domingo, 28 de julio de 2019

La Segunda Guerra Púnica, parte II. Elefantes en los Alpes.

Paso de los elefantes. Fuente: Academia Play

Saludos. Continuamos aquí la narración que comenzamos en el artículo anterior sobre la Guerra Anibálica. Habíamos dejado a Aníbal Barca en Sagunto saqueada, a los embajadores romanos en Cartago exigiendo su cabeza y a los sufetes aceptando el órdago de la guerra contra Roma. Comenzaba así esta Segunda Guerra Púnica.
Pues bien, tras la declaración de guerra, cuando las noticias de su ciudad llegaron a Aníbal, este licenció a sus tropas íberas para que pasaran el invierno en sus hogares y volvieran con ánimos a la primavera siguiente. Mientras, él se dedicó a planificar la guerra desde Cartago Nova con sus hermanos Asdrúbal y Magón. Les dio instrucciones sobre cómo conducir los asuntos de Hispania en su ausencia, de cara a proteger cualquier intento de invasión romana en la península, pues su principal temor era que, cuando comenzara su ruta hacia Italia, los romanos pudieran cortar sus lazos con la retaguardia. Aníbal confiaba en que desde Hispania le fueran enviando tropas para lo que se proponía. Pues fue entonces cuando les reveló su plan: invadir Italia avanzando por tierra de Hispania, atravesando los Pirineos, la costa sur de la Galia, río Ródano incluido y los Alpes. Era una invasión terrestre de una escala casi sin precedentes. Sólo los persas habían conseguido algo así algo así en la Segunda Guerra Médica y en la campaña de Darío contra los escitas. Era un desafío logístico gigantesco. Pero, ¿por qué no intentó una invasión por mar? Pues muy sencillo. Recordemos que Cartago aun sigue sometida a las duras condiciones de paz que les impuso Roma al fin de la Primera Guerra Púnica. Durante esos años habían tenido la flota muy limitada en número, y con la guerra recién comenzada no tenían tiempo para hacer una nueva flota. Y si lo hubieran hecho, ya no tenían tripulaciones preparadas y expertas como antes. Había bastado una generación lejos del mar para que los cartagineses ya no se atrevieran a enfrentarse a sus enemigos en el mar, que antes era su hogar. Mientras, Roma tenía ya una ingente cantidad de barcos y tripulaciones entrenadas.
No, la invasión debía ser por tierra y Aníbal lo tenía claro, pero antes debía defender sus posiciones. Aníbal pasó miles de íberos a África para proteger Cartago, y pasó muchas tropas africanas a Hispania. Con ello se aseguró su lealtad, pues luchando lejos de casa, ignorarían cualquier distracción. Contaba con unas cincuenta quinquirremes, una flota muy reducida, para la que sólo tenía treinta y siete tripulaciones. Todas estas naves las dejó a disposición de su hermano que iba a quedar en Hispania.
Al comienzo de la primavera, Aníbal deja a Magón en Cartago Nova y se llevó a Asdrúbal con él. Cruzaron el Ebro y conquistaron rápidamente a todas las tribus al sur de los Pirineos, aunque a costa de no pocas bajas. Antes de cruzar la cordillera, dejó a Asdrúbal con trece mil soldados para que protegiera la región, y él se llevó consigo cincuenta mil guerreros de infantería y casi nueve mil jinetes, además de treinta y siete elefantes.

Reacción romana
El complicado paso de los elefantes en el Ródano.
Fuente: Babbnilonia
Los romanos tuvieron noticias de la celeridad con la que Aníbal había cruzado el Ebro. Prepararon entonces dos flotas enormes. La primera, al mando de Publio Cornelio Escipión senior (el padre del futuro Escipión el Africano), se preparó para invadir Hispania. La segunda, al mando de Tiberio Sempronio, tenía como misión invadir el norte de África y someter Cartago a asedio. Para ello se agrupó en Lilibeo y se dedicó a hacer los enormes preparativos que requería aquella misión. También aceleraron sus planes para fundar colonias en las llanuras del Po, la Galia Cisalpina que habían conseguido ganar a los celtas después de duras guerras, de las que tal vez hablaremos en otro artículo. Así fundaron, entre otras, la ciudad de Placentia, que jugará un importante papel en estos primeros impases de la guerra.
Escipión zarpó al fin, recorrió las costas de Liguria y tras unos días, llegó a la desembocadura del Ródano. Tuvo noticias entonces de que Aníbal había cruzado los Pirineos y, si bien descubrió así que el cartaginés era muy rápido y no podría interceptarlo en Hispania, sí calculó el tiempo que tenía antes de que el ejército de Aníbal llegara hasta él. Así que desembarcó sus fuerzas y envió a un nutrido grupo de jinetes hacia el norte para hacer un reconocimiento del terreno. Por allí había tribus galas que habían ayudado a los galos de la Cisalpina contra Roma, y su actitud era siempre una incógnita.
Pero en lugar de galos, lo que recibió fueron dos noticias: la primera, que los boyos, galos de la Cisalpina, abandonando los rehenes que habían entregado a los romanos tras su última guerra, se habían rebelado de nuevo. Algo, o alguien, los había animado a levantarse en armas de nuevo. Y la segunda, que a cuatro días de distancia, río arriba, Aníbal estaba ya cruzando el Ródano. Que ya mantenía contactos con los boyos, y posiblemente con otros celtas. Que las legiones que habían partido con él habían dejado las llanuras del Po casi desprotegidas, y Aníbal estaba más cerca de Italia de lo que nadie hubiera conseguido en tan poco tiempo. Pero, ¿cómo había sido posible esto?
Sin duda fue una de las muestras de genialidad de Aníbal Barca. Tal vez desde antes de atacar Sagunto había enviado mensajeros a los galos que iba a encontrar por su camino. Supo entender que estas tribus eran la clave para su plan. Los romanos y los galos llevaban décadas zurrándose y casi siempre habían ganado los galos, salvo en los últimos conflictos. Recordemos que en el artículo anterior habíamos dicho que Roma no había reaccionado en primera instancia a la expansión cartaginesa por la Península Ibérica precisamente por ese motivo. Por eso intuyó el cartaginés que la paz era para los galos tan incómoda lo había sido para los cartagineses, y que no sería difícil convencerlos para que se unieran a su causa. De modo que les había ido enviando emisarios. Habló con ellos. Negoció con ellos. Compró su adhesión, y a los que no pudo convencer ni comprar, los derrotó rápidamente cuando comenzó su marcha.
Mucho se conoce de la excelencia militar de Aníbal, pero no menos brillante fue su faceta de «hombre de estado». Era, a fin de cuentas, un fenicio, y a negociar y a hacer cosas de fenicio tampoco le ganaba nadie.
Galia Cisalpina, valle del Po. Fuente: Wikipedia
Cuando cruzó los Pirineos ya le aguardaban algunos galos, que le ayudaron y guiaron e informaron de todo. Aníbal avanzó imparable por el sur de la Galia a una velocidad increíble. Así llegó al Ródano, a cuatro jornadas de la desembocadura, donde el río seguía siendo de un solo curso antes de abrirse en su desembocadura. Aníbal compró todos los botes y esquifes a las asentamientos cercanos, pero entonces, cuando hacían preparativos para cruzar, llegó una de las tribus con las que Aníbal no había podido negociar, y estableciendo un campamento en la ribera izquierda, frente a las posiciones de Aníbal, se propusieron no dejarle pasar. En estos momento, Escipión estaba llegando con su flota a la desembocadura del Ródano, para que nos hagamos una idea.
Si habéis leído «El juego de Ender», igual recordáis la lección aquella de «no te quedes quieto donde tu enemigo sabe dónde estás». Aníbal mandó un destacamento de noche a cruzar el Ródano más abajo, sin ser detectados. Al día siguiente, cuando ya supo de su cercanía, Aníbal lanzó toda su flotilla de barcas y esquifes, sobre todo con tropas de caballería, que llevaban a sus monturas nadando detrás de las barcas, sujetas por las riendas. Los celtas bajaron al río a impedirle su desembarco, pero en ese momento, la avanzadilla cartaginesa cayó sobre ellos. Los galos cayeron en la confusión, Aníbal puso el pie en tierra, organizó a sus tropas y los puso en fuga. De ese modo cruzó con el resto de sus tropas, y sólo se detuvo para organizar el paso de sus elefantes, que sí le costó más esfuerzo.
Para ello, tendió cables de una rivera a otra, y preparó grandes balsas, con el suelo lleno de tierra. Ató las balsas a los cables para que no las arrastrara la corriente, y mediante las hembras, pudo ir subiendo elefantes sobre ellas, para luego remolcarlas al otro lado del río. Perdieron algunos mahuts, sus conductores, cuando algunos elefantes saltaron al agua, pero estos no se ahogaron. Por si no lo sabéis, nadan estupendamente y sacan su tropa por encima de la superficie para respirar.
Fue durante el lento cruce de los elefantes cuando los jinetes de Escipión se encontraron con el ejército cartaginés. En esos mismos instantes, Aníbal celebraba una asamblea con diferentes jefes de tribus galas, entre los cuales estaban los boyos de la Cisalpina, que habían venido a recoger y guiar Aníbal a través de los pasos alpinos, y a confirmarle que ya se habían rebelado contra Roma.
Escipión fue el primer sorprendido, pero es que, además, Aníbal no decidió marchar contra él. Una victoria contra Roma en ese momento no le reportaba ninguna ventaja, y una derrota le costaría todo su plan. Aníbal tenía como plan llevar el terror a Roma a través de su presencia en la península itálica. Así que los cartagineses recogieron sus cosas rápidamente y se dirigieron al norte, buscando la entrada los pasos de los Alpes.

