparición de conflictos.

                En este ámbito, el capitán Cook llegó a Nueva Zelanda, lo que situó a esta tierra en la órbita del imperio británico. Pero fueron los balleneros ingleses quienes siguieron el contacto con los maoríes, pues necesitaban avituallarse. Y fue así, intercambiando ciertos objetos a cambio de comida fresca, algo aparentemente inocente, como se gestó una de las mayores tragedias que jamás viviera un pueblo. En los libros de historia anglosajones, pues apenas hay nada publicado en español, se llamó a este periodo “Musket wars”, las Guerras Mosquete. Para mi relato, elegí un nombre que imaginé que habría puesto un maorí: “las Guerras del Trueno”.

Las Guerras del Trueno

Hongi Hika, Waikato y Thomas Kendall
Bien, situémonos a principios del siglo XIX, en las costas de Aotearoa. Allí la población maorí había prosperado durante siglos y mantenía con frecuencia conflictos territoriales. Desconocían el metal y su tecnología armamentística se limitaba a lanzas cortas de punta de piedra y unas hermosas mazas de piedra (obsidiana y jade principalmente) en forma de paleta alargada. Si tenéis conocimientos de Resistencia de Materiales no podréis dejar de admirar, por cierto, la magnífica adaptación de la forma a la función a partir de un material pesado y con escasa resistencia a la tracción. En caso de conflicto, puesto que los guerreros también eran necesarios para los cultivos y la pesca, las campañas no podían ser largas. Y con las fuerzas equilibradas, la resolución de conflictos mediante la guerra no siempre era la mejor opción. Los maorí desarrollaron toda una serie de recursos diplomáticos para estos conflictos: intercambio de regalos, matrimonios políticos, duelos… Pero he aquí que los balleneros empezaron a llegar, y una de las tribus, los Ngapuhi, comenzaron a comerciar con ellos. Un día, ocurriría que algún jefe Ngapuhi, podría ser uno llamado Pokaia vería a algún marinero cazando algún ave con su mosquete. El poder de aquel arma lo impresionaría profundamente. Podemos imaginar que aquella noche, el jefe no dejaría de pensar en lo que había visto, y así decidió que en el próximo intercambio, el precio sería diferente: pediría mosquetes y municiones.


Barranco de Moremonui
                En aquellos días los Ngapuhi y los Ngati  Whatua tenían muchos conflictos y la lista de afrentas que listaban sus decidores de palabra no cesaba de crecer. Pokaia de los Ngapuhi y Taoho de los Ngati Whatua no cesaban de  enfrentarse en escaramuzas diversas. Pero Pokaia fue el primero en reunir algunos mosquetes y entrenar a un grupo de guerreros en su uso. Por fin reunió 500 guerreros y su nueva partida de arcabuceros,  y lanzó  una incursión contra los Ngati Whatua. Pero su entrada en su territorio no pasó desapercibida, y Taoho consiguió emboscarlos en el barranco de Moremonui. Allí, la poca práctica y su escaso número entre guerreros tradicionales no pudo influir en el resultado. Los Ngapuhi fueron derrotados, los “portadores del trueno” pakeha, muertos y decapitados de forma tradicional, tal vez incluso devorados. Y ahí hubiera terminado todo si a Taoho no se le hubiera escapado un joven noble Ngapuhi que huyó a los pantanos. Un joven que había visto caer a su tío y a sus hermanos en combate, y que mientras corría por su vida juró venganza sobre Ngati Whatua. Se llamaba Hongi Hika. Aquel día, el destino de todos los maorí quedó sellado.
Intercambio de mosquetes y comida
                Moremonui, en 1808,  fue el primer intento de romper el equilibrio tecnológico por parte de una tribu a través de la adquisición de bienes pakeha, o europeos. Y aunque no funcionó, Hongi Hika sí siguió creyendo que aquellos mosquetes se convertirían en algo decisivo. Y comenzó a romper los paradigmas de su pueblo. Comenzó a trazar planes a largo plazo. Pertenecía a la nobleza, pero necesitaba más “mana” para gobernar a todos los Ngapuhi. Y necesitaba a los europeos para conseguir sus armas. Durante seis años estuvo dirigiendo directamente los intercambios con los barcos en un enclave determinado, Bahía de las Islas, en territorio Ngapuhi. Se dedicó a hablar con los pakeha, a entenderlos, a comprender lo que querían. Para conseguir sus primeros mosquetes y otros bienes necesitaba excedentes, pero la kumara no bastaba. Consiguió de los barcos maíz, 
patata, cerdos para cría y otros cultivos, y comenzó a experimentar con ellos. Obligó a muchas familias a malvivir para criar cerdos y así consiguió sus primeros mosquetes. En 1814 se embarcó con los marineros hasta Sidney y allí conoció a los primeros misioneros. Ante ellos se presentó como un salvaje ignorante anhelante de conocer a Dios. Justo como sabía que los pakeha lo veían a él. Convenció al reverendo Samuel Marsden para que estableciera una misión en Bahía de las Islas, pues así podría generar un flujo comercial permanente. Y aunque Marsden se negó a comerciar con armas, sí le ayudó a introducir las herramientas de hierro en el campo y a mejorar sus cosechas. La de 1815 fue especialmente buena, y Hongi Hika vio incrementado su mana de tal manera que pudo convertirse en el jefe de todo los Ngapuhu.