El paso de los Alpes
Una imagen inmortal. Fuente: Hashtaglatino
Contrariamente a lo que se suele creer, los Alpes estaban bastante poblados en sus valles por tribus galas. Fueron los alóbroges los que vigilaban el paso que se proponía usar Aníbal, siguiendo el consejo de los boyos. Y los alóbroges se negaron a dejarles pasar. Cada día tomaban las alturas, y así retuvieron a Aníbal a la entrada de los Alpes un par de días. Pero cada noche se retiraban. Cuando los cartagineses se dieron cuenta, enviaron a su infantería ligera por la noche a ocupar esas posiciones, y al tercer día se lanzaron a los pasos, para sorpresa de los alóbroges.
Aun así, estos los atacaron desde más abajo, pues los caminos eran muy estrechos y el numeroso ejército de Aníbal se extendía muchos metros. Bastaba herir a un caballo o una mula dejando rodar piedras ladera abajo para que los animales se encabritaran y se lanzaran por el barranco. La infantería ligera cartaginesa descendió a luchar contra ellos, y fue una lucha terrible y sangrienta, pues sólo cuando los alóbroges fueron casi exterminados pudieron pasar. Llegaron incluso a su ciudad, y la tomaron, casi vacía que estaba. Tomaron sus animales y su grano y aprovecharon para lanzar un aviso a las siguientes tribus: la voluntad de Aníbal era pasar a través de las montañas a cualquier precio.
Durante unos días, su avance no se vio impedido, pero otra de las tribus alpinas se ofreció traicioneramente a guiarlos. Ofrecieron regalos y rehenes, y lo montaron todo muy bie, pero atrajeron a los cartagineses a un entorno donde les aguardaba una terrible emboscada. Sólo la desconfianza y la prudencia de Aníbal los salvó de la trampa, pues había hecho formar a su infantería cerrando la marcha, donde el ataque fue recibido. A costa de mucha muerte y sufrimiento consiguieron avanzar hasta las cimas, donde en un llano pelado aguardaron dos días a los rezagados y trataron de recuperar fuerzas. Allí, con la moral por los suelos, ateridos de frío (ya estaban a principios de octubre y se habían producido las primeras nevadas), la expedición estuvo a punto de fracasar, pero las nubes se despejaron y desde allí se vio a lo lejos las llanuras del Po, el lugar a donde iban a descender. Aníbal no cesó de recorrer sus tropas, hablando con cada uno en su propio idioma, animándoles y mostrándoles su objetivo. En esto llegaron muchas monturas y acémilas extraviadas, que encontraron el rastro. La impedimenta, en aquellas condiciones, era fundamental para Aníbal. Así que, animados, comenzaron el descenso.
Y este fue terrible. El hielo del año anterior permanecía cubierta bajo la nieve recién caída. En los estrechos caminos de descenso, de súbito, los hombres resbalaban tras hundir sus pies en la nieve, y la pendiente iba siempre ladera abajo, donde se despeñaban. Perdieron cientos de monturas y de hombres, hasta que Aníbal ordenó abrir un camino seguro a través del hielo. Llevó un día agotador, pero al final lo abrieron, y por allí pudieron descender.
Tardaron quince angustiosos días en atravesar los Alpes, pero al final, descendieron a Italia. De las fuerzas iniciales, apenas veinte mil soldados a pie y seis mil jinetes habían conseguido sobrevivir. Curiosamente, un buen número de elefantes consiguió sobrevivir también. Pero aquel ejército diezmado le bastó a Aníbal para realizar hazañas más allá de lo imaginable.

Y mientras, los romanos, ¿que?
Escipión no persiguió a Aníbal hacia las alturas. Consideró que la cordillera misma lo detendría, como Saruman y Gandalf en el paso de Caradras, pero sin minas de Moria. Él mientras despachó a su hermano Cneo Cornelio a Hispania con parte de su ejército para cortar el paso a los refuerzos que le pudieran enviar a Aníbal. Mientras, él regresó por mar a Italia en busca de nuevas legiones, dispuestos a hacer frente a lo que vomitaran los Alpes, si algo lograba descender, claro.
Pero, ¿y Tiberio Sempronio, el segundo general? Pues ocurrió que seguía reuniendo medios en Lilibeo para su misión en África. Se quedó helado cuando le dieron órdenes de regresar a Italia porque Aníbal ya estaba allí. Él no había tenido tiempo siquiera de zarpar.
Mientras, Escipión llegó a Etruria y convocó a todas las tropas que ya luchaban contra los boyos para ponerlas bajo su mando. Había entendido el plan de Aníbal y se precipitó a apaciguar a los galos, a adelantarse al cartaginés para que, si llegaba a cruzar los Alpes, no pudiera contar con el apoyo de estas tribus. Muchas legiones se adelantaron y ocuparon los territorios tribales, con lo que no sólo evitaron que estos se unieran con Aníbal, sino que además fueron enrolados en las legiones como auxiliares.
Los galos.

Aníbal en Italia. La batalla de Tesino
Lo primero que hizo Aníbal fue proporcionar descanso a sus tropas. Había perdido casi la mitad de sus fuerzas en los pasos de montaña, y sobre todo, muchas de sus provisiones. En ese momento hizo valer sus acuerdos previos con los galos, pero Escipión las presionaba y su determinación vacilaba. Se acercó primero a los turineses, que luchaban contra los insubres. Como no se decidían a ponerse de su lado, Aníbal, tras dos días de paciente espera, asaltó su ciudad y decapitó a los combatientes. Esa era otra de sus tácticas de negociación fenicias. De esta manera polarizaba las decisiones de los galos: o luchaban para Roma o luchaban junto a él. Y la mayoría decidió permanecer a su lado.
A continuación, Aníbal se concentró en lograr su primera victoria frente a Roma. Y era Publio Cornelio Escipión senior quien se aproximaba, nada menos. Se encontraron en la ribera norte del Po, en Tesino. En realidad fue un choque de vanguardias.
Escipión había lanzado a sus velites (infantería ligera), a su caballería y a la caballería gala por delante de su ejército. Aníbal disponía de más caballería, y de más calidad, y la hizo valer. La caballería cartaginesa y libiofenicia iba en el centro, flanqueada por los veloces y feroces númidas.
Ambas fuerzas chocaron con violencia, y aunque sólo era una parte pequeña de los ejército, ya mostró Aníbal su doctrina de combate. Su caballería pesada se lanzó de frente contra la de los galos. Los númidas en los flancos pusieron en fuga a los velites, que corrieron hasta los legionarios, y entonces dieron la vuelta y cargaron por la retaguardia a la caballería gala. Completamente rodeados, los romanos no pudieron aguantar mucho. El propio Escipión, que estaba entre los jinetes, resultó herido y huyó a toda prisa hacia sus tropas.
Caballería de Aníbal. Fuente: Rubicón
El primer tanteo era una victoria para Aníbal, y Escipión, perdida ya la caballería romana, no luchó por rescatar a los díscolos auxiliares galos. Aprovechó el tiempo que tardaron en morir para retirarse a toda prisa hacia el puente que había tendido sobre el río Po, cruzarlo y desmontarlo. Se dirigieron a Placentia para aguardar refuerzos y, sobre todo, curar sus heridas. Tiberio se dirigía hacia él, y no quería que fuera él solo quien venciera a Aníbal.
Mientras, Aníbal cruzó el Po haciendo otro puente y se acercó sin miedo al campamento romano, como si pareciera saber lo que iba o ocurrir. Y esto fue que los galos que quedaban en la legión se rebelaron en el interior del campamento y pillaron a los legionarios por sorpresa, causando una matanza entre ellos. A continuación se abrieron paso hacia fuera, se pasaron a Aníbal, y este los mandó de regreso a sus tribus con el mensaje de que se unieran a él, que ya había vencido a los romanos, y que todo eso no era más que el principio.
Aterrado, Escipión tomó a las tropas que pudo salvar y se retiró a toda velocidad hacía un río cuyo nombre sería para siempre sinónimo de derrota para los romanos: Trevia.


sábado, 13 de julio de 2019

La Segunda Guerra Púnica. Parte I: la guerra anibálica.

Tesoro tartésico. Fuente El correo de Andalucía

Saludos. Volvemos a los asuntos púnicos, a la guerra quizás más asombrosa jamás librada, de la que surgieron los generales también más asombrosos, y que daría forma definitiva al Mare Nostrum.
Bien, situémonos: la I Guerra Púnica había acabado con la derrota de Cartago y un duro tratado de paz, bastante humillante, que les obligaba no solo a abandonar Sicilia, sino a pagar una suma exorbitante de dinero para resarcir a Roma. Tras la evacuación de Sicilia, los mercenarios, que no recibieron el dinero que se les debía, formaron una gran revuelta que se extendió por toda la influencia de Cartago, la Guerra de los Mercenarios, en la que sólo el genio militar de Amílcar Barca salvó a la ciudad, que se vio en una situación desesperada. Y como los mercenarios de Cerdeña también se rebelaron, cuando los cartagineses prepararon una fuerza expedicionaria, los romanos los acusaron de romper la paz. Los obligaron a renunciar a Cerdeña, corrigiendo así estos la excelente negociación de paz que había hecho Amílcar al final de la I Guerra Púnica, tras la que había conseguido dejar Cerdeña fuera de las condiciones. Tras Sicilia, la pérdida de Cerdeña fue crítica, pues negaba a los cartaginses una de sus fuentes principales de recursos y mercenarios.
Pues bien, fue en ese momento cuando Cartago, designando a Amílcar Barca, intentó recuperar el poder que había perdido mediante un plan tremendamente ambicioso: la conquista de la Península Ibérica. Pero, ¿por qué Hispania, esa «tierra de conejos», en los límites del mundo conocido? Acompáñennos, queridos lectores, en la búsqueda de la apasionante respuesta a esta pregunta.

Hispania
Lo primero que hemos de saber es que la costa de Hispania, era conocida desde hacía siglos por griegos y fenicios, que desde el siglo X a.d.C. habían ido llegando a ellas. Los mismos fenicios que fundaron la colonia de Cartago también fundaron puestos comerciales como Gadir, la actual Cádiz. Allí, los fenicios entraron en tratos con una boyante cultura local, Tartessos, rica en bronce y otros metales, así como otros pueblos íberos costeros, pueblos que a través de estos contactos fueron adoptando la moneda y la escritura con el alfabeto que usaban griegos o fenicios, según su zona de influencia. Mientras, Roma era poco más que un villorrio fundado por fugitivos de otras ciudades que vivían en los pantanos.
Embajador romano en el senado cartaginés.
Fuente: Museo Metropolitano
Cuando el poder de Tiro menguó tras el avance del imperio persa, Cartago se independizó. Hizo la guerra a Tartessos y los borró del mapa, y tomó el control de las colonias de Hispania. Estaban por lo tanto, perfectamente informados de lo que podía haber en el interior de aquellas tierras.
Lo segundo que hay que saber, y que es algo que suele ser ignorado, es que los romanos y los cartaginses ya se conocían mucho tiempo antes de las guerras púnicas. De hecho, habían firmado al menos tres pactos antes de llegar a las manos en Sicilia. Estos pactos habían sido registrados en tablillas de bronce, conservadas por los ediles, y que el historiador Polibio pudo consultar durante la elaboración de su obra. Pues bien, el primero de estos tratados lo firmaron los primeros cónsules que tuvo la recién estrenada República, en el 509 a.d.C. En ese tratado, Cartago participó como miembro fuerte del pacto, renunciando a cualquier interés sobre los pueblos del Lacio a cambio de prohibir a los romanos navegar más al oeste del Cabo Hermoso, situado al oeste de la punta de África. Es decir, ceden a los romanos una parte que a ellos no le interesaba a cambio de vetar su acceso a la rica región occidental del Mediterráneo.
En el 348 a.d.C se estableció un segundo pacto, en el que de nuevo se limitaba la zona de navegación a los romanos alrededor de la península ibérica y se listaban los aliados «intocables» de cada parte para que no fueran atacados por el otro. Y en el 279 a.d.C. hubo un tercer pacto de alianza contra Pirro de Epiro.
Pues bien, de todos estos pactos, más los que seguirían a la I Guerra Púnica, se puede leer que el dominio occidente mediterráneo nunca había sido discutido por Roma. Cuando Amílcar cruzó desde África a la península, no estaba violando ningún pacto, y fue solo cuando a Roma llegaron los ecos de los éxitos cartagineses en Hispania cuando los romanos se dieron cuenta de su error y corrieron a buscarse un aliado cualquiera, encontrando a Sagunto útil para estos fines, pues situaron en ella y en el río que pasa cerca (el Júcar, no el Ebro, un error de Polibio), el límite «aceptable» de los dominios cartagineses en la península.
Lo tercero que hay que saber es que Amílcar no había sido vencido en Sicilia. Cartago perdió la guerra al perder la flota, pero en ningún momento el general cartaginés se sintió derrotado. Al contrario, las duras condiciones impuestas por Roma, y sobre todo, la injusticia de haber perdido Cerdeña , le quemaba. Cartago estaba vencida sobre el papel, pero no en espíritu, y en cuando tuvo la oportunidad de fortalecerse, comenzó una nueva guerra.
Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos al momento en el que Amílcar pone el pie en Hispania, acompañado por su hijo Aníbal, de 9 años, y su yerno Asdrúbal. Tal vez en lo que luego sería Kart Eia, o Carteya, justo al lado de La Línea, que es de donde soy yo.