Mapa de las Guerras del Trueno
                Para 1818, tenía suficientes excedentes para mantener más guerreros que sus vecinos, y esto le dio cierta ventaja en sus primeras incursiones. Comenzó a capturar esclavos, alterando las guerras de la guerra, pues no luchaba por la tierra, sino por tener más mano de obra. Hasta dos mil escalvos fueron capturados en las primeras acciones. En los dos años siguientes aumentó su producción y consiguió más mosquetes de los balleneros, a espaldas de los misioneros, para quienes Hongi Hika era tan “buen salvaje” que fue invitado por el reverendo Thomas Kendall a viajar a Cambridge, pues era de interés de la Corona elaborar el primer diccionario maorí. Hongi, el “exótico príncipe salvaje” se fingió honrado y aceptó encantado, y mientras los académicos anotaban las palabras para su libro, él intentó comprar más mosquetes. Conoció a Jorge IV, del que recibió muchos regalos (entre ellos una cota de malla que siempre usó desde entonces), pero ningún mosquete, así que a su vuelta, cuando llegó a Sidney los vendió todos salvo la cota, y adquirió 300 mosquetes y municiones. Y así regresó a Aotearoa, a lanzar la  Guerra del Trueno. Con aquellas armas, el  equilibrio quedó roto a favor de su tribu, y en los años siguientes lanzaron devastadores ataques que le permitió expandir su territorio y disponer de muchos esclavos y mucho prestigio.

                Pero sin poder evitarlo, no hizo sino comenzar una carrera armamentística que se dirigía a la tragedia. Para defenderse, las demás tribus comenzaron también a adquirir mosquetes, y comenzó un terrible círculo vicioso que degeneró en una espiral hasta el desastre: los mosquetes se compraban con comida; para tener más comida con la que comerciar hacía falta más tierra y más esclavos; más tierra y más esclavos implicaba campañas más largas y con más guerreros; más guerreros implicaba un recrudecimiento de los combates y más necesidad de alimento, y más mosquetes, y vuelta a empezar.  Durante diez años, las Guerras del Trueno sacudieron Aotearoa, agotaron los recursos, extinguieron a numerosos clanes, desplazaron a otros de sus tierras tradicionales y, a su fin, habían perecido entre un 20 y un 30% de la población maorí original. Y no terminaron debido a ningún acuerdo. Simplemente, combatieron hasta que ya no pudieron más,  las fortificaciones mejoraron y se adaptaron al nuevo estilo de guerra,  se agotó la comida, se empobreció la tierra y ya no hubo nada por lo que valiera la pena luchar. Pero para entonces, el mapa tribal había cambiado para siempre.

                Hongi Hika fue herido en 1828, cuando un disparo atravesó por fin su cota de malla que tantas veces le protegió. En su lecho de muerte, recomendó a los suyos que trajeran a más misioneros y abrazaran la nueva fe. El poder que había ganado momentáneamente fue desapareciendo conforme los mosquetes se fueron extendiendo, y el ocaso de su tribu llegaría poco después, víctima del mismo y peligroso juego que ellos habían empezado. De nuevo había equilibrio. Uno cimentado sobre miles de cadáveres.