Los Bárquidas en Hispania
Guerreros íberos. Angus Mcbride.
Fuente: Maestrazgotemplario
Con las bases de Gadir, Kart Eia y otras colonias, Amílcar avanzó como un rayo por la península, conquistando algunos pueblos y atrayendo a otros con diplomacia y un elaborado equilibrio entre mano dura y generosidad. Nueve largos años estuvo Amílcar hollando nuestras tierras ibéricas, forjando un nuevo imperio para Cartago. En todo momento estuvo acompañado por Aníbal, que se formó a su lado y sus mercenarios africanos. Con pasmosa facilidad aprendió las lenguas de cada uno, y de sus nuevos aliados, los diferentes dialectos íberos. Aníbal creció entre aquellos soldados, y estos lo vieron hacerlo. Como un «hijo de todos», listo, fuerte y espléndido.
Amílcar murió en Hispania, en un duro combate, en el que el general tuvo que intervenir directamente. Allí cayó, en un vado, con el cráneo destrozado. Inmediatamente, Asdrúbal fue nombrado su sucesor, y fue digno. Competente en todos los terrenos, fundó Cartago Nova, cuidó de los pactos y fue estableciendo más vínculos entre tribus, con el objetivo, y aquí cito al escritor Arturo Gozalo Aizpiri (autor de una preciosa trilogía sobre la conquista cartaginesa de Hispania, formada por «El heredero de Tartessos», «El cáliz de Melqart» y «La cólera de Aníbal») de crear un imperio al modo helenístico en Hispania. Y vemos esto en, por ejemplo, las monedas que acuñó con su efigie, mostrando atributos de monarca . Un imperio en el que cada pueblo vería sus costumbres y leyes respetadas a cambio de responder a la llamada de Cartago con provisiones y soldados porque, no lo olvidemos, la expedición a Hispania tenía como objetivo reforzarse para retomar la guerra contra Roma.
Asdrúbal, con diadema real. Acuñada en Cartago Nova
Fuente: Wikipedia
Las coasas iban tan bien que, como indicamos antes, los romanos se enteraron y se dieron cuenta de que los cartagineses habían mostrado más astucia que ellos. Que por cortedad de miras no habían previsto lo que podrían hacer sus enemigos sin trabas en Hispania. Así que se apresuraron a enmendar su error. Pero en esos años, la amenaza para los romanos eran los celtas que vivían en el norte de la península itálica, y no podían desviar muchos recursos, así que enviaron una embajada a Asdrúbal, no a Cartago, y acordaron que los cartagineses debían respetar Sagunto como aliado de Roma, y no debían por tanto ir más al norte del río Júcar ( o Ebro. El texto de Polibio es un poco confuso en este punto). Y sin más, regresaron a Roma, confiados en que Cartago respetaría el acuerdo.
Ocho años estuvo Asdrúbal en Hispania, hasta que murió asesinado por un mercenario galo. Entonces Aníbal tenía veinticinco años, pero era conocido y apreciado por todos, y los soldados le eligieron el mismo día como general, decisión que fue ratificada por el senado cartaginés en cuanto les llegó la noticia.
Muerte de Amílcar.
Fuente: La Razón

El joven Aníbal
Tras ser nombrado general, Aníbal se propuso terminar la conquista de los últimos pueblos independientes al sur del Ebro. No sólo lo hizo con las armas. El astuto Asdrúbal había pactado el matrimonio de Aníbal con una joven noble íbera, Imilce, tal vez a imitación del propio Alejandro Magno con Roxana. Es bien sabido que Aníbal se había formado en el espíritu helenístico, y leía con fruición todas las obras disponibles de los griegos.
Y donde la diplomacia falló, Aníbal fue invencible. El primer verano asedió y tomó Altea, la gran ciudad de los bravos ólcades. Al verano siguiente se lanzó contra los vacceos, y se enfrentó fnalmente con los carpetanos y otras tribus vecinas, entre las cuales estaban los ólcades vencidos por Aníbal el año anterior. Casi cien mil íberos se levantaron así aliados contra Aníbal cuando regresaba a Cartago Nova desde la meseata.
Pero Aníbal había aprendido de su padre y comenzó una astuta retirada que atrajo a sus enemigos a un vado del Tajo. Fue Aníbal quien eligió el terreno para enfrentarse a sus perseguidores, y en una terrible batalla, sus elefantes recorriendo la orilla y la propia caballería cartaginesa en el mismo vado, vencieron a los íberos y los pusieron en fuga. El propio Aníbal entró en batalla en aquel vado lleno de muerte.
Joven de la nobleza íbera
Fuente: Wikipedia
Después de aquello, solo Sagunto, arropada por Roma, se atrevió a plantar cara al cartaginés, e incluso a provocarlo, confiando en que el joven Bárquida no se atrevería a desencadenar la guerra con Roma. Pero se equivocaban.
Al verano siguiente, los saguntinos vieron con desesperación que Aníbal estaba a sus puertas, listos para asediarles, y que ninguno de los mensajes que habían enviado a Roma informando sobre los éxitos púnicos había tenido ningún efecto.
Fue un gran asedio que duró ocho meses. La ciudad era fuerte y tenía muchos recursos, pero al final cayó, y sus riquezas fueron tomadas y repartidas entre sus hombres. Al fin, había extirpado la única base enemiga que le impedía proseguir su avance hacia el norte. La noticia legó a Roma como un negro augurio de guerra, pues en esos días, los romanos luchaban contra los ilirios y los galos y no tenían medios para frenar a Aníbal. Cartago, a quien habían derrotado, robado y sometido a claúsulas humillantes, se había recuperado y estaba de nuevo en condiciones de declararles la guerra.
Toma envió unos embajadores a tratar con Aníbal y este los despachó sin mucho interés, así que estos embajadores fueron a Cartago a exigir la entrega de su general. Pero estaban intentando negociar con fenicios, a fin de cuentas. Es muy interesante esta negociación, pues los senadores cartagineses no reconocieron el trato que Roma había hecho con Asdrúbal puesto que no había sido ratificado por el sanedrín (los romanos ya habían usado este argumento anteriormente a su favor, pero ahora los cartagineses lo copiaban usaban a su favor), y sin este tratado validado por Cartago, los púnicos argumentaban que en sus tratados con Roma no había límite a las posesiones que pudieran tener en Hispania, ni Sagunto era mencionado como aliado de Roma al que no pudieran atacar. Frustrados y sin más argumentos, se dieron cuenta de que no se podía discutir condiciones y cláusulas con los fenicios, así que ofrecieron al senado cartaginés que eligieran la paz o la guerra. Y estos, ya cansados de tantas humillaciones, decidieron la guerra.
Y así comenzó la Segunda Guerra Púnica, o como la llamaron los propios romanos, la Guerra Anibálica.
Batalla del vado del Tajo.
Fuente: Tumblr

La Segunda Guerra Púnica en los wargames
Ya vimos en los artículos de la Primera Guerra Púnica los ejércitos romanos y cartaginés. Ahora podemos hablar de los ejércitos íberos.
En DBA son la lista II/39, Ancient Spanish. Su composición cambia un poco según se haga la variante lusitana, íbera o celtíbera. El núcleo es el mismo, con un general CV, la nobleza íbera a caballo, y una peana de LH. Luego, la variante íbera tiene 6 peanas de Ax, que representan a los guerreros íberos equipados con escudo, jabalinas y falcata, expertos en emboscadas, un tipo de soldado conocido como «scutari». El ejército lo completan cuatro peanas de Ps, los «caetrati», equipados con escudo pequeño y jabalinas, o incluso honderos, sobre todo si provienen de las Baleares.
En cambio, los celtíberos, esas 6 peanas son de Wb, representando a los feroces guerreros celtíberos. DBA los considera igual que a los galos, por ejemplo, pero veremos que esto no es exactdamente igual en otros sistemas de juego.
La variante lusitana tiene sólo 3 Ax, a cambio de 6 Ps, pues los «caetrati» lusitanos eran especialmente mortíferos, y leugo una única peana opcional entre Wb (mercenarios celtíberos), 4Bd( legionarios rebeldes que acompañaron a Sertorio, en el siglo II a.d.C, un periodo posterior a las Guerra Púnicas) o bien un Ps.
Ejército DBA Ancient Spanish, de Steven Balagan


En AdlG, el ejército es muy parecido, con las interesantes peculiaridades siguientes:
  1. la caballería noble puede ser élite.
  2. Hasta cuatro peanas de Scutari, de cualquier origen, pueden ser élite.
  3. Los scutari celtíberos son infantería pesada impetuosa. Es decir, se les reconoce la capacidad para luchar en formación cerrada que atestiguan numerosas fuentes, al contrario que DBA.
  4. Permite usar carros en llamas como tipo «carro falcado». Este truco lo usaron los generales íberos Indíbil y Mandonio, para romper las líneas romana.
Luego están más desarrolladas las opciones de Sertorio, muy interesantes, pero que se salen de este periodo. En el futuro contaremos la apasionante historia de Quinto Sertorio en Hispania. Pero eso será otro día.

Parte II

viernes, 31 de mayo de 2019

La Guerra de los Mercenarios de Cartago


Mercenarios relajándose.
Saludos. En este artículo hablaremos de la terrible guerra que tuvo que afrontar Cartago justo después de finalizar la Primera Guerra Púnica, contra los mercenarios que habían servido a los propios generales cartagineses en Sicilia. Una guerra que los púnicos tuvieron que luchar vencidos, sin recursos y de forma desesperada; una guerra que Polibio denomina «sin cuartel», debido al alto número de desmanes, carnicerías y toda clase de crueldades que dieron y recibieron los contendientes.
Situémonos: Amílcar Barca acababa de firmar el tratado de paz con Roma, así que había que evacuar Sicilia. Los ejércitos cartagineses estaban formados en su mayoría por mercenarios; esos que habían luchado años bajo las órdenes de Amílcar Barca, de Giscón, de Imilcón o de Aderbaal, que eran unos generalessúper listos y que habían adiestrado a estos hombres para luchar contra Roma y convertirlos en temibles soldados. Pues bien, Cartago había perdido y debía pagar a Roma las indemnizaciones recogidas en el tratado, pero al mismo tiempo tenían que pagar a todos aquellos mercenarios que llevaban años luchando sin recibir sus pagas, y que además habían recibido todo tipo de promesas sobre recompensas y primas en los momentos más difíciles.
Amílcar Barca dimitió tan pronto como regresó de Roma, así que el encargado de organizar el regreso fue el general Giscón. Este, que conocía bien a sus hombres, tuvo la prudencia de enviarlos por grupos a Cartago para que allí, su paga fuera menos cuantioso y tuvieran tiempo para irse tras recibir su pago antes de que llegara el siguiente contingente. Fijaos si era juicioso y tenía inteligencia, el tal Giscón.
Pero en Cartago (y si como yo habéis trabajado expatriado, lo podréis entender perfectamente), no sabían cómo tratar a esos mercenarios, ni los conocían ni nada, y como andaban mal de presupuesto, pensaron que si los reunían a todos en la ciudad podrían negociar con ellos una rebaja por toda la cantidad que se les adeudaba. Sí, la gente que acostumbra a manejar el dinero vive en una burbuja y no suele saber cómo manejar a las personas, y esta guerra es un ejemplo de lo que puede ocurrir si se intenta manejar a personas con mentalidad de banquero.
Cuando los mercenarios estuvieron en Cartago, hubo muchos follones, altercados, molestias, y ante los retrasos en el cobro, reclamaron. Los sufetes les comunicaron que no podían pagarles todo y se enfadaron. El ambiente en la ciudad de Dido que volvió insoportable, así que al final los invitaron a irse y a llevarse todos sus bagajes, familias, etc. Se situaron en un campamento, no muy lejos, y allí esperaron a que las deudas fueran saldadas. Y estando allí, el ocio comenzó a envilecerlos. Imaginaban que iban a recibir mucho más de lo que les correspondía. Cartago designó a un general bastante incompetente, Hannón, con muy pocas dotes de negociación, que tuvo que enfrentar una tarea casi imposible. Allí había galos, ligures, íberos, númidas, libios... Nadie hablaba todas esas lenguas, ni era viable hacer asambleas comunes. Pero sí ocurrió que aquellos soldados se dieron cuenta de que Hannón era un pusilánime que ni quiera los conocía. No había sangrado con ellos. De modo que reclamaron a Giscón como mediador.

Las negociaciones de Giscón.

Polibio hace un relato muy humano de estas negociaciones. Se nota que él mismo había tratado con hombres bajo su mando. Cuenta que Giscón, frente a los mismos hombres que había comandado, lo primero que hizo fue reprenderles por su conducta y afearles lo que estaban haciendo. En efecto, los mercenarios se habían envalentonado. Antes de la llegada de Giscón habían acampado frente a Cartago, y todos estaban asustados y se avinieron a ceder en lo que les pidieran: que si ahora me pagas el caballo muerto, que si me vendes el trigo al precio que yo te diga... Bajo la presión, la cicatería cartaginesa desapareció. Lo «imposible» de repente se había vuelto «posible». Si hubieran pagado antes la mitad de los que les costaron aquellos días, todo habría sido muy diferente. ¿Os suena, compañeros expatriados?
Pero no ocurrió así con Giscón. Él los conocía y les regañó, y aquellos hombres bajaron la cabeza avergonzados. Luego el general se avino a pagarles, y les trató con tanta justicia que todo hubiera acabado ahí si no hubiera sido por dos personajes del bando mercenario, llamados Mato y Espendio.

Mato y Espendio
Lanceros libios
Espendio era un mercenario campano, audaz en la guerra y muy valiente. Pero también era un esclavo fugado y temía, por encima de todo, que su amo lo reclamara y fuera devuelto a Italia.
Mato era libio. Había sido el principal instigador de los disturbios y temía que su cabeza fuera el precio de la paz. Ambos comenzaron a inflamar los ánimos de los mercenarios, mintiendo sobre Giscón y sus intenciones. Y como entonces, como ahora, las mentiras son sencillas y las verdades complejas, los mercenarios se negaron a seguir aduciendo que Giscón pretendía engañarles, y en un golpe de mano capturaron al general cartaginés, saquearon el dinero de la paga y proclamaron así la guerra de liberación contra Cartago a todo el norte de África. Y, claro, Cartago había dominado la región no a base de buenas palabras, sino con puño de hierro. Habían tratado con desprecio y avaricia a todos los pueblos a los que había dominado. Mato envió mensajeros a todos los pueblos, y la revuelta subió de nivel. Ya no fue mas una disputa entre mercenarios y pagadores, sino una guerra de liberación de los pueblos africanos del yugo impuesto por los púnicos. Sólo Útica e Hipozarita se negaron a participar , así que, como primera acción, los mercenarios les pusieron sitio, mientras mantenían su campamento principal en Túnez.
Los mercenarios tenían su campamento en Túnez, y asediaban Útica e Hipozarita. Cartago designó a Hannón como general, hombre que si bien tenía muchas dotes de organización, e incluso había conquistado alguna región africana para Cartago, no estaba preparado para enfrentarse a un ejército que había luchado bajo las órdenes de Amílcar Barca una guerra total durante seis años en Sicilia. Hannón tenía incluso elefantes y caballería, pero no sabía usarla. Estaba acostumbrado a desbandar partidas de guerra enemigas no profesionales, y que desaparecían durante días tras ser puestas en fugas. Los hombres que regresaron de Sicilia sabían retirarse sin ser derrotados y contraatacar cuando no se les esperaba. Tres veces derrotaron a Hannón. La última de ellas fue tan humillante, que al senado de la ciudad no le quedó más remedio que sustituirlo, jugándose así su última carta. Adivinad a quien designaron...