                Gran Bretaña, en parte aprovechando el caos, y en parte sintiéndose responsable de todo aquello, decidió colonizar aquella tierra y traer la civilización. Los maorí y los británicos firmaron en 1840 el tratado de Waitangi,  que fijó el reparto de tierras, pero basándose en los nuevos límites tribales, no en los tradicionales anteriores a las Guerras del Trueno. Hubo miles de desposeídos de su territorio tradicional, por unos pocos años de guerra. Esto provocó enormes tensiones que estallaron a mitad de siglo, cuando en tierras maoríes se encontró oro y otros minerales, los británicos se saltaron los acuerdos y comenzaron las guerras maoríes. Allí fue donde los ingleses descubrieron hasta qué punto se había vuelto peligrosos los mosquetes en manos maoríes. Pero es otra historia…

                En mi opinión, lo que nos enseñan las Guerras del Trueno es que no hace falta que las personas hagan algo especialmente malo para que ocurra un desastre. En este artículo llamé a este efecto “paradoja del muerto en el salón”. Para los marineros era algo natural intercambiar bienes a cambio de comida, y los maoríes demandaron los mosquetes. Para estos, era legítimo solucionar querellas mediante la guerra, y una vez en guerra, lo normal es hacer todo lo posible para ganarla. El cambio de paradigma que provocó Hongi Hika fue una consecuencia natural de su acervo cultural más la nueva variable de las armas de fuego, que alteraron el equilibrio de un “ecosistema” aislado. Una tragedia solamente evitable dejando de ser quién eres y de hacer lo que haces. Un problema sin solución, creo.

                Hay rastros de estos acontecimientos, si bien no mencionados directamente, en otras historias que he leído y que tienen mucho que ver con el contacto entre culturas con diferente grado de avance tecnológico y esos “cambios de paradigma” que he mencionado antes. Recomiendo la lectura de “La voz de los muertos”, de Orson Scott Card, que aunque es un libro de ciencia-ficción explica muy bien esta situación. En serio. También recomiendo “El secreto de la diosa”, de Lorenzo Mediano. Ahí se cuenta con mucha maestría uno de esos “cambios de paradigma” en una tribu prehistórica.

                Y aquí viene donde cierro el círculo… ¿Recordáis que al principio os hablé de “Ka mate”, el haka de los All Blacks? Pues fue compuesto en esta época por Te Rauparaha en 1840. Este guerrero estaba huyendo de sus perseguidores cuando se escondió en un depósito subterráneo de kumara, esperando salvar la vida al despistar a sus enemigos. Al rato, la trampilla se abrió. De haber sido un enemigo, habría muerto, pero en cambio, fue un amigo suyo el que lo encontró y le indicó que podía salir. Mientras ascendía del hoyo, la silueta de su amigo se recortaba a contraluz en la abertura. Así nació “Ka mate”. La compuso el propio guerrero.  En mi relato aproveché esta historia y la introduje como parte de la acción. Esta es la letra traducida, que está introducida en un diálogo. Un homenaje al pueblo maorí.

¡Muero, muero!

¡Vivo, vivo!

Este es el hombre valiente

Que trajo el sol y lo hizo brillar

Un paso más, un paso más,

¡Arriba, arriba!
 

Maorí en los wargames históricos

Parece increíble, pero Phil Barker y Bodley Scott, en las listas de DBA y DBM, hicieron un  trabajo tan bueno que hay una lista para maoríes, que termina, justamente, en 1780. Estos dos nunca dejaron de sorprenderme. Para DBA es la lista IVXX, y tiene 12 peanas de 3Bb. No es un ejército táctico y su presencia es testimonial. Representan a los guerreros maorí armados con las mazas de piedra y sus jabalinas. Debe de ser precioso pintar maoríes, con sus nobles vestidos con capas de pluma de kiwi y sus formaciones. En DBM, estas peanas se clasificaban como Bd(F), que tenían las características de los bd, pero se movían 50 pasos más, como Aux.
 

viernes, 2 de febrero de 2018

Buenas noticias


Saludos. Hoy, a diferencia de otras veces en las que escribo noticias sobre masacres, invasiones, aldeas arrasadas, pirámides de cráneos y sacrificios rituales, tengo buenas noticias de la editorial. Amazon ha seleccionado mi novela para una promoción  especial en ebook.  En palabra de Ediciones Evohé:

“ Excelente noticia que Amazon haya decidido tocar con sus electrónicos dedos mágicos “La isla de las sombras. La batalla de Esfacteria”. Si sois usuarios de Kindle Amazon, podréis adquirir a mitad de precio su ebook durante unos días.  mi novela para la promoción mensual. Los usuarios de Kindle Amazon podrán adquirir a mitad de precio el ebook. Las críticas, tanto de viva voz como amazonianas, no pueden ser mejores, así que no queríamos dejar de avisaros de la buena nueva para que aprovechéis la oportunidad y la disfrutéis”.