Amílcar Barca toma el mando
Seguro que cuando los mercenarios se enteraron de que su antiguo general era su nuevo enemigo, la comida se les hizo bola. La mayoría habían luchado bajo su mando y le conocían. Sabían bien que no había trampa, añagaza, astucia o treta que no conociera el Bárquida. Que todo lo habían aprendido de él, pero estaban seguros de que aún guardaba más ideas en su endurecida y brillante cabeza.
Nada más tomar le mando, engañó a los africanos de Mato que vigilaban el único puente sobre el Bagradas, el río que cerraba el istmo de Cartago. El puente estaba bien defendido y las defensas de ambas orillas habían sido tomada por los mercenarios, pero Amílcar sabía que si el viento soplaba en cierta dirección, formaba una barra de arena en la desembocadura que permitía vadearlo. Y eso hizo, pillándo a todos por sorpresa. Se dirigió entonces hacia Útica, en una formación muy singular, con los elefantes al frente, la caballería detrás y la infantería cerrando la marcha. Los mercenarios abandonaron las defensas del río y se lanzaron al llano a su retaguardia desde dos lados, dirigidos por Mato y Espendio en personal. Se lanzaron a la persecución de Amílcar, pero esta ya esperaba la maniobra y les había tendido una trampa. Antes de que se dieran cuenta, los elefantes dieron media vuelta y se dirigieron a la retaguardia, seguidos por la caballería. Observad que la maniobra implicaba que lo que antes era el frente pasara a la retaguardia a formar un nuevo frente, mientras la infantería se reorganizaba. Los mercenarios, que creían que la batalla les iba a ser favorable y se habían lanzado a la persecución de cualquier manera y sin guardar la formación, fueron aplastados, puestos en fuga y perseguidos por las tropas de Amílcar, que les persiguieron de vuelta hasta el río, y les tomaron las fortificaciones y el pueblo del puente.
Amílcar tomó miles de prisioneros, y arriesgó con ellos la baza del prestigio. A los miles de prisioneros les ofreció incorporarse a su ejército, o bien dejarles marchar en paz a sus países, a condición de que no lucharan más contra Cartago. Fue el más astuto de sus movimientos porque socavaba en mucho la lealtad y el compromiso de los mercenarios hacia la causa de Mato y Espendio. Les ofrecía una salida favorable del conflicto, y ahora que tenían a Amílcar enfrente, que les había derrotado con tanta facilidad, muchos perdieron la confianza.
Tanto temieron Mato y Espendio que hubiera defecciones en masa cuando se corrió la voz de las condiciones de Amílcar, que hicieron una gran asamblea en Útica donde contaron a todos a todos que Amílcar mentía, que no debían confiar en él. Fue una asamblea bronca y desesperada, y los pobres que levantaron la voz en contra de lo que defendían los dos generales, eran apedreados hasta la muerte. Luego animaron a todos a cometer una indignidad: tomaron a Giscón y a los demás cartagineses prisioneros y los descuartizaron con saña. Su intención estaba clara. pretendía llevar a Cartago a una posición en la que la salida pacífica no fuera posible. Y lo hicieron, a un terrible y sangriento precio: sus mercenarios no desertarían más, pero todo aquel que fue capturado por Amílcar después de la muerte de Giscón, fue echado a las fieras como alimento.
Aun así, hubo un jefe númida llamado Narabás, que se acercó valerosamente desarmado al campamento de Amílcar y el propuso un pacto. Mucho debieron los cartaginses a Narabás, y Amílcar incluso le prometió la mano de su hija. Este es el punto histórico que Gustave Flaubert aprovechó para ubicar su maravillosa novela «Salambó». Salambó fue la hija de Amílcar que este prometió a Narabás.

La guerra continúa
En los siguientes meses, la guerra se endureció. Amílcar no dio más oportunidades a los mercenarios que atrapaba. Respondía así a todos los desmanes que estos cometían por el país. África se había rebelado contra Cartago, y los horrores y matanzas se extendían sin cesar. Amílcar solicitó la asistencia de Hannón y su ejército, pero las relaciones entre ambos no tardaron en ser malas, y en lugar de colaborar, se estorbaban y se saboteaban. Cartago retiró a Hannón, pero para entonces habían perdido buenas oportunidades de hacer daño a los mercenarios.
Ocurrió también por esas fechas que Cartago perdió el control de Cerdeña, que había conseguido mantener tras el acuerdo que puso fin a la Primera Guerra Púnica. Los mercenarios de Cerdeña se rebelaron y pidieron la ayuda de Roma, que en primera instancia se negó, puesto que hubiera significado violar el pacto que tenían con Cartago. Veremos que este hecho será fundamental para el origen de la Segura Guerra Púnica.

También perdió Amilcar la pequeña flota que tenía Cartago, la única que podía mantener en virtud de los pactos con Roma, y que el Bárquida usaba para abastecer a su ejército. Y por último, Útica e Hipozarita, sin terminar de ver claro el resultado de la guerra, se rindieron a los mercenarios y no tuvieron piedad con las guarniciones cartaginesas que las habían protegido.
Todos estos reveses animaron a los mercenarios, que se vieron sin esperarlo en su mejor momento, y decidieron asediar Cartago. Pero aquel fue su más terrible error.
Amílcar y el sustituto de Hannón, un tal Aníbal (no Aníbal Barca, hijo del propio Amílcar. Otro Aníbal. Jeje), habían quedado fuera del cerco. Cartago ya no tenía más apoyos en el continente. Era la última posición, y aquel asedio podría decidir su futuro, pero Amílcar y Aníbal supieron ponerse a salvo, y como única fuerza de los púnicos, supieron adaptarse a la situación. Porque desde ese momento, la mayor parte de las fuerzas mercenarias se dedicaron a asediar Cartago, pero el asedio exigía una gran cantidad de recursos y medios humanos, que quedaron así inmovilizados en el istmo. Y esos medios requerían abastecimiento. Eso dejaba a Amílcar y Aníbal, si bien en cierta inferioridad numérica, con mucha movilidad. Aquel era el tipo de guerra que más le favorecía. Mato y Espendio se habían equivocado al dar la espalda a Amílcar, y en los próximos meses, este les haría pagar.
La estrategia de Amílcar fue sencilla: usar su ejército para cortar todo abastecimiento a los mercenarios. Sin que nadie pudiera oponérseles, Amílcar fue segando sus posiciones en África, sus apoyos, sus provisiones... Así, los asediadores no tardaron en verse también asediados. No hubo partida de forrajeo, caravana o carromato que no fuera interceptado. Y en esto, Narabás y sus jinetes númidas fue de gran ayuda.
Pero, ¿y Cartago? Pues como ya no recibían provisiones de África, tuvieron que volver su vista hacia los romanos y a Siracusa. Y ambas ciudades le dieron su apoyo. Claro, que al precio que pidieron. Así, los mercados de Cartago comenzaron a recibir mercantes de estas dos ciudades, que durante semanas hicieron de «puente aéreo» a los desesperados cartagineses.
Tan efectivo fue el bloqueo de Amílcar, y tan tercamente resistieron los cartagineses con la ayuda del exterior, que Mato y Espendio tuvieron que levantar el asedio y volverse de mala gana para enfrentarse con el ejército enemigo.
La guerra en las sierras
Los mercenarios no se atrevieron a luchar en llano con Amílcar. Le acechaban en las sierras y montes que rodeaban la región. Pero ahí el Bárquida se las sabía todas. En las semanas siguientes, fue aislando bolsas de enemigos, empujándolos hacia un valle que él conocía y que sólo era accesible por un estrecho punto. Antes de poder evitarlo, cuarenta mil mercenarios se vieron rodeados por todas partes de paredes inaccesibles, fosos y defensas cartaginesas. Atrapados en un lugar que se convertiría en la tumba de muchos. Sin abastecimientos, llegaron el hambre y la sed. El canibalismo apenas tardó en aparecer. Sólo podemos imaginar los horrores a los que se enfrentaron aquellos hombres atrapados.
Al poco, Espendio en persona se acercó a negociar la rendición con Amílcar, pero este lo retuvo, como parte de las condiciones del tratado, y los mercenarios, debido a uno de los mensajeros, interpretaron que lo había atrapado a traición, de manera que no siguieron negociando. Se lanzaron en una última intentona contra las defensas cartaginesas que cerraban la salida del valle. Ninguno de ellos salió de allí con vida. Fue la derrota total de las fuerzas de Espendio. Esto permitió también reconducir la situación con los pueblos africanos que se habían rebelado contra Cartago. Se vieron forzados a negociar con Cartago y volver a someterse a ellos.
Vencido el campano y apaciguados los africanos, , a los cartagineses les quedaba recuperar Túnez, Útica e Hipozarita. Aníbal rodeó Túnez, listo para someterla a asedio, pero Mato, en una brillante acción, realizó una súbita salida que pilló a los cartagineses desprevenidos. Capturaron a muchos, entre ellos a Aníbal. Ya os podéis imaginar que fue de él. Estaban dispuestos todavía a presentar batalla.

El final de la guerra
Cartago estaba agotada, pero los últimos esfuerzos de los mercenarios mostraban también su debilidad. Amílcar tuvo que renunciar a la vía rápida, y de nuevo se centró en cortar los abastecimientos que se enviaban a estas ciudades, a conquistar aldeas, a apaciguar las revueltas, hasta que a los mercenarios no les quedó qué comer. Y Mato, viendo que ya sólo les quedaban sus últimas fuerzas, decidió jugárselo todo en una última batalla campal. Esa que Amílcar tanto quería.
En la llanura de Túnez, los mercenarios lanzaron su última carga contra los elefantes de Cartago. Fueron estas bestias las que acabaron con los desesperados guerreros, apoyados por la caballería y la infantería que le quedaba a Amílcar. Agotados, sin esperanza, aquellos hombres ni dieron ni pidieron cuartel. Fue una larga lucha, porque no tenían dónde huir. Tuvieron que matarlos a todos. Al final del día, solo el bando cartaginés quedaba en pie. La guerra llegó así a su fin.

En aquella terrible guerra, Cartago estuvo a punto de desaparecer. Si vencieron sin duda fue gracias a Amílcar, que templó su leyenda en aquellos días. Pero también, Cartago pagó un alto precio: tras acabar la guerra, comenzaron a preparar una flota para recuperar Cerdeña, pero los romanos los acusaron de romper el tratado, y con esa excusa, tomaron el control de la isla. La pérdida de Cerdeña fue muy grave, puesto que les cerraba el acceso a numerosos mercenarios. Fue entonces cuando el Bárquida desarrolló la estrategia de conquistar Hispania, que había quedado al margen de los tratados con Roma. Así fue como la guerra de Sicilia llevaría a la revuelta de los mercenarios, esta a la pérdida de Cerdeña y así, los cartagineses se lanzaron a la Península Ibérica, lo que pocos años después daría comienzo a la guerra Anibálica, o Segunda Guerra Púnica, que veremos en futuros artículos.

lunes, 13 de mayo de 2019

La mujer en la literatura medieval escandinava.


A día de hoy continua el viejo debate sobre el papel desempeñado por las mujeres en la antigua Escandinavia. Los nuevos abordajes multidisciplinares y la revisión de los hallazgos con la asistencia de las nuevas técnicas arqueológicas nos permitirán precisar el tema y acercarnos a conclusiones más próximas a la verdad histórica, algo imprescindible por la gran carga de expectativa, prejuicio, e incluso, peso icónico que arrastra el rol y posibilidad de la mujer en el antiguo Norte.

En el estudio de la antigüedad nórdica, cuya prehistoria se dilató hasta el siglo XI, siempre se ha considerado lo mostrado en las literaturas medievales escandinavas, de manera más literal en tiempos pasados y como fuente accesoria o directamente cuestionada en la actualidad.

¿Podemos en este corpus hallar un posible reflejo de la sociedad nórdica antigua?¿Las mujeres que aparecen en este “mundo literario” son un trasunto, una recreación de la mujer real?
  
Ingeborg, obra de Peter Nicolai Arbo, fuente :wikimedia.org

La literatura medieval escandinava que repasaremos aquí comprende las eddas, las sagas y los poemas escáldicos. Por requerir otro tipo de abordaje, dejamos fuera del ámbito del artículo los textos legales, anales, hagiografías y géneros no narrativos ( o menos narrativos, teniendo en cuenta la cualidad multi-género de las obras y la permeabilidad de los escritos de la época a la creación e intencionalidad). Eddas, sagas y poemas escáldicos son textos variados en los que aparecen detallados con viveza y casi recreo todo tipo asuntos: cosmogonías y mito, ciclos heroicos pan-germánicos, textos y crónicas de pretendida base histórica, temas familiares y de linaje, sin olvidar narraciones de fantasía en mundos alternativos.




Mujeres en manuscrito de saga, fuente: Arni Magnusson Inst.

Los productores de esta antigua literatura consiguieron un imposible al conjugar dos aspectos contrarios. Eran autores dedicados a agradar a unos poderes y una sociedad cristiana y medieval., pero, y esto es fundamental, sentían respeto y fascinación por su pasado y sus ancestros, por un tiempo de grandeza y arraigo que ya se fue. Este gusto por la tradición, por la historia de sus predecesores, la propia cualidad continuista de su sociedad, les llevó a tratar de reflejar los elementos de su pasado e integrarlos en la construcción de su acervo cultural. Por ello, y por la posible y no del todo dilucidada pervivencia de elementos antiguos propios de la oralidad pero volcados y compilados en esta literatura, podemos considerar que alberga cierta verdad histórica . Su estudio comparado y cotejado con otras fuentes nos ha permitido atisbar detalles de la vida y el sentir de estas gentes que de otra manera ignoraríamos, pero hay que prevenirse de considerar lo contado como una recreación de la realidad histórica. En el momento de redacción ( a partir del siglo XII) no existía el mundo que en ellas se narra. No solo habían pasado cientos de años desde los hechos que refieren. La misma sociedad era marcadamente diferente tras la conversión al cristianismo y la consiguiente ruptura con los usos tradicionales y la inclusión de Escandinavia en el horizonte político medieval y europeo. Gran parte de estas producciones tenían intención doctrinal y moralizante. Otras se crearon con pretensión historiográfica, no exenta de sumisión a los poderes de la época. Algunas se dedicaron a justificar linajes y ancestros ilustres de poderosos. Incluso abundaban aquellas con un objetivo meramente literario, destinadas al entretenimiento de su audiencia. Los propios temas y motivos, estética, lugares literarios que utilizan son, en numerosas ocasiones, importaciones de otras culturas y no reflejo de la propia. La literatura medieval escandinava nos habla más de la sociedad de su propio tiempo que de la antigüedad nor-germánica en la que se ambienta.

Es en las sagas en las que podemos encontrar un mayor numero de personajes femeninos, algunos muy detallados y de profunda elaboración psicológica. Estas narraciones, especialmente las sagas de islandeses, evidencian la voluntad de recrear numerosos aspectos de una sociedad. Resulta tentador tomarlas como textos con poso histórico. Desafortunadamente son las sagas los textos más intencionales y sometidos a su propio tiempo de elaboración , la Edad Media. Los elementos cristianos, doctrinales, políticos, de exaltación de intereses, y de influencias exógenas, todos aspectos muy encuadrados en las corrientes medievales europeas, abundan en las sagas y casi las motivan.

El ámbito mitológico, tratado principalmente en las eddas pero con referencias en sagas y en poesía escáldica, muestra un panteón claramente patriarcal en el que, más allá de las diosas, aparecen numerosas figuras y espíritus femeninos vinculados al sistema de creencias pagano. Esta mitología y sus elementos evidencia ciertas lógicas evoluciones y modificaciones a lo largo del tiempo en sus aspectos, importancia y ámbitos de influencia, además de una gran influencia en las practicas y costumbres sociales a toda escala.


Dramatización de escena de la Gísla saga Súrssonar, fuente: hurstwic.org
Los poemas escáldicos son, dentro del encarnizado debate entre oralidad versus literalidad en la literatura medieval escandinava, los textos considerados como de poso más antiguo debido a la complejidad de su factura técnica. Se trataba de una poesía muy elaborada sometida a rigurosas formalidades métricas y rítmicas que debió trasmitirse de manera muy similar a su forma original para conservar sus características. En relación al tema que nos concierne, estos poemas laudatorios están destinados a magnates y potentados y refieren hechos de armas principalmente, ámbito que excluye las referencias a mujeres, más allá de citas mitológicas o heroicas con función literaria o de estilo.

En el conjunto de la literatura medieval escandinava y siguiendo la propuesta de Jenny Jochen(2017), es factible establecer cuatro arquetipos femeninos que persisten a través del tiempo y los géneros: la guerrera, la sabia, la incitadora y la vengadora. Aparecen vinculados a distintos ámbitos narrativos, desde el mitológicos-heroico ( la guerrera), al humano ( incitadora y vengadora), o intermedio ( la sabia).

 Podemos apreciar variación en el tiempo de la percepción y connotación que adquieren estos arquetipos, acorde a la modificación de los valores sociales y morales que supuso la cristianización. Claramente la imagen de la mujer sabia, su papel en la sociedad, de cierta consideración en los textos de poso más antiguo, aparece deteriorada en las producciones posteriores, permeadas de moral y doctrina cristina.

Las figuras de guerrera y vengadora fueron admiradas, pero siempre se mostraron muy desvinculadas de la sociedad, del mundo real. Aun tratándose de arquetipos relacionados con construcciones e historias heroico-mitológicas, estos personajes aparecen siempre como un elemento excéntrico y apartado de todo lo demás. Nunca terminan de desarrollar sus motivos de manera autónoma, y aparecen vinculados a una contrapartida masculina, a un héroe que, tras oponer ingenios y voluntades, consigue vencerlas, seducirlas o apaciguarlas, es decir, las “normaliza”. Es precisamente la reiteración del motivo y su empleo en la construcción del héroe masculino del relato lo que nos lleva a considerarlo un recurso literario más que el trasunto de una realidad histórica.

La incitadora, la mujer garante del resarcimiento del honor familiar, la que exige de los hombres de su casa una retribución, siempre violenta, de la ofensa sufrida, es un habitual disparador de trama, un claro dinamizador literario. Muestran estas mujeres una poco creíble uniformidad de carácter, en contraste al detalle psicológico desarrollado en otros aspectos, y todas sufren de un orgullo excesivo y de una actitud irreflexiva. En varias ocasiones se las convierte en el chivo expiatorio del hombre virtuoso ( comedido, que busca solución pacifica y cabal a los conflictos)que perpetra actos violentos por “incitación de la esposa-madre-hija”.



Freydis Eiriksdottir, escena de la saga de los Groenlandeses, fuente: saga-museum.com


El que todo personaje femenino de la literatura medieval nórdica pueda encuadrarse casi sin excepción en estos arquetipos y la notoria función literaria que cumplen, junto a la construcción, evolución y autoreferencia de los mismos, nos lleva a considerarlos como asuntos plenamente literarios , y a hacer nuestras las palabras de J. Jochens, cuando concluye de ellos que son “ imágenes, encarnaciones de la percepción de roles femeninos articuladas por autores masculinos. Como tales pertenecen al género y no a la historia de la mujer"(1996).

Antes de considerar los textos propios de la literatura medieval nórdica como fuente histórica para el estudio del papel social de la mujer debemos tener muy en cuenta que estos personajes femeninos son figuras literarias que deben examinarse ante todo como elementos de ficción, así como la dificultad para concretar, especialmente en lo referido a las mujeres, el poso antiguo de estos textos tardíos.


Bibliografía recomendada:

Cambridge History of Scandinavia(varios,2008)
Scandinavian Cultural Traditions(Christopher D. Galantich,2015)
Power and conversion(Alexandra Sanmark,2002)
Christianization through the regulation of everyday life,(Alexandra Sanmark,2005)
Women in the Viking Age (Judith Jesch, 1991)
Women in Old Norse Society (Jenny Jochens ,1995)
Old Norse Religion in Long-term Perspectives(varios, 2006)
Skaldic Verse and the Poetics of Saga Narrative(Heather O'Donoghue,2005)

lunes, 29 de abril de 2019

El llanto inconsolable de los cuervos, por Juan Luis Gomar Hoyos

Saludos. Esta semana tengo el honor de presentaros mi segunda novela, "El llanto inconsolable de los cuervos", publicada por Ediciones Evohé.


"El llanto inconsolable de los cuervos" transcurre en el octavo año de la Guerra del Peloponeso, al año siguiente de los acontecimientos que narramos en "La isla de las sombras. La batalla de Esfacteria". Os dejo la sinopsis, que me la curré bastante y creo que consigue resumir en el reducido espacio de la contraportada todo que quería decir:

«Las cenizas de Esfacteria han sido lavadas por la lluvia del último invierno. Los prisioneros que allí se capturaron, Iguales de Esparta, languidecen en Atenas, donde la asombrosa victoria del año anterior ha animado a la ciudad a lanzar la guerra total, acercándose a una victoria que casi acarician con la punta de los dedos. Pero en Esparta, que apenas puede defenderse, queda aún una esperanza: Brásidas. Recuperado de la terrible herida que sufrió en la playa de Pilos, se prepara para dirigir el contraataque más audaz que habrán visto nunca los helenos, con el objetivo de conseguir la devolución de sus prisioneros y que, de tener éxito, segará la base del poder ateniense. Es para él que Esparta preparará un nuevo tipo de ejército. Una campaña que exigirá un alto precio a la polis, que tendrá que tomar terribles decisiones y deberá dar los primeros pasos para establecer un nuevo tipo de imperio. El llanto inconsolable de los cuervos nos llevará de nuevo junto a los personajes que conocimos en La isla de las sombras: Nicias, Demóstenes, Cleón, Tucídides, Agis, Brásidas, los Éforos... Todos se verán inmersos en un vertiginoso periplo a lo largo de Beocia, Tesalia, Acaya, Macedonia y Tracia, donde viven feroces e indómitas tribus de lealtad incierta, hasta la inexpugnable Ciudad Rodeada, al otro lado del Estrimón».

La presentación será en unos días, pero hoy a comenzado la distribución. Ya está disponible en la página de la editorial y en los próximos días estará disponible para librerías tradicionales y en internet. En formato electrónico también está disponible en la editorial, en Casa del Libro y Amazon.
Espero que haga pasar un buen rato a los avezados lectores que se atrevan a abrir estas páginas y lanzarse en pos de Brásidas, Nicias, Demóstenes y todos nuestros viejos amigos